Casi infinito

El beso más largo del mundo duró tan solo un segundo, ¿te acuerdas? Fue el último beso que nos dimos, y duró exactamente el doble que nuestro primer beso, que fue casi infinito.

Lo más horroroso fue el aviso. Si no hubieras anunciado nada y nos lo hubiéramos dado sin más, hubiera durado lo mismo en todos los relojes del mundo: 1 segundo. Pero lo advertiste, "este va a ser el último beso que nos vamos a dar", y con diez palabras lo hiciste eterno. Me quedé paralizado por tú osadía, me pregunté como coño podías ser capaz de vaticinar todo lo que iba a suceder en nuestras vidas en los próximos cincuenta años, como para estar tan segura de que iba a ser el último. Me molestó muchísimo. No fui capaz de decirte nada. Aunque de momento llevas razón.

Nos acercamos lentamente hasta que nuestras caras chocaron la una con la otra. Tus labios estaban fríos, como si estuviera besando a una muerta. Pero tu estabas viva, quizás tus labios ya no se calentaban al juntarlos con los míos. Lo que estaba muerta era la relación.

Los relojes se pararon, dándome todo el tiempo del universo para poder hacerme a la idea de lo que decían tus labios sellados, apretados con los míos, como si nos estuviéramos transfiriendo lo que no nos habíamos atrevido a pronunciar (y que había de decir en algún momento) a través del silencio y de la saliva.

¿Cuándo dejamos de ser "dos"? ¿Cuándo nuestro amor dejó de ser ese complot contra un mundo hostil lleno de odio y rabia? Sin darme cuenta me había ido volviendo grisáceo, fusionándome y desdibujándome con este mundo terco y sin solución, mientras tu seguías buscando alguien que calentara tus labios. Quizás lo encontraste ya.

Muchas veces siento como si todavía estuviera atrapado dentro de ese beso que no acaba de terminar nunca. Intento paliar esta sensación buscando unos labios ajenos que me puedan dar algo de calor, que sacien el frío polar que dejaste en mi casa cuando te fuiste. Pero nada apacigua este frío tiritante.

Probé con la bebida, como recomendaban los poetas, pero solo conseguía quemar mi garganta.

Probé con la poesía, como recomendaban los alcohólicos, pero solo conseguí más palabras para definir "frío".

No sé cuantos meses habían pasado desde que había empezado nuestro beso interminable. Me fui al coche, que estaba parado desde antes de nuestra ruptura. Necesitaba un espacio pequeño, asfixiante, que me contuviera. Mi habitación, mi cama se me hacían grandes. Me senté en el asiento mirando por el cristal, cogiendo el volante con las dos manos, apretando, estirándolo, y finalmente dándole dos puñetazos que hicieron sonar el claxon de manera ridícula. Algo me llamó la atención por el retrovisor. Había un pañuelo en el asiento trasero.

Música

Era tuyo. Ni siquiera lo reclamaste. Lo sostuve un rato en mis manos, lo acerqué a mi cara sin ninguna intención. Pero allí estaba un trocito de ti pegado en esa tela. Se me dilataron las pupilas al olerlo. Era definitivamente un trocito de ti pegado en el pañuelo. Dulce, cítrico con unas notas de madera. Encontré un remanso de paz en medio de esa desesperación, un oasis cálido en medio de esa tundra desértica. Sentí algo de calor en el paseo de mis labios por el pañuelo. 

Sentí per fin que las manecillas del reloj empezaban a moverse a la misma velocidad que caía una lágrima tras otra. La vida sin ti se mide en lágrimas por segundo, dividido por la distancia que ensucia nuestra ecuación. 

Me quedé mirando el techo y aspirando cada molécula de tu aroma que quedaba en ese trocito de tela, sonriendo por fin y entendiendo que cuando no quedara nada de ti allí, el reloj se volvería a encallar. Que la única manera de sobrevivir a tu condena es que ese beso no acabara nunca en mi cabeza, aunque me congelara por el camino. Aunque me muriera de hipotermia en el intento.

Y entonces escuché los golpecitos en el cristal. Toc, toc, toc. 

Y te sentaste a mirar el techo conmigo. 

En silencio.

Sin tocarnos. 

Pero ambos conectados a través del pañuelo.

"No solo se puede besar con los labios" pensé. Y un segundo más tarde ella tiró suavemente del pañuelo, de manera orgánica dejé de sostenerlo y ella se lo acercó a la nariz.

"Venía a buscarlo", dijo, "venía a buscarlo porque siempre me lo quitabas y te lo acababas poniendo tú, y me gustaría conservar algo que tenga tu olor".

Nadie dijo nada más. Ella salió del coche y cerró la puerta.

Lo que quedaba "de-ella-y-de-mí", de los dos, estaba impregnado en ese pañuelo que se llevaba puesto cerca del corazón. "No solo se puede besar con los labios", pensé de nuevo, y también tuve la certeza definitiva de que ese había sido nuestro último beso.

Que había tenido principio, y que había tenido fin.

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