Flor de invierno
(Música para empezar a leer)
Un rayo de luz se colaba por uno de las pequeñas ranuras de la persiana y me enfocaba a la cara, sin llegar a alumbrarme los ojos. Una mano me acariciaba la espalda con la misma sutileza y suavidad que una sábana. Con un movimiento ascendente y descendente, preciso y continuado.
Poco a poco la mano se paseó por el brazo, agarró sin fuerza mi mano derecha y pasó de la cintura al torso, terminando lentamente en un abrazo. Yo seguía soñando, no era del todo consciente de si realmente había esa mano, si existía. Quizás solo era un deseo, un viaje onírico a la ternura deseada, a la perfección del cariño.
Un sueño cálido y torrefacto. Pero si era finalmente un sueño, entonces se iba a desvanecer en algún momento, mis pensamiento dominarían a mis sensaciones corporales y su mano desaparecería, se fusionaría la realidad con mi fantasía durante unos segundo, pero finalmente sus manos se convertiría en una sábana de satén, fría y llena de soledad. No quería despertar.
- Buenos días - susurró una voz femenina.
Mi prueba empírica, mi fundamento de verdad, la certeza de que había calor humano en ese abrazo perdido entre el edredón. Acercó su cabeza a mi espalda y me la besó suave y lentamente, como si la mordiera con los labios. Abrí los ojos asustado, me aterran los instantes en los que desearía que todo fuera eterno, en los que me gustaría que las agujas del reloj se encallaran, que estallaran los despertadores, que el tiempo no existiera. Arrancarle de la mano a Dios esos sacos de arena que deja caer granito a granito y que nos condenan.
Me aterran porqué el tiempo pasa y yo no quería salir de esa cama. Acostumbrado a escapar de la realidad, perdía el sentido de lo finito, y cuando era verdaderamente feliz se me estrellaba contra la cara.
- Son más buenos que no días - dije. Qué estupidez tan cierta.
Sonrió, lo noté porqué se le escapó un flujo de aire seco de la nariz y noté como sus labios apoyados en mi espalda se tensaban.
Los labios de Margarita eran grandes y rojos, nunca entendí porqué se los pintaba, cosa que acentuaba lo grandes y rojos que ya eran. Aunque todo le quedaba bien. Margarita poseía una de esas bellezas naturales que el artificio no es capaz de estropear, una belleza pura que cuando se maquillaba conseguía mantener.
Me di la vuelta mientras ella mantenía el abrazo que poco a poco fue desplazando hasta mi cintura, nos quedamos estirados uno frente al otro, mirándonos fijamente y con las narices que se tocaban. Ella movía a vaivén de lado la cabeza, para que nuestras narices se frotaran por la punta. Margarita era pura ternura.
- Rita... - empecé
- Va, no lo estropees, habla conmigo sin hablarme - pedía Margarita.
Me costaba hablar sin hablar. Yo no sabía hacer esas cosas, y cada vez que no sabía entenderla, Margarita se deshojaba un poquito más. Margarita perdía uno de sus pétalos blancos, y su corazón amarillo se iba oscureciendo. Pero no era capaz de percibir que estaba ocurriendo, autoengañado siempre la veía llena de pétalos y amarilla como un sol de primavera.
Rita me miraba con los ojos arrugados, me miraba con cara de ser feliz (al fin), y yo no paraba de pensar en cuando dejaría de serlo. Margarita era un cóctel de sentimientos mezclados que en cualquier momento se podían salir del vaso. Rita era un hueco que se había llenado en mi vida, y a la vez, un trozo de tierra de mi alma que en algún momento se podía vaciar del mismo modo.
Esa era la fragilidad y la doble dirección de los besos con Margarita, siempre dulces y amargos, siempre tiernos y rasposos, siempre amables y hostiles, unos besos de lana y de alambre. Pero lo que solo tenía una dirección era mirarla. Mirarla me llenaba para días de alegría.
La miraba mientras la acariciaba el pelo y pensaba en cuál era la siguiente palabra que iba a decirle, ella me observaba siempre esperando lo que le iba a decir, como la llamaría esa vez.
Margarita o Rita, a veces la llamaba bonita, casi siempre le decía preciosa, a veces una palabra sin sentido, a veces ño, a menudo la llamaba cariño, a veces estúpida y sonreía, e incluso a veces gilipollas cuando se reía de mí, "Margarit" con acento afrancesado, o Marga, amarga. A veces no decía nada y ella sí me entendía lo que quería decirle. Me encantaba llamarla rarita, ranita. Mi amor la solía llamar, la pensaba como "mi vida" aunque nunca se lo dijera. Puta algunas noches salvajes, "no-sabes-cuanto-te-adoro" cada mañana. Al fin y al cabo su nombre era lo que menos me importaba de ella, solo me importaba todo lo demás.
La llamaba de tantas maneras distintas para, en el fondo, intentar decirle siempre una misma cosa:
Que la quería.
Nunca logré decirlo, pero ella siempre lo supo.
Un rayo de luz se colaba por uno de las pequeñas ranuras de la persiana y me enfocaba a la cara, sin llegar a alumbrarme los ojos. Una mano me acariciaba la espalda con la misma sutileza y suavidad que una sábana. Con un movimiento ascendente y descendente, preciso y continuado.
Poco a poco la mano se paseó por el brazo, agarró sin fuerza mi mano derecha y pasó de la cintura al torso, terminando lentamente en un abrazo. Yo seguía soñando, no era del todo consciente de si realmente había esa mano, si existía. Quizás solo era un deseo, un viaje onírico a la ternura deseada, a la perfección del cariño.
Un sueño cálido y torrefacto. Pero si era finalmente un sueño, entonces se iba a desvanecer en algún momento, mis pensamiento dominarían a mis sensaciones corporales y su mano desaparecería, se fusionaría la realidad con mi fantasía durante unos segundo, pero finalmente sus manos se convertiría en una sábana de satén, fría y llena de soledad. No quería despertar.
- Buenos días - susurró una voz femenina.
Mi prueba empírica, mi fundamento de verdad, la certeza de que había calor humano en ese abrazo perdido entre el edredón. Acercó su cabeza a mi espalda y me la besó suave y lentamente, como si la mordiera con los labios. Abrí los ojos asustado, me aterran los instantes en los que desearía que todo fuera eterno, en los que me gustaría que las agujas del reloj se encallaran, que estallaran los despertadores, que el tiempo no existiera. Arrancarle de la mano a Dios esos sacos de arena que deja caer granito a granito y que nos condenan.
Me aterran porqué el tiempo pasa y yo no quería salir de esa cama. Acostumbrado a escapar de la realidad, perdía el sentido de lo finito, y cuando era verdaderamente feliz se me estrellaba contra la cara.
- Son más buenos que no días - dije. Qué estupidez tan cierta.
Sonrió, lo noté porqué se le escapó un flujo de aire seco de la nariz y noté como sus labios apoyados en mi espalda se tensaban.
Los labios de Margarita eran grandes y rojos, nunca entendí porqué se los pintaba, cosa que acentuaba lo grandes y rojos que ya eran. Aunque todo le quedaba bien. Margarita poseía una de esas bellezas naturales que el artificio no es capaz de estropear, una belleza pura que cuando se maquillaba conseguía mantener.
Me di la vuelta mientras ella mantenía el abrazo que poco a poco fue desplazando hasta mi cintura, nos quedamos estirados uno frente al otro, mirándonos fijamente y con las narices que se tocaban. Ella movía a vaivén de lado la cabeza, para que nuestras narices se frotaran por la punta. Margarita era pura ternura.
- Rita... - empecé
- Va, no lo estropees, habla conmigo sin hablarme - pedía Margarita.
Me costaba hablar sin hablar. Yo no sabía hacer esas cosas, y cada vez que no sabía entenderla, Margarita se deshojaba un poquito más. Margarita perdía uno de sus pétalos blancos, y su corazón amarillo se iba oscureciendo. Pero no era capaz de percibir que estaba ocurriendo, autoengañado siempre la veía llena de pétalos y amarilla como un sol de primavera.
Rita me miraba con los ojos arrugados, me miraba con cara de ser feliz (al fin), y yo no paraba de pensar en cuando dejaría de serlo. Margarita era un cóctel de sentimientos mezclados que en cualquier momento se podían salir del vaso. Rita era un hueco que se había llenado en mi vida, y a la vez, un trozo de tierra de mi alma que en algún momento se podía vaciar del mismo modo.
Esa era la fragilidad y la doble dirección de los besos con Margarita, siempre dulces y amargos, siempre tiernos y rasposos, siempre amables y hostiles, unos besos de lana y de alambre. Pero lo que solo tenía una dirección era mirarla. Mirarla me llenaba para días de alegría.
La miraba mientras la acariciaba el pelo y pensaba en cuál era la siguiente palabra que iba a decirle, ella me observaba siempre esperando lo que le iba a decir, como la llamaría esa vez.
Margarita o Rita, a veces la llamaba bonita, casi siempre le decía preciosa, a veces una palabra sin sentido, a veces ño, a menudo la llamaba cariño, a veces estúpida y sonreía, e incluso a veces gilipollas cuando se reía de mí, "Margarit" con acento afrancesado, o Marga, amarga. A veces no decía nada y ella sí me entendía lo que quería decirle. Me encantaba llamarla rarita, ranita. Mi amor la solía llamar, la pensaba como "mi vida" aunque nunca se lo dijera. Puta algunas noches salvajes, "no-sabes-cuanto-te-adoro" cada mañana. Al fin y al cabo su nombre era lo que menos me importaba de ella, solo me importaba todo lo demás.
La llamaba de tantas maneras distintas para, en el fondo, intentar decirle siempre una misma cosa:
Que la quería.
Nunca logré decirlo, pero ella siempre lo supo.
Comentarios
Por qué será que a los hombres les cuesta tanto decir "Te quiero"
Quina gràcia anar trobant casi per casualitat materials defectuosos juntament amb altres èxits i fracassos.
Ànims!
Entre èxits i fracassos...sempre surt alguna cosa defectuosa!