Fincipio
Los últimos destellos visibles de las estrellas anunciaban
el fin de una noche cediendo el paso a un nuevo día que irrumpía con fuerza
manchando el horizonte con manchas naranjas. Los pájaros eran los primeros en
deleitar con su banda sonora, escondidos entre las ramas de unos árboles que
sufrían el paso del viento y del frío, desnudando las hojas que caían mecidas
para vestir el suelo.
“Fincipio”, había acuñado ella tres años atrás. Ante mi cara
de extrañeza tuvo que explicarse:
-Es algo que me acabo de inventar ahora. Si lo piensas, no
hay realmente un inicio o fin en nada. Un fin
es un punto tras el cual dejas de leer. Un inicio es un punto en el que empiezas a leer obviando todo escrito
anterior. Realmente son dos caras de la misma moneda, separarlos no tiene
ningún sentido. Todo fin es principio, y todo principio es fin.
- Me gusta, “Fincipio”.
Y ese día fue el “fincipio” de nuestra relación y de nuestra
conexión con el término. Pasó a formar parte de ese diccionario nuestro
particular junto otros grandes éxitos de nuestro vocabulario cómo “Cansitado”,
que es cuando estás cansado y excitado a la vez, y no sabes si decantarte por
follar, dormir o ambas a la vez. O como “hambrushi”, que es el hambre exclusiva
de comer sushi. Esas estupideces que todas las parejas comparten y que en todas
es tan distinto.
Hacía frío y estaba nublado, como suele ser en los días malos.
Me había quedado dormido o inconsciente en un banco del parque unas horas antes
y, a pesar de estar abrigado para sobrevivir un año en Siberia, sentía el
cuerpo congelado tirando morgue. Me senté en el banco y rebusqué en mis
bolsillos para comprobar que llevara lo esencial para llegar a casa: llaves,
dinero, teléfono. Lo último no lo encontré, pero en su defecto encontré un
cigarro roto, uno contorsionado y un mechero que funcionaba. Decidí empezar a
fumar el cigarro doblado, el otro era difícil que se pudiera partir más.
No me había acabado de fumar el cigarro que ya se cruzó el
primer tipo corriendo, equipado con unas mallas, una camiseta fluorescente
horrible a juego con sus zapatillas igualmente detestables y unos auriculares
enormes que parecían muy poco prácticos para correr. Jamás comprendí que la
gente despreciara el gozo de tirarse los domingos hasta las diez o las doce en
la cama. La gente que contiene tanto los instintos más básicos no es de fiar.
Todavía quedaban unas dos horas para que ella se fuera de
casa para ir a trabajar. Hasta me planteé ponerme a correr para entrar en
calor, o para asustar a los cuatro motivados, pero me sentía resacoso y
mareado, me dolía todo, no tenía ánimo ni para levantarme de ese banco.
Pasó otra persona corriendo, esta vez una chica joven y
quise pararla para pedirle ayuda para encontrar mi teléfono. Algo en mi aspecto
la debió asustar porque de estar mirándome a los ojos pasó a apartar la mirada
y fingir que ni siquiera había visto mis aspavientos. Antes de quedarme
inconsciente estaba con el teléfono, y quizás se había caído y había quedado
enterrado bajo los montones de hojas. Quizás alguien había pasado, lo había
visto y se lo había llevado.
Tardó casi media hora en pasar una persona más. Ya el cielo
estaba iluminado y el parque ya no daba la sensación de ser un refugio para
yonquis y putas. Esta vez la chica se acercó, se situó delante de mí pero
seguía corriendo sin moverse del sitio, mientras se quitaba los auriculares.
-Hola, perdona que te moleste, llevo una noche muy dura. ¿Te
importaría llamarme a mi teléfono? O bien me han robado mientras dormía o bien
está aquí enterrado entre las hojas, pero las he ido removiendo y no he
encontrado nada de nada…
Ella se quedó dudando.
-¿Es en serio o me tomas el pelo? Ayer por la noche un chico
utilizó una táctica parecida para tener mi número de teléfono y no estoy para
estas tonterías.
- Te lo digo en serio, pareces muy maja pero mi intención no
es ligarme a la primera persona que pase corriendo en mallas. Sería un fetiche
raro, comprensible no obstante, pero no es el mío. Si quieres después puedo
borrar el teléfono delante de ti, así te quedas convencida.
Ella no dijo nada y se sacó el brazal en el que tenía
enganchado el teléfono para escuchar música y empezó a toquetearlo.
-Dime
-Seis cuatro cuatro, seis siete siete, seis nueve cinco –
Hizo un gesto conforme daba línea, y tardó unos segundos pero se empezó a
escuchar la melodía. Me tiré en el suelo frenético para apartar hojas, y en una
de estas golpeé algo duro que resultó ser el teléfono, que salió despedido a un
metro de distancia.
- ¡Mil gracias! Pensaba que no lo encontraría.
- De nada. ¿Eso es Evangelion?
- ¿El qué?
- La música que tienes de tono, ¿es el “opening” de
Evangelion?
- Pues… sí, sí lo es. Vaya, no esperaba que lo reconocieras.
- ¿Por qué?
- No lo sé, simplemente, no tenías pinta que pudieran
gustarte estas cosas.
- ¿Ah, cómo me gusta correr es raro que me guste el anime?
- Tienes razón, es una deducción bastante mala por mi parte,
pero la gran cantidad de prejuicios que tengo sobre el colectivo “runner” es
tan grande, que no esperaba por nada tener algo en común con alguno de ellos.
- Ahá… - dudó ella – en fin, siendo honesta no me interesa
mucho escuchar tus prejuicios. Con razón tienes tan mala cara si no haces nunca
ejercicio. Voy a continuar, que quiero acabar con mi entreno. Un placer.
- Igualmente…. – hice una pausa, esperando un nombre.
- Sara.
- Sara, César. Lo prometido es deuda, voy a borrar tu
número. Borra tú también el mío, no me gustaría que me empezaras a acosar a
mensajes. – Sara se rio, hizo un gesto con la mano y se fue. Me quedé un rato
leyendo las noticias con el teléfono, me fumé el medio cigarro que me quedaba y
me fui a casa.
Al abrir la puerta de casa me crucé con ella, que justo se
estaba poniendo la chaqueta.
-Ya me iba.
- Lo siento, quería llegar más tarde, cuando no estuvieras,
pero hacía frío.
- No importa, pero por favor, empieza a recoger tus cosas, y
prefiero que cuando llegue, en doce horas, no estés por aquí. Espero que esta
semana me dejes las llaves en el buzón.
Perdí mi derecho a réplica la noche anterior cuando le grité
y le levanté la mano. Jamás lo había hecho con nadie y jamás hubiera ido a más.
Pero es cierto que me descontrolé, que dejé de ser yo. Cuando ella me explicó
que había conocido a alguien, y que tenía intención de empezar una relación con
esta persona, hice ver que me lo tomaba estoicamente e incluso me hice el
interesado, casi deseoso de que su felicidad fuera por delante de mis
sentimientos. Pero empecé a beber mientras hablábamos, y el control al que
sometía mis palabras era inversamente proporcional al descontrol que sufría mi
vaso. Al final esa máscara de indiferencia e interés se cayó a tragos mostrando
una imagen monstruosa de mí mismo que jamás había visto. Decir que pasó porque
la quería, sería quizás un clásico del machismo, pero lo cierto es que si no la
hubiera querido, esa traición me la habría traído al pairo.
Grité, la insulté, estampé el vaso contra la pared
estallando en mil pedazos cuya mancha todavía estaba en la pared. Ella se
asustó, y no lo capté. Ella estaba asustada y era el momento para leer su
mirada y poder frenar, pero no tuve freno. La frialdad con la que me estaba
echando de casa, con la que me explicaba su infidelidad de larga duración y con
la que encima me hacía sentir que había sido algo provocado por mi actitud,
rebasó el límite de mi entendimiento. Me acerqué demasiado a ella. Cuando más
asustada estaba más cabreado me sentía. No fue hasta que levanté la mano y ella
se protegió la cara, temblando, que me di cuenta que hacía rato que había
dejado de pilotar mi cabeza. Me aparté de ella y empecé a golpear la pared, y
golpear, y golpear, y golpear, hasta que empecé a sentir el dolor en mis
nudillos y entonces pude parar.
Me pidió que me fuera, que le daba igual donde pasaba la
noche, pero que no sería allí, entre esas cuatro paredes con ella. Habló de
denunciarme, de llamar a la policía, que fuera a casa a recoger mis cosas
cuando ella estuviera trabajando, que no quería verme más por allí, que no
quería verme nunca más, y un montón de cosas más que fueron tan hirientes, como
sorprendentes.
No osé replicar nada, a pesar de la crueldad que habíamos
mostrado el uno con el otro, aunque con estilos bastante distintos. Acabábamos
de quemar nuestro diccionario particular con gasolina. En menos de dos horas mi
perspectiva de vida se fue al traste. Estábamos juntos y cada uno vivía dos
relaciones distintas. Era una locura. Me llevé lo que quedaba de Ginebra y me
fui al parque.
Una vez ella se hubo ido a trabajar, me quedé solo en
“nuestro” (ahora su) hogar. De golpe todo me pareció tan inmenso, distante,
desconocido. Era como visitar una ciudad de la que has visto miles de fotos:
todo es familiar y a la vez extraño. Empecé rebuscar en todas las habitaciones,
a abrir cajones y armarios para ir recopilando en un rincón del comedor todo lo
que me había pertenecido, todo lo que era mío antes a “nosotros”. El resto de
cosas se sentían como si se las hubiera alquilado a ella. Éramos un amor de
alquiler. Cuando quiso cambiar, cambió. Qué curioso, en esa casa el “mío” había
desaparecido para mí, todo era nuestro. Tenía ganas de dejarlo todo allí y de
irme corriendo. Que se ponga mis putos calzoncillos tu nuevo novio, Ezequiel, y
que se los quite para meterse la guitarra que te enamoró por el culo.
Y pensé en Sara. Sin querer pensar en ella, simplemente, su
imagen apareció en mi cabeza. No apareció con deseo, ni siquiera como una
alternativa al despecho que sentía, nada de eso, era más simple. Era lo único
amable que me había sucedido en las últimas veinticuatro horas, pero además,
después de ser consciente que ella me la estaba pegando con otro desde hacía
meses, parecía que pedirle a una desconocida que me ayudara a buscar el
teléfono era la interacción más real que me había tenido en tiempo.
Cómo no había borrado su número todavía, más por un despiste
que por intención de quedármelo, decidí escribirle un mensaje:
-Hola Sara, sé que te prometí que borraría tu teléfono, pero
soy muy malo prometiendo. Me has caído bien, y me gustaría, quizás, en unas
semanas, o un mes, o después de chatear un tiempo… tomar un café, he tenido un
día raro y has sido muy amable conmigo.
A pesar de haberlo leído enseguida tardó casi dos horas en
responder.
-No queda muy bien que me propongas tomar un café e iniciar
una amistad rompiendo la primera y única promesa que me has hecho en tu vida.
- Pero ha sido por una razón de fuerza mayor. Me ha parecido
que no podía eliminar el teléfono de alguien que le gusta Evangelion, iría en
contra de mis principios religiosos y morales.
- Jaja ¿religiosos? Aparte, no he dicho en ningún momento
que me gustara… solo que lo conocía. Pero acepto el café... Por mí no hace
falta esperar unas semanas. Podría ser esta semana, que la tengo más libre.
- Esta semana me va genial. Sara, creo que este puede ser
“fincipio” de una bonita amistad.
- ¿Fincipio?
- Si, es algo que solía decir, una mezcla de “fin” y “principio”…
si lo piensas, no hay realmente un inicio o fin en nada. Un fin es un punto tras el cual dejas de
leer. Un inicio es un punto en el que
empiezas a leer obviando todo escrito anterior. Realmente son dos caras de la
misma moneda, separarlos no tiene ningún sentido. Todo fin es principio, y todo
principio es fin.
- Fincipio… me gusta como suena. Acepto la invitación. ¿Qué
tal el miércoles por la tarde? Así me explicas qué tienes en contra de la gente
que corre.
- Muchas cosas, pero también te podría explicar lo que hacía
dormido en un banco. Y sobre todo, cuántas cosas tengo a favor de Evangelion.
- La verdad es que de ambas cosas, me las puedo imaginar.
Comentarios
cansado de creer que todavía estás,
he vuelto a recordar las tardes del café;
las noches locas que siempre acaban bien.
Y me he puesto a gritar estrellando el whisky en la pared.
Por verte sonreír he vuelto yo a perder.