Charquitos


El otro día, después de mucho tiempo, pensé de nuevo en ti. Es algo cíclico, pasa de vez en cuando, como un fenómeno completamente ajeno a mí. Pensar en ti es otro otoño, otro anuncio premonitorio de un invierno inevitable que está por llegar. Un recordatorio de las bifurcaciones que se dan en la vida, los puntos de no retorno. No me quiero poner en plan dramático, pero ya me conoces, soy así.

Pasé sin querer (tampoco evitándolo) por aquella callejuela en la que nos besamos por primera vez, cuando empezaba a caer la noche, en aquel portal cualquiera de una calle cualquiera de Gracia cuyo nombre no quiero recordar. Me quedé un rato parado frente el portal. No es una exageración, fue literalmente así. Me quedé un par de minutos parado como un rarito mirando ese portal, como si todavía nos pudiera ver allí, abrazados torpemente, agarrándonos alternativamente las nalgas y la espalda, moviendo la cabeza de lado a lado con nuestros labios pegados y nuestras lenguas salidas, como dos peces fuera del agua enganchados por su boquita en forma de “o”. Besándonos a la desesperada, desatados. No fue mucho rato hasta que nos separamos de golpe y continuamos andando como si nada hubiera pasado, pero con la cara roja como el culo de un mandril y sonriendo como dos adolescentes que acaban de follar por primera vez. Casi faltos de aire. Casi tranquilos. Casi enamorados. Casi conocidos.

Y nos fui persiguiendo a nuestras dos imágenes de ese recuerdo del pasado por las calles estrechas y oscuras hasta mí casa (es que todavía vivo allí, en ese piso pequeño que está en esa plaza pequeña y ruidosa), nos observaba por detrás, miraba como caminábamos dando saltitos, cómplices de un pequeño hurto, de un pequeño pecado que se llama vivir. Sin embargo, cuando crucé la puerta de casa, esa pequeña fantasía se esfumó. Desaparecimos. Así que me quedé un poco más solo, ni contigo y sin mí. ¿Eso quizás suena también demasiado dramático? ¿Poético incluso? Quiero darle a esto un toque de romanticismo, quiero escribir algo que te pueda llegar, porque el contenido del relato en sí no tiene mucho más que ofrecerte.

El tema es que me quedé con esa carga que dejó el vacío y lo llené con curiosidad, y me puse por internet buscando la manera de saber cómo te estaba yendo la vida. Y si te digo la verdad, al principio me sentí hasta ofendido de verte sonriendo en todas las fotografías. Sentí algo parecido a la envidia, pero que igual debe tener otro nombre. No era que yo deseara tener esa misma cara que tú en las fotografías, no quería tu felicidad, sino que lo que realmente deseaba era ser yo quien provocara esa reacción en ti. ¿Existe una palabra para esto? A ti el tema “lingüístico” siempre se te ha dado mejor que a mí. Y a mí, siempre se me ha dado mejor hablar con segundas.

Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de sonrisas que acumulabas foto tras foto, mes tras mes, año tras año, había algo extraño en ella, algo me inquietaba en tu sonrisa, como algo incompleto, algo forzado, enquistado. Había un freno en tus comisuras, una contención. Pensé que quizás era porqué estabas simplemente bien. No lo digo en un sentido de “simpleza”, una felicidad banal, de paleto, sino en un sentido más bien numérico, un 7 u 8 sobre 10 de bien. No veía en tu cara esa sonrisa de imbécil que compartimos en nuestros años juntos, esa sonrisa como si alguien nos hubiera disparado con una puta grapadora los músculos de la cara. Era extraña, quizás un poco ingenua, pero era honesta, auténtica sonrisa. No venía fabricada de China, era casera, casera, casera. Y digo tres veces casera para acentuar y dejar claro la triple dimensión de esa felicidad: casera tuya, casera mía, casera nuestra. Nos la inventamos juntos y para nosotros.

También después se me ocurrió pensar en que todo esto podía tener que ver con mi propio sesgo, con mi propio deseo de convencerme a mí mismo que tu sonrisa era menos sonrisa que cuando era nuestra. Quizás estaba intentando magnificar ese recuerdo nuestro para que tuviera una mejor digestión de la realidad actual en la que realmente estabas bien.

Lo que si recordaba con perfecta nitidez era lo extrañamente feliz que había llegado a ser con nuestras conversaciones interminables, brutalmente honestas, a la luz de una lámpara tenue, con un cielo negro aplastante, con cervezas vacías en la mesa, una tetera llena y un cenicero humeante. Esas conversaciones con mi alma desnuda que incomprensiblemente había encontrado confort en esos ojos brillantes libres de prejuicios. Que grande me sentía entre esos cruces de palabras en los que había un exceso de curiosidad y una ausencia absoluta de miedos. Creo que parecía amor, quizás incluso lo era, pero sin duda alguna había incondicionalidad.

Alucinaba con tu manera de mirarme, esa caída de ojos en la que veía reflejada la admiración mutua… seguramente ahora ese recuerdo es con lo único que me puedo conformar.

Cuando me viene esta neura estacional, esta crisis existencial pienso también en que me daría miedo que te casaras con alguien. Que quizás, si tenía yo razón y no resultaba ser yo un envidioso yuxtapuesto… (yo que sé, me ha gustado la palabra, ni siquiera sé si tiene sentido). Decía que si yo tenía razón, me daría miedo que pudieras ser feliz, me refiero a simplemente feliz, mediocremente y eternamente feliz. Esto me angustiaría. Y soy consciente que ser simplemente feliz ya es pedir mucho para muchos, pero creo que en realidad es poco para ti. Habiendo visto tus mejillas sufrir calambres y espasmos de tanto reírte, un poco de felicidad me parecería conformismo, y eso es algo que no te pega nada. Porque además de poco, sería breve, limitado, sería una felicidad con fecha de caducidad, que no tendría la fuerza suficiente como para mantenerte a flote una eternidad.

Si tan solo supiera que ahora vuelves a tener esos calambres, esos partimientos de ojete, esas lágrimas salpicando al ritmo de “ja, ja, ja”, si tuviera esa certeza, creo que podría despedirme del todo de ti, decirte adiós y pensar que ese hilo invisible que nos une todavía ya está roto.

Pero tan solo puedo esperar 20 años y poder ver si estaba errado o no.

Y también quería decirte que muchas veces pienso que me encantaría llamarte, oír tu voz, saber de primera mano cómo piensas acerca de tu vida, desnudar nuestras almas uno delante del otro (sigo siendo el rey de los segundos sentidos), verte, decirte precisamente todo esto que estoy escribiendo en esta carta que voy a leer para mí y que después voy a quemar. Decirte que fue encantador jugar al escondite con el tiempo, y que, en ese último día que nos vimos y me dijiste que cruzabas el charco un día más tarde y que probablemente no volveríamos a vernos, mi único deseo era decirte que quería más, tan solo un poco más. Tan solo un beso más, un abrazo más. Tan solo deseaba un último polvo, nuestras últimas palabras, sentir tu pelo entre mis dedos tan solo una vez más, fregarnos con la piel húmeda, recuperar nuestra sonrisa más auténtica, genuina en un último fotograma eterno. Quedarnos en la cama solamente, por Dios, quedarnos en la cama tan solo cinco minutos más…

Pero me fui, me fui sin mediar palabra, sin saber exactamente como había podido pasar que hubieras podido guardar ese secreto tantos días, sin saber cómo podías haber desnudado tu alma conmigo sin que se viera ese “adiós” escondido tras tu corazón. Me fui asustado como un conejo en medio de una carretera, asustado y sin saber hacia dónde correr. No me sentí ni siquiera traicionado, me sentí vencido. No entendí cómo se te pasó por la cabeza que lo mejor sería que tu último recuerdo de mí fuera esa imagen de hombre derrotado.

Pero con el tiempo, lo fui pensando, lo fui teniendo claro. Que tan solo éramos dos piezas en un puzle complejo e incompleto en el que tan solo quedaba un hueco libre para terminarlo.

Tan solo éramos dos sonrisas auténticas en un mundo postizo.

Comentarios

Albert Pou ha dicho que…
Extraordinario ;)

Imposible no sentirse identificado
Moli ha dicho que…
Hombre, pues mil gracias!
Hacía tiempo que no se cocían comentarios por aquí.
Cris ha dicho que…
Exquisito. Quién no ha sentido algo igual?
Tienes un verdadero don Molinet!
Moli ha dicho que…
Muchas gracias maja :)
La verdad es que es de las pocas veces que estoy contento yo también del todo con el resultado.
Cris ha dicho que…
Uauuu Eduard! M'ha arribat a l'ànima! :)
M'encanta!!!

Cris (postgrau coaching)
Moli ha dicho que…
Mil gràcies guapa :)

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