Lluvia
(Canción para acompañar)
- Te he traído un paraguas...
- No hace falta.
La lluvia mojaba la cara de Taro, no se notaba que había estado corriendo y llorando. Estaba sentado en el suelo de madera del puente, con las piernas colgando hacia el lago. Su padre que permanecía de pie a su lado con un paraguas abierto de color negro sabía como se sentía.
- La abuela...
- ¡No quiero hablar de la abuela!
La madre de Taro los abandonó a él y a su padre cuando solo tenía dos años. Decidió que el matrimonio y ser madre no eran para ella, así que se fue con un viajero a dar vueltas por el mundo. Des de ese momento, la abuela de Taro se fue a vivir con ellos para poder hacerse cargo de Taro, porqué su padre estaba des de las siete de la mañana hasta la hora de cenar trabajando en otra ciudad para poder pagar la hipoteca y la comida.
La abuela de Taro se hizo cargo de él durante trece años: hizo de padre, de madre, de hermana de maestra, y los domingos de amiga. Siempre iban al parque oeste, se sentaban en el banco del puente y tiraban comida a los patos mientras hablaban.
- No quiero hablar de la abuela. Ya se que tu también has perdido a tu madre, pero yo la he perdido por segunda vez.
Solo quiero hablar de la lluvia, de las estrellas fugaces que se pueden ver las noches de verano, me gusta el olor del pan tostado, el tacto de la hierba cortada en mayo, el abrazo de un desconocido, la sopa de curry picante, rascarme una herida cuando ya está seca, el olor del jabón de jazmín, el calor de una taza caliente en las manos cuando es invierno, el saludo de la vecina por las mañanas, dejar que un perro me lama la mano, descubrir insectos bajo las piedras, hablar de las cosas como son, imaginar un mundo que no existe... todo esto me gusta.
Son cosas que no me ha enseñado la abuela, pero las he aprendido gracias a que ella estuviera conmigo. No lloro porqué se haya ido, lloro por todo lo que no podré aprender. Ella era especial, me enseñó a apreciar todo aquello que a nadie le importa
Lloro porqué no sabré como descubrir qué cosas valen la pena a partir de ahora...
El padre de Taro lo entendió y recordó como era su madre cuando él era niño. El mundo parecía distinto des de sus ojos, pensaba que era el mundo que había cambiado con los años, pero son las personas que desaprenden y lo miran distinto. Se puso a llorar, cerró el paraguas y se sentó en el suelo de madera mojada para abrazar a su hijo.
Taro sonrió entonces, comprendió que seguiría aprendiendo de su abuela aunque ella no estuviera.
- Te he traído un paraguas...
- No hace falta.
La lluvia mojaba la cara de Taro, no se notaba que había estado corriendo y llorando. Estaba sentado en el suelo de madera del puente, con las piernas colgando hacia el lago. Su padre que permanecía de pie a su lado con un paraguas abierto de color negro sabía como se sentía.
- La abuela...
- ¡No quiero hablar de la abuela!
La madre de Taro los abandonó a él y a su padre cuando solo tenía dos años. Decidió que el matrimonio y ser madre no eran para ella, así que se fue con un viajero a dar vueltas por el mundo. Des de ese momento, la abuela de Taro se fue a vivir con ellos para poder hacerse cargo de Taro, porqué su padre estaba des de las siete de la mañana hasta la hora de cenar trabajando en otra ciudad para poder pagar la hipoteca y la comida.
La abuela de Taro se hizo cargo de él durante trece años: hizo de padre, de madre, de hermana de maestra, y los domingos de amiga. Siempre iban al parque oeste, se sentaban en el banco del puente y tiraban comida a los patos mientras hablaban.
- No quiero hablar de la abuela. Ya se que tu también has perdido a tu madre, pero yo la he perdido por segunda vez.
Solo quiero hablar de la lluvia, de las estrellas fugaces que se pueden ver las noches de verano, me gusta el olor del pan tostado, el tacto de la hierba cortada en mayo, el abrazo de un desconocido, la sopa de curry picante, rascarme una herida cuando ya está seca, el olor del jabón de jazmín, el calor de una taza caliente en las manos cuando es invierno, el saludo de la vecina por las mañanas, dejar que un perro me lama la mano, descubrir insectos bajo las piedras, hablar de las cosas como son, imaginar un mundo que no existe... todo esto me gusta.
Son cosas que no me ha enseñado la abuela, pero las he aprendido gracias a que ella estuviera conmigo. No lloro porqué se haya ido, lloro por todo lo que no podré aprender. Ella era especial, me enseñó a apreciar todo aquello que a nadie le importa
Lloro porqué no sabré como descubrir qué cosas valen la pena a partir de ahora...
El padre de Taro lo entendió y recordó como era su madre cuando él era niño. El mundo parecía distinto des de sus ojos, pensaba que era el mundo que había cambiado con los años, pero son las personas que desaprenden y lo miran distinto. Se puso a llorar, cerró el paraguas y se sentó en el suelo de madera mojada para abrazar a su hijo.
Taro sonrió entonces, comprendió que seguiría aprendiendo de su abuela aunque ella no estuviera.
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