A la luna se le ve el ombligo

Estaba oscureciendo. Miré hacia el cielo, estaba la luna llena clavada en medio del cielo. Había estado prácticamente en la misma posición la noche anterior y también había pasado allí todo el día colgada del cielo. Parecía que nos quería sumir en una noche constante, quería hacernos olvidar que había habido algunas horas con luz, y es que incluso habiendo tenido esas horas del día, el satélite había brillado con una fuerza que había envuelto el sol en una cierta aura oscura. Había sido una noche de varios días.

Ahora el sol rendía sus últimos esfuerzos y la luna se erigía como vencedora, podría ser ya que mañana no fuese a salir el sol, que no volviera, que pasaran muchos días más antes de que no amaneciera de nuevo.

Caminábamos por la calle, yo andaba con los hombros encogidos sin darme cuenta, mirando al suelo, como si tuviera frío pero aunque era invierno una calidez ligera aún permanecía en mi interior. Sin hablar, sin decirnos nada decidimos pararnos en un banco en el parque que hay delante de la estación, como si ya hubiésemos decidido previamente parar allí. Habíamos andado sin rumbo, errantes, sin comunicarnos. Una inercia, la misma para los dos, nos dictaba los pasos y nos limitábamos a seguir, como los turistas al paraguas del guía.

Nos sentamos en el banco. Cogí papel, tabaco, una boquilla y enrollé un cigarro mientras Boboli sacaba su paquete de Malboro, encendía su cigarro y alargaba el brazo mirando de reojo, apuntando perfectamente a escasos centímetros de mis labios, apretando su pulgar. Ambos hicimos una calada profunda y liberamos el humo con ahínco, como si por fin pudiéramos respirar. Rompí nuestro silencio.

- ¿Sabes que hay un jardín precioso con tu nombre?
- ¿Ah si? ¿Bobolí? ¿Donde?
- En la Toscana, en Italia...
- Deberías llevarme allí algún día.
- Hecho.
- ¿Lo podrías prometer?
- Te lo prometo

Volvimos a permanecer en silencio mientras nos terminábamos el cigarro, y tras unos minutos más volvimos a repetir la operación encendiendo otro cigarro.

- Eres un tipo de verdad.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Quiere decir lo que quiere decir, que existes, que estás aquí. ¿Sabes?
- Bueno... más o menos, quiero decir, creo que estoy aquí.

Boboli hizo un intento de reírse pero quedó en una carcajada breve y ahogada.

- Sí, estás aquí sí.
- Aunque a veces siento como si no estuviera del todo...
- A eso me refería justamente. ¿Ves como sí me podías entender? Quiero decir, que siento que existes.
- ¿Tu crees?
- Estoy convencida, quiero decir, hay momentos que te noto ausente claro, no se qué te pasa en la cabeza, desapareces, ¿sabes? tienes como una madriguera ahí dentro y te metes a descansar, o dormir, o a esconderte, lo que sea, pero después sacas la cabeza y dices "¡Mira! Un conejo de verdad".

Sonreí, y la miré, parecía que ella llevaba rato sonriendo contenta. Nos cruzamos las miradas con complicidad. Se acarició su pelo rizado, como un acto reflejo al mirarla. Sentí en ese momento la autenticidad. No "algo" de autenticidad, tampoco "La" autenticidad, era simplemente autenticidad, era cierto en el modo más simple, estábamos allí. Volvimos a mirar al frente, como si estuviera ocurriendo un espectáculo delante nuestro.

- Creo que si te entiendo
- Es que siento que todo es plástico, ¿sabes? plástico, como de mentira, todos con sus vidas, y sus cosas, sus ocupaciones, sus, sus, sus y solo sus, siempre suyas y para siempre suyas, pero creo que hay más cosas fuera de nosotros, pero cada vez me deprime más ver que hay menos cosas de verdad. Es como que ya no pasa nada de verdad, cincuenta años atrás es como que había pasos en los que uno sentía que se estaba haciendo historia. Siento que el mundo se aleja de todo propósito posible.
- ¿Tenemos alguno? Quiero decir, como humanidad. Pregunto.
- ¡Sí, claro! Pero no me quiero poner en algo concreto, tipo "tenemos que hacer el bien", "buscar la felicidad", "escuchar a Dios"... me refiero a sea cuál sea el propósito que tengamos como humanidad, se nos está escapando de las manos completamente, en cualquier dirección.
- Sí, la verdad que a mi también se me pasa por la cabeza, me desanima bastante, es como que cada vez importa todo menos. Las cosas importantes dejan de serlo, se da importancia a cosas sin sentido.
- Me alegra ver que estamos de acuerdo

Hubo un silencio, seguramente segundos, me dio tiempo de pasear por dentro de mi madriguera, allí dentro el tiempo funcionaba de modo distinto, se distorsionaba, se doblegaba, se multiplicaba y se dividía, era difícil saber cuanto rato había pasado. Boboli me sacó del agujero una vez más con sus preguntas, sus ganas de hablar del mundo, o del "no mundo".

- ¿Qué piensas que hay tras la muerte?
- Nada

Contesté, sin dudar.

- ¿Nada? ¿Ni cielo, ni paraíso, ni infierno ni nada?
- Nada
- Pues yo sí creo que hay cielo. Uno al morir se encuentra con todo aquello que ha deseado. Con todas aquellas personas que quiere. Y si has sido un cretino, igualmente te encuentras con todo lo que quieras y vives con la culpa eterna de no merecer todo lo que te han dado. Eso es el infierno, estar eternamente en deuda con todo lo que has hecho mal en el mundo.
- Ah...

Respondí taciturno sin saber demasiado que responder. No creía en una visión tan ingenua de la muerte, pero entendía que era en lo que creía, la idea que había detrás de sus palabras, como que al final de todo siempre había una bondad. Quizás por eso cuando alguien se muere casi siempre se resaltan sus cosas buenas, para que emprenda su viaje al más allá con la maleta cargada solo de lo bueno. Bobolí cortó de nuevo mis cavilaciones.

- ¿En qué piensas?

(Canción, quizás no para acompañar)

No era en lo que estaba pensando, pero me salió, sin más, sin poder pasar por el filtro de mi cabeza, seguramente en algún sitio de mi madriguera eso estaba allí, seguramente estaba a medias en mi pensamiento y a medias con Bobolí. Su pregunta me dinamitó, obligó a juntar mis dos mundos. Supongo que toda la conversación nos había llevado aquí, en ese preciso instante, como si ella ya hubiera querido llegar a este punto, sin quererlo, dejándose guiar también por algún tipo de instinto que nos llevaba a visitar la madriguera del otro.

- Estoy cansado, estoy cansado de este mundo. Estoy cansado de llorar por dentro, estoy cansado de gritar, cansado de estar triste. Estoy cansado de pretender, como pretende el resto del mundo, porqué esto me hace sentir muy solo. Estoy cansado de estar enfadado, de sentirme estancado en mi vida, de necesitar tantas cosas, de sentir que me estoy perdiendo cosas por como soy, de perder a personas que están a mi lado, de que toda esta mierda que domina en el mundo me haga sentir tan distinto. Me cansa terriblemente sentirme inútil, de sentirme vacío, de no saber dejar atrás mi madriguera. No quiero seguir deseando que lo empezaría todo de nuevo, de soñar con vidas que no he tenido y que ya no podré tener. Pero sobretodo, sobretodo estoy cansado de estar tan cansado...

Se me enrojecieron los ojos, sentí rabia, sentí que el pecho se me endurecía, se me encallaba la respiración, sentí que iba a llorar, pero volví a respirar con fuerza. Hice una última calada al cigarro y lo tiré, me tranquilicé. Bobolí me dio la pausa que necesitaba, sentía como seguía con su sonrisa imborrable en su cara, satisfecha de haber sacado algo de esa autenticidad de la que me hablaba y en la que yo ya no creía. Después continuó, casi como si yo no hubiese dicho nada, pero estaba tranquilo porqué lo había escuchado todo atentamente.

- ¿Para ti que sería el paraíso?
- ¿El paraíso?

Hice una pausa muy breve, un segundo que pareció largo, y otra vez, sin pensarlo salió:

- .... Uhm.... pues esta mañana, contigo, tomando un café.

Nos cogimos de la mano sin mirarnos, sentí que debía cerrar los ojos, y creí que así ella lo estaba haciendo. De repente éramos dos náufragos en una isla pequeña, solos, ante un océano infinito y vacío de personas a las que no importábamos y no importaban ya, un mundo entero vacío y perdido de agua oscura, en el que esperábamos sentados mientras el agua subía hasta que nos engulliera en el último trozo de esperanza, el último atisbo de vida, de cordura que sumergía de una nada casi entera.

Ella abrió los ojos, me dio la sensación de que se enrojecía, pero ya no había tanta luz como para apreciarlo. Estuvimos callados mirando al vacío hasta que empezó a salir el sol.

Comentarios

Soledad 6 ha dicho que…
Me ha encantado volver a visitar tu Ocaso. He unido mi madriguera a la de estos dos gaianos y los he comprendido.

Me ha gustado verle el ombligo a la luna.

Me gusta la frase "Había sido una noche de varios días". Sé de gente en la que sus noches son de varios años.
Soledad 6 ha dicho que…
No sé qué es eso de que demuestre que no soy un robot.

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