Despertares
El
mundo está medio muerto.
Después
de haber visto perecer a mi padre vi como la mitad del mundo desaparecía con
él. No es que su muerte literalmente conllevara la muerte de medio mundo, si no
que poco después de su muerte empecé a darme cuenta de que la mitad de la gente
de este mundo en realidad estaba muerta, y ese hecho no ocurrió exactamente con
la muerte de mi padre, no fue en ese mismo instante que se dio el hecho, fue
algo que cambió en mi, a partir de ese momento entendí qué era estar muerto.
Eso cambió toda mi visión de la vida.
Yo no
había sido un buen hijo, nunca lo fui, y si alguna vez alguien pudiera pensar
que fui un buen hijo fue antes de que empezara a ser responsable de mis actos,
antes de poder pensar por mí mismo. Para muchos la capacidad de reflexionar es
una virtud, para mí fue un fuego que arrasaba todo lo que tenía alrededor.
Nunca
encontré una respuesta satisfactoria a lo que me ocurría, ni creía que jamás la
pudiera llegar a encontrar, me era imposible hacer una interpretación
retrospectiva de mi vida, no hay interpretación posible, no hay una causa –
consecuencia, lo único que puedo hacer son breves relatos de historias y
pensamientos aislados, sin conexión, con una clara tendencia a la destrucción. Pero
tampoco podría decir que fui infeliz, ni que en casa me trataran mal. Jamás
podría tener palabras desagradables para mi familia. De hecho tuve una infancia
de lo más alegre y normal.
No
podría situar cuando empezó todo. Simplemente empezó con algún pensamiento, que
encadenó con otro, con otro, con otro… di vueltas a todo lo que había aprendido
en el colegio, en casa, con mis amigos. Cada noche escribía lo que se me pasaba
por la cabeza y cada noche era más aterrador que la anterior. No por el tipo de
pensamientos, no eran pensamientos graves, todo lo contrario, si alguien
externo lo hubiera leído hubiera sentido más curiosidad que miedo, curiosidad
por ver como continuaba al día siguiente. Empecé a hacerme preguntas sobre la
existencia, la vida y el sentido de todo. No encontraba respuesta, solo más
preguntas. Es en este sentido que me horrorizaba, el pensar que la vida estaba
tan vacía de respuestas, y sentía que la gente de mi alrededor sentía la vida
vacía de preguntas, lo cual era terrible a su vez. No sentía soledad, sentía
miedo, sobre donde me iba a llevar mi cabeza cada noche.
Me fui
de casa a los quince años. ¿Porqué me fui? No lo sé, seguramente fue una manera
de proteger a mi familia de todo lo que tenía dentro, sentía muy a menudo que
tenía el mal a mi alrededor y que lo atraía. Es cierto que tenía algunas
actitudes nobles y era apreciado en mi círculo de amistades del instituto, que
nadie hubiera afirmado jamás algo tan cruel sobre mí y que tenía algunas
cualidades positivas, eso lo sabía, pero en ese momento sentía que debía
proteger a mi familia
.
Me fui
a vivir lejos del barrio de mis padres en un piso viejo y sucio que compartía
con dos inmigrantes árabes, y aunque podría parecer guasa ambos se llamaban
Mohammed. Para distinguirlos a uno decidimos llamarlo Moha y al otro “negro”
por ser más moreno. Aunque me disguste que parezca tan tópico ambos compartían
una pequeña plantación de marihuana que les daba para comer y pagar el
alquiler. Prácticamente todos sus clientes eran adolescentes del barrio que
fumaban cualquier cosa que encontraban.
Mientras
tanto, yo dedicaba mis mañanas a repartir publicidad por diferentes zonas de la
ciudad para una empresa pequeña en la que no me pagaban mucho. Ganaba algo
menos que mis compañeros marroquíes pero estaba en un negocio legal, hecho que
me ahorraba problemas con la ley. Una cosa es atraer al mal y la otra buscarlo.
Con lo poco que me sobraba compraba alcohol y algo de marihuana a Moha y al
negro. Así pasaron algo menos de tres años hasta hacer la mayoría de edad en la
qué no tardé ni un mes en despedirme de mis compañeros marroquís, de mi trabajo
y empecé a buscar un apartamento igualmente viejo y sucio para mí solo y un
trabajo que me permitiera pagármelo.
Mi vida
era una ley del mínimo esfuerzo: comer, dormir y trabajar para poder comer y
dormir. Como un animal qué va a cazar, y así lo hubiese hecho si hubiese sido
más sencillo. No fue una época ni feliz ni infeliz, la recuerdo con vaguedad,
rutinaria, no había situaciones especiales. Alguna mujer de vez en cuando, pero
siempre historias breves y pasajeras, Comer, dormir, procrear y trabajar para
poder comer, dormir y procrear. Y si me sobraba dinero, beber y fumar. Si la vida no tenía sentido no iba a hacer
esfuerzos para aferrarme a un futuro, a un Dios, a lo que fuera. Y no lo tenía.
La vida era mera casualidad, y mi decisión era continuar con la casualidad, ni
dotarla de sentido ni abandonarla.
Durante
los seis primeros años iba una vez cada tres o cuatro meses a casa, después del
cumpleaños de mi madre, después del cumpleaños de mi padre, después del
cumpleaños de mi hermano y después de mi cumpleaños. Nunca el día del
cumpleaños mismo, siempre algunos días más tarde. Pensé que eran días
especiales para ellos y no quería convertirme en protagonista de nada. Yo los
quería, y los quiero, pero sentía que no podían comprenderme. Siempre que
llegaba actuaban con la más absoluta naturalidad, como si no hubiesen pasado
más que un par de días de la última vez que nos habíamos visto. Excepto mi hermano que se mostraba distante y
taciturno. Mis padres siempre me daban un abrazo, dos besos, me sonreían, me
preguntaban cómo me iba, yo siempre decía que “bien”. Me iba bien, como quería.
Entonces me encendía un cigarro y escuchaba las novedades en sus vidas mientras
asentía y me encendía otro cigarrillo. Ellos sonreían y me preguntaban si
quería dinero, algunas veces me daban dinero y tenía alcohol para algunas
semanas más, pero jamás pedía nada porque si algo tenía claro es que ellos ya me
habían dado bastante y no podía exigirles más.
Me
preguntaban si era feliz, a eso no supe jamás que responderles, les decía que
“supongo”, ya tenía suficientes problemas en poder responder qué era la
felicidad.
Una vez
me enamoré, yo tenía veintidós años, ella veinticuatro. Trabajábamos juntos en
un bar del barrio del que su padre era el dueño y cocinero. Nosotros nos
encargábamos de atender a los clientes, servir y limpiar mesas. Ella trabajaba
de mañanas y mediodías y yo de mediodía hasta la noche. Ella estudiaba en la
universidad por las tardes, Historia. Siempre hablábamos al cerrar bar, nos
fumábamos un cigarrillo y bebíamos una cerveza.
Tenía
algo especial, no sabría decir qué, no era solo por su encanto, ni por su
sonrisa de labios pintados siempre de rojo claro. No por su mirada seductora
con un toque oriental en las comisuras de los ojos, tampoco por su
inteligencia, ni por su carácter ácido a la vez que afable y tierno, tampoco
por la manera tan particular que tenía de coger el cigarro con las puntas de
los dedos, que parecía que en cualquier momento se le iba a caer. No, Sabina no
me enamoraba por ninguna de estas razones y por todas a la vez. Era la primera
vez que sentía que alguien me daba respuestas a preguntas que jamás me había
hecho. Ella era la respuesta a preguntas que ni siquiera existían.
Su
padre tardó unos meses en enterarse que teníamos una relación. No nos dio nunca
su bendición pero tampoco puso mala cara puesto que en el trabajo éramos cómo desconocidos.
Sabina
me aportó una idea que puede parecer muy obvia pero que en sus labios sonó como
una revelación para mí. En la historia, hay hechos que son puntos clave, hechos
que tienen algún tipo de relación temporal, “yo mato a un príncipe, entonces tu
provocas una guerra en mi frontera, entonces un país queda dividido, y una de
las divisiones provocará otra guerra en cincuenta años y esta, casi podemos
decir que es consecuencia de haber matado al príncipe” por decirlo a modo de
ejemplo. La idea es que estos puntos nunca los puedes conectar hacia adelante,
solo hacia atrás. Solo puedes hacer un relato histórico cuando las cosas ya han
ocurrido. Nunca sabes qué momento estás viviendo en tu vida hasta que han
pasado unos años y ves que ha ocurrido después, nunca hacia adelante, aunque
creamos que ciertos eventos van a provocar otros eventos, se trata de una
previsión, no de un hecho.
Es
cierto que después con los años he seguido siendo incapaz de conectar los
puntos en mi vida. Quizás es porqué ha habido pocos: Sabina, mi padre.
Tras un
año y poco de relación con Sabina, expliqué a mis padres que estaba con
alguien. De hecho ellos me preguntaron si me veía con alguna chica, yo
simplemente respondí “Sí”. Ese mismo día mi padre me explicó que le habían
diagnosticado cáncer. “Nada grave, de pulmón, operable, muy pequeño, lo han
cogido pronto, apenas hay riesgo”. Lo único que pude decir fue “Lo siento” sin
mirarlo a los ojos. Sentía como él me miraba fijamente con amor y me respondía
“ya”.
Lo fui
a ver tras la operación en el Hospital, todo había ido bien. “Me alegro”, le di
un golpe en el hombro y me fui.
Poco
después de la operación de mi padre, Sabina se fue del bar, encontró trabajo en
un museo de la ciudad en el que había hecho prácticas de la carrera y su padre,
que ya le quedaban pocos años para jubilarse decidió venderse el bar y tener
una buena jubilación anticipada. Tras esto no tardó mucho más Sabina en dejarlo
conmigo.
“Eres
especial, eso ya puedo verlo, pero también puedo ver que no puedes hacerme feliz,
que te falta algo. No sé cómo explicarlo, te falta luz. Pero también veo que
tienes la capacidad de tenerla. No sé, hay gente que no tiene ese agujero, que
sabes que no brilla y que probablemente no pueda brillar. En ti veo eso, sé que
está ahí. Solo deseo que lo encuentres.”
Eso es lo
que ahora puedo explicar como un “punto” en mi vida. Por supuesto dijo muchas
cosas más, nos dijimos muchas cosas más, le dije cómo la quería y lloré en su
hombro sin darme ningún tipo de reparo. Me emocioné como no me había emocionado
en mi vida. Ella me lo permitió, ella me recordó que era humano, algo que había
olvidado y que olvidaría durante algunos años más.
Después
empezó una fase de mi vida de la que no quiero hablar: mucho whisky y tabaco,
pocas drogas, algunas putas y una vida laboral inconstante. Habitaciones
baratas, cambios constantes y deudas. Muchas deudas. Las visitas a mi familia
cada vez fueron menos frecuentes. Pero ellos insistían en su hospitalidad y su
sonrisa aun recibiendo en mi una respuesta inocua. Lo veo ahora que si hubiese
estado buscando la felicidad en mi vida, había claramente un sitio en el que
podía encontrarla. Decididamente, no buscaba nada.
Recibí
una llamada qué aún estaba borracho, quizás llevaba dos días bebido sin ser
consciente ni de la hora ni del día de la semana. Era mi hermano “Toni, papá
está ingresado en el hospital hace dos días. Metástasis, es terminal”. “Bien
por el viejo”, pensé, “bien por el viejo, ya podrá descansar en paz”. Se lo
agradecí, aunque no sé si me entendió muy bien y colgué, o colgó.
Esperé
dos días para poder presentarme en el hospital con buen aspecto. En la entrada
del Hospital encontré a mi madre que me dio un abrazo mientras le salían las
lágrimas. La abracé con un rostro impasible. Había momentos en los que sentía
que lo poco que quedaba de mi alma se había quedado con Sabina. Me dijo que iba
a casa, que necesitaba descansar y que mañana volviese por favor.
Era un
día de sol, lo peor es que era un gran día, un día increíble para estar en la
playa, para estar en un parque, caminando en la montaña o de compras por la
ciudad. Era un día fantástico, un tiempo increíble para hacer deporte. Era un
día perfecto para cualquier cosa menos para estar en un Hospital.
Busqué
la habitación y entré. Papá dormía y mi hermano, Salvador, estaba sentado en
una butaca leyendo una revista. Nos saludamos haciendo un gesto con la cara, el
hizo ademán de levantarse pero lo frené con un gesto. Nos miramos a los ojos y
entendió con la mirada que le preguntaba por el estado de nuestro padre, el
ladeó la cabeza como dando a entender que se podía ver cómo estaba.
Aprovechando que mi padre aún dormía le dije a Salva que iba a hacer un
cigarro. Dudó un poco antes de decir nada y después respondió que bajaba
conmigo. Acepté, pensé que o bien le apetecía bajar a buscar un café, o bien
tenía miedo a qué yo pasara por el bar, o bien realmente quería bajar y
acompañarme mientras hacía un cigarro. Fuera por la razón que fuera me parecía
bien.
Nos
sentamos en un banco en la entrada del hospital.
- Han pasado casi dos años o más desde que nos vimos por última vez
Dijo mi
hermano. Asentí con la cabeza mientras hacía una calada, mirando hacia
adelante.
- Hace unos seis meses te vio Pilar, del instituto, me dijo que te vio
con una herida en la mejilla, borracho, que no la reconociste. Que gritabas y
llorabas, que casi no te tendías en pie. Dijo que quiso ayudarte y la
insultaste. Que te caíste al suelo. Te dijo su nombre varias veces, incluso
ella se puso a llorar delante de ti mientras repetía tu nombre. Me dijo que al
final te callaste y no sabe si es que te dormiste o si te quedaste en coma,
pero que se fue porque ya no quiso saber nada más.
Tuve
ganas de girarme con rabia y gritarle “y a ti qué coño te importa?” pero cerré
los ojos e hice una calada profunda, noté el humo llenar mis pulmones y lo
solté lentamente.
- No pienses que quiero darte una lección de vida. No te voy a reprochar
nada, es tu vida, ni siquiera me enfada, ni me decepciona, no me dice nada,
pero debes saberlo que aunque cuando bebes te sientes invisible, dura muy poco
el efecto y solo funciona contigo. Los demás te ven.
Con mi
hermano siempre hemos tenido una relación fría, distante, como conocidos, como
familiares lejanos. No ha habido nunca rencores entre nosotros pero tampoco
afecto, éramos como conocidos desconocidos. Lo único que podía saber o suponer
de él es que era un buen tipo, un buen hombre. Ocupado siempre de su familia
(de sus hijos, de su mujer, de sus padres), un hombre afectuoso, cariñoso y
feliz al fin y al cabo. Una buena copia de papá, algo menos sonriente, jamás
como él pero siempre muy parecido. Era alguien de quién mi padre se debía
sentir muy orgulloso
Salva
es cinco años menor que yo, cuando nació me alegré bastante, tenía ganas de
tener alguien a quién cuidar, ganas de sentirme responsable. Jugaba siempre con
él, nos divertíamos mucho. Siempre lo utilizaba para hacer trastadas a mi
padre, que aunque sabía perfectamente que yo era quién lo ideaba todo, nos
cargaba las culpas a los dos. Quizás él no se acuerda de nuestros primeros
años, al fin y al cabo, cuando él empezó a tener recuerdos, no mucho más tarde
me fui de casa. Probablemente al no tener nadie que le recordara a menudo
nuestros juegos, esos recuerdos se le fueron borrando con el tiempo. Jamás
llegamos a hablar nunca de todo esto, de hecho de nada.
Mi
hermano pronto se sintió con la responsabilidad de complacer a mi familia y
cargar con el peso del equilibrio, puesto que yo probablemente solo ponía una
sombra. Salva sacaba buenas notas, tenía lo que se podría decir éxito social,
era responsable, divertido, fue a la universidad que quiso, estudió derecho y
empezó trabajando en un bufete regular ascendiendo rápidamente. Era alguien que
traía buenas noticias a casa. Se casó joven con una mujer encantadora a la que
apenas vi cinco o seis veces y tuvieron un hijo igual de encantador que ellos.
Alguna vez me pregunté si eso es lo que hubiese querido para mí, en ese momento
tenía claro que no. No sé si es que no lo quería o no me veía capaz de
conseguirlo. Tampoco sentía envidia, la verdad que me sentía contento de ver
que todo le iba bien.
Quise
hacerle algún comentario como “¿Cómo está tu familia?”, pero me salió un grito
ahogado que casi parecía tos, y él rompió el silencio para decirme
“¿Volvemos?”. Asentí, tiré el segundo cigarro con fuerza al suelo y lo apagué
con la suela del zapato al levantarme.
Al
llegar a la habitación mi padre estaba despierto y mirando a la puerta. Nos vio
entrar a los dos juntos y sonrío.
A veces
hubiese deseado que mi padre no sonriese tanto, que hubiese sido más severo
conmigo, más malo, que me hubiese apartado de la familia, así poder tener una
explicación y una excusa para ser como era. Pero no la tenía. Él era un buen
hombre, justo siempre. Si es cierto que no di jamás problemas, pero tampoco di
amor, algo que él jamás me tuvo en cuenta y que siempre me regaló
incondicionalmente. Cada vez que lo veía no podía evitar acordarme del hijo
pródigo, pero una historia que se repetía en nuestra familia cada año. Siempre
cuidó de mi y siempre dejó que me cuidara por mí. Jamás me dijo que me estaba
equivocando de camino, solo me decía que quería verme bien. Parecía algo muy
pobre pero que ahora siento con mucha fuerza, la sencillez con la que me
trataba. Era un hombre que desprendía candidez y humanidad, no he visto nunca a
nadie tan amado por sus vecinos, por su familia, por las cajeras del
supermercado, por los compañeros de trabajo… tenía algo que hacía que los demás
sonriesen a su lado. A menudo me preguntaba porque no podía conseguir yo algo
así.
Aunque
yo provocara tener una relación distante con mis semejantes, siempre recordaba
a mi padre con un cariño fuera de lo común, su presencia era algo que siempre
andaba conmigo aunque yo no la escuchase, estaba dentro de mí.
- Salvador,¿ puedes salir de la habitación? Quiero hablar 5 minutos con
tu hermano.
Dijo
con voz entrecortada, con voz de enfermo, de moribundo. Salva ladeó la cabeza,
se subió las gafas con un dedo, me miró, miró a mi padre y dijo “claro”. Cerró
la puerta.
- Acércate hijo, siéntate aquí.
Me
acerqué, me senté en un hueco de la cama a su lado e hizo ademán de levantar la
mano izquierda como para tocarme. Con las dos manos le cogí la mano y la apoyé
en mi regazo.
- Hijo, soy yo el que muere, no tú.
Abrí un
poco los ojos sorprendido
- Lo sé
Lo
sabía, aunque tras oír esas palabras sentí que yo había muerto hacía muchísimo
tiempo.
- ¿Porqué no sonríes por una vez en tu vida?
Me
salió una mueca automática, casi una sonrisa. Pero de golpe sentí unas ganas de
llorar inaguantables, como con Sabina. Sentí mucha lástima por mí, sentí
lástima por él, por los dos, y finalmente sentí que en mi mejilla caía una sola
lágrima y terminé sonriendo mientras lloraba. Terminé sonriendo mientras él,
sonriendo, se empezaba a ir.
La luz
que siempre había brillado en sus ojos poco a poco se empezó a apagar, no
sabría describirlo con otras palabras, sentí que algo en él se iba, algo en los
ojos se iba apagando, una onda oscura iba dominando su mirada. Dejó de
apretarme la mano y se fue, sonriendo, como siempre estuvo y como siempre le
recuerdo.
Esa
mirada se quedó conmigo, quedó grabada en mi memoria y quedó borrada de mi
cara. Empecé a ver esa mirada en mucha gente, en todos los sitios. Gente con
una mirada que ya no decía nada, sin ilusiones, sin vida. Una mirada que había
visto en mí mismo durante toda mi vida, pero que en algún momento se borró.
Sabina
me había dado esa mirada, me había dado ese breve lapso de tiempo de mi vida en
el que había sido realmente feliz. Y volví a por ella, volví con mi luz, con la
luz de mi padre.
Tras la
muerte de mi padre cada vez tuve más claro que no quería ser alguien gris, si
no alguien brillante como mi padre. No por sus hazañas, no por sus méritos si
no por su corazón. Mi padre me había visto morirme poco a poco, había visto
como se hundía mi vida y con su muerte me ofrecía su último destello de luz,
una oportunidad de redención, una posibilidad de empezar a vivir.
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