09/11/16
Hay dos tipos de personas.
Siempre hay dos
tipos de personas. una vez pronuncia esta frase puedes acabarla como quieras. Es
muy fácil dicotomizar y clasificar en base a cualquier absurdidad: “las que
llevan sombrero y las que no”, “las que les gusta el chocolate y las que no”, “las
que están vivas y las que están NO” (¿serían personas ya?). Yo quería empezar
diciendo que hay dos tipos de personas, las que borran sistemáticamente sus
correos electrónicos y las que no eliminan nunca ninguno, acumulando gigas en
un servidor perdido entre Noruega, California, Birmania y Bangladesh.
Yo soy de estos segundos.
Nunca sabe uno cuando le pueden anunciar que se va a morir de cáncer en tres
meses y quiere aprovechar ese cupón del cinco por ciento en aceites esenciales,
dar mil euros a ese príncipe africano que necesita rescatar a su hija o comprar
Viagra a granel.
Muy vez en
cuando, cuando estoy aburrido en el trabajo, voy repasando algunos, casi siempre
los últimos recibidos. Uno va a suponer que son los más importantes, puesto que
si hay cinco mil correos enterrados debajo de estos y no ha explotado el mundo,
es que no es necesario tocarlos ya más, se quedan haciendo cojín a los que van
llegando.
Un día estaba hablando
con uno de mis mejores amigos, Edu, que es del primer tipo de personas: de las
que lleva sombrero, le gusta el chocolate, está vivo (de momento) y borra los
correos cada día como un puto psicópata. Aunque según él, el psicópata soy yo.
-¿Quién cojones
guarda más de 10.000 correos?
-5000… creo.
- ¡Dios, no sabes
ni los que tienes!
-Menos de 15.000,
creo.
Se tiraba de los
pelos, lo más gracioso es que le quedaban pocos. Me daban ganas de frenarle, el
tiempo hará sus estragos alopécicos solo, no hace falta que se ponga a ayudarle.
Pero me hizo
pensar y comprobar que, efectivamente, el número de correos se acercaba más a
15.000 que a 10.000. Pero además hizo darme cuenta de algo mucho peor. Llevaba
acumulando correos desde hacía 15 años.
Lo sé, para
muchos quince años es un suspiro, un bufido, cuatro velas mal sopladas, una noche
larga con un despertar duro. Pero para mí era media vida. Y media vida duele
más que un suspiro. El problema no era el pelo de Edu cayendo. El problema era
el pelo de todos cayendo, emblanqueciendo día a día. El problema era la caída
del todo, esos pasos inexorables hacía la nada.
Así que tras
despedirnos ese viernes por la noche y después de cuatro cervezas y unas
bravas, decidí desenterrar del polvo de ese listado infinito de correos, esta
vez empezando por los primeros. Empezando por 2006.
Pasé un sábado
extraño haciendo un baño por las aguas de mi pasado, (re)viviendo estados
emocionales de todo tipo. El más mayoritario fue el aburrimiento, que ayudó a
que empatizara con mi amigo Edu y decidiera eliminar algunas cosas que, me
sorprendí de que me parecieran lo suficientemente interesantes como para mantenerlas
en mi eternidad digital. Otras en cambio, me hicieron sonreír, sorprenderme,
taparme la cara con las manos, avergonzado… ¿Cómo es posible que uno tenga una
sensación de continuidad vital, y cuando repasa su vida, sus palabras, sus
respuestas… no se encuentra acaso de nuevo ante un viejo (des)conocido? En
muchos correos me sorprendió reconocerme, en otros en cambio me desconocía
totalmente, como cuando le mandé a un profesor de la universidad un correo
porque, en clase, se burló de otro alumno que habló del “costo” (que también es
como llamábamos al hachís) y le corrigió (erróneamente) diciendo que la opción
correcta era “coste”, y que “quizás tenía la cabeza pensando en el descanso”.
Solo mostré el correo a mis amigos, pero ahora me parecía un acto de pedantería
innecesaria.
Ya había
oscurecido y tan solo había repasado una mínima fracción de los correos que se
escondían en las entrañas de mis “arrobas”. Estaba por abandonar mi cruzada e
irme a dormir cuando una dirección captó mi atención: laura.guasch.soler@gmail.com
¡Laurita, joder!
¿Qué coño habrá sido de ella? Ese correo justo era de 2007. Era mi segundo año
en la universidad. Yo en ese momento trabajaba en (insertar cualquier compañía
telefónica principal del país que funciona como una organización criminal y que
empieza por “Movi” y acaba por “star”). Trabajábamos centenares de personas en
unos cubículos de mierda, cogiendo llamada tras llamada en el servicio de
atención al cliente, soportando gritos, insultos, quejas, y apenas alguna
persona interesada en algún producto. Laurita estaba ubicada a mis espaldas y
yo a las suyas.
Generalmente mi
rutina consistía en llegar, trabajar tres horas, ir al baño, ir al “office” a
calentar una napolitana de chocolate industrial de supermercado y regresar al
trabajo tres horas más antes de caer muerto esperando levantarme pronto y no
dormirme para ir a la universidad. No me relacionaba con nadie. Pero fue
Laurita que tras varios descansos (en los que ni me fijaba que existía) me vino
a saludar. Me dijo “hola” tímidamente. Yo contesté contrariado, un gesto, una
palabra casi gruñido. Me dijo “soy la que está detrás, justo la que está detrás
de ti, sentada a tus espaldas” y se señaló la espalda con los pulgares, por si
desconocía esa parte del cuerpo.
La verdad es que
me pareció tierna en ese momento, me pareció como una niña pequeña que su
excusa para hacer un nuevo amigo es que compartís el mismo nombre, las mismas
zapatillas, el mismo color de camiseta o estar sentado detrás el uno del otro.
Pero lo cierto es que tras esa pequeña presentación con Laurita empezamos a
coincidir en todos los descansos y nos fuimos conociendo de 10 minutos en 10
minutos. Estudiábamos en la misma universidad, yo Psicología, ella Física.
Curiosamente nunca nos habíamos visto allí (ni nos vimos jamás en el campus). Ambos
nos pagábamos la universidad con el trabajo. Pero se fue forjando una amistad
que traspasó los límites del trabajo y, a pesar de que nunca quedamos para
tomar algo fuera del trabajo, pasó al ámbito digital.
Se me ocurrió
buscar en el servicio de correo toda la correspondencia que nos habíamos
mandado a lo largo de esos años y… bueno, me pareció algo decepcionante. En mi
recuerdo había correspondencia semanal, me imaginaba con en el siglo XV,
enviándonos cartas que tardaban largas jornadas y uno esperaba con impaciencia.
Recordaba con cierto romanticismo ese intercambio, eso sí, sin estar nunca
enamorados el uno del otro (creo). Así que fue un poco triste encontrar un solo
puñado de correos que rompieron en pedacitos mi fantasía epistolar. “Quizás es
que los borraste”, pero ese pensamiento duró poco puesto que quitaría todo el
sentido por el que empecé esta cruzada, que era que yo nunca borraba nada.
Seis meses más
tarde de nuestro primer correo le mandaba otro en el que le explicaba que tras
finalizar ese año de universidad, iba a dejar el trabajo y nuestra relación
pasaría a ser sobretodo digital. Ella respondió que podríamos vernos también
algún día para tomar algo y me di cuenta de que no le contesté ese correo.
Respondí tres años más tarde, aunque no era exactamente una respuesta.
“Laurita, ¿Cómo
estás? Cuánto tiempo. ¿Todavía te quejas como una vieja? Tan solo quería
decirte que hoy me acordé de ti, he visto que pronto venía Sun Kil Moon al
Apolo. No te escribía para informarte, estoy convencido de que estás al tanto,
simplemente es porque al verlo inevitablemente me he acordado de ti”. El mail
continuaba explicándole en qué estaba metido tras haber acabado la carrera, mi
nuevo trabajo, mis nuevos estudios. Estuvimos un tiempo escribiéndonos de
nuevo. No me acordaba pero por los correos electrónicos quedó claro que nos vimos
una vez (aunque era difícil distinguir por los correos si fue una casualidad o
realmente quedamos) y continuamos una nueva cadena de correos, no tantos como
esperaba, pero durante un tiempo más.
Y de nuevo, un
último mensaje de ella diciendo que estaría bien que nos volviéramos a ver, y
de nuevo, quedó enterrado sin respuesta. ¿Será que a las mujeres les gusta
tener la última palabra, o es que los hombres somos gilipollas? Aunque por otro
lado, siempre hay un correo que se escribe por última vez y que no obtiene
respuesta. Si no, basaríamos nuestra vida en estar encadenados en un ordenador,
condenados a dar respuesta a cualquier mensaje entrante ad infinitum. Siempre
hay un mensaje que no queda contestado.
Decidí reiniciar
una nueva cadena de correos con ella, casi quince años después del primero. “Deseo
que no te hayas cambiado de mail” escribí, aunque deseaba más que no se hubiera
olvidado de mí. Le expliqué cuatro cosas de mi situación actual, lo justo como
para ser comunicativo, pero no lo bastante como para que pudiera interesarse
más. Le expliqué como había llegado a acordarme de ella de nuevo, y me disculpé
por el mail no respondido hacía más de diez años, con captura de pantalla de su
último correo incluida, por si Laurita era del tipo Edu y había borrado todo
nuestro epistolario.
Decidí reiniciar
una nueva cadena de correos con ella por dos motivos. Uno, el obvio: el interés
resurgido, la nostalgia. El segundo tiene que ver con mi madre.
Mi madre estudió
medicina en la misma universidad en la que yo estudié. Nunca fue gran amante de
las personas, así que siempre se relacionó fantásticamente bien con los
animales, con los muertos y con sus hijos. Que cada uno saque sus propias
conclusiones de la categoría a la que caigo mejor. Así que sorprendía saber que
tenía un grupo de cuatro amigos en la facultad, de los que de vez en cuando
mencionaba, recordando alguna anécdota feliz. Y sorprendía que de todos solo
tuviera comunicación con uno de ellos una o dos veces al año.
Yo todavía iba al
instituto cuando un día me explicó que se había propuesto llamarlos a todos a
raíz de un posible encuentro, una cena que se estaba organizando para celebrar
los treinta años de la graduación de su promoción. Se había propuesto reunir a
la vieja banda para asegurarse de que iban a ir todos “sino, no tengo ningún
interés en ir”. La veía especialmente ilusionada en ver a Joanet (en otros
momentos hablaba de él como el Doctor Costa). Era un clásico de las anécdotas
de la universidad de mi madre, siempre me lo imaginé como un dandi, un tipo
elegante aunque un poco descamisado, algo despeinado, con un derroche de
carisma e inteligencia, y que siempre hacía juegos de manos con los cigarros,
malabares entre cerillas, fuego y humo. Es quién todo el mundo querría ser en
la universidad, o así me lo imaginaba yo con mi cara llena de granos.
Recuerdo la cara
blanca de mi madre tras colgar el teléfono. “Murió hace diez años”. Se sentó,
la hostia de realidad, el chasco de llamar a una madre para recordarle que su
hijo estaba muerto. Cáncer de pulmón. Casi tan previsible que hasta molestaba.
Entonces pensé
que no podía pasarme a mí. No con los míos. Los míos estarían bien cerquita,
siempre. Las personas que he querido no las dejaré lejos. No con Laurita. No
con Edu. No con los demás.
Tras una semana
habiendo enviado el correo y no obtener respuesta empecé a preguntarme si es
que, o bien se había convertido en una hippie enemiga de la tecnología y
estaría haciendo baños de bosque abrazando árboles, es que estaba muy ocupada y
mi correo estaba enterrado entre otros más, quizás no sabía ni cómo responderme
y se lo estaba pensando o es que quizás, efectivamente había muerto.
Así que me fui a
buscarla por las redes sociales, fue fácil, pues su correo electrónico eran sus
apellidos. Primero encontré su red social curricular, profesional. Trabajó en
un instituto en Barcelona durante cinco años, el mismo instituto en el que ella
había sido alumna tan solo unos años antes. Círculos interesantes que la vida
cierra.
Encontré su Facebook
y lo primero que vi es que tenía una foto bastante actual. Lo cierto es que
apenas había cambiado, solo su corte de pelo. Me ilusionó verla. Lo siguiente
que vi fue su último escrito público, el 09 de Noviembre de 2016, en el qué, joder,
su hermano hablando por ella, anunciaba que había muerto.
Me quedé blanco.
Hecho un puto asco. La historia se repite, constantemente y asquerosamente.
Constantemente muere gente a la que no hemos dicho adiós, que quisimos de
alguna manera y ya no están en nuestras vidas, sin posibilidad de volver a
entrar.
¿Se acuerdan los
demás de mí, de mi existencia? ¿Son como yo, nostálgicos que hacen repasos
obsesivos acerca de los acontecimientos que los han marcado, o quizás ya no
existo en su cabeza, han borrado mi nombre, mis recuerdos? Quedando relegado a
un ruido de fondo, a “aquel otro que también venía, cómo se llamaba, ese, bueno
da igual”.
Me puse muy
triste. Desperté a mi novia (ahora mí mujer y la madre de mi hijo), que aunque
no le hizo mucha gracia hablar a la una de la madrugada, escuchó mientras me desahogaba
y lamentándome de las desgracias humanas, mientras bostezaba y se fregaba los
ojos. Fue ella la que me dio la idea, quizás para que la dejara descansando. Me
dio la idea de que si no podía dormir, que aprovechara para escribirle, para
tener la última palabra, no como en el anterior correo, sin saber lo que
encontraría, con dudas sobre si respondería o no, sino convencido de que esta
vez no habría respuesta.
“Hola Laura,
Esto es lo más
extraño que he hecho en mi vida. Jamás le he escrito un mail a una muerta,
jamás he escrito un mail a alguien sabiendo que no va a ser leído jamás. Creo
que este mail es más para mí que para ti. Pero me he entristecido mucho al
saber que tú ya no estás aquí.
La única
información que he podido encontrar es que estabas enferma, que “la enfermedad
acabó contigo”. Sospecho cáncer por ser típico, pero realmente no sé a lo que
te enfrentabas. ¿Era por eso que siempre estabas mal? ¿Era por eso que yo me
burlaba de ti? Te llamaba vieja, lisiada, quejosa… con cariño, pero quizás había
algo más. ¿Lo sabías tú y hacías ver que no pasaba nada, solo para que no me
preocupara? ¿Era porque no teníamos quizás la suficiente confianza? ¿O quizás
no sabías nada de toda esta enfermedad?
Tengo tantas
preguntas que no pueden tener respuesta. Me encantaría hablar con alguien de tu
familia, hablar con tu hermano, pero me pregunto si no sería eso hurgar en la
herida, una que no desean tocar ya más. No quiero que me pase como le pasó a mi
madre. Además ¿quién soy yo ahora en tu vida? En tu…no vida.
Pero si quería
decirte que siento haber hecho tarde otra vez más. Siento siempre llegar tarde
a todos los sitios. Siento no haber respondido a ese neutro “deberíamos vernos
y explicarnos como nos va”. Quizás era importante para ti y te decepcioné.
Quizás debería haber dicho cualquier cosa, lo que fuera, cualquier cosa que no
fuera el silencio, que no te fueras sin respuesta una vez más. Qué mierda. Sin
ti delante todo son “quizases”
Creo que mi
relación contigo, errática, inconstante, poco cercana…no reflejaba el aprecio
que realmente te tenía. Eso es lo que me duele más, no haber podido
transmitirte en ningún momento ese aprecio real que tenía, porque había otras
prioridades. Porque vivía todavía con la sensación de ser eternos y de que
cualquier cosa sería un reencuentro.
Quizás este
correo es más un acto de egoísmo, que me quede yo con la tranquilidad de
haberte podido despedir, de alguna manera. Pero egoísta o no, te recuerdo.
Te recordaré. Te
escribiré.”
A la memoria de
Joan Costa i Laura Guasch Soler. No teniu altra cosa en comú que ser recordats
per aquells que van ser al vostre costat i avui sortiu plegats en un relat.
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