La diferéncia
El andén del metro, lleno de miradas apagadas. Miradas hacia abajo. Miradas hacia arriba. Ojos cerrados. El metro lleno de muchedumbre con almas agujereadas, almas desinteresadas. Cientos de voces desgarradas.
Gente, caras acompañas de labios que se mueven soltando fonemos gritando a la nada.
El asesino, el violador, el violento doméstico, el homosexual, los despreocupados, la que ansia el cigarro de "acabo de salir del metro", la vieja, la puta, la que no sabe nombrarse, y el menos importante y menos implicado...el ojo.
El ojo borracho, botella de vino a medias en la mano derecha, tapón en la otra y tragos en la boca. Todos pueden ver al ojo, nadie quiere ser como él, lo desprecian. Todos pueden ver al ojo pero sin duda él los ve a todos, y sin nariz les huele la esénca y se la relee unos segundos.
Con eso tiene bastante, ve a alguien diferente, ve a alguien que no mira ni arriba ni abajo, mira recto, observa, espera, piensa. Alguien que quiere hacer algo que no se dirija a él. Pronto empezará a mirar a los demás.

Luego esperará a que le salgan manos, por supuesto, para trabajar.
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