Quimera
-…Y finalmente me dijo que lo mejor era dejar de vernos – explicaba a Rosa, mi psicóloga. Ella me miraba con una mirada compasiva pero carente de sorpresa. Tan solo faltaba decir un “te lo dije” ante la crónica de la muerte anunciada.
-Bueno, ¿han sido…seis meses? – Preguntó retóricamente, tenía
una memoria prodigiosa, estaba convencido que sabía la respuesta.
-Si, seis meses, bueno, más o menos.... Han sido unos buenos
seis meses. Me gustaba, había muchas cosas en ella que me gustaban – pensaba en
voz alta.
-Y otras tantas que te frenaban – intervino, incisiva.
- Si había cosas que no me convencían. Bueno, un poco lo de
siempre. Siempre hay algo que me frena. Es como si buscara algo muy concreto en
el amor. No el amor como tal, el enamoramiento quiero decir, que me gusta, lo
disfruto. Pero no deja de ser solo un motor para mí, lo necesito para empezar
una relación. Pero luego hay algo que no me deja continuar. Sonia era una tipa
maravillosa, quería hacer más pasos, había llegado a plantear la posibilidad de
acabar viviendo un día juntos, de manera inocente, espontánea: “si tú y yo
viviéramos juntos, seguro que nos discutiríamos en el supermercado” o “si
viviéramos juntos tengo claro que te utilizaría como chef personal”. Había en
su imaginario un “ella y yo” y muy acertado, tenía una intuición descomunal. Y
no sé porqué a mi no me sucedía lo mismo. Me quejaba en las sesiones de que el
sexo no era de película, pero estaba bien, no era aburrido, era…imperfecto. ¿Es
acaso eso suficiente para tener dudas? Es que no lo creo. Siempre hay un motivo
para tenerlas y creo que el fallo está en mí.
-Todavía estás a tiempo – aportó ella, con muestras de poco
interés. Parecía cansada de mi vida a modo de deja vú.
-¿A tiempo de qué? ¿De encontrar el amor para siempre? ¿El
de felices que comen perdices? – contesté molesto - ¿A tiempo de tener un hijo?
¿Con 45 años, que tendrá de adolescente a un viejo como padre con el que no podrá
ni desafiar por lástima?
-Estás a tiempo de lo que sea que estés buscando, que solo
sabes tú. Hay gente que lo encuentra con 60 o 70 años. Hay gente que no lo
encuentra nunca, gente que vive esperando algo que no va a llegar jamás. Hay
gente que lo tuvo y fue algo que quedó en el pasado, algunos lo saben y algunos
no. Gente que lo encuentra cuando dejan de buscar. Hay gente que lo encuentran
pronto y para siempre. Gente que piensa que es para siempre y pronto es un “hasta
luego”. Hay gente, David, de eso está hecho el mundo, de gente y tiempo.
-No sé muy bien qué contestar a eso. Realmente busco sin
rumbo – bajé la cabeza, agotado.
-Buscar sin rumbo es un suspenso asegurado en primero de
supervivencia. La gracia divina no interviene. En tu caso parece que te sientes
cómodo en la incertidumbre, la certeza te mata. Pero además, cuanto más buscas
parece que más te alejas. Y aún así, encadenas relaciones una tras otra, sin
descanso, aplicaciones en las que hablas con cinco chicas simultáneamente, tu
plan A, B y C, y por si fallan todas, hasta la Z. Bares, coctelerías, discotecas
y salidas nocturnas en las que buscas. Entras en una cafetería y buscas. Y no
sé si debería decirte esto o si deberías pensarlo tu, pero quién busca
encuentra y siempre encuentras algo en todo el mundo, pero luego ese algo es
nada.
Me quedé pensando en los últimos quince años de mi vida. “Demasiadas
mujeres” decía el madrileño. ¿Habrá sido ese mi problema? Lo cierto es que siempre
me había considerado un tipo afortunado que sin esfuerzo tenía un imán que
atraía a las demás personas, les generaba interés, sin buscarlo. Pero lo cierto
es que ese imán era recíproco, me interesaba mucho todo el mundo. Quizás por
eso era bueno como comercial, porqué en realidad yo no sabía vender una mierda,
pero me interesaban genuinamente las vidas de los demás, de mis clientes, de
mis amigos, de mis parejas. Y lo cierto es que si me ponía a pensar en todas las
mujeres que habían pasado por mi vida después de Zaida (mi relación más larga,
6 años) todas habían sido personas maravillosas. En parte, me sentía un
desagradecido, un creído, ¿cómo podía rechazar o apartar a personas increíbles?
Yo en realidad nunca he sentido valer más, ni me ponía en esa posición por ser
un descarado, pero me reservaba siempre esperando la perfección, la diosa, la
película de Disney, la “todo” sin “nadas”.
Estaba
en la visita y pensaba en todas estas personas maravillosas que se habían cruzado
en mi vida en un juego de azar que me sonreía, y aunque destacaban en muchas
áreas de su vida, en mi recuerdo siempre había un elemento que las hacía
únicas, el tatuaje, la huella que habían dejado en mi piel:
Pensaba
en la sonrisa de Ana, pura, jugosa, tierna a la vez que juguetona, tan inocente
como inteligente, con unos dientes blancos que hacían contrastar unos labios
rojos gruesos, hermosos, que jamás se pintaba porque sabía que eran perfectos
tal cual le habían nacido.
O
los ojos de Bea, en un triple tono azulado-verdoso-marrón, que se iba
oscureciendo a medida que te acercabas el iris, que podías ver todas las tonalidades
posibles del universo en su mirada, un abismo en el que perderse horas, días,
semanas…
La
tremenda inteligencia de Carla, mi querida enciclopedia y mi amada científica,
que no solo se limitaba a recopilar datos en su cabeza, tenía una capacidad de
relacionar información prodigiosa, un Doctorado Cum Laude que surgió sin
esfuerzo, como de si una conversación con amigos se tratara, pasear con ella
era una clase magistral en la vida.
¿Y
que decir del aliento de Diana? ¿Cómo podía oler y saber a flores? ¿Qué
mutación genética podía justificarlo? Mi boca estaba enganchada a ella todo el
día, la besaba hasta durmiendo.
Y
hablando de sabores, la entrepierna de Euge era dulce, suave, melosa, como un
melocotón, me podía pasar horas lamiendo, apretando sus nalgas para acercar su
vagina en mi lengua, escuchándola moverse, gemir y yo deshacerme en sus mieles
ardientes.
La
conexión sexual y el deseo irrefrenable que había con Fina, con solo acercarnos
saltaban las alarmas, ardían las pieles, no existían las palabras, todo nuestro
diálogo estaba basado en la caricia y la piel, el lenguaje de los besos y las
respiraciones intensas.
Las
manos suaves, preciosas, flexibles, encantadoramente rechonchillas de Gina que hicieron
de una imperiosa naturalidad el ir cogidos de la mano desde el primer día. El
sentimiento de seguridad agarrado a esas manos, de poder, la energía que
transmitían, incluso verla cocinando, escribiendo, acariciándose el pelo en la
ducha lo hacían un arte contemplativo.
La
naricilla de Helena, tan mona y encantadora, que se movía grácil como en “Embrujadas”,
le otorgaban un carisma único en su cara. Toda su expresión no verbal pasaba
por la nariz, podías atisbar cualquier estado de ánimo en función de la
posición de su nariz, era un libro abierto, una batuta emocional.
El
pelo de Irene era otro cantar, me encantaba su versatilidad natural, con el sol
se le alisaba y con la humedad se le ondulaba. Si, sé que esto no es ningún
misterio, pero en su caso era un cambio realmente significativo, pero se dejaba
llevar con lo que le ofrecía el despertar, y de ambas maneras estaba
espectacular.
Los
andares de Juana. ¡Ai mi Juanita! Andaba dando saltitos como un cervatillo con
una gracia natural que hacía que todo el mundo, hombres y mujeres, niños y
viejos, se giraran a observar si esa doncella paseaba por una acera o por un prado
verde lleno de flores y cereales.
Mi
exótica Karina, brasileña. Abrazarnos desnudos era como hacer un viaje aptico
al otro lado del mundo. Tenia la piel áspera, unas facciones duras, casi
masculinas, pero con un atractivo innegable que chocaba con la dulzura de sus
palabras, esa contradicción entre cuerpo y alma era un torbellino hermoso.
Quizás por eso era dicha en pintura y poesía, ese torbellino supuraba talento y
emoción a raudales.
La
actitud Lorena, su ingenuidad y candidez que no iban reñidas con una gran
madurez. Su visión amable y cercana del mundo, con una ignorancia consciente
del mal que habita en él, una decisión racional que tomó para no dejarse llevar
por el horror que nos rodea, haciendo con su existencia del mundo un lugar
mejor para la gente que la rodeaba.
Hemos
hablado de los ojos de Bea, pero la mirada de María, teniendo los ojos más
comunes en nuestro país, marrones, sin nada destacable y sin embargo contenían
una magia indescriptible. Con solo verte te leía el alma, te conocía, te
escaneaba, tenía un sexto sentido instalado en sus córneas que podían leer
aquello indescifrable en el mundo y en los demás.
La fuerza
de Nerea, feminista y ecologista, como se definía. Pero era mucho más, era la “Resistance”,
la lucha ante la injusticia, el intento incansable de arreglar el mundo. Nada
de discursos vacíos y clichés, sino una activista en el sentido más estricto de
la palabra: actuaba, diariamente. Trabajaba en una organización sindical, más
mil otros grupos de lucha en los que estaba involucrada (por la vivienda, por
la violencia del estado, de los hombres, por el zoológico, los animales
abandonados…), y siempre estaba deseando que regresara a casa para que me
hablara de sus batallas, sus victorias y sus derrotas, de sus luchas pendientes
y de como el mundo podría ser un lugar mejor con el esfuerzo de todos.
Las
orejitas de Olivia, siempre decoradas con un fino pendiente que no quitaran el
protagonismo a su perfecto perfil. No solo eran decorativas, era tremendamente
funcionales, su capacidad de escucha era impecable. Siempre me explicaba que
cuando nació, su madre cada 3 horas le giraba cada lado de la cabeza para que
se “plancharan” el mismo tiempo. Esa maravilla no solo era fruto de una
genética prodigiosa sino que era también fruto de un amor prodigioso.
Adoraba
el olor de piel de Pietra, italiana viviendo en Barcelona desde hacía veinte
años pero que conservaba su acento local a la perfección como si acabara de
venir por primera vez desde su Toscana natal. Su piel desprendía siempre un
aroma que amansaba las bestias, cítrico, fresco, un mal día en el trabajo era sanado
al instante en el que pegaba mi nariz en su piel, y me estremecía.
Me
encantaba el apasionante mundo laboral de Quira, era pianista de flamenco,
siempre rodeada de artistas alocados, con salero, que bailaban y cantaban en
cualquier momento y en cualquier lugar, una banda sonora que acompañaba todo
alrededor de su vida que era espectacular. Además me fascinaba el trance en el
que entraba en los conciertos, se transformaba, como si la poseyera un demonio,
era una experiencia religiosa, o casi una experiencia religiosa.
El
secreto mayor guardado de Sarita era su colonia. Siempre dicen que una colonia
nunca funciona sola, es cierto que depende de la piel en la que la imprega,
adquiere unos aromas u otros. Sara sabía de esa alquimia y sabía que, tras haber
experimentado en su cuerpo con los perfumes más extraños, había dado con una
fórmula mágica en su piel, haciéndola única y reconocible, como su huella dactilar.
A veces olía a algunas chicas por las calles que me recordaban a Sara, solo la
recordaban tímidamente, y les preguntaba qué colonia utilizaban y siempre eran
distintas entre ellas. Llegué a sospechar que un perfumista hiciera es fórmula
únicamente para ella.
Tania
tenía los pechos más grandes, hermosos, bonitos, increíbles, sabrosos, que con
solo verla necesitaba apretar, estaba obsesionado con ellos. Cuando follábamos
y ella se ponía encima de mí, se movían respetando a la perfección el
movimiento del número áureo, hacía una danza casi provocada, controlada,
hipnótica que me poseía.
Las
mejillas de Úrsula eran de otro universo, eran completamente besables. Cuando
sonreía se le marcaban en forma de triángulo y siempre le decía que “haría un
corte aquí, aquí y aquí (en cada uno de los lados del triángulo), le haría un
vuelta y vuelta a la brasa y me las comería enteras”. Por más Lecteriano que
sonara, era tierno, y ella lo captaba así, a veces se las mordía suavemente con
un impulso carnal de arrancarlas. Como cuando uno contempla una bella flor y
quiere llevársela a su casa y a su vez, sabe que hacerlo sería amputar ese
encanto sería privar egoístamente al mundo de disfrutarlo.
Sin
ser un fetichista de los pies, que no lo soy, y creo que jamás había mirado los
pies de una mujer, como si fuera un punto ciego para mi en el cuerpo de una
mujer, inexistente, sin valor. No por nada, era un hecho involuntario. Pero el
primer día que fuimos a la playa con Vanesa capturó mi atención, inicialmente
con las huellas que dejaba en la arena, que parecían preparadas con una
plantilla para hacer una foto de revista. Pero después además tenía unos dedos
alineados, cuidados, perfectos, sensuales, parecía que tuvieran 300 músculos y
200 huesos, se movían harmónicamente, por separado y coordinados suavemente
como los de una bailarina.
La
mentalidad extremadamente abierta de Wendy siempre me sorprendió. Nacida en
Barcelona e hija de padres ingleses, abrió en mi la posibilidad del mundo de
los intercambios de pareja, el mundo swinger, las orgías y casi cualquier
experiencia sexual que no había probado nunca anteriormente. Le excitaba verme
tener sexo con otra persona “así tanto me gustas”, me decía, y yo disfrutaba
viéndola a ella disfrutando, con su deseo insaciable e incansable, su falta de
prejuicio absoluto.
Lo
había encontrado y probado todo en este mundo y sin embargo, no había podido
sostener nada. Siempre con esa idea de que en algún lugar del mundo, del
espacio/tiempo estaba mi X, mi incógnita, mi constante. Mientras tanto tan solo
era un mero espectador de los grandes éxitos y fracasos de mis exparejas, como
sus vidas avanzaban mientras la vida quedaba en Sandby, un actor de todos mis
fracasos, viviendo mirando una estrella, siempre en estado de espera.
Hablando
con Rosa y navegando en mis pensamientos obscenos, egoístas me daba cuenta de
mi error, había estado construyendo mi propio Frankenstein. Había construido
una Quimera imposible, una mujer mitológica que estaba formado de partes de
cuerpos y almas de todas las personas que había conocido y que solo existía en
un mundo de fantasía creado por mí.
-¿Qué
estás buscando en realidad en otra persona? ¿Qué sucederá cuando te encuentres con esa Quimera,
cuando descubras que existe y la tengas delante? – Preguntó Rosa.
Lo
primero que pensé es que probablemente para ese ser fantástico yo sería un ser
insignificante. Pero lo cierto es que no lo sabía. No sabía como responder.
Había
perdido el norte, había perdido el objetivo de relacionarme con los demás.
Viviendo sin juicio, sin pilotar, no había nadie en el volante, seguía un hilo
hasta que terminaba, y luego otro, y otro… aquello que buscaba no existía. Y no
existía porque yo lo había extinguido. Y como no existía había dejado de
preguntarme que lograría si existiera, que es encontraría en ese lugar, en esa
persona.
La
había aniquilado buscando y escarbando cuando ya lo había encontrado…seguramente
más de una vez. ¿Pero que había encontrado y había ignorado?
-Sosiego
– salió espontáneamente de mi boca – esta supuesta Quimera me daría sosiego. Me
daría reposo, me daría paz, silencio en mi cabeza, me daría la capacidad de
devolver equitativamente, amorosamente, recíprocamente, incondicionalmente. Me
daría sosiego ante todo el mal y el sufrimiento que firma el mundo, del que me
nutro y me desespero. Me daría un descanso en sus brazos, un susurro, un “ya
está mi vida, por hoy ya está”, sería una nube cielo en un infierno. Me tapé la
cara con las manos, tenía ganas de llorar.
-¿Y
hay alguien en todo este universo que te haya dado sosiego? ¿O todas las
personas que has conocido solo han sido partes, trozos de un puzle incompleto? –
preguntaba Rosa.
El
puzle incompleto estaba en mi cabeza. Su pregunta resonaba por mi cabeza
mientras aparecía una, dos, diez respuestas posibles. Había habido tanto
sosiego en los brazos de tantas personas importantes en mi vida como ceguera,
egoísmo y desprecio en mi alma. ¿Qué quién me había dado sosiego? Esa era la
pregunta clave, y esa era la respuesta, la X.
La
única letra del abecedario que mi caprichosa cabeza se había forzado a olvidar,
a pasar por alto, porque la respuesta, X, mi querida X, no estaba en lo
presente si no en lo ausente, en el agujero, en el vacío. Pertenecía al terreno
del “no-saber”, y mi cabeza la ocultó para protegerla de mí mismo. De apartarla
también. Tan cerca y tan lejos.
Pagué, le di la mano y me fui.
Quizás, después de todo, todavía no era tan viejo para aprender a amar. Pero también quizás todavía era pronto para mí y para X mientras Quimera viviera.
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