A perfect day
Sábado. Eran las nueve y poco de la mañana cuando Lorena entró en
la primera cafetería que encontró cerca de la casa de Claudia.
La noche anterior habían tenido una cena con los excompañeros de
la Universidad que se alargó más de lo esperado, con lo que el metro ya había
cerrado y no había una manera rápida y sencilla de volver a casa. Así que
Claudia se ofreció a acogerla una noche. "Yo vivo cerca, tengo un
sofá-cama bastante cómodo, lo montamos en cinco minutos y mañana si quieres
desayunamos juntas".
Pero a las ocho y media de la mañana Claudia se desdijo de su
promesa y le dijo que ya quedarían esa semana, levantarse era un esfuerzo
titánico después de haber bebido tanto y haber dormido tan poco. Apenas pudo
explicarlo balbuceando. Lorena pensó que muy probablemente cuando se despertara
ni siquiera se acordaría de haber hablado con ella.
Era una cafetería tranquila y acogedora, sillas de madera, mesas
pequeñas. El local parecía muy pequeño, engañaba al ser tan estrecho, pero era
bastante largo. Lorena pasó por la barra y pidió un café con leche, largo de
café con un croissant. Quería algo sencillo y rápido para poder llegar a casa y
ponerse a limpiar, hacer lavadoras y todo lo que no había podido hacer en
las dos últimas semanas.
El camarero se acercó, un chico rubio, joven, con una barba de
tres días con tonos pelirrojos, ojos azules, "podría ser alemán, ruso, o
sueco quizás" pensó Lorena. Le dejó el café, remarcó un "largo de
café" mirándola a los ojos y sonriendo, y un croissant. "Es
atractivo" pensó, "quizás demasiado joven".
Buscó a su alrededor algo de lectura y encontró en una repisa un
par de mesas más lejos el periódico, supuestamente el del día. Se acercó,
observó el titular por encima, algo de política, buscó la fecha y
efectivamente, era el del día. Volvió a su mesa satisfecha y se puso a leer
mientras hacía el primer mordisco en uno de los cuernos del croissant.
Tras haber ojeado el periódico y haber terminado con el croissant
y con medio café, Lorena estiró los brazos y la espalda le crujió. Hizo una
ojeada a su alrededor. La mitad de las mesas estaban vacías, "normal, un
sábado a las nueve de la mañana la gente descansa o desayuna tranquilamente en
casa". Se percató que había un hombre con un portátil un par de mesas a su
izquierda, con papeles escampados y arrugados por la mesa en los que escribía
frenéticamente alternando momentos en los que escribía con el ordenador con la
misma celeridad.
"Estará estudiando" pensó. Parecía muy concentrado, como
poseído por lo que tenía entre manos. Daba la sensación de que estuviera
rodeado por una burbuja transparente, aislado del mundo. En ningún momento
paraba ni perdía la atención en lo que hacía. Lorena estuvo un buen rato
observándolo, perdió la noción del tiempo, se quedó embobada mirándolo sin
pensar. Después abrió un poco los ojos y se enderezó, "es mono". Era
un hombre que estaba un poco desaliñado y despeinado, pero que de algún modo
parecía vestir bien, informal.
Sintió curiosidad, aprovechó para ir al baño y acercarse un poco
más para ver de qué iban esas hojas que lo tenían prendido. Se paró a un metro
de su mesa, por detrás e intentó leer algo en los papeles, alguna frase, pero
le fue imposible. La letra era casi ilegible a esa distancia, entrevió lo que
parecía ser un "casa" y "arboleda" pero no entendió nada
más y siguió su viaje hacia el baño.
"Pues no estaría estudiando... debería probar a ver si puedo leer
lo que pone en el ordenador". A la vuelta del baño otra vez hizo su parada
detrás del hombre y empezó a leer lo que ponía en la pantalla:
- ¿Acaso no le había dicho Red que no saliera de casa? ¿Acaso no
le había advertido del peligro de su enfermedad? Había fracasado como hijo,
había fracasado como marido y estaba a escasos minutos de fracasar como padre.
Sin dudar Red salió corriendo con la jeringuilla a través de la
arboleda para ver si encontraba a Sony desmayado... y no podía quitarse de la
cabeza qué probablemente muerto.
A Lorena se le aceleró el corazón, volvió a releer la última
línea. Luego se quedó un rato pensando y cuando se percató, vio que el hombre
lo estaba mirando serio y fijamente a los ojos. Lo miraba por encima de las
gafas de color vino tinto que le caían a la punta de la nariz. Lorena se puso
roja.
- Disculpa... yo...
- ¿Estabas leyendo?
- Bueno... (dudaba) yo... la curiosidad...
- mató al gato. (Sonrió)
Lorena se relajó, hizo una respiración profunda y rápida llenando
los pulmones de aire.
- ¿Y qué te ha parecido?
- Bueno, no he leído más de medio párrafo, la verdad
- ¿Y qué te ha parecido?
- Parecía alarmante
- Bien...
Dijo suavemente, con una voz profunda, alargando todo lo posible
la letra "e" a la vez que iba apagándose su tono de voz, se puso a
mirar otra vez a la pantalla y después volvió a mirar a Lorena.
- Perdona ya te dejo trabajar.
- No, no, por favor, siéntate, necesito salir un rato de este
mundo.
Lorena sonrió, él también tenía la sensación de estar dentro de
una burbuja.
- Cojo mi café entonces y me siento un rato contigo.
- Perfecto.
- Me llamo Lorena.
- Karl Von Kraffen
"Este sería un buen nombre propio para el camarero",
pensó Lorena.
- ¿De verdad?
- No... lo cierto es que me llamo Álex, pero siempre me ha
parecido un nombre bastante aburrido.
Lorena no sabía si debía reír, como broma era bastante floja, pero
sonrió.
- Álex no me parece un nombre tan aburrido, como Alejandro Magno.
- Hubo un gran Alejandro y se llevó con él toda posibilidad de
éxito de los demás Alejandros de la historia.
- Bueno, visto así, Lorena tampoco es un nombre muy apasionante.
- ¡Qué mal ha empezado esto! Destrozando nuestros nombres en
nuestra primera cita
Definitivamente, no le hizo nada de gracia la broma, pero prefirió
no ser muy brusca con él para los pocos minutos que iba a estar sentada
terminando el café.
- ¿Vives por aquí Lorena?
- Bueno, vive aquí una amiga, he estado en su casa esta noche y me
ha traído a entrar a esta cafetería. ¿Tú sí?
- Vivo cerca, la verdad, a diez minutos andando pero me gusta ir
cambiando de bares.
- ¡Vaya! Así que te dedicas a entrar en un café o un bar cada día
y a escampar papeles, con tu ordenador y entrando en mundos distintos.
- Algo así podríamos decir. – respondió dubitativo.
Álex sonrió, a Lorena le pareció que tenía una sonrisa bastante
tierna. Cerraba los ojos al sonreír, como si hubiera un hilo invisible que
uniese las comisuras de los labios con las de los ojos.
- ¿De qué trabajas Lorena?
- Yo, bueno soy profesora...
- ¿Ah sí, y que enseñas?
- Historia, Filosofía y una asignatura nueva que se han sacado de
la manga sobre Civismo.
- Qué interesante...
- Probablemente menos de lo que parece. ¿Y tú?
- Yo era, o soy escritor.
- ¿Profesional?
- Al menos lo fui
Charlaron prácticamente toda la mañana, como si fuesen dos amigos
de instituto que hacía un año que no se veían y se contasen todas las novedades
en su vida. Había un aire de familiaridad entre ellos, como si hubiesen vivido
ya grandes cosas juntos y se dedicasen a rememorar el pasado. "Quizás nos
conocemos de alguna vida pasada", se le cruzó por la mente a Lorena, algo
que sin duda al instante consideró absurdo.
Él le explicó que había crecido en una familia humilde, su padre y
su madre habían nacido, crecido, vivido y muerto en un pueblo pequeño de la
Cerdaña. Fueron campesinos toda su vida. El abuelo de Álex había también nacido
en el mismo pueblo y había trabajado toda su vida en una casa pairal, labrando
los campos y cuidando a los últimos herederos de la familia que había habitado
toda la vida en esa casa. Cuando esta familia murió dejó la casa y los campos
al abuelo de Álex, puesto que no habían tenido descendencia y lo habían querido
como a un hijo. Pasó de ser propiedad a ser propietario. Se casó entonces, y
tuvo como hijo único al padre de Álex. Este repitió el ciclo de su padre, se
casó y tuvo un solo hijo, el que debía ser el heredero de los campos y de la
casa.
Mientras sus padres vivieron él les manifestó varias veces el
deseo de no continuar labrando el campo. Sus padres jamás habían podido
estudiar, pero él si había podido y sentía el poder del saber, deseaba cada día
llegar al colegio y ver qué pasos hacia adelante podía dar, convertir el mundo
en algo abarcable, ir desvelando día a día el misterio de las estrellas, las
plantas, de las personas. De pequeño Álex soñaba con salir del pueblo e ir a la
Universidad (sin saber demasiado bien lo qué era) pero sabía que allí se
estudiaba mucho y estaba lleno de gente sabia. Tenía claro que no quería
repetir el círculo de su familia, atado a la tierra. Él quería subir al mundo
de las ideas.
- ¿Y qué pasó?
- Obtuve una beca para la Universidad.
- Bien ¿no?
- La vida en el campo era muy dura, hacías las mismas horas de
trabajo que el sol, se aprovechaba cualquier rayo de luz, cualquier gota de
agua. Daba igual el frío invernal o el tremendo calor del verano. El campo no
tiene vacaciones, no tiene descanso. La relación de uno mismo con el trabajo,
en el caso de la naturaleza es particular. Por un lado parece como que la gente
admira la artesanía en el campo pero desconocen absolutamente el sacrificio
vital que conlleva.
- Es lo que se llama falacia naturalista.
- Ilústrame Sócrates - dijo Álex con sarcasmo
- Puedes intentar reírte tanto como quieras de mí - respondió
Lorena con una sonrisa abierta.
- ¿No tienes orgullo propio?
- No, porque me produce indiferencia absoluta que la gente
responda con sarcasmo cuando sale al descubierto su ignorancia.
- Touché - y se rió de esa manera tan
característica con los ojos cerrados.
- Como te decía, la falacia naturalista la creencia errónea de
identificar aquello que es natural como bueno, que en tu caso sería como la
gente de la ciudad idealiza lo que es la vida en el campo.
- No podría estar más de acuerdo chica. La gente que habla de esa
manera solo va al campo a descansar, pero no es su vida, sueñan con un retiro
idílico en una casa grande con un huerto, buen clima, perro y paseos. Pero dar
tu vida a la naturaleza y que te la devuelva, es cierto que es lo más parecido
a una auténtica autosuficiencia pero no es para nada una vida cómoda.
- ¿Y qué estudiaste?
- Biología
- ¿Trabajas de biólogo?
- Lo dejé a los dos años.
- ¿Qué pasó con tu sueño de ir a la Universidad?
- Mis padres murieron, accidente. Un día de invierno, una curva
cerrada, la carretera helada... habían conducido por allí toda su vida, no
entiendo porqué ocurrió.
- Lo siento... - Lorena se puso las manos en la boca, abrió mucho
los ojos, quería tocarle la mano, sentía algo hacia él, simpatía, familiaridad.
- Pero el porqué no me lleva a nada, simplemente ocurrió así.
Àlex contó que tuvo que volver a la masía, dejar la Universidad y
su vida en la ciudad. Ahora ya no tendría ingresos y su familia no tenía apenas
ahorros. Podía sobrevivir con la beca y algún trabajo, pero tenía tantas cosas
de las que encargarse que no se vio capaz. Estuvo unos días atónito, actuaba
como un robot, de golpe estaba rellenando papeles, en el entierro, haciendo las
tareas mínimas de la masía, encargándose de todo hasta que un día en su casa
conectó y halló el silencio. Un silencio abrumador de absoluta soledad. Era
verdaderamente una casa muy grande para un niño.
Al día siguiente decidió ir a negociar con los vecinos, vender
casi todo el terreno, vender todo el ganado y cerrar la casa. Alquiló un piso y
volvió a la Universidad, esta vez a estudiar Filología.
- ¿Filología?
- Sí, supongo que dejé de ver el mundo como algo mágico, algo para
ir descubriendo. El mundo ya no me llamaba la atención, me había decepcionado.
Escogí Filología hispánica como podría haber escogido... no sé, qué más daba.
El mundo ya no me interesaba. Después de la muerte de mis padres empecé a
escribir, supongo que por eso me decanté para hacer algo relacionado con las
letras. Era como un ejercicio catártico para mí. Lo primero que escribí fue la
despedida de mi familia, de mi pasado. Sigue siendo algo que aún lo leo y lo
siento como si no lo hubiese escrito yo, me puedo llegar a emocionar, fue como
si algo me poseyera.
- O sea que escribes.
- Supuestamente soy escritor.
- ¿De verdad?
- Sí, pero oye, te he contado media vida y parece que te voy a
contar la otra mitad. Es tarde pero no tengo nada que hacer y me está gustando
mucho hablar contigo. Jamás me había pasado esto de ir hablando por los
descosidos sobre mi vida. Lo justo sería hablar de ti. ¿Te parece que te invite
a comer y sigamos hablando? Además, hace un rato que te suenan las tripas. -
Lorena se puso roja.
- Pues está siendo agradable y ahora siento curiosidad, aunque yo
no tenga tantas cosas que contar. ¿A dónde me llevas?
- Hay un restaurante cubano a dos esquinas, bastante bueno.
- Me parece buena idea, estuve en Cuba hace muchos años y creo que
desde entonces no he comido nunca más comida cubana.
- No puedes dejar de probar la "ropa vieja" - y le guiñó
el ojo.
Lorena pagó la cuenta mientras Álex recogía los papeles y los
metía en una mochila y fueron andando hasta el restaurante. Lorena le explicó
por el camino que ella no había tenido un pasado tan interesante. Había sido un
pasado muy bueno y muy feliz, pero muy normal. No había nada excesivamente
importante, no había una "gran lección" que había aprendido de sus
padres, o sus abuelos, o sus amigos, o la propia vida tampoco le había dado
ninguna gran lección. Todo era normal, en la escuela era una chica que no
destacaba mucho por sus notas, en su grupo de amigas no era una de las
"reinas", pero se sentía cómoda. Estaba siempre bien con todo el
mundo. A veces sentía que era transparente, podía estar, podía no estar y
sentir que nada en el mundo fuera a cambiar. Era una vida cómoda.
Siguió un desarrollo normal, después de la escuela hacía
actividades extraescolares, después cenaba con su familia, miraba alguna
película, dormía y al día siguiente igual. Los fines de semana solían ir a casa
los abuelos a las afueras de la ciudad y pasaban los días, meses y años así.
- Hasta que, literalmente explotó la filosofía en mi cara.
- ¿Explotó?
- Sí, fue como una explosión en mi cabeza. Empezaron a salir
preguntas que, probablemente me había hecho como todos nos habíamos hecho, pero
algo había distinto en esas preguntas, encontré un camino para salir de mi
normalidad, sentí que mi pensamiento era una arma que servía para todo.
Descubrí el poder de pensar, el poder de las palabras, el poder del ser humano,
el poder del mundo también. Quedé maravillada.
- ¡Vaya! Parece que fuimos por caminos distintos pero que los dos
llegamos a la misma sensación de curiosidad.
- Sí, una curiosidad placentera, una necesidad imperiosa de saber
más.
- De no poder dejar de hacer preguntas al universo.
- De no poder dejar de intentar responder preguntas del universo.
Los dos hicieron un suspiro descompasado y estuvieron unos
segundos en silencio, se miraron a los ojos, sonrieron y Lorena prosiguió
relatando su paso en la Universidad como el momento más mágico de su vida,
apasionante. Por las mañanas acudía a las clases de Filosofía y las tardes las
pasaba o en la biblioteca leyendo o en terrazas con los compañeros hablando
hasta horas interminables de la noche. Sentía que la pasión por el saber era
infinita, no se podía agotar nunca. De haber sido una chica de segunda fila
empezó a destacar, al principio más por intuición pero después sacó su talento.
Su manera de relacionar las ideas entre los filósofos anticipando temario de
los últimos cursos, de manera vaga pero eficaz, sorprendía mucho a los
profesores que pronto se interesaron por ella para hacerla colaborar en sus
departamentos. Finalmente colaboró en el departamento de Filosofía Práctica con
un importante catedrático de la facultad, que le ofreció llevar su doctorado y
mantener estrecha colaboración para algunos artículos.
- Pero lo dejé.
- ¿Todo?
- No, todo no. Terminé la carrera y me puse a estudiar para
ejercer de profesora.
- ¿Tenías un futuro brillante en la Universidad, supuestamente, y
lo dejaste para dar clases?
- Sí, es que, es difícil de entender, también lo era para mí. Pero
lo más importante en mi vida fue ese año en el que descubrí algo que me
sobrepasaba, que iba más allá de mi cotidianidad, de mi día a día. Creo que la
filosofía era para algunos algo que nos revelaba un camino, a mi me llevó a la propia
filosofía pero a otros compañeros los llevó a otros sitios. Quería convertirme
en eso, como un faro para los jóvenes perdidos por el mar que les ayudase a
cada uno a llegar a su puerto, intentar transmitir ni que fuera la mitad de la
magia que yo había sentido.
- Yo tuve que dejar mi futuro y tú decidiste abandonarlo
- Siento que suene injusto para alguien que no pudo elegir. Pero
al final todo es esto, elecciones, tampoco sabes bien que hubiera pasado si tus
padres no hubiesen muerto, quizás nada, o quizás hubieses dejado Biología por
Filología, o por matemáticas, yo que sé. Pero eso no lo sabes, eliges algo y te
pasas la vida jugando con vidas alternativas que podrían haber sido si hubieses
elegido de otro modo. Pero eliges, y por eso es importante, las demás
oportunidades desaparecen, sólo una en cada elección, lo demás deja de existir.
- Suena casi trágico.
- Pero es así
- ¿Y eres feliz con lo que has elegido? ¿Descubren la vida los
jóvenes?
- Sí, creo que elegí bien, sigo estudiando, sigo al día con la
filosofía y sigo teniendo buen contacto con mi amigo catedrático ya jubilado.
He continuado mi camino pero he intentado que la gente se enganchara conmigo.
Algunos jóvenes de verdad están muy apasionados, aunque vayan a otro tipo de
carreras, aprenden a enfocar su vida de distinta manera, algo cambia en ellos,
o eso explican.
Estuvieron unos segundos en silencio
- Tenías toda la razón Álex, está buenísima la "ropa vieja"
- "que te dije mamasita" - dijo Álex intentando imitar
el acento cubano. Una imitación verdaderamente lamentable pero que Lorena
disfrutó y demostró disfrutar con una carcajada limpia.
Después de comer, Álex pagó la cuenta y Lorena puso la propina,
salieron a la calle e hicieron ademán de despedirse. Por alguna extraña razón
Lorena no quería irse, quería pasar unas horas más con él. Se dio cuenta de que
ella también había estado hablando de un modo que no era habitual en ella,
hacía tiempo que no pensaba en su niñez. Los dos a ratos balbuceaban palabras
que servían para introducir una despedida pero seguían de pie mirándose y
dudando.
- Álex, sé que es raro pero me siento como si ya te conociera. Y
también es raro pero me gustaría invitarte a tomar un café. Hemos pasado casi
todo el día juntos, y desde que me he sentado en la mesa de un completo
desconocido en la cafetería hasta ahora, siento que ha pasado un tiempo largo,
ya no puedo decir que no te conozca y sin embargo quiero conocerte un poco más.
Él sonrió y aceptó encantado. No lo dijo pero se había sentido
exactamente igual. Después de haber intentado despedirse y haberse sentido
incómodo, se relajó por fin.
- Está bien, veo que tienes mucho interés en mi vida, lo entiendo,
es normal
Dijo Álex con tono burlesco, ella sonrió y le empujó suavemente.
Se sentaron en una cafetería muy pequeña, en la que cabían literalmente cuatro
mesas y solo una de ellas estaba ocupada por una mujer mayor tomando un café y
con un plato con los restos de algo que habría comido ya.
- Íbamos por la parte de la filología.
- Sí. Empecé a escribir, por afición, aunque no presentaba ni
enseñaba a nadie lo que escribía, la mayoría de veces eran cuentos, a veces
eran cosas que me habían ocurrido pero intentaba explicarlas dando mucha
importancia a las palabras, intentar ir más allá de la descripción de los
hechos. Me lo tomaba como una práctica para coger fluidez. Leía mucho,
estudiaba poco pero atendía mucho en las clases para fijarme bien en cómo
escribir después. Cuando no escribía, leía, y cuando no leía es que estaba
escribiendo. En eso centraba toda mi vida, estaba un poco aislado pero
necesitaba descargar todas las palabras, historias, personas, situaciones que
tenía dentro. Hasta que un día una compañera de clase encontró en los cajones
de los pupitres una historia breve que había escrito.
- ¿No te dio vergüenza que alguien leyera algo tuyo?
- Bueno, no me importó mucho al ver su reacción, me lo dio al día
siguiente y me dijo que lo había encontrado por casualidad y que lo había
leído. Que era increíble, que debía seguir escribiendo. Nos hicimos amigos,
Silvia. Empezó a leer lo que había ido escribiendo, me ayudó a corregir ciertos
aspectos, a clasificar lo más valioso y lo que menos. Era una chica muy lista,
una gran lectora, muy estimulante. Nos enamoramos, creo que fue la primera vez
y única que me enamoré. Duró unos tres años, casi un año después de terminar la
universidad lo dejamos.
- ¿Qué ocurrió?
- La fama
Lorena se rió - me tomas el pelo
- Silvia me recomendó mostrar los escritos ya corregidos y
clasificados a un profesor de la facultad, un buen escritor, conocido y gran
estudioso de la lengua. Se leyó todas mis páginas. Su feedback fue imponente.
"Hay talento indudable, falta algo, diría que, aunque suene muy raro e impreciso
lo que voy a decir, siento que le falta amor, pero tampoco entiendo muy bien lo
que quiero decirte, pero espero que me entiendas". No supe qué decir. Me
recomendó recopilar algunos de los escritos que parecía que tenían conexión y
redactar un libro como trabajo final de carrera. Dijo que había algunos que
tenían sentido entre ellos, también temporalmente. Qué falta rellenar huecos
con más talento y amor. "Tienes un año". Me volqué de lleno en ello,
días y noches, siempre escribiendo, retocando. Intentaba compaginar mi vida
amorosa con mi frenética vida literaria. Papeles rotos, noches sin dormir,
bolígrafos gastados... era caótico pero sentía que trabajaba duro, aún con
muchos retrocesos y muchos cambios. Finalmente salió un libro, y sé que no queda
muy bien decirlo pero creo que era un buen libro. "Las tretas de Karl...
- Las tretas de Karl Von Kraffen - cortó Lorena - de Alexander
Redstone.
- Exacto
- Ahora todo cuadra, antes ni siquiera había caído en el título
del libro. ¡Dios mío! Es un buen libro. Casi todos lo leímos en filosofía,
hablamos de él. Claro, un joven escritor, anónimo, parecía una estrategia
comercial... voy recordando cosas, lo trágico en el hombre, la supervivencia de
la cotidianidad, Carlos Buñuelo, Krapkfen en alemán, que el transformó en
Kraffen por pura sonoridad... voy recordando.
- Me alegro que te gustara. Sea como sea, fue algo que me superó.
Un superventas a mi edad, en esta ciudad, me convertí en un ser insoportable.
Me convertí en mi propio personaje de historieta, tipificado, alguien vanidoso
que cambió absolutamente su manera de ser para pelear contra un entorno hostil.
Silvia me dejó, yo ya no era aquél de quien se había enamorado.
- Como el final de tu libro.
- Sí, básicamente escribí mi futuro, se cumplió la propia condena
que me impuse, irónicamente.
- ¿Y desde entonces no has escrito nada más?
- No, llevo unos años en los que apenas escribo cuentos cortos, la
mitad de ellos no valen mucho. La editorial decidió aprovechar el tiro con lo
que fuera y sacó de todo lo que tenía escrito lo mejor de mis relatos breves,
"Una mañana, una tarde, una noche".
- Sí, me suena.
- Exacto. Fue regular en ventas, apreciado pero flojo. Para mi
gusto solo medio libro valía la pena, la mitad del libro que escribí
antes de publicar mi novela, antes de dejarlo con Silvia.
- Era algo así como tu musa.
- La muerte de mis padres fue mi musa, ella canalizaba mi talento,
yo era una bomba y ella era una técnica en demoliciones, sabía donde llevar la
fuerza de las explosiones.
- "Tienes talento pero te falta amor" ¿no?
- He pensado mil veces en esta frase... pero bueno, ahora doy
algunos talleres de escritura creativa, para gente que desea ser escritora pero
si te soy honesto, aún no me he topado con nadie que tuviera ni verdadera
vocación ni verdadero talento. Todo el mundo queda muy satisfecho, sienten que
mejoran de manera indudable pero no creo que ninguno vaya a publicar algún
libro.
- No todo el mundo puede escribir.
- Parece que no.
- ¿Te importa que hablemos de tu libro? Aprovechando que tengo
aquí al famoso escritor de la ciudad... – respondió Lorena
sarcásticamente.
- Para nada – sonrió Álex.
Pasaron el resto de la tarde hablando del libro de Álex. Empezaba
a oscurecer. Álex le ofreció ir a cenar a su casa.
- Tengo un gato, debería subir a darle de comer. Aunque si
prefieres puedo subir y bajar enseguida y entonces cenar por aquí cerca.
- Ir a tu casa me parece bien, Hemingway.
- Estupendo Platón, ¿vas a atreverte a entrar a la caverna?
- Por supuesto Cortázar, Deberías saber que es más fácil que yo
sepa muchos más nombres de escritores que tú de filósofos.
- Tú ganas Nietzsche.
Subieron a casa y Álex empezó a preparar la cena. Lorena se sentó
en una mesa pequeña que había en la cocina con una copa de vino negro. La casa
de Álex era pequeña pero acogedora, los muebles eran un poco viejos pero le
daban un toque rústico. Todo en el piso era realmente pequeño, con un comedor
pequeño, una cocina igualmente pequeña, una habitación con una cama doble
justa, o mejor dicho, una individual grande, y un baño con ducha. Álex
empezó a preparar pasta a la carbonara. Álex estaba de espaldas a Lorena
mientras iban hablando, a ratos Álex giraba el cuello para mirarla, y a ratos
se giraba del todo mientras hablaba, apoyando sus manos y su cadera en la
encimera.
- Me encanta este momento del día, cuando está oscureciendo. Sí
miras por la ventana puedes ver como la ciudad va pasando de un cielo
anaranjado, a uno más violeta y al final negro. En el proceso, se van
encendiendo las luces de las casas, paulatinamente, y a su vez, se van oyendo
los ruidos de las cacerolas, de los extractores y de las cocinas que se ponen
en marcha a cocinar para cuando el sol haya desaparecido por completo. Es
como…relajante para mí, la llegada de la noche tiene algo mágico. – parecía que
Álex pensaba en voz alta, casi como si estuviera redactando un fragmento para
un cuento.
Lorena escuchaba aunque no le veía la cara, sabía que Álex
sonreía, Álex se sentía bien, sentía paz, una paz que no había sentido en años.
- Me haces sentir bien Sócrates.
- Me gustas Hemingway
- Pensaba que sabías más nombres de escritores.
- Pero es que este me gusta mucho.
Álex se acercó pausadamente y la besó, como en una película de
James Dean, los labios se unían lentamente y se movían. Lorena sacó la lengua y
acarició los labios de Álex con ella. Él la abrazó y continuó besándola. Lorena
se levantó de la silla y le desabrochó el delantal. Se separó un momento de él,
se miraron, sonrieron y se besaron de nuevo. Álex apagó el fuego, Lorena se
terminó la copa de vino y fueron a la habitación. Él se quitó la camiseta, ella
lo imitó, se quedó en sujetador y empezó a desabrocharle el cinturón mientras
seguían con los labios pegados, él le quitó el sujetador con una mano. Lorena
se desabrochó sus pantalones y se los bajó, bajó los pantalones de Álex y
empezó a besarle el pene a través del calzoncillo, y lo fue bajando con las
manos poco a poco sin dejar de besarle el pene, hasta que los calzoncillos
bajaron a la altura de los rodillos y le empezó a hacer una felación. Cambiaron
las tornas y él la levantó y la tumbó en la cama, le quitó las bragas y empezó
a pasear la lengua por todo su cuerpo, por los pechos, por el ombligo hasta
llegar a su vagina. Lo hicieron. Perdieron la noción del tiempo, parecía que
hubiesen estado toda la vida en esa cama haciendo el amor, descansando,
durmiendo y volviendo a hacer el amor. Sentían como se fusionaban, sentían que
ese rato que estuvieron juntos fue como un eterno retorno, desnudos y abrazados.
Después estuvieron tumbados de lado, mirándose a los ojos, se
acariciaban el pelo el uno al otro, el cuerpo, se besaban intermitentemente,
sonreían. Llevaban todo el día conociendo su vida, ahora querían descubrir su
cuerpo. Lorena rompió el silencio:
- ¿Cómo es posible que tenga la sensación constante de qué ya nos
conocemos?
- No lo sé chica, yo tampoco sé porqué tengo esta sensación de
empezar a quererte.
- Señor Hemingway, ¿Por qué no escribes algo sobre nosotros? ¿Por
qué no escribes nuestra historia?
- Ahora mismo lo acabo de hacer.
Comentarios