Crash this train
(música para el texto)
Subió los escalones sin girarse, tres en total. Cargaba con una mochila y con una maleta negra no muy grande. Se sabía su vagón y su asiento de memoria, pero casi como un acto reflejo volvió a ojear el billete que sostenía con la mano libre mientras esperaba que los pasajeros que tenía delante se fueran situando.
Empezó a andar arrastrando la maleta por el pasillo del tren hasta que se acercó a la que iba a ser su butaca, su compañero de viaje por unas horas que la arroparía y la abrazaría hasta que se quedase dormida. Miró el número de asiento y comprobó de nuevo la correspondencia con su billete, dándose cuenta de la excesiva prudencia.
"La de estupideces de nosotros mismos que veríamos si tuviésemos una grabadora todo el día apuntándonos", quiso sonreír imaginándolo, pero no pudo, los labios apenas se movieron, notó el esfuerzo de los músculos en su cara, pero no hubo ninguna contracción visible.
Cogió la maleta con ambas manos, la levantó con todas sus fuerzas y la colocó en la repisa encima de su asiento. Sara se dejó caer sobre el asiento, exhausta, un peso muerto. Se quedó unos segundos inmóvil, con los ojos cerrados, las pestañas le temblaban, no querían estarse cerradas, eso siempre hacía que Sara entrase en su cabeza y las pestañas sabían muy bien que eso no convenía.
Abrió los ojos, un poco más rojos que antes, y se acomodó a la butaca. "Por lo menos tengo ventana", fue su conclusión con un toque de consuelo. Nadie se sentó a su lado, nadie se iba a sentar a su lado. Estaba acostumbrada a viajar sola, pero esta vez iba a ser distinto, tendría que haber sido distinto. Él tendría que estar a su lado, pero le dijo que no la acompañara, que si él era incapaz de dar pasos adelante con ella, que ya no diera ninguno más.
Se despidió a la puerta de su casa (la de los dos) ambos con las maletas hechas. "Mañana uno de los dos se irá" le dijo Sara "haz las maletas, haré las maletas, si nos quedamos esto tiene que cambiar, si crees que esto no puede cambiar, uno de los dos se irá".
"No voy a cambiar, Sara", dijo por la mañana.
Se le repetía a la cabeza una y otra vez, sin contexto, su cara, ni triste ni risueña, seria, llana, inexpresiva. Su cara y su imperturbabilidad. "No voy a cambiar, Sara". Lo leía en la ventana, lo veía en el paisaje. Miró el billete que había dejado encima de la mesa, ya no salía ni el vagón ni el asiento, "No voy a cambiar, Sara". ¿Y que dijo el primer día que le dijo que la quería? Ah, sí. "Te quiero, tanto, que por ti pararía un tren".
Ahora quería llorar en un tren que iba a ponerse en marcha, pero tampoco podía. Quería gritar, sabía que podía pero no debía.
El tren se puso en marcha y él no iba a pararlo. No era tan difícil, no pedía tanto. ¿Porqué todo había sido tan lento? Tantos años desperdiciados. Cuando empezaron él no lo tenía claro, pasó tanto tiempo antes de conocer a algún amigo o algún familiar suyo, tanto en decidir que se fuera a vivir con ella y puso tan poco empeño en ello. Hace tanto que habían empezado a hablar de matrimonio. Y finalmente llegó el viaje a Nueva Zelanda, el "gran viaje", su viaje, el que tenían en la cabeza hacer juntos desde que se conocieron. Pero no hubo anillo para ella. Debió imaginarlo, pensaba que quizás nunca la había querido.
Todo había sido tan lento y tan costoso... nunca una relación debería ser así. ¿Ahora se daba cuenta? Una ventana en un tren es un espacio para ver la verdad de las cosas. Divagaba, sus pensamientos se encadenaban de un modo inconexo, habían cogido una autonomía absoluta y ella no se veía capaz de pararlos. Su mente era un tren imparable acelerando constantemente que solo Marcos sabía como frenar.
Con él lo había apostado todo, era su "all-in", la relación con Marcos fue la inversión de su vida, de tiempo y esfuerzo, de desgaste emocional. Era él, el "chico", no había otro. Habían aparecido otros hombres, a veces se había sentido tentada a dejarlo, pero sabía que eran juegos pasajeros, retos que aparecían para poner a prueba su relación irrompible. Retos que superaba sin duda y sin miedo.
Ahora cogía ese tren sola, ese tren que se ponía en marcha lentamente, con una aceleración muy lenta y muy gradual, casi imperceptible tras el primer movimiento. Ese tren se empezaba a mover y deseaba que se pusiera dirección a un abismo, que explotara, que no llegara nunca a su destino. Un tren sin rumbo ni estaciones, ese era el tren en el que ella se quería ver.
Pero el tren terminaría parando en algún sitio, ella se bajaría y se sentiría perdida, desorientada, sin rumbo, no conocía otra posibilidad de vida que no lo incluyera. No podría hablar de vida nueva, estaba sin vida.
Y paró el tren, de golpe. Un aviso por el interfono "Un coche está parado en el paso a nivel, en cinco minutos saldremos de la estación".
Era él, debía ser él, pudo parar el tren y paró un tren como había prometido, se acordaba. Sara se levantó corriendo, cogió la maleta y la arrastró hasta la puerta, movió la palanca de seguridad y abrió la puerta. Tiró su maleta y luego saltó ella, cayendo al suelo.
Dejó la maleta y se precipitó hasta el paso a nivel, y ahí estaba él, su héroe y destino, su palabra cumplida.
- Te prometí que me casaría contigo, te prometí que pararía un tren, y te prometí que nos iríamos a Nueva Zelanda, y estas fueron nuestras grandes promesas y no pensaba cumplir la primera hasta que hubiera cumplido la segunda y la tercera. Las demás no tenían importancia, estos eran nuestros ejes de coordenadas, nuestros puntos fijos. Nuestra vida ha tenido un orden, lento pero ordenado, donde tu veías dificultad yo veía paciencia. Tu andabas corriendo y yo andaba paseando y aquí, hoy es donde equilibramos nuestros ritmos, a partir de hoy no quiero que dudes, que dejes de pensar como has pensado siempre conmigo, porqué no he fallado. Tu solo veías como el camino se desviaba, pero nunca nos fuimos del eje. He venido aquí para proponerte algo importante y si dices que sí, niegas nuestros años juntos, matas tu pasado y comprometes nuestro futuro. El presente es solo el lapso de tiempo que pasa mientras decides. Quiero cambiar mi rutina, quiero romperla junto la tuya. Qué me dices?
- Sí quiero.
Subió los escalones sin girarse, tres en total. Cargaba con una mochila y con una maleta negra no muy grande. Se sabía su vagón y su asiento de memoria, pero casi como un acto reflejo volvió a ojear el billete que sostenía con la mano libre mientras esperaba que los pasajeros que tenía delante se fueran situando.
Empezó a andar arrastrando la maleta por el pasillo del tren hasta que se acercó a la que iba a ser su butaca, su compañero de viaje por unas horas que la arroparía y la abrazaría hasta que se quedase dormida. Miró el número de asiento y comprobó de nuevo la correspondencia con su billete, dándose cuenta de la excesiva prudencia.
"La de estupideces de nosotros mismos que veríamos si tuviésemos una grabadora todo el día apuntándonos", quiso sonreír imaginándolo, pero no pudo, los labios apenas se movieron, notó el esfuerzo de los músculos en su cara, pero no hubo ninguna contracción visible.
Cogió la maleta con ambas manos, la levantó con todas sus fuerzas y la colocó en la repisa encima de su asiento. Sara se dejó caer sobre el asiento, exhausta, un peso muerto. Se quedó unos segundos inmóvil, con los ojos cerrados, las pestañas le temblaban, no querían estarse cerradas, eso siempre hacía que Sara entrase en su cabeza y las pestañas sabían muy bien que eso no convenía.
Abrió los ojos, un poco más rojos que antes, y se acomodó a la butaca. "Por lo menos tengo ventana", fue su conclusión con un toque de consuelo. Nadie se sentó a su lado, nadie se iba a sentar a su lado. Estaba acostumbrada a viajar sola, pero esta vez iba a ser distinto, tendría que haber sido distinto. Él tendría que estar a su lado, pero le dijo que no la acompañara, que si él era incapaz de dar pasos adelante con ella, que ya no diera ninguno más.
Se despidió a la puerta de su casa (la de los dos) ambos con las maletas hechas. "Mañana uno de los dos se irá" le dijo Sara "haz las maletas, haré las maletas, si nos quedamos esto tiene que cambiar, si crees que esto no puede cambiar, uno de los dos se irá".
"No voy a cambiar, Sara", dijo por la mañana.
Se le repetía a la cabeza una y otra vez, sin contexto, su cara, ni triste ni risueña, seria, llana, inexpresiva. Su cara y su imperturbabilidad. "No voy a cambiar, Sara". Lo leía en la ventana, lo veía en el paisaje. Miró el billete que había dejado encima de la mesa, ya no salía ni el vagón ni el asiento, "No voy a cambiar, Sara". ¿Y que dijo el primer día que le dijo que la quería? Ah, sí. "Te quiero, tanto, que por ti pararía un tren".
Ahora quería llorar en un tren que iba a ponerse en marcha, pero tampoco podía. Quería gritar, sabía que podía pero no debía.
El tren se puso en marcha y él no iba a pararlo. No era tan difícil, no pedía tanto. ¿Porqué todo había sido tan lento? Tantos años desperdiciados. Cuando empezaron él no lo tenía claro, pasó tanto tiempo antes de conocer a algún amigo o algún familiar suyo, tanto en decidir que se fuera a vivir con ella y puso tan poco empeño en ello. Hace tanto que habían empezado a hablar de matrimonio. Y finalmente llegó el viaje a Nueva Zelanda, el "gran viaje", su viaje, el que tenían en la cabeza hacer juntos desde que se conocieron. Pero no hubo anillo para ella. Debió imaginarlo, pensaba que quizás nunca la había querido.
Todo había sido tan lento y tan costoso... nunca una relación debería ser así. ¿Ahora se daba cuenta? Una ventana en un tren es un espacio para ver la verdad de las cosas. Divagaba, sus pensamientos se encadenaban de un modo inconexo, habían cogido una autonomía absoluta y ella no se veía capaz de pararlos. Su mente era un tren imparable acelerando constantemente que solo Marcos sabía como frenar.
Con él lo había apostado todo, era su "all-in", la relación con Marcos fue la inversión de su vida, de tiempo y esfuerzo, de desgaste emocional. Era él, el "chico", no había otro. Habían aparecido otros hombres, a veces se había sentido tentada a dejarlo, pero sabía que eran juegos pasajeros, retos que aparecían para poner a prueba su relación irrompible. Retos que superaba sin duda y sin miedo.
Ahora cogía ese tren sola, ese tren que se ponía en marcha lentamente, con una aceleración muy lenta y muy gradual, casi imperceptible tras el primer movimiento. Ese tren se empezaba a mover y deseaba que se pusiera dirección a un abismo, que explotara, que no llegara nunca a su destino. Un tren sin rumbo ni estaciones, ese era el tren en el que ella se quería ver.
Pero el tren terminaría parando en algún sitio, ella se bajaría y se sentiría perdida, desorientada, sin rumbo, no conocía otra posibilidad de vida que no lo incluyera. No podría hablar de vida nueva, estaba sin vida.
Y paró el tren, de golpe. Un aviso por el interfono "Un coche está parado en el paso a nivel, en cinco minutos saldremos de la estación".
Era él, debía ser él, pudo parar el tren y paró un tren como había prometido, se acordaba. Sara se levantó corriendo, cogió la maleta y la arrastró hasta la puerta, movió la palanca de seguridad y abrió la puerta. Tiró su maleta y luego saltó ella, cayendo al suelo.
Dejó la maleta y se precipitó hasta el paso a nivel, y ahí estaba él, su héroe y destino, su palabra cumplida.
- Te prometí que me casaría contigo, te prometí que pararía un tren, y te prometí que nos iríamos a Nueva Zelanda, y estas fueron nuestras grandes promesas y no pensaba cumplir la primera hasta que hubiera cumplido la segunda y la tercera. Las demás no tenían importancia, estos eran nuestros ejes de coordenadas, nuestros puntos fijos. Nuestra vida ha tenido un orden, lento pero ordenado, donde tu veías dificultad yo veía paciencia. Tu andabas corriendo y yo andaba paseando y aquí, hoy es donde equilibramos nuestros ritmos, a partir de hoy no quiero que dudes, que dejes de pensar como has pensado siempre conmigo, porqué no he fallado. Tu solo veías como el camino se desviaba, pero nunca nos fuimos del eje. He venido aquí para proponerte algo importante y si dices que sí, niegas nuestros años juntos, matas tu pasado y comprometes nuestro futuro. El presente es solo el lapso de tiempo que pasa mientras decides. Quiero cambiar mi rutina, quiero romperla junto la tuya. Qué me dices?
- Sí quiero.
Comentarios
Es asombroso lo fácil que resultan las cosas una vez que decides intentar llevarlas a la práctica... ya sea para dejarlo todo y coger un tren o para 'equilibrarlo' todo y pararlo ;)
Es asombroso lo fácil que resultan las cosas una vez que por fin decides intentar llevarlas a la práctica...
Ya sea para dejarlo todo y coger un tren o para 'equilibrarlo' todo y pararlo ;)
Només ha faltat al final un "para el carro"...