Julieta
Siento romper el
silencio que impusiste entre nosotros pero la ocasión lo requería. Y digo muy
claramente “impusiste” porque, a pesar de que yo accedí sin pedir más
explicaciones, mi conformidad era más bien una aceptación forzada que un
acuerdo conjunto.
Para mí es muy
importante poder compartir esto contigo. Compartir que he vuelto a respirar.
Sí, inhalar, coger aire, llenar mis pulmones, los dos a la vez, llenos de aire…
y soltarlo lento, pausadamente, sin prisas, sin sollozos, sin ahogos.
Creo que la
semana pasada incluso puedo decir que disfruté. Casi duele de emoción al
decirlo. Estaba tumbado en la playa en una zona en la que había algún árbol,
que aun siendo un gran alivio para este calor insoportable, permitía que los
rayos de luz se colaran entre el balanceo de las hojas con el viento. Levanté
la mano, estirando el brazo lo más recto posible y como con la ambición de
agarrar el sol y aplastarlo entre mis dedos. Pero los rayos de sol se colaban y
algún destello iluminaba mi ojo y aun así no podía dejar de mirarlo,
hipnotizado, tan solo evitaba una potencial ceguera cerrando ligeramente los
ojos. Y me descubrí sonriendo porque estaba sintiendo paz después de tantos
años.
La gente no ha
parado de decirme de manera repetida que estoy en una depresión, pero yo no
estaba deprimido. Estaba muerto. ¿Acaso no lo estabas tú también durante un
tiempo? Siempre pensé que por esto te fuiste, para no morirte todavía más, para
no morir una segunda vez dentro de la primera, como las matrioshkas, las
muñequitas rusas, una muerte dentro de otra muerte, dentro de otra, y de otra,
y de otra… pero obviamente, para mí fue una cagada. Tu huida fue mi segunda
muerte. ¿Cuántas muertes es el alma de uno capaz de aguantar?
Y es que de
alguna manera una parte de mí sigue pegado en tu cuerpo todavía, dejada en un
rincón, pudriéndose. Otras partes de mí quedaron escindidas en camas ajenas,
sitios que no puedo ya ni recordar. Pero mi “todo” se quedó con Julia.
Pero quería
decirte que a veces de la nada nace algo. Un pequeño “big bang”. Una vida
después de la muerte. De todas las camas que me hicieron llorar, beber,
vomitar, desgarrarme al regresar de ellas, hubo una en la que encontré alivio.
No he venido a
contarte que me enamoré, porque creo que no es amor, es… joder, es sosiego.
¿Has sentido algo así durante estos años? Sosiego, Anita, ¿lo has sentido?
Deseo que sí, con todas mis fuerzas. Un alivio ante el dolor del mundo entero,
de nuestro dolor, el que compartimos. Ojalá que sí, lo hayas sentido.
No me enamoré,
pero si hicimos el amor. Necesito contarte todo de una vez. Abrir la boca una
vez más, decirlo todo para poder despedirme de ti. La primera vez que lo
hicimos no sentí nada, como tantas otras veces, con tantas otras personas. Ella
quiso ir a ducharse, yo estaba hastiado, cansado. La gente se suele cansar de
mi actitud de mierda. Pero ella se fue al baño de buen humor y puso música “chachachá”.
Su padre era cubano, su madre catalana. Vino de nuevo a la cama, mientras se
escuchaba la música y el agua caer a la vez, yo miraba vacío por la ventana,
sin pensar, me llevó de la mano y me arrastró a regañadientes hasta la ducha y
debajo del agua se puso a cantarme en la oreja y a bailar pegada a mí. Por
inercia me moví, arrítmicamente, pero con cada “cha” que sonaba algo se iba
moviendo dentro de mí. “Cha” y un golpe de cadera, el “cha”squido de las gotas
de agua cayendo en nuestra piel, “cha” y otro golpe de cadera, “chao” y una idea
oscura se desvanecía de mí cabeza, “cha” y otro golpe de cadera”, “cha” su piel
mojada contra la mía, “cha” las caderas chocaban, “cha” y desaparecías un
minuto de mi cabeza, “cha” y se iba la muerte se alejaba de ese rincón
minúsculo y lleno de vapor. Era tan bonito ver esa escena desde fuera que
parecía incluso amor de verdad.
Volvimos a su
cama e hicimos el amor, esta vez sí, con todas sus letras. Solo ella y yo, la
mestiza. Y Julia durante un ratito ya no estuvo por allí. Después descansé,
minutos, horas, no sé… pero descansé de verdad, al fin.
“¿Por qué no te
haces un tatuaje con el nombre de tu hija?”, me decía hace poco Marina, que
sigue siendo mi mejor amiga. Los años no pasan para nosotros. “Quizás te ayude
a sacártela un poco de tu cabeza, que quede en algo externo, en tu piel, un
lugar en el que sepas que siempre que la busques la vas a encontrar”. Pero yo seguía pensando que no necesitaba
tinta en mi piel sino a ti, Anita. Aunque eso no se lo pude decir. No puedo seguir
hablando de ti, más por los demás que por mí, para que no me molesten con que
es agua pasada. Así que sin pensarlo demasiado, y siendo un poco seco respondí:
“¿Si no está en mi vida, para que cojones la quiero en mi piel?”. Y entonces me
puse a pensar:
Recuerdo tenerla
en brazos un momento, viva, llorando, haciendo ruido, moviéndose, limpiándola,
molestando (como su madre) pero viva, abrazándonos los tres, sin acabar de
creerlo del todo. Unos días más tarde, en estos mismos brazos, estas mismas
manos, estos mismos dedos que te escriben ahora, sosteniéndola, sin respirar. Y
con ella perdí el halo, perdiste el halo, perdimos todo el aire del universo.
Yo siempre me había estremecido solo de estar contigo, en la misma habitación,
respirando el mismo aire… se hizo el vacío y nos perdimos todos.
¿Por qué Dios es
tan jodidamente cruel? Pensé en la posibilidad de dejar de pensar que existía,
o quizás, en todo caso, otra posibilidad
sería permitir su existencia sin acercarme nunca más a una iglesia. Al final mi
decisión fue dejar de creer en él, pero ir una vez al año a la iglesia, por si
acaso sí existiera y yo estuviera equivocado, pudiera ver que a pesar del rencor
por lo menos estaba dejando la puerta abierta a perdonarlo algún día. Pero lo
cierto es que no podría perdonar al retorcido que permitió que esto sucediera.
Siempre sentí que
me culpabas por lo sucedido, a pesar de que fuera un fallo cardíaco que no se
detectó en ninguna de las pruebas. “Muerte súbita”. Me culpabas porque no la
había querido desde el primer test, porque tardé en quererla. Porque cuando te
quedaste embarazado no me ilusioné como te ilusionaste tú, porque tenía miedo,
porque pensaba que no era mi momento, porque tenía un mal trabajo y tú ninguno
en absoluto, porque no sabía si podría quererla, porque no sabía si podría
quereros a las dos, porque ya te quería a ti y te conocía así, sin barriga,
porque te dije que podíamos abortar y esperar un par de años a hacerlo bien,
porque te hice llorar, sufrir con mis dudas, hacerte dudar a ti. Tu valentía me
empujó, “lo haré contigo o sin ti”, ya era el amor de tu vida antes de verla.
Yo llegué unos meses más tarde al mismo sitio. Pero llegué. Y aun así algo
dentro de ti me culpó por lo sucedido, por no haberla amado antes. Porque no
podías culpar ni a Dios ni al demonio, ni a los médicos que no tenían la culpa
de nada. Solo quedábamos tú y yo para disparar.
Y te alejaste en
el momento en el que debíamos protegernos, unirnos, cuidarnos. Te fuiste
alejando, te fuiste de casa, no querías ver a nadie en unos meses. Hasta que te
vi con él, cogida de la mano en una cafetería, tan públicamente que pensé que
estabas esperando a que cualquiera os viera y me avisara. Me pareció tan… ¿pronto?
No sé cuánto es el tiempo prudencial, pero me pareció que huías, que había sido
tu salida fácil, que era una manera de borrar a Julia, de borrarme a mí, de
cortar por lo sano, de poder empezar algo nuevo. Lo que más me horrorizó fue tu
sonrisa, tu felicidad… parecía tan auténtica. Recordando tu cara, hoy he podido
entender que seguramente os queríais de verdad, que quizás eso es lo que te
ayudó a ti a volver a respirar, que buscaste aire en todos los rincones de la
ciudad y lo encontraste.
Esta carta no es
para decirte que encontré un amor fugaz tirando trozos de madera en una hoguera
en San Juan. Es para decir que el tiempo y las circunstancias me han permitido
entender algunas cosas sobre lo quepasó. ¿Sabes? Los últimos años llegué a
convencerme de que no había la posibilidad de volver a sentir amor por alguien
y que fuera recíproco, pensé que tal vez ya había usado la cuota de amor que la
vida me había otorgado, pero apareció la mestiza, y por unos instantes esta
esperanza regresó fugazmente. Pero la carta era sobre todo para hablarte de
Julia, de algunas cosas que nunca pude decirte, lo que nunca pude llegar a
decirle a ella.
Tuvimos algunas
discusiones acerca del nombre los últimos meses del embarazo. Yo quería que se
llamara como mi madre, Julieta. Pero nadie quería que se llamara como ella, ni
tú, ni nadie en tu familia, ni siquiera en la mía. No entendía el rechazo total
por el nombre. Entonces pensé en ponerle Julia y a ti no te desagradaba, y
aunque no te presioné creo que fue mi ilusión en el último trimestre que te
hizo convencerte de ello. Y así podíamos entrar en un pequeño vacío legal, en
la intimidad nuestra Julia podía ser mi “Julieta”, cuando nadie nos escuchara,
en nuestro pequeño juego padre-hija podría llamarle cariñosamente “Julieta” y
entonces así, y solo así me moriría de amor al estar solos y admirarla. Todo el
amor del que dispongo podría caber en una sola palabra y siete letras.
Pensaba todo esto
mientras estaba con Marina y, ¿sabes?, lo peor de todo, lo que más me duele de
todo esto es que en esos pocos días, en esas pocas horas que la tuvimos jamás,
ni una sola vez, pude llegar a decirle “Julieta”.
Marina me miraba
fijamente mientras pensaba en todo esto y yo me tapé la cara con las manos no
sé si por vergüenza o qué, y antes de que me diera cuenta las gotas se colaban
entre mis dedos y caían en el papel que hacía de mantel en el restaurante, sin
hacer ningún tipo de ruido, sin la respiración entrecortada, todo un experto en
el llanto, con los ojos tenía suficiente para morirme de dolor una vez más.
Marina me acariciaba el pelo, como se le acaricia a un chiquito que se la acaba de colgar el balón en el árbol y yo ya sabía que de ese árbol no la íbamos a rescatar.
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