El campo estéril

Era una pequeña aldea de montaña, una de esas aldeas que uno al verla dice "¡son cuatro casas!", y en las que no hay nada para ver. No era una aldea con mucho encanto, era una aldea vieja con casas hechas de piedra y madera, con algunos arreglos más recientes hechos ya con cemento. Vivían apenas veinte personas, la mayoría de ellos ya ancianos. Los pocos jóvenes que habían vivido en el pueblo habían ido abandonando sus casas para ir a vivir a la ciudad, que estaba a unas pocas horas de allí. Otros, no queriendo vivir en la ciudad llena de ruidos y gente, y esperando continuar con la paz que ofrecía la aldea, se iban a vivir a el pueblo más cercano, algo mayor, con casas más nuevas y con más afluencia de gente que iban a visitarlo.

Para acceder a la aldea se debía pasar por un camino estrecho de montaña sin asfaltar, en el que solo cabía un coche. Lo cierto es que era extraño que se cruzaran dos coches en dirección contraria, ocurría una o dos veces al mes, pero cuando ocurría solía ser una situación engorrosa. Aunque nada engorrosa si comparamos con un pinchazo de rueda en este camino, cosa que no es de extrañar con las numerosas piedras que había.

Para ir a la aldea el camino de montaña salía desde el pueblo, y se tardaba unos cuarenta y cinco minutos en llegar. Andando seis horas.

La gente que vivía en la aldea eran campesinos y agricultores. Se alimentaban de los productos que ellos mismos habían sembrado, de los animales de la pequeña granja y también alguna pieza salvaje que cazaban.Siempre al terminar la jornada se reunían en la plaza y se repartían la comida. En esa aldea la persona más mayor tenía ochenta y nueve años, y la más joven cuarenta y dos, a excepción de Frida.

Frida era una niña de diez años que vivía en la aldea con sus abuelos, María Teresa y Benjamín. Los padres de Frida murieron en un accidente de coche en una autopista que salía de la ciudad cuando ella tenía un año. Toda la familia iba en el coche pero ella se salvó, con solo una corte con un trozo de hierro en el pecho, cerca del corazón, marca que aún conservaba y que le recordaba la desgracia en la que había perdido a sus padres. Sus abuelos la acogieron puesto que era toda la familia que tenía.

Benjamín se dedicaba a cuidar un prado que tenía delante de la casa mientras María Teresa cocinaba, se encargaba de la casa y de la educación de Frida con unos buenos libros que compró en la ciudad. Deseaban para ella un futuro lejos de la aldea, donde pudiera conocer a más niños, quizás ir a la universidad aunque eso supusiera despedirse de ella, pero juraron ofrecerle el mejor futuro posible.

Llegó una sequía que duró dos años, en los que habían llovido muy pocos días y con lluvia poco abundante. Las cosechas salían poco productivas. Descendieron el número de animales que habitaban en el bosque para alejarse hacia zonas más confortables y con agua. Casi toda la alimentación provenía de la granja, que cada vez se quedaba con menos animales, y tenía que sacrificarlos más jóvenes. El pozo de la plaza quedó vacío y un coche se encargaba de subir y bajar agua cada día para los aldeanos. No se podían permitir pagar las infraestructuras para traer agua desde la depuradora y el alcalde de la zona no se podía permitir un despilfarro semejante para un pueblo condenado a la desaparición.

Para muchos la sequía fue la gota que colmó el vaso, motivo definitivo para marcharse y probar una nueva vida, Todos los que se iban lo hacían tranquilos, habían hecho todo lo que habían podido para mantener la aldea, pero nadie se iba demasiado triste, sin nostalgias, era un pueblo gris como su gente. No sentían amor tampoco por su tierra.

El pueblo se fue quedando vacío, Frida y sus abuelos no podían irse, no tenían dinero para comprar una casa nueva y no habría manera de vender la casa vieja de la aldea, nadie querría ir allí a vivir. Benjamín planteó que Frida se pudiera ir con otra familia, darla en adopción y así solo tener que preocuparse de dar de comer a dos bocas. Ambos tenían más de ochenta años y pocos trabajos podían hacer.

Aparte de Benjamín, Frida y María Teresa en el pueblo quedaba habitada otra casa. En ella vivían una pareja de poco más de cincuenta años, el marido tenía un buen trabajo en el pueblo pero aún no se habían decidido a ir a vivir allí. Una de las razones era porqué mientras subiese y bajase cada día con el coche, podría seguir trayendo agua y comida para la familia de Benjamín.

Como muestra de agradecimiento, y para que el favor que hacían a su familia durase hasta la su muerte y la de su mujer, Benjamín se ofreció a acompañarlo cada mañana al pueblo y ayudar en todo lo que pudiese en su trabajo. El vecino comprendía la necesidad que tenía Benjamín de seguir sintiéndose útil para su familia y también como hombre honrado que era, de ganarse el pan que recibía, así que aceptó su propuesta, sin exigirle demasiado.

Cuando Benjamín volvía con su único vecino a la aldea por la noche, se pasaba dos horas lanzando semillas que tenía aun en el granero y las esparcía por el prado, araba la tierra y la removía, luego cenaba, daba un beso a Frida, otro a Teresa y se iba a dormir. Así cada día.

Frida le preguntaba "abu Benja, ¿porqué plantas semillas si hace tanto tiempo que no sale nada?", y Benjamín la miraba, le acariciaba la cabeza y le decía "aunque el mundo se fuera a terminar mañana, yo seguiría plantando una semilla hoy".
Pero Frida se preguntaba por la utilidad de los actos de su abuelo. Así que siempre salía cuando su abuelo llevaba más de una hora sembrando y le obligaba a entrar en casa a comer con ellas. Frida tampoco comprendía la necesidad de seguir en la aldea, pensaba que seguro que en el pueblo o en la ciudad alguien les daría cobijo y les ayudarían a tirar adelante, como hacía el vecino.

Benjamín enfermó. Le dieron pocos meses más de vida. La noticia fue recibida con tristeza por todos, pero él estaba tranquilo, sabía que el vecino seguiría cuidando de su familia, y en ese sentido, él era una molestia menos. Tuvo que rogarle s vecino que descansara y que no le acompañara más al pueblo, Benjamín seguía insistiendo que se veía capaz de trabajar. Pero cedió.

Entonces pasó a dedicar la mañana entera a pasear por su prado lanzando semillas. María Teresa no decía nada, se sentía triste y pensaba que lo mejor era dejar que Benjamín hiciera aquello que le hacía disfrutar, aquello que había hecho toda su vida. Pero Frida no se quedaba tranquila, no. Le seguía preguntando cuál era el propósito de sus actos. Benjamín la miraba con ternura "estamos en otoño, es cuando se siembra, cuando llega el invierno la semilla madura, en primavera crecen y en verano está listo para recogerse", Frida no se convencía "Pero abu, tu siembras todo el año", y él terminaba "es casi otoño desde hace dos años, yo solo me preparo. Si no siembras seguro que no cosechas".

El sembrar era lo que daba sentido a la vida de Benjamín, incluso cuando estaba ya por perderla. Frida intentaba desalentarle "Pero con este calor y el sol las semillas se secan y se rompen, los pájaros se las comen" pero Benjamín no cedía "Por eso planto miles y miles, algunas pocas crecerán" y Frida insisía "pero aunque empiecen a crecer, necesitarán mucha agua" y él abuelo sentenciaba "bueno, yo hago todo lo que puedo, lo demás ya no depende de mi".

María Teresa conseguía que Frida se ilusionase con la cosecha explicándole historias de sus padres: "A tu padre le encantaba venir aquí cuando terminaba la primavera y probar el primer pan que cocinábamos. Cuando tenía tu edad lo deboraba! Como tu cuando eras más pequeña, ¿te acuerdas? Ya de mayor cuando se fue a vivir a la ciudad venía a pasar las dos semanas antes del verano aquí, esperando la primera recogida y secado del grano. Siempre nos ayudaba. Cuando conoció a tu madre le hablaba tanto de la cosecha que nos la presentó y la trajo durante una recogida, para el año siguiente nos anunciaron en la recogida que se iban a vivir juntos, el siguiente que se casaban, el siguiente que tu ya estabas en la barriguita de tu madre! El primer pan del año siempre nos ha traído cosas buenas"

A Frida le encantaba escuchar historias de sus padres, no tenía ningún recuerdo en su mente, solo las fotos que conservaba.

Los últimos vecinos finalmente tuvieron que irse a vivir al puebl "Benjamín, en invierno hay menos trabajo, no me puedo permitir los viajes a diario, con lo que ahorro en transporte puedo vivir en una casita agradable ahí". Ya solo quedaba la familia de Frida en la aldea. Pero el vecino les seguía trayendo comida y agua los viernes para toda la semana, aun así, las raciones eran muy escasas.

Pasaron dos semanas más y Benjamín murió. Le enterraron en la aldea, en un pequeño cementerio rupestre, antiguo en el que hacía muchos años que no se había enterrado a nadie más, pero la voluntad del difunto era muy clara, moriría y sería enterrado en el mismo sitio en el que nació. Frida y María Teresa lloraron abrazadas, juntas, a pesar de saber que ese día iba a llegar. El vecino y algún antiguo habitante de la aldea subió para darle la despedida merecida.

Cuando regresaron a casa Frida entró corriendo en casa, cogió un saco de semillas y se fue corriendo hacia el prado lanzando semillas desesperadamente. María Teresa gritaba su nombre "Frida! Frida! Ven aquí!", pero Frida no escuchaba y seguía saltando y corriendo como poseída, llenando el suelo de semillas. María Teresa fue a buscarla y vió como ya Frida se quedaba sin fuerzas y caía al suelo llorando, Teresa por detrás se acercaba y la abrazaba. "Tranquila hija, ya pasó, seguiremos adelante".

Esa noche durmieron juntas, aunque Frida se pasó casi toda la noche sin dormir. Cuando se despertaron, apenas hablaron, Teresa preparó el desayuno y Frida después de comer se levantó y cogió las herramientas de su abuelo, el saco de semillas con el carro y se fue a repetir el ritual que había aprendido tan bien de Benjamín.

No hablaron más en todo el día, y ya más tranquila, Frida se estirar en la cama, cerrar los ojos y dormir.

(Clica para poner música para continuar)

Ploc.... ploc... ploc

"Qué es ese ruido?" se preguntaba Frida casi en sueños, escuchando un ruido que provenía del cristal de su ventana. Ploc.... ploc, ploc, ploc...

Abrió los ojos y se acercó para ver.

- Abuela! Abuela! Corre abuela! Ven, por favor ven! ven, ven ven!

Teresa fue con toda la celeridad que le permitían sus piernas
- Qué ocurre Frida?... Oh Dios mío, no es posible!
- Lluvia abuelita! Es agua del cielo!
- Si, hija sí, es agua del cielo

Teresa rompió a llorar.
- El abuelo se ha ido al cielo a pedir lluvia para nosotras!

Se quedaron sentadas en la cama de Frida mirando por la ventana como el cielo que había estado contenido durante tanto tiempo, lloraba con ellas la pérdida de Benjamín y la llegada de un nuevo otoño.

Comentarios

Soledad 6 ha dicho que…
Al final, la incansable siembra de Benjamín dio su fruto. Mientras él sembraba la tierra, sin saberlo (o sí), la semilla germinó en Frida.

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