Homesick
Abrió la puerta con dificultad, Noel no pensó en dejar todas las
bolsas del supermercado para abrir la puerta, intentó hacer equilibrios y
malabarismos con las manos para coger las llaves del bolsillo trasero del
pantalón con el único dedo que tenía libre, y después acertar la llave a la
cerradura para girarla con dos dedos.
Una vez dentro, dejó las bolsas en el suelo y cerró la puerta con
el pie mientras decía “Cariño, ya estoy en casa”. Pero nadie respondió. Nadie
iba a responder, y aunque lo sabía muy bien, había algunas cosas a las que aún
no se podía acostumbrar.
“Hoy hace dos meses”, se dijo. Su mirada cayó al suelo y encorvó
la espalda sin ser consciente de ello. Aprovechó para volver a coger las bolsas
y dejarlas en la cocina. Agarró un plato precocinado de una de las bolsas y un
tenedor para agujerear el plástico que cubría la comida y lo introdujo en el
microondas dos minutos y treinta segundos.
Noel francamente tenía mal aspecto, había envejecido en un lapso
de tiempo muy breve. Sus ojos se habían hundido y se habían llenado de arrugas,
llevaba una larga barba descuidada, el pelo castaño y canoso revuelto y su
camiseta tenía manchas que no había conseguido sacar de ninguna manera. Era
como si su ropa quisiera recordarle que una camiseta limpia no era suficiente
para mejorar su estado emocional.
Parecía estar enfermo. Parecía haber cogido una enfermedad que lo
había ido consumiendo lentamente, como una vela en sus últimos momentos, que ya
apenas puede dar luz, solo algo de calor antes de apagarse del todo. La luz de
Noel ya había brillado con fuerza, ya había tenido su momento.
“Quédate una copia de las llaves por favor” le dijo el último día
que la vio, “entiendo tu elección, entiendo que lo necesites así pero no puedes
mirarme a los ojos sin reconocer que algo de ti se queda aquí, que no te vas
del todo”, Lidia cerró los ojos poco a poco, arrugó la frente e hizo una mueca,
no muy convencida de aceptar la propuesta de Noel. “Quiero que te quedes las
llaves por si algún día la parte de ti que se va quiera volver a reunirse con
la parte que me dejas”.
“Mira la parte buena, si no vuelvo a buscarla esa parte de mi se
queda haciéndote compañía”. Entonces era Noel el que expresaba duda. Se
recompuso y respondió “Lo que me dejas es algo vacío, no es una parte tuya que
me reconforte, simplemente es algo que me recordará constantemente que no estás
aquí. Por favor, tan solo llévate las llaves, si no las vas a usar las guardas
en un cajón, o las tiras cuando salgas de aquí. Me quedo tranquilo sabiendo que
hay una mínima posibilidad de que algún día abras la puerta, sea para volver o
sea para llevarte para siempre lo que me dejas. Este lugar también es tu hogar,
aunque ahora no lo creas”
Ese recuerdo, esa escena que se repetía a diario en su cabeza, constantemente,
las palabras que dijo, las palabras que respondió Lidia, lo que podría haber
dicho, lo que pudo haber sido. Infinitas secuencias fantasiosas se cruzaban en
su mente, mil futuros posibles, pero ninguno como el suyo, ninguno como el más
real presente. Quizás era una manera de distraer su consciencia, ese acto de
imaginación hacía que viviera de modo más llevadero su situación.
A veces sentía que su “yo” real estaba encerrado dentro de su
cuerpo y estaba condenado a visualizar sus últimos momentos con Lidia, y dentro
de ese cuerpo, que era el suyo, y se ponía a gritar. Gritaba con todas
sus fuerzas, como un loco, como un desesperado, pero las paredes de su piel
impedían que el grito se pudiera oír. Solo se hacían visibles las secuelas en
su cara. Cada grito interior le sumaba un día de vida en su tez.
Empezó a comer sin pensar siquiera en lo que estaba comiendo.
Estaba pensando en lo qué significaba aquello de “hogar”. ¿Por qué usó esa
palabra y no otra? ¿Porqué no “esta es tu casa”? ¿O, “si te vas esto ya no es
de nadie, por qué era nuestro”? No, no, él dijo, textualmente, “esto también es
tu hogar, aunque ahora no lo creas”
Ahora no sabía ni donde vivía, ni qué hacía, ni si se acordaba de
él, si se acordaba de ese vacío-de-Lidia que había dejado en el salón, en el
sofá, tapado con una manta a la que se apegaba por las tardes, esa manta que
aun olía a Lidia.
Lidia a cambio de aceptar las llaves le pidió que no la buscara,
que no la llamase, que si lo hiciera desvanecería el vacío-de-Lidia que dejaba.
Pero habían pasado dos meses. ¿Volvería? ¿Y cuándo iba a volver? ¿En un mes?
¿Dos? ¿Medio año? Podía esperar pero a la vez no podía esperar más, no podía
vivir más con una sombra.
Pero pasaban los meses para Noel como si pasaran días para cualquier
otro ser humano, y ese mes de Enero largo y frío en el que vivía pronto iba a
durar un año. Casi un año desde que Lidia se escindió. No había cambiado
absolutamente nada en la vida de Noel excepto el tiempo, que había perjudicado
notablemente su aspecto. Vivía como un autómata, cada día era prácticamente
idéntico al anterior, casi no existía, su “yo” real seguía encerrado gritando.
Se sentía como un garabato de sí mismo, una copia mal hecha del Noel que solía
ser.
Noel entró en casa y dijo “Cariño, ya est…”
Algo se quebró en su interior, el grito desapareció. Todo
desapareció. Solo oscuridad, casi paz, pero era tan solo una nada que lo había
envuelto todo.
Abrió los ojos y tenía a su vecino mirándole y a dos personas
vestidas con chaquetas fluorescentes a su lado tocándole. Se sobresaltó.
- Cuidado, cuidado chico, que estás a cero de azúcar.
- ¿Qué ha pasado?
- Te has desmayado. Estabas con la tensión bajísima y muy bajo de
azúcar, te hemos inyectado suero, cuidado no muevas los brazos bruscamente. Aún
así parece que tu cuerpo está bien, tienes buen aspecto y buen color. Habrás
tenido una bajada de azúcar repentina.
Noel no dijo nada. Le aconsejaron comer más, cuidarse un poco y
hacer ejercicio, aunque se dio cuenta que a ojos externos no parecía estar tan
enfermo. Hasta los espejos podían mentir.
Quizás era su mirada sobre sí mismo la qué había enfermado, había
deformado la idea que tenía de sí mismo. Pensó qué el vacío-de-Lidia era el
causante de todo, de su enfermedad, de su desmayo, de su bajada de azúcar, de
su aspecto y de cómo se percibía a sí mismo. Decidió perder la esperanza,
despojarse de ella, en tres días haría un año, un año desaparecido del
calendario, “2011 nunca existió para mí, me he saltado un año entero y ahora
estoy aquí”. Si el vacío-de- Lidia no podía abandonar ese sofá, él debía
abandonarlo o sucumbir a su desidia.
Decidió agarrar las cosas más importantes en una maleta grande y
dejarlo todo allí, dejaba en su cuenta el dinero para dejar pagado dos meses
del alquiler, y en un mes, cuando despejara sus ideas avisaría de que el piso
ya está listo para que alguien nuevo vuelva ahí, para que un nuevo amor pudiese
borrar sus sombras y sus promesas perdidas.
Escribió una nota:
“Nos queríamos tanto y quisimos darlo todo el uno para el otro que
nos gastamos, cómo una goma de borrar. Eras tanto mi todo que al final fuimos
nada, una absoluta y desesperante nada. Pero aún pienso en ti, cada día, me
acuerdo de ti, de lo que fuimos, de lo que somos ahora, de lo que deberíamos
ser y de lo que desearía que fuésemos. Pero siempre serás ante todo mi dulce,
terrible y entera nada. Lo peor de todo es que no puedas estar aquí ahora para
decirte cuanto te he querido y cuanto te odio ahora, cuanto odio que no estés
aquí para poder decirte y reprocharte como me siento. Hogar es un sitio al que
se puede volver, siempre. Pero esto dejó de ser un hogar cuando tú te fuiste.
Aquí yace muerto un hogar.”
Cogió la maleta y la chaqueta de pana y cerró la puerta con un
golpe fuerte. El sonido retumbó por toda la escalera, rompió las barreras de su
piel y un pequeño brillo parecía crecer en su mirada. Los gritos cesaron.
Tres días más tarde, una llave abría la puerta.
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