Final feliz
- ¿Por qué no escribes nunca nada que acaba bien?
- ¿Pero te gustó el cuento?
- Me encantó, pero eso no quita que…
- Entonces ¿Qué importancia tiene que acabe bien o mal?
- Supongo que en ese en concreto no, pero en general, me parece
muy triste que pocos de tus cuentos acaben bien. Tus poesías son dramas parasuicidas.
- Sin pretender ser pesimista, la verdad es que en cualquier
vida, en cualquier historia, en cualquier ser siempre hay algo de sufrimiento.
- También de felicidad.
- También de felicidad. Pero me gusta coger estos pequeños
fragmentos. Tengo la sensación que la gente conecta de manera más intensa, más
fácil con las historias tristes.
- Puede ser…
- Y puede ser también que escribir humor, escribir de manera
que la gente se ría de verdad, es bastante complicado. Sonreír quizás lo puedes
conseguir a través de la ternura, pero un final feliz no siempre es tierno. Es
honestamente difícil hacer que la gente sonría de manera genuina, así con
algunas pocas páginas.
- Ha habido algunas novelas que realmente me han hecho sonreír
así, “genuinamente” como dices tú.
- Pero imagino que incluso en esas novelas, los
protagonistas han pasado por varias penurias antes de poder generar esa sonrisa
en ti.
- Bueno, la historia es parte del final.
- Y el final es tan solo una parte de la historia. Así que,
de alguna manera la diferencia es donde haces el corte, donde haces la “foto”
de la historia. Puesto que no saboreas igual un final feliz si no ha habido
dolor entre líneas. Sin que sea un precedente, te voy a contar una historia que
acaba bien, así que ya puedes suponer que al menos alguno de los protagonistas
va a pasarlo en estas líneas. Pero ante todo quiero avisarte de que
habitualmente, incluso cuando una historia acaba bien para los protagonistas,
es que acaba mal para algún tercero con quien te vinculas menos, cómo el lobo
en la Caperucita Roja, a todo el mundo le parece un final hermoso destripar a
un animal para sacar a una abuela y a una niña de su barriga. Alguien debería hacer la versión vegana del clásico. Al final el lobo
muere desangrado, solo, tras un momento de felicidad absoluto producido por un
atracón de carne humana. Es casi como una tragedia griega infantilizada.
La historia que te voy a contar es una historia real. Es tu
historia y también la mía. Concretamente la parte de la historia que desconoces
y que, estando hoy aquí conmigo, estando yo aquí contigo, puedes suponer que
acaba bien. Ambos sabemos para quién acabó mal esta historia, pero ni siquiera
voy a decir su nombre.
Todo empezó una noche que soñé contigo. En el sueño estabas
allí de pie delante de mí, a cinco o seis metros de distancia. Estabas
posicionada recta mirando hacia un lado, con la mirada fija, yo te veía de
perfil, y enseguida ibas girando tu cabeza lentamente y te quedabas allí
mirándome a los ojos fijamente, sonriendo, sin decir nada. Solamente mostrando
tus dientes de anuncio de dentífrico. Te aguanté la mirada unos segundos. La
paz que emanaba de tus ojos y de tus labios y me aterrorizaba de una manera
atroz, tanto que me desperté.
Me levanté sudando, hiperventilando. Tenía todo el cuerpo
empapado, las sábanas y el cojín estaban mojados también. Busqué como un loco a
tientas el bote de pastillas, la habitación estaba completamente a oscuras y
acabé tirando mi teléfono, las gafas y libros, clínex... Abrí la luz de la
mesita (seguramente la única cosa que quedó en pie) y rebusqué en el cajón.
Encontré un bote y enseguida me di cuenta de que estaba vacío.
Todavía ahogándome, falto de respiración y con ese sudor que
seguía chorreando pero que ahora estaba helado, fui corriendo en calzoncillos
hasta el baño. Abrí el armario que aguarda tras el espejo y encontré otro bote
entero. Lo abrí desesperado, temblando y algunas de las pastillas me cayeron
por el desagüe. Cogí de allí un par, me las puse en la boca, abrí el grifo,
hice un cuenco con mis manos y me eché el agua a la boca para ayudar a
tragarlas. Me sentía enfermo, profunda y desesperadamente enfermo, incapaz.
Al cabo de diez segundos sentí esa tranquilidad psicológica
que uno siente cuando ya sabe que su mal va a desaparecer en el lapso de tiempo
que tarda el hígado en metabolizar la medicación. Pero sin previo aviso tuve
una sensación rarísima en el estómago, me giré instintivamente y me tiré al
suelo. De nuevo sudores, angustia, dolor abdominal. Abrí la tapa del váter con
una velocidad sobrehumana y al instante un chorro de vómito cayó enérgicamente
en la taza del váter. “Me salvé por un segundo de tener que limpiar toda esta
mierda del suelo”, fue lo primero que pensé. Cuando uno es pragmático lo es
incluso en los momentos más bajos. Cuando hube sacado todo el halo de mis
entrañas, bebí un vaso de agua y tomé dos pastillas más.
Cuando me desperté por la mañana, abrí los ojos y tenía un
reguero de lágrimas pero solo en un ojo. ¿Me había estado llorando el ojo derecho
durante la noche? Que cosa más rara. Pensé en contárselo a Gabriel, mi amigo
psicoanalista, pero después pensé en esa extraña obsesión de los psicoanalistas
por las madres e imaginé un sinfín de posibilidades, cada cual más bizarra, que
podían explicar esa rareza somática.
Hubo un día que nos encontramos de casualidad. Quizás te
acuerdas. Llevaba semanas, meses en mi cabeza planeando lo que iba hacer si te
encontraba, lo que te diría. En mi fantasía me saltabas encima, me abrazabas y
me ofrecías ir a tomar un café y charlar. Yo de golpe me hacía el recatado pero
sabiendo (ambos) que ya tenía pensado decirte que sí incluso antes de que me lo
propusieras. En la realidad, cuando nos paramos y nos dimos dos besos distantes,
que casi hicieron el mismo efecto que habernos saludado desde la otra acera. No
dije absolutamente nada de lo que tenía pensado, ni siquiera las comas. Y como
no, te propuse yo sentarnos a tomar algo. Debí presionarte, debí convencerte
porque estuviste dudando, ponías cara de que no te apetecía nada, y aun así al
final lo hicimos, y fue una idea terrible, debí haberme ceñido a mí guion y tú
a tus principios. Debió haber ido todo como estaba en mi cabeza.
Recuerdo cuestionarte, interrogarte, reprocharte… y tú
aguantaste con esta dignidad con la que aleccionas al mundo. Incluso intentabas
mostraste empática, recíproca, tuviste hasta la osadía de alabarme, “te veo
bien, ché, téness una cara hermosa, brillante, impecable”. Y recuerdo bien cómo rechacé tu
bondad. No te dejé escapatoria, dijeras lo que dijeras estaba herido.
“ ¿De verdad puedes decirme que estoy bien? Joder, qué
cojones tienes Claudia. Estoy bastante lejos de estar bien. Pero creo que para
ti es imposible darte cuenta, que me ves aquí, me ves sonriendo, me ves
colgando fotos, haciendo cosas… y es que así se visten las existencias grises,
de grandes y hermosos vestidos de colores, de fachadas pintadas cuando el interior
del edificio está en ruinas”. “Estás
deprimido”, me preguntaste, pero me lo tomé como si lo hubieras afirmado y me
derrumbé y lloré, te hablé casi gritando y sollozando “¡No estoy deprimido! Es
que tú no puedes entender lo que es esto, esta existencia a medias, ese estar
aquí sin estar del todo, esa falta, esa angustia de lo que no hay. No es porque
no estás tú en mi vida, es porqué esta sensación siempre ha estado allí.
Siempre lo he visto todo en blanco y negro, siempre le ha faltado matiz a mi
vida, tan solo he vivido de esbozos, una foto bonita y borrosa.
Y me pregunté mil veces, ¿cómo pudiste haberte enamorado de
un hombre derrotado? Y la única explicación es una especie de delirio de
salvación, una brisa de aire narcisista, una misión divina incrustada en tu
psique que te pedía a gritos que salvaras a alguien, que pegaras los trocitos de
un jarrón roto, que ofrecieras amor a quién no sabía manejarlo. Pero abusé de
eso, supongo que al final tan solo era una visión reducida la que yo tenía de
ti. Por eso no te quedaste, porque tú sabías mejor que yo que me amabas, pero
que no venías a salvarme, venías tan solo a compartir y quererme.
Así pues, estuvimos sin encontrarnos dos, casi tres años,
creo. Para entonces yo ya había inventado un nuevo personaje, un nuevo proyecto
de vida, otro “yo” capaz de afrontar mi nuevo mundo. Escribí unas cuantas
poesías pensando en ti, y otras tantas pensando en mí, infinitas pensando en
los dos. Las imprimí, las grapé y las empecé a vender por cuatro duros cada
jueves en un bar de pijos, acompañado de un breve recital de quince minutos
para hacer algo de “marketing”. No sé qué coño les pasa a los pijos que les
encantan estos locales de mierda que son todos calcados: paredes forradas de madera,
muebles gastados “vintage”, letras grandes de papel maché, las sillas todas distintas y gastadas como sacadas de un vertedero, un par de carteles
con frases que supuestamente deben alejarte de la intención de suicidio
inminente, qué, contrariamente, casi provocan. Locales en los que sin duda
puedes encontrar varias cervezas artesanas, vinos ecológicos, gilipollas con
boina y gafas de pasta, tostadas con aguacate y alguna que otra mierda
incomprensible que necesita de una carta con leyenda a pie de página para que
te expliquen qué coño es.
Pues allí leía mis poesías, y era aplaudido y despreciado a
partes iguales. Ofrecía ese nivel mínimo de sofisticación que necesita un pijo
para tener la convicción de que se está cultivando, pero a la vez esa distancia
abismal que separa alguien que paga cinco euros por una cerveza de alguien que
necesita sentarse en un taburete a leer cuatro párrafos para conseguir una
gratis de tirador.
Y cada jueves estaba allí ese imbécil que solo vestía con
polos y pantalones chinos, unas zapas deportivas para todavía conservar un
toque juvenil, pero con un peinado que decía más de su personalidad que su
propia cara de caballo arrogante. Musculoso, más preocupado por cultivar su
cuerpo pero con esa pretensión postiza de estar llenando su alma de conocimiento.
Casi siempre, cuando estaba recogiendo el librito y las cuatro ganancias,
soltaba alguna perla tipo:
- ¡Eh, poeta! Improvisa algo inteligente.
Iba alternando entre inteligente, bonito, interesante y
algún que otro adjetivo con un significado tan vacío como su cabeza. Una vez
dijo "vibrante" y casi eyaculé de la emoción. Además, me llamaba así “poeta”, ya
ni por mi nombre, ni por mi pseudónimo, simplemente algo así como “poeta”,
neutro, indiferente, uno cualquiera, ni siquiera “yo”.
- ¿Cuándo se acaban las palabras? – le respondí una vez. Cuando
respondía con preguntas el tío ponía cara de besugo al horno, sin saber si callar o responder. – Nunca. Solo
parecen que callen ante un silencio, que es cuando más dicen.
Siempre le metía alguna pregunta o algún rollo sobre el
silencio o sobre la nada. Era una manera de responder rápido, cortante y que
probablemente provocara algún tipo de proceso mental (que me niego a llamarlo “pensar”) curioseando sobre lo que había querido decir, que realmente era
nada. Por lo menos el tiempo suficiente para recoger y largarme. Pero al
séptimo u octavo recital en el que acudió, volvió a intentar tener el
protagonismo de la última palabra.
- ¡Poeta, guárdate
una última poesía que quiero que se la dediques a mi chica!
“A mí chica”, así como otro ser sin nombre, “la cualquiera”.
Lo miré fijamente y sonreí. Pareció complacido por ese gesto, le pareció todo
un detalle, pero mi cabeza estaba imaginando la pobre desgraciada que tenía que
aguantar a ese maniquí que, con ese nivel intelectual fácilmente podría estar recibiendo
una subvención del Estado. Estaría estudiando economía o gestión de empresas en alguna universidad privada. Así que decidí quedarme, y esperé en silencio,
mirándole, desafiándole. “Atrévete a mostrármela, que seré implacable con
ella”. Puse todo mi cerebro al servicio de la burla. Probablemente sería de
estas mujeres que se autoproclaman “amantes de la comida” porque da como un
cierto estado de glamour que zampabollos o gorda. Una auténtica “Foodie”, como
de un estatus superior al ser humano corriente que come, caga y con suerte, y a
veces, folla.
Así que, cuando dijo que ya llegaba y vi que la puerta se
abría, yo ya tenía mi lengua afilada. Pero en lugar de ver a una chica dulce,
extremadamente maquillada y algo rellenita te vi a ti.
Era la primera vez que mi silencio lo había dicho todo.
Me esperé a que te sentaras, no por cortesía sino porque no
sabía ni qué sentir ni qué pensar. Cuando te sentaste y le diste un beso en los
labios sentí algo parecido al asco y asombro a la vez, “ascombro” (por
inventarme una palabra). Sorpresa y fascinación por tu encanto al recogerte el pelo detrás de la oreja. Pero en verdad, hoy puedo ver que lo que sentía era
envidia. Envidia maligna, asquerosa, biliar, vomitiva. Sentía asco de mí, de que
ese cara-camello pudiera besarte, abrazarte, tocarte, amarte, escribirte, acariciar
tus tetas, meter su cabeza en ellas, sentir el calor que esconden tus bragas…
me puse enfermo de nuevo. Esa sensación de mareo, de perderme a mí mismo, de
alejarme de mí…
Hasta que no pronuncié mi frase no te diste cuenta que era
yo. Quizás por el pelo que lo llevaba más
largo, el ir tan descuidado, la ropa estropeada, el atril que me cubría… lo
único que pude pronunciar fue:
- Tras estos espejos que son tus ojos, uno no puede evitar
sentirse la persona más deseada, más hermosa y más nada. – Recogí mis bártulos
y me fui corriendo. No sé qué quise decir, tan solo sé lo que dije. Creo que no
quería decir nada importante y dije, delante de todos, todo lo que me
importabas y cuán resentido estaba. No volví al Brunch Avenue. Ni siquiera
volví a recitar poesía. Me sentí desenmascarado, Batman había subido al pequeño escenario, salía huyendo Bruce Wayne. “Barcelona ya no
me necesita. Los pijos encontrarán a otro pseudoartista con el qué complacerse”
pensé.
Volvieron los ataques de ansiedad, las noches en vela, las
poesías rotas, en definitiva, el caos. Fueron tres días viviendo en un infierno
custodiado por mis recuerdos contigo. Un infierno que solo cesó con un
timbrazo. Recuerdo que fue un jueves, y desde entonces los jueves son mis días
favoritos. Llovía, y desde entonces la lluvia es mi fenómeno climatológico
favorito. Era de noche, aborrezco las noches. Pensabas que diría que es mi
momento del día favorito. Realmente lo es, solo quería joder un poco la previsibilidad del relato.
Abrí la puerta y estabas tú, empapada por todos lados.
Tenías las mejillas rojas como una colegiala yendo a clase en invierno. Respirabas rápido,
nerviosa, como si hubieras levantado tú el ascensor para subir hasta mi piso.
Nos acostamos. Sin saludos, sin preguntas, sin reproches.
Tan solo dos cuerpos respirando al compás y cayendo extenuados de éxtasis.
Mirándonos sorprendidos, como viejos conocidos que se vuelven a reconocer, como
amantes rebosando de deseo.
- Pero... si esto es lo que ha pasado hoy. Hoy hace un rato.
- Claudia, y es hermoso, es un final feliz, el cuento ha
acabado bien para nosotros, no tan bien para el cara de équido ese con el que
ibas el otro día.
- Pero no es un final, ahora nos dormiremos. Mañana nos
despertaremos y veremos…
- Claudia, a veces una tiene que elegir donde termina el
cuento, aunque sus protagonistas continúen viviendo.
- Hay que reconocer que te ha quedado todo muy poético.
- La poesía es la realidad disfrazada.
- ¿La realidad disfrazada de qué?
- Hoy, de felicidad.

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