Un libro abierto
A Mercedes le encantaba leer. Leía cada mañana de camino al
trabajo, durante los descansos, a la vuelta del trabajo, en el baño, incluso mientras
preparaba la cena seguía leyendo. Sin exagerar leía como mínimo un libro a la
semana, los devoraba. Los fines de semana solía buscar rincones tranquilos de
la ciudad, parques, algún bar en el que poder leer y pasar las horas, tanto en
mundos distantes como mundos cercanos.
El único momento del día en el que se prohibía leer era durante la
noche, cuando se metía en la cama. "La cama es para descansar", solía
pensar. Lo solía pensar y no decir puesto que vivía sola, no tenía familia y
tampoco amistades muy fuertes como para compartir los pensamientos más
cotidianos.
Era una mujer solitaria pero feliz. Era una mujer pacífica,
tranquila y muy sociable aunque pudiese parecer lo contrario. En el trabajo era
muy apreciada, simplemente en sus ratos libres prefería leer que estar hablando
con gente, que mirar películas o viajar. Sentía que las páginas la llevaban
todo lo lejos que podría desear llegar. Incluso sentía cierta empatía por los
personajes de sus novelas, a través de la lectura llegaba a los rincones más
escondidos del alma humana y, aunque no compartiera íntimamente esta empatía,
podía aplicarla a las personas con las que se relacionaba a diario en el
trabajo. La lectura la había dotado de una especie de don de gentes, un
conocimiento que difícilmente se podía palpar, no se podía explicar con
palabras pero se veía reflejado en su mirada. Tenía una seguridad absoluta de
ver en la gente más de su carácter de lo que le ofrecían sus actos.
Sus hábitos de lectura eran tales que ya salía de casa con dos
libros por si terminaba el primero poder empezar el segundo. Eso sí, jamás leía
dos libros a la vez, un mundo empezaba y debía terminar. Nunca se debían
mezclar los mundos. Eran sus manías, sus normas.
Sin embargo un día se saltó una de sus normas autoimpuestas
estrictas y decidió leer en la cama. Fue un dilema que tardó un buen rato en
resolver. El horario para estirarse en la cama y dormir era entre las once y
media y las doce, nunca más tarde. "Un cerebro que no descansa es un
cerebro que no puede leer ni trabajar, y eso sí que no". Pero ese día
tenía entre manos "Detectives Salvajes" de Bolaño, y tras muchas
horas de lectura, le quedaba poco más de quince o veinte minutos para terminar
el libro. Para tan poco no podía y no quería esperar a mañana.
"Probablemente no ocurra nada por leer hasta más tarde". Aunque
después se sintió estúpida por haber pensado algo así, ¿qué iba a ocurrir sino?
Se puso el pijama, encendió la luz de la lámpara de la mesita de
noche y se tapó por encima de la cintura, puso un par de cojines en la espalda,
abrió el libro y prosiguió con su lectura.
Oscuridad. Se quedó dormida sin darse cuenta.
Abrió los ojos. Se había quedado dormida con el libro en su cara.
Era de día ya. Alarmada miró el reloj. Lunes. Tarde, era tarde, cinco minutos
más tarde que de costumbre. Tuvo un ligero alivio pero siguió alarmada, se
vistió a toda prisa, desayunó y pasó de peinarse, "no debería haber
perdido cinco minutos, ¡maldita sea!", se puso una goma en el pelo y salió
corriendo hacia el metro.
¿Habría terminado el libro? Abrió las últimas páginas y las fue
reconociendo, llegó a las dos últimas hojas... sí, había terminado el libro y
ya podía empezar a leer por tercera vez "El guardián entre el
centeno".
Llevaba un buen rato de lectura cuando algo le llamó la atención.
La estaban mirando, no una ni dos personas, sino todas las personas que la
rodeaban en el vagón la miraban con extrañeza. “Qué raro, me había ocurrido
alguna vez que algún hombre se me hubiera quedado mirando fijamente porqué
debía encontrarme atractiva (aunque no entiendo tampoco muy bien porqué) pero
que tanta gente se me quede mirando a la vez…¿Será que me pasé de la hora ayer
y ahora todo el mundo se da cuenta? ¿Quizás es porqué de verme cada día igual
se han dado cuenta de que hoy voy con una cola en el pelo, y si cogemos casi
todos el mismo metro y el mismo vagón les habrá llamado la atención”. Intentó
no darle más importancia y volver a adentrarse en el mundo de “El guardián
entre el centeno”. Llegó a su parada, se bajó y fue andando a paso ligero hasta
la oficina.
Se tranquilizó al observar que allí todo el mundo la miraba con
indiferencia. Solo Raúl, el pesado compañero de la mesa de al lado le soltó un
“¿Qué pasa ‘colas’?” a lo que Mercedes se ruborizó, entornó los ojos e ignoró
su comentario. El resto de jornada prosiguió con total normalidad, llegó a casa
y continuó leyendo su libro, y para curarse en salud, decidió irse a dormir a
la hora que estaba acostumbrada, para que el día siguiente fuera tan normal
como todos los anteriores, aunque tampoco había sido un día tan raro.
Oscuridad. Se quedó dormida sin darse cuenta…de nuevo. Se levantó
con la misma sensación que el día anterior, aun habiendo respetado los horarios
reglamentarios. Del mismo modo ocurrió en el metro, a la que levantó la vista
de su libro, la gente que estaba alrededor la miraba en silencio, entre
sorprendidos y curiosos, algunos sonriendo y otros como interesados. Buscó
refugio en la lectura, como un niño pequeño cuando cierra los ojos y se tapa la
cara con las manos y cree que el mundo a su alrededor ya no lo ve a él. La
portada y la contraportada fueron sus manos. Sin embargo en la oficina todo
sucedió con total normalidad.
Así ocurrió hasta cinco días seguidos, y Mercedes, una amante de
la rutina pensó de manera fría y se dijo “si lo único que ha cambiado en mi
rutina es que quince personas me miran cada mañana cuando voy en metro, tampoco
me parece una alteración tan grave, voy a probar el lunes que viene a ir en
autobús a trabajar”.
Pero el trayecto en autobús del lunes siguiente fue peor, puesto
que como los viajeros era la primera vez que se topaban con ella, sus caras
eran un poema de sorpresa, la observaban como si estuviera loca. Tras la mala
experiencia se dijo que, tal y como estaban yendo las cosas, mejor no
alterarlas más y volver a su trayecto habitual.
Fue el martes que hacía siete días desde que empezó el “incidente”
que al volver al metro la gente la siguió mirando fijamente, y detectó algunas
sonrisas afables y caras de tranquilidad entre la gente que viajaba en su
vagón. Fue ese mismo martes que un hombre de treinta y pocos años se le acercó,
sonrió y le habló.
- Verá, disculpe que la moleste, yo quería decirle que “el
guardián entre el centeno” también es uno de mis libros favoritos.
Mercedes se sonrojó y se quedó perpleja. ¿Cómo iba a saber ese
hombre que ella estaba leyendo precisamente ese libro, si tenía la costumbre (y
para Mercedes las costumbres son como leyes) de tener las cubiertas del libro
siempre protegidas para que no se vislumbrara qué era lo que estaba leyendo,
por si alguna vez leía algún libro con trama erótica, prefería que nadie
supiese nunca que era lo que estaba leyendo.
El hombre al ver su cara se incomodó con ella y se sonrojó.
-Verá, yo no quería molestarla, pero me sorprende que haga usted
esto cada mañana, quiero decir, ¿alguien se lo escribe a usted? Porque en ese
caso, quizás sea su marido, y no querría tampoco incomodarla si usted está
casada. Pero no lleva anillo, y eso me sorprende pero pienso que probablemente
usted tiene pareja pero me llama la atención que lo lleve escrito.
A Mercedes se le cortó la respiración, casi no podía entender todo
lo que le estaba diciendo así que sólo pudo preguntar:
- ¿Tener escrito el qué?
- Bueno, es raro que yo tenga que decírselo porqué es muy obvio, y
supongo que me está entendiendo lo que le quiero decir, pero si cree que debo
decirlo, me da un poco de vergüenza, la verdad, pero lo cierto es que lleva
escrito casi un par de páginas de “el guardián entre el centeno” en su cara.
No existía en el mundo un rojo más rojo del que Mercedes tenía en
su cara.
- ¿Que llevo qué?
- Verá, no se enoje, deje que se lo muestre yo, le tomo una
fotografía, si a usted, no le importa, digo usted no porque piense que sea
mayor, quiero decir, vaya, usted y yo debemos tener la misma edad, y
ciertamente, creo, vaya, que no somos viejos. Quizás no debería, no, esto no
debería decirlo, disculpe. Yo si no le importa. Yo soy Gabriel, usted, bueno si
quiere decir su nombre. Pero, le decía lo de la fotografía, le puedo hacer una
fotografía con el teléfono, mostrárselo y después borrarla delante suyo, no
piense que…
Mercedes le cortó con un “por favor”, y Gabriel sacó su teléfono
del bolsillo con las manos temblando, por poco se le cae de las manos pero al
final tomó la fotografía y se la mostró. Claramente se veía la cara de Mercedes
llena de letras, letras de las últimas páginas que había leído el día anterior.
No tenía ningún sentido, ¿qué clase de broma debía ser esa? Era completamente
absurdo. Podía tener sentido, por ejemplo, el día que se quedó dormida con el
libro de Bolaño en la cara, que, si era una impresión barata con papel y tinta
baratas, a veces la tinta se podía correr un poco aún, y que hubiese quedado
alguna mancha en su cara. Pero, era completamente imposible. Se miraba al
espejo cada mañana al salir de casa y alguien en el trabajo le hubiese dicho
que no eran maneras de ir a trabajar, con la cara tatuada llena de letras.
- Gracias. Tengo que irme a trabajar.
- Lo siento, de verdad que lo siento, yo solo quería hablar porque
me gusta mucho este libro, y muy poca gente lo lee ahora, y a menos gente le
gusta…
Mientras hablaba, Mercedes se levantó y se fue. Gabriel quedó
callado. Al llegar a la oficina, Mercedes comprobó en el espejo del baño que no
tenía ni una sola letra en su cara. Estaba perfecta. ¿Qué era, como un
maleficio por haber roto sus rutinas un solo día? O quizás era de tanto leer su
cara se había convertido en un libro abierto. Podía celebrar que por lo menos,
solamente aparecían fragmentos de los libros que leía, y no fragmentos de su
vida “Mercedes hoy ha ido a trabajar y ha leído”.
Al tener ese pensamiento se dio cuenta de que, si saliese su vida
escrita en su cara, apenas ocuparía la frente.
Entonces se le cruzó una idea por la cabeza: “si la vida te da
limones, haz limonada”. Aunque adoraba su monotonía, algo se había cruzado en
su vida y había decidido que cada mañana amanecería con letras escritas en la
cara. Iba a estar un día sin leer para buscar algo nuevo y distinto que hacer
en su vida “así si algún día a quién sea que se le ocurra escribirme esas cosas
en la cara se le ocurre escribir sobre mi vida, que sea un pelín más
interesante”.
Mercedes llegó a casa después de trabajar y encendió el televisor,
pero tras veinte minutos se convenció de que podía pasar cinco horas
viendo ese cacharro y no obstante, si algún día viese su vida escrita, no
habría crecido ni una sola línea. Como lo suyo eran las letras, pensó que igual
sería buena idea probar de escribir algo, un cuento. Ella siempre había pensado
que era muy poco creativa, pero no había muchas más cosas que hacer en su casa.
Escribió un par de páginas, después de mucho hacer, deshacer, escribir y
rescribir hasta casi las doce de la noche, se puso a escribir.
Al día siguiente se levantó sin esa sensación de qué iba a tener
la cara llena de letras nada más entrar en el metro, así que con confianza se
preparó para ir a trabajar.
Un chasco se llevó al ver que al llegar al metro seguían
observando su cara con atención. Ahora se habían multiplicado las caras que
mostraban interés (entre ellas las de Gabriel) y solo algunas nuevas caras se
mostraban sorprendidas.
- Verá, disculpe, que la moleste de nuevo, y si no quiere que la
moleste, me marcho y no vuelvo a molestarla ya jamás, pero estoy intrigado,
porque veo que ha dejado “el guardián entre el centeno” y veo una nueva lectura
en su cara que parece interesante, ¿de quién es?
- Gabriel, la verdad es que yo no puedo verme la cara y no sé lo
que llevo escrito, así que bueno, si me lo puedes leer me ayudaría.
Gabriel empezó a leer un fragmento al azar:
- ¿Acaso no le había dicho Red que no saliera de casa? ¿Acaso no
le había advertido del peligro de su enfermedad? Había fracasado como hijo,
había fracasado como marido y estaba a escasos minutos de fracasar como padre.
Sin dudar Red salió corriendo con la jeringuilla a través de la
arboleda para ver si encontraba a Sony desmayado... y no podía quitarse de la
cabeza que probablemente muerto.
Gabriel seguía leyendo pero no había duda, esa era su historia, la
que había escrito la noche anterior, así que dedujo que cualquier letra que
leyera la noche anterior, se proyectaría en su cara.
- Lo he escrito yo…
Dijo Mercedes con timidez. Se oyeron algunos comentarios entre los
pasajeros, que asentían con la cabeza.
- Verá, esto es, vaya, esto es bueno, quiero decir que me gusta, y
no sabía que usted escribiese lo cuál es, bueno, interesante también y
particular, como lo que le ocurre a usted a diario…
Mientras Mercedes pensaba que realmente nunca le había ocurrido
nada ni interesante ni fuera de lo común hasta las dos últimas semanas.
Mercedes cogió el gusto a la escritura, y sin saber exactamente
cómo, se fue montando a su alrededor cada mañana un pequeño club de lectura
fugaz, de dos páginas diarias, en un vagón de metro de una ciudad cualquiera en
la que nunca ocurre nada. Tras unos meses Mercedes terminó de escribir su
cuento, que se convirtió en novela.
Pronto, los párrafos que formaban la vida de Mercedes crecieron, y
ella sintió por primera vez orgullo hacia ella, no por lo que había hecho o
conseguido con su primer libro, sino por haber comprendido lo difícil que era
engrosar su piel con palabras auténticas. Comprenderlo y además decidir
escribir una pequeña línea cada día.
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