Despedidas

¿Porqué no dije nada a nadie? No lo se, creo de verdad que no tengo una respuesta digna. Podría decir que para que nadie llorara por mi, pero eso sería bastante egoísta. Quizás si hubiera tenido que despedirme de todo el mundo, finalmente no me habría atrevido a irme, hubiera querido quedarme, y habiéndome despedido ya, no sería posible. Suena bastante egoísta también.

No había un modo no egoísta de hacer las cosas.

Era el día anterior al vuelo y solo me quedaba ella. Mi familia pensaban que me iba un mes a Guatemala. Era la única manera de que me creyeran cuando me veían desvalijar la mitad de mis cosas. Eso tenía sentido para ellos, era suficiente, no tenían que saber más.

A los demás no hacía falta decir mucho más, "hablamos pronto", "te llamo la semana que viene", "te mando esa canción"... y un abrazo. Un abrazo largo, en todos los casos. Con eso bastaba. Tardarían unos días en darse cuenta que me había ido del país, del continente.

(Música para el relato)

¿Pero a ella, qué podía decirle? Tenía miedo de que me conociera demasiado. Quizás ella se daría cuenta, con el abrazo largo. Notaría que me iba. Tenía miedo que me pidiese que me quedase. Por más ligado y pensado que lo tuviera todo, ella siempre aparecía para remover y traer el caos. Ella era ella, irrepetible, irrepetibles los dos, irrepetibles juntos y por separado.

Ella no dejaría marcharme. Pero nosotros siempre jugamos a eso, al "hoy por mi, mañana por ti", hoy mi vida me pertenece pero mañana te la regalo. Una reivindicación constante de nuestra libertad, en la que acto seguido era regalada al otro. Pero lo que nos hacía libres era esa elección. Si el otro lo pedía, nunca lo concedíamos. Así terminamos, me pidió más y yo pasé a darle menos. Si no hubiera pedido nada, yo le hubiera pedido matrimonio.

Nos movíamos en ese juego absurdo, cuyo desenlace final era ese. Yo me iba, ella se quedaba. Fin de la partida.

Hablamos, hablamos como una tarde cualquiera, de todo menos de nosotros. Hablar de nosotros era poner en evidencia lo que los dos sabíamos y pensábamos pero que no nos atrevíamos a compartir. Hablar de nuestras flaquezas era nuestra solución, pero ninguno quería reconocerse como débil. Así nos quedamos, fuertes pero solos, una sensación nauseabunda en la que uno se vale tanto de sí mismo, que los demás se convierten en algo complementario, en la guarnición de un plato.

Nos despedimos y la abracé fuerte. No tenía ganas de llorar, no había lágrimas preparadas. Una sensación de tristeza tan honda que hasta las lágrimas temblaban, inmóviles, incapaces de hacerse presentes. Ella notó algo:
- ¿Qué ocurre?
- Nada
- Parece como si quisieras decirme algo
- Si, bueno, siempre cuesta decirte adiós
- No hace falta que me lo digas, quédate a dormir.
- No creo que sea buena idea.
- ¿Nos vemos mañana?
- No...
- ¿Qué ocurre?

No pude pensar en nada más:
- Creo que tenemos que dejar de vernos
- ¿Cómo?
- Creo que es mala idea ser lo que somos. Creo que nos despedazamos cada minuto que pasamos juntos. Somos un abrazo y un arañazo. Pero el arañazo queda marcado en la piel y el abrazo no borra las marcas. Con el tiempo acabamos magullados, heridos y por más abrazos que nos demos, no hay modo de curarnos. Creo que nos irá bien distanciarnos.

Se tapó la cara y lloró. Intenté abrazarla pero me apartó. Me miró furiosa, me insultó. Dijo algo como "después de todo abandonas". Me quedé quieto, ella se fue. No pude moverme. Regresé a casa, me senté en las escaleras y fumé un cigarro.

Sabía que me iba y que seguramente sería para siempre, no la volvería a ver.

Quiero pensar que una parte de ella, en el fondo, me había conocido y me entendía, y que sabía que iba a irme, que quería verla, que quería estar con ella. Pero que me iba. Me iba porqué era ella o nada.

Fue nada.

Luego supe que no, que nada en ella sabía que me iría. Que al día siguiente me buscó, no me encontró. Me buscó para decirme que me quería. Fue a mi casa, le dijeron que me iba un mes a Guatemala y lloró. Sabía que no era un mes y que no era Guatemala. Solo se que lloró un buen rato mientras le decía a mi madre que me quería.

Después de cuatro años y poco, sin saber nada, mañana regreso. Necesito que esté, necesito que me espere. Si no, ya no se donde podré esconderme. No le pido nada, no quiero que me pida nada, solo que esté. No sabemos avanzar de otro modo.

Pero sin ella... en este lugar no se podrá ni vivir.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Es inevitable querer huír cuando las cosas adquieren una magnitud que resulta insospechada en nuestros planes, en nuestra forma de entender las cosas, pero hacerlo... hacerlo solo por no dejar de ser... es realmente egoísta.
Qué miedo! lo peor es que puedo entender su decisión.

Por desgracia siempre se lleva el aire más puro el que se va y a ella, ahora, solo le queda ahogarse. Aunque cuatro años después vuelvan a hablarse, ella ya se habrá convertido en tristeza, demasiado tiempo para pensar, para dejar de sentir, para quedarse sin expectativas, y sabiendo que por pedir más se quedó sin nada.

Es facil y parece divertido entrar en ese juego del contigo pero sin mi... libertad, fortaleza, no necesidad... falso.
Porqué si lo alargas, un día el tablero deja de ser juego y se convierte en realidad y tu vida deja de ser tuya para ser compartida.

Ahí acaba el juego y empieza el viaje, para unos pocos afortunados (no los elegidos sinó los que desarrollan su capacidad de amar de manera altruista) un viaje soñado y grande, lleno de retos y aventuras, paisajes hermosos y cambios de estación.
Para otros (los que se creen jugadores excepcionales de ese juego absurdo) un billete solitario hacia nunca jamás.

Y llega un día y vuelven a aparecer; y no han aprendido nada, no han crecido aunque piensen que sí, no son más maduros por haber tenido tiempo para meditar (tal vez regresen huyendo de otro juego que se sospechaba viaje...) llegan y esperan que estés, no no, necesitan que estés... que quieras volver a jugar a su juego, y dicen 'no te pido nada' cuando te lo están quitando todo.
Albert Pou ha dicho que…
Pues yo estoy seguro que un día cualquiera, quizá 6 ó 11 años después se encontrarán por casualidad en algún sitio insospechado. Habrán cambiado. Ella ya no arañará de la misma manera pero él tampoco abrazará igual. Todo habrá cambiado y quizá se unan con más fuerza por medio del destino. No obstante, la historia entre los dos ya no funcionará. Lamentables contradicciones.

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