Triología
Hoy me he despertado con la polla dura. Tal y como suena.
El despertar me ha
sorprendido con una erección de campeonato, ¿o acaso ha sido más bien que la
erección ha sido la culpable de mí despertar?
Debo reconocer que ha
sido una empalmada digna de una película erótica, perfecta, recta, erguida,
total y completa, con toda la magnitud (dentro de las posibilidades) que uno
podría esperar. Recta como una “ele minúscula”, como el palo de una bandera.
Faraónica.
Yo estirado en la cama me
sentía como Louis Armstrong al clavar la bandera americana en la superficie
lunar. Esta erección era tan solo un pequeño paso para un hombre como yo, pero
un gran paso para recuperar mi humanidad.
Parece una exageración,
lo reconozco, pero sé que mis amigos se sorprenderían gratamente, me
aplaudirían seguramente si me vieran. Me los imaginaba alrededor de mi cama
sonriendo y asintiendo, haciendo palmas y gestos de aprobación con las manos,
vitoreando, diciendo “Bravo”. Todos allí reunidos. “Gracias amigos, yo también
os quiero. Es un momento muy importante en mi vida y estoy feliz de qué os
hayáis presentado todos para acompañarme. Mi abuela, en el cielo descanse, sé
que estaría orgullosa de este momento. Va por ti. Sin el apoyo de mi familia,
esto no hubiera sido posible”.
Para la mayoría de
hombres que me lean parecerá poco meritorio, y para la mayoría de mujeres
incluso sonará repugnante explicado así. Mi intención no es generar un
patrocinio ni una adoración a todo lo falocrático. Pero creo que es un dato
importante considerar que es toda una conquista para un hombre de 86 años. Lo
sé, no desquita lo repugnante. Pero dejen a un hombre en el umbral de la muerte
disfrutar de las pequeñas victorias contra la biología, contra el deterioro, la
putrefacción del cuerpo.
Observaba mi pene feliz,
a través de la sábana, formando una tienda de campaña, una no muy grande, quizás
justa para cobijar un gato o un ornitorrinco.
Era una pena que Clara no
estaba esa madrugada en casa y no tenía con quien aprovecharla. Porque ese es
el lema a mi edad: “aprovéchala”, en todo. Porque nunca sabes cuál va a ser la
última. Pero no solo con las erecciones, sino con todo. ¿Un día sin dolor de
lumbares? “aprovéchalo” y ve a hacer ejercicio, ¿Un día sin ardor de estómago? Aprovéchalo,
ve a comer con los amigos para provocártelo. Sucede como si cada despertar por
la mañana fuera una tirada de dados en la que sacar la tirada ganadora cada vez
es más difícil.
Y tengo que recalcar que
es curioso, pero la imaginación SIEMPRE supera a la realidad. Uno se imagina
teniendo sexo a los 86 como lo tenía a los 30, con movimientos bruscos,
empotrando, siendo cabalgado… Todo con sudor y potencia, la fuerza de la
naturaleza, el ímpetu poseyéndote y llevándote en rincones intangibles del
infierno llenos de lascivia, de perras y perros aullando contemplando el festín
de cuerpos.
Pero todo se enlentece,
no nos vamos a engañar. Es a partir de los 30 que cada año pasa más rápido que
el anterior y en cambio el ritmo físico se va pausando. Qué paradoja más
injusta. En la adolescencia vas con un Ferrari y los días son infinitos. Ahora
voy con un seiscientos sin gasolina, por una carrera de curvas, empedrada y con
un acantilado en cada giro.
No digo, en concreto, que
con el caso del sexo sea peor. Es cierto
que todo se va volviendo más tierno, pausado, amoroso… pero la imaginación
sigue creando una fantasía vigorosa que el cuerpo es incapaz de seguir. A
riesgo de intentarlo y empeorar el dolor de cadera, de espalda, de rodilla, a
que vuelvan los vértigos…
Puta vida.
Había empezado el día
orgulloso y ahora empezaba a estar fastidiado en la cama con ese trofeo en
medio de la cama, con esa lotería que caprichosamente había decidido caer en
miércoles, uno de los pocos días que Clara no dormía en casa. ¡Joder, y puta
vida! ¿Es tanto pedir que, a mi edad, un día cualquiera entre semana, alguien
te haga una buena mama…
............
-¡Espera. Para, para,
para, para, para! Creo que has leído suficiente.
-¿Qué?
-Frena tío, o sea, esto
no cuela como algo que un señor de 86 años diría, y menos si se llama Severino.
No, no, no de ninguna manera, toda esta parte hay que retocarla de principio a
fin. En el primer manuscrito todo era un poco más suave. Te estás pasando un
poco, la gente se nos va a echar encima.
A mi editora, Clara
Sintes, no le gustaba esta parte de la historia. Parecía ser que un hombre de
86 años llamado Severino no podía tener inquietudes sexuales. Tenía que ser un
señor con boina, camisa de franela, con chaleco sin mangas en primavera y
pantalones de pana. Ah, y bastón de madera. Todo muy desgastado, no solo su
piel, sino su ropa. Porque parece, según Clara, que a los 86 años la gente no
folla. Solo son parejas de viejitos que se quedan mañana y tarde en el sofá
mirando Sálvame y votando al Partido Popular, haciendo estofado para los nietos
el domingo y quejándose del precio del aceite.
Desagradecida y
malparida, encima que le puse su nombre a una de las protagonistas de la trilogía
en su honor, a un personaje adorable, una vieja moderna de 75 años, libertina e
intelectual.
-¡Y encima le pusiste mi
nombre a una vieja ninfómana! ¡No tienes vergüenza Eduard! ¡Ni vergüenza ni
perdón!
Lo que Clara no sabía es que,
en realidad, de Severino y Carla, no había inventado más que sus nombres. Bueno,
y si podemos dar algo de mérito a la mano inocente que junta y pega con un
mínimo de creatividad cartas escritas entre mis abuelos, sus diarios personales
y las anécdotas que me explicaban seguramente a una edad muy temprana e
innecesaria. La única que tenía ese factor algo en cuenta era mi abuela que
intentaba pararle los pies a mi abuelo diciéndole siempre “déjalo, que todavía
es un niño, tiene 10 años, si todavía no tiene ni pelos en la pichilla”. Y mi
abuelo siempre replicaba diciendo “es un niño pero no es gilipollas, ya sabe lo
que significa follar, lo que pasa que a su edad todavía no lo practican”.
Y sabía lo que era follar,
pero porque ellos hablaban de eso constantemente.
Mi primer libro “Amor en
los tiempos de la osteoporosis” fue un éxito brutal. En ningún momento engañé a
nadie y expliqué que la historia estaba ampliamente inspirada en mi familia y
cartas que había encontrado en casa de mis abuelos cuando fallecieron. Cartas a
las que ninguno de sus hijos dio demasiada importancia, y menos sus nietos.
Pero en general a la familia le sentó muy mal que pintara a nuestros adorables
abuelos como unos depravados y unos pervertidos. Sí, reconocían que un poco
atípicos, y a diferencia de otros abuelillos, hablaban “un poco” de sexo, pero
veían mi libro como un desvarío en el que demostraba claramente y públicamente
que el enfermo pervertido era yo. No podría contar los familiares que no me
hablan, quizás un mensaje solo para insultarme de vez en cuando, y mis padres
optaron por excluir el tema de cualquier conversación.
Creo que tenía una
relación especial con ellos, quiero pensar que era su nieto favorito. No por
nada, pero creo que era el único que era capaz de escuchar todas sus historias
de alta carga erótica sin escandalizarse, o sin salir corriendo. Pero lo cierto
es que no sabía cómo frenarlo, no sabía huir. Era extremadamente tímido. Y para
cuando rescaté las fuerzas suficientes como para poner límites, ya en mi adolescencia,
ya había empezado a cogerles cariño a esas conversaciones surrealistas. Además,
era demasiado introvertido como para atreverme a compartirlo con mis padres,
incluso con mis amigos, no sabía cómo revelar que mis abuelos me hablaban
constantemente de orgías, LSD y fluidos variados.
-Tienes que follártelas a
todas – decía mi abuelo
-Y a todos- decía mi
abuela.
Así que quedó como un
libro de fantasía costumbrista cuando tenía en realidad mucho más de novela
biográfica. “C’est la vie”.
Clara estaba poniendo
muchas pegas a la segunda parte, a pesar de que la editorial pedía a gritos que
entregara pronto un manuscrito definitivo del (título provisional) “Orgías,
bastones y anticoagulantes: placer entre arrugas”.
Incluso tenía pensado el
título para el último “capítulo” de mi Trilogía de la Vejez: “Alzheimer, Viagra
y Swingers: Follar, la rebeldía del olvido”. Cuando se publiquen, veremos si he
conseguido mantenerlos.
Tras mi discusión con
Clara y las ganas que tenía ella de recortar el poder visceral y descarnado de
mi obra, dudé si confesarle y enseñarle algunas de las cartas en las que estaba
basada y que pudiera ver que, literalmente, las frases más horrorosas no eran
ejercicio de una creatividad perversa que me poseía cuando me sentaba a
escribir en mi despacho sino frases literales que mis abuelos se escribían
entre ellos.
Mi segunda opción era
hacer una metanovela. Muy Nolaniano, pensaréis. Pero que consistía en poner
dentro de esta segunda novela todo el proceso de escritura de la propia novela,
incluyendo mis discusiones con Carla, los cambios que se han realizado y en
cierta manera conseguía el triple objetivo de mantener la versión original de
los escritos de mi abuelo, los cambios recomendados según la editorial, y como
no, poder mantener un grado de desprecio elevadísimo a Carla, hecho público,
además de poder declarar que este odio y lo tocacojones que se pone es
equivalente a la tremenda capacidad que tiene y a la admiración profunda que
siento por ella.
Te mataría y te haría el
amor, y no sé cuál de las cosas haría en primer lugar.
En fin, ya veis que de tal palo, tal astilla.
O como decía mi abuelo Severino, “de tal polla, tales cojones”. O como decía mi
abuela Clara: “Tienes una capacidad de inventarte unas historias… quizás algún
día llegues a ser escritor”.
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