Enanitos


Hoy he vuelto a escribir. Ha sido reconfortante, relajante, casi catártico. Ha sido como hacerse una paja pero con letras. Te lo explico a ti porque siempre decías que no deberíamos guardarnos esas cosas que separan a la gente, porque has vivido tantas veces este bucle conmigo, que ahora apareces como una enanita dentro de mi cabeza con la que hablo y a la que escribo cosas.

Sabes, durante años me preguntaba cuál era el secreto de la inspiración, y además pensaba que lo tenía claro: era crear un simulacro de escritor atormentado el que me acabaría convirtiendo finalmente en uno de verdad. Me sentaba al borde de la ventana con una libreta arrugada, un vaso de whisky sin hielo (“el hielo es para los maricas” solía decirme y decirte), un paquete de cigarros y empezar trabajar a altas horas de la noche, cuando la ciudad calla. Bueno, cuando la ciudad susurra. Me pasaba horas con bocetos, mapas conceptuales que relacionaban personajes como si fueran reales y de una investigación policial se tratase, frases sueltas que no hilvanaban un relato. Otro vaso, otro cigarro.

A veces te levantabas de la cama con tu bata, si era verano no llevabas nada más debajo, si era invierno tampoco. Te acercabas por el lado, me dabas un abrazo y me decías “saldrá. Si no es hoy, mañana”. Te ibas de nuevo a descansar, tomaba otro vaso, otro cigarro y a veces salía hoy, y a veces salía mañana.

El pack de escritor amateur estaba servido, y efectivamente, en algún momento de todo ese caos esparcido en hojas llenas de tachones aparecía un sentido, una realidad tangible. En ese momento entraba en un trance radical que podía durar desde media hora hasta vete a saber tú cuánto. Incluso algunas veces te levantabas para ir a trabajar y me preguntabas si no había dormido en toda la noche, casi sorprendida, a pesar de que sabías la respuesta porque no me había tumbado a tu lado a abrazarte.

Tras finalizar y publicar el primer libro de relatos breves tuve una borrachera de éxito, no por el número de ventas, que fue “bajo”, pero cualquier número mayor de 100 ya era un éxito para mí. Tras la borrachera, la horrorosa resaca. Estaba seco de ideas, parecía que toda la inspiración había muerto. Ahora soy consciente que debía ser insoportable, estaba todo el día de mal humor y me sentada absorto pensando en cómo pensar más historias, estrujando la cabeza para que emanara alguna idea. Bebía más, fumaba más y tú cada vez me abrazabas menos.

Como decía el poeta “No me da la gana pasar media vida buscando una frase que tal vez no exista”. Cuando decidí que sería un hombre de un solo libro y que mi profesión seguiría siendo para siempre la enseñanza, tú y yo empezamos a recuperarnos el uno al otro. Creo que eso acabó resultando ser más un autoengaño para poder vivir cada día sin la angustia de ver mi sueño truncado, realmente era una tregua disfrazada de resignación sana. Pero nos iba bien. Estábamos bien.

Como si de unas vacaciones largas se hubieran tratado, tres meses más tarde me encontré escribiendo una frase en una libreta: “Solo ellos dos sabían si se querían, pero en el país de las fresas, la cereza es la reina, y Sofía sabía que ese era el motivo por el que continuaba en esa casa”. Un vaso de whisky, un cigarrito y manos a la obra. Cuando me viste te abalanzaste a mí, recuerdo tu cara de alegría mientras me decías “sabía que volverías”. Primero te pedí que no me desconcentraras, pero cuando te ibas apartando poco a poco recuerdo que te dije “bueno, desconcentrémonos un poco” y nos fuimos a hacer el amor.

Recuerdo estar hablándote todo el día de Manuel y Sofía, como si fueran una pareja de amigos, porque hacían lo que hacían y porque decían lo que decían, sus paseos en el parque, sus discusiones, las aspiraciones de cada uno, sus distancias, sus diferencias… cuanto más hablaba de Manuel y Sofía, menos hablaba de ti y de mí. Sin darme cuenta que de nuevo, todo esto iba de mí y solo de mí. De mis textos, y de mis libros, y de mis personajes y que a ti te utilizaba como a un accesorio más de mi postura sucedánea de escritor. No sé si jamás llegaste a pensarlo así. A medida que tú y yo nos íbamos alejando de nuevo, mi inspiración se iba desvaneciendo, como en los trenes antiguos, en los que al partir el tren todavía podías ver el humo estático, elevándose lentamente hacia el cielo, difuminándose en el aire.

Te aburría todo el día con Manuel y Sofía, sobre que no se querían cuando se conocieron y que nunca se habían querido en sus ocho años de relación y que como podía tener sentido que tras separarse, cuatro años más tarde al encontrarse por la calle les diera un vuelco al corazón, te hablaba todo el día del “nexo” que unía ambas partes de la novela, que el tiempo no era suficiente, que por sí solo no puede cambiar las cosas, solo los actos nos cambian, y me faltaban esos cuatro años de vacío entre los dos para entender porque al final del libro si se querían y se entendían. Tú me escuchabas y me proponías cosas que podían tener sentido, pero nada me encajaba. ¿Estaría escribiendo en realidad sobre nuestra distancia, y tú seguías proponiendo cosas y luchando por los dos?

Creo que incluso llegué a culparte de mí estancamiento y visto con perspectiva esa debía ser la gota que colmó el vaso. Me diste todo, fuiste paciente, casi mostrabas admiración aunque ahora veo que no lo era, que era amor profundo y yo lo confundía todo, me lo llevaba a mi terreno.

Cuando te fuiste mi crisis literaria empeoró. Me lo tomé como un efecto del duelo que ni el tabaco ni el alcohol ayudaron a digerir ni a orientar creativamente. Inicialmente soñé que las cosas sin ti irían incluso mejor, que era la manera de quitarme el tapón de la cabeza, pero duró poco ese pensamiento. Empecé a echarte de menos al cabo de dos meses y fue entonces cuando me di cuenta de que sin hablarte, no había literatura, sin tus abrazos, no había literatura. Reconozco que inicialmente ese “echarte de menos” seguía siendo egoísta, te necesitaba para mí libro, eras mi musa. Cuando dejé el libro de lado y abandoné mi idea de ser escritor, así como mis malos hábitos y mi mal humor, empecé a echarte de menos de verdad, a ti, a quién eras, tu esencia y lo bien que me sentía durmiendo a tu lado. Creo que cuando íbamos a la cama era nuestro momento menos egoísta y más nuestro, y quizás por eso no parabas de remarcar diariamente que para ti era lo mejor del día. Para mí también. Y tras eso me di cuenta de que siempre había podido escribir porque tú me llenabas y escribir era mi manera de vaciarlo al mundo.

Esto no quiero que suene como una carta de disculpa por haber sido un cretino y un egocéntrico. No porque no quiera disculparme, sino porque si lo hiciera, seguiría siendo egoísta, te escribiría para quedarme en paz. Y no lo quiero. Esto es una carta de agradecimiento, porque he tardado años en llegar a ti.

Es una carta de agradecimiento y quería compartir contigo que ahora he vuelto a escribir por y gracias a ti. Aunque no pueda estar contigo, aunque ya no hablemos, ahora comparto piso con tu sombra, que no puede llenar mi vida pero sí mis páginas.

Quedará poco para acabar el libro. Manuel y Sofía vuelven a encontrarse porque esos cuatro años separados no eran vacíos. Ese pequeño enano, esa imagen, la sombra de cada uno de ellos había ido creciendo dentro del otro, y al reencontrarse por la calle se llamaron, esta vez por su verdadero nombre y se miraron con su verdadera cara.

Comentarios

Albert Pou ha dicho que…
Quiero decirte en silencio que sobran palabras, que faltan momentos, que no siento nada, que vengo a buscarte y que nunca te encuentro.
(...)
Quiero morir, si no estás, de una muerta violenta.
Creo que hoy habrá tormenta.

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