Bañada en lechos reales
(Canción opcional para el relato)
- Estás un poco raro, ¿te encuentras bien?
- Uhm, sí, claro, ¿porqué?
- Estás como si no estuvieras...
- Si estoy, no puedo estar como si no lo estuviera, será que estoy algo. Un poco descentrado.
- Cómo sea... pero siento que estás lejos de aquí.
- Estamos muy cerca nena, no podría estar más cerca de nadie.
Y tragué saliva. Hay un modo especial de tragar saliva cuando uno miente. Un modo especialmente sonoro y molesto, uno se escucha a sí mismo tragar saliva y tiene la sensación absoluta de qué a quince metros a la redonda se le puede escuchar tragando. El movimiento de la nuez del cuello es exagerado cuando uno miente, sube hasta casi tocar la barbilla y baja hasta la clavícula antes de volver a su posición original. Es como si el cuerpo entero estuviera hecho de delatadores.
No tengo ninguna duda, irremediablemente no podemos parar mentir a los demás, a nosotros mismos y, contrariamente, estamos hechos para que se nos descubra.
Me vestí, recogí mis cosas.
- Nos vemos mañana, nena.
Otra vez, la nuez arriba y abajo, ese sonido horrendo y evidente de la saliva recorriendo toda la garganta, haciendo un eco creciente en cada centímetro recorrido.
Todo empezó hacia un mes con esa extraña sensación de muerte. La olía y a veces me parecía incluso verla. Era tal y como la representan en los dibujos: con una guadaña, una capa negra con capucha y unos dedos finos y largos de esqueleto. Al principio empezaba a ver hojas de guadaña por las esquinas, solo eso. Después de cada visión dolores en el estómago, tos, y al final un dolor en la cabeza que se agudizaba a lo largo de una hora. Después se iba.
- Es cáncer hijo, poco podemos hacer a partir de ahora.
Hijo. El doctor me llamó "hijo". Como si eso lo hiciera más sencillo todo. Hijo. Yo no era su hijo. Pero en ese momento sonaba jodidamente genial, asquerosamente conmovedor. Se lo tenía estudiado el muy cabrón. Parecía una puta película de Hollywood, en la que después me presentaba un tratamiento experimental que estaba bajo estudio, me convierto en el conejillo de indias de un laboratorio al que le importa una mierda mi vida o la ausencia de ella, lucho mientras amo desesperadamente todo lo que tengo en mi vida y me aferro a ello como un mono a un árbol. Después muero trágica y heroicamente con todos mis seres queridos alrededor.
Pero no había tratamiento experimental. "Tienes un par de meses como mucho, arregla tus cosas, despídete de quién puedas, te puedo pedir hora con la psicóloga del hospital". Con un par de meses no me daba tiempo de hacer mucho, lo mejor que podía hacer era no hacer nada, seguir como si no me fuera a ocurrir nada. La psicóloga no iba a salvar mi vida ni iba a hacer menos angustiosos estos meses. Pedí hora de todos modos.
No acudí a la cita.
Salí de casa de Marta. La quería, pero llevábamos poco tiempo, no habíamos hecho ningún plan para el futuro pero los dos sabíamos que algún día lo íbamos a hacer, no hacía falta haberlo hablado. Ahora se torcería todo. Lloraría mucho, un tiempo. Seguramente la marcaría para siempre. Quizás esto solo sea mi deseo, ser algo para alguien para siempre. Seguro que el cabrón de Alberto se alegraría y todo. Iba a intentar consolarla y follársela con la excusa, se le ve a la cara cuando la mira, espera insaciablemente el momento en el que la pueda cagar para poder decirle que él ya le había advertido de que yo era un capullo.
Me caí y perdí el conocimiento.
Me desperté en el hospital.
Sentí que no me quedaba mucho tiempo. No es cierto eso de que te pasa toda tu vida por delante, ni tan solo esa mierda de ponerse trascendental y de golpe comprender las grandes verdades del universo. Nada de eso. Yo vivía tranquilo y con eso era feliz, no necesitaba comprender nada más.
Uno no descubre nada cuando se está muriendo, simplemente siente más miedo que de costumbre, miedo a cerrar los ojos, miedo a quedarse dormido, miedo a comer, a moverse demasiado. Todo te puede matar. El que se pone a descubrir verdades horas antes de morir es que necesita respirar un poco antes de ahogarse del todo.
Solo queda el miedo. Miedo y canciones estúpidas de anuncios de televisión que se repiten sin cesar con sus correspondientes eslóganes como "creando sonrisas" y otras mierdas así. No escuchas tu canción favorita, ni te acuerdas si quiera de que tenías una.
Es un día normal para el cerebro, no entiende que se va a apagar. Uno piensa que cuando ocurren estas cosas todas las palabras deben ser grandilocuentes e ingeniosas. América nos ha convencido de ello, siempre hay una frase épica para pronunciar. Parece que con los tuyos deberías ser alguien distinto, alguien iluminado.
Yo solo deseaba poder bajar a la cafetería que hay enfrente del hospital y hablar con cualquier desconocido de la mierda de políticos que tenemos en este país. Como siempre.
- Estás un poco raro, ¿te encuentras bien?
- Uhm, sí, claro, ¿porqué?
- Estás como si no estuvieras...
- Si estoy, no puedo estar como si no lo estuviera, será que estoy algo. Un poco descentrado.
- Cómo sea... pero siento que estás lejos de aquí.
- Estamos muy cerca nena, no podría estar más cerca de nadie.
Y tragué saliva. Hay un modo especial de tragar saliva cuando uno miente. Un modo especialmente sonoro y molesto, uno se escucha a sí mismo tragar saliva y tiene la sensación absoluta de qué a quince metros a la redonda se le puede escuchar tragando. El movimiento de la nuez del cuello es exagerado cuando uno miente, sube hasta casi tocar la barbilla y baja hasta la clavícula antes de volver a su posición original. Es como si el cuerpo entero estuviera hecho de delatadores.
No tengo ninguna duda, irremediablemente no podemos parar mentir a los demás, a nosotros mismos y, contrariamente, estamos hechos para que se nos descubra.
Me vestí, recogí mis cosas.
- Nos vemos mañana, nena.
Otra vez, la nuez arriba y abajo, ese sonido horrendo y evidente de la saliva recorriendo toda la garganta, haciendo un eco creciente en cada centímetro recorrido.
Todo empezó hacia un mes con esa extraña sensación de muerte. La olía y a veces me parecía incluso verla. Era tal y como la representan en los dibujos: con una guadaña, una capa negra con capucha y unos dedos finos y largos de esqueleto. Al principio empezaba a ver hojas de guadaña por las esquinas, solo eso. Después de cada visión dolores en el estómago, tos, y al final un dolor en la cabeza que se agudizaba a lo largo de una hora. Después se iba.
- Es cáncer hijo, poco podemos hacer a partir de ahora.
Hijo. El doctor me llamó "hijo". Como si eso lo hiciera más sencillo todo. Hijo. Yo no era su hijo. Pero en ese momento sonaba jodidamente genial, asquerosamente conmovedor. Se lo tenía estudiado el muy cabrón. Parecía una puta película de Hollywood, en la que después me presentaba un tratamiento experimental que estaba bajo estudio, me convierto en el conejillo de indias de un laboratorio al que le importa una mierda mi vida o la ausencia de ella, lucho mientras amo desesperadamente todo lo que tengo en mi vida y me aferro a ello como un mono a un árbol. Después muero trágica y heroicamente con todos mis seres queridos alrededor.
Pero no había tratamiento experimental. "Tienes un par de meses como mucho, arregla tus cosas, despídete de quién puedas, te puedo pedir hora con la psicóloga del hospital". Con un par de meses no me daba tiempo de hacer mucho, lo mejor que podía hacer era no hacer nada, seguir como si no me fuera a ocurrir nada. La psicóloga no iba a salvar mi vida ni iba a hacer menos angustiosos estos meses. Pedí hora de todos modos.
No acudí a la cita.
Salí de casa de Marta. La quería, pero llevábamos poco tiempo, no habíamos hecho ningún plan para el futuro pero los dos sabíamos que algún día lo íbamos a hacer, no hacía falta haberlo hablado. Ahora se torcería todo. Lloraría mucho, un tiempo. Seguramente la marcaría para siempre. Quizás esto solo sea mi deseo, ser algo para alguien para siempre. Seguro que el cabrón de Alberto se alegraría y todo. Iba a intentar consolarla y follársela con la excusa, se le ve a la cara cuando la mira, espera insaciablemente el momento en el que la pueda cagar para poder decirle que él ya le había advertido de que yo era un capullo.
Me caí y perdí el conocimiento.
Me desperté en el hospital.
Sentí que no me quedaba mucho tiempo. No es cierto eso de que te pasa toda tu vida por delante, ni tan solo esa mierda de ponerse trascendental y de golpe comprender las grandes verdades del universo. Nada de eso. Yo vivía tranquilo y con eso era feliz, no necesitaba comprender nada más.
Uno no descubre nada cuando se está muriendo, simplemente siente más miedo que de costumbre, miedo a cerrar los ojos, miedo a quedarse dormido, miedo a comer, a moverse demasiado. Todo te puede matar. El que se pone a descubrir verdades horas antes de morir es que necesita respirar un poco antes de ahogarse del todo.
Solo queda el miedo. Miedo y canciones estúpidas de anuncios de televisión que se repiten sin cesar con sus correspondientes eslóganes como "creando sonrisas" y otras mierdas así. No escuchas tu canción favorita, ni te acuerdas si quiera de que tenías una.
Es un día normal para el cerebro, no entiende que se va a apagar. Uno piensa que cuando ocurren estas cosas todas las palabras deben ser grandilocuentes e ingeniosas. América nos ha convencido de ello, siempre hay una frase épica para pronunciar. Parece que con los tuyos deberías ser alguien distinto, alguien iluminado.
Yo solo deseaba poder bajar a la cafetería que hay enfrente del hospital y hablar con cualquier desconocido de la mierda de políticos que tenemos en este país. Como siempre.
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