Gas
Iba bebido. No
sabía si quiera de qué, pero iba bastante borracho. No tenía muy claro qué hora
era, pero debía ser tarde, pasadas las tres quizás. El reloj de mi coche hacía
años que no se podía leer, me iba bien, así siempre podía ser cualquier hora, y
nunca demasiado tarde.
A veces cuando
bebía me daba por conducir sin rumbo, siempre alejado de las cómodas y seguras
luces de la ciudad. Paré en una gasolinera en una carretera secundaria a unos
diez quilómetros de la salida oeste de la ciudad. Me acerqué a la ventanilla
protegida por un cristal grueso y sin mediar palabra alguna con el señor que
estaba encerrado en ese baúl de vidrio, saqué un billete arrugado de mi
bolsillo trasero, lo dejé en el agujero del ventanal y me alejé. Imaginé que no
hacía falta decir mucha cosa más para entendernos, tampoco estaba muy seguro de
poder articular una frase con sentido.
Me acerqué
de nuevo al surtidor donde había dejado el coche, cogí la manguera y al girarme
de nuevo para empezar a llenar el depósito vi que había otro coche aparcado al
surtidor de al lado. No me di cuenta que llegaba, simplemente, apareció a mi
lado como de la nada. Una mujer salió, intenté enfocar bien con la vista para
ver si valía la pena mirarla y vi una cara que casi reconocía pero no podía
decir de qué. Ella me reconoció antes, dijo mi nombre y se acercó.
Cuando pronunció
mi nombre se me hizo inconfundible quién era. Hacía casi cinco años que nos
habíamos despedido y nos echamos a volar cada uno por su lado. Tenía mal
aspecto, los ojos hundidos, con unas ojeras oscuras y el pelo alborotado. No sonreía
pero no parecía que la causa fuera yo. Realmente tenía mala cara. Creo que ella
pensó exactamente lo mismo de mí. Antes de darme dos besos se paró a unos tres
pasos de mí y me examinó fugazmente, casi desconfiando de que fuera yo. Se le
escapó una mueca de compasión y a la vez de asco que desdibujó rápidamente de su cara y
me dio un abrazo, bastante frío.
Noté en su
mirada que probablemente pensaría que tenía un aspecto patético. No era de
extrañar, yo me veía patético siempre que se me ocurría mirarme a un espejo, y
especialmente cuando había bebido. Por suerte cuando voy borracho es cuando
menos me reconozco, así que intento o no mirarme en los espejos o hacerlo solo
si he perdido totalmente la capacidad de reconocerme.
Pensé que claramente
la vida no solo no se había portado bien con nosotros si no que además nos
había castigado. Pero que ella no hubiera bebido no ennoblecía su aspecto, no
más que a mí.
Lo único que
salió de mis labios (y pareció que de manera bastante entendible) fue un “qué
tal todo?”. Ella respondió que “Bien ¿y tú?” Yo respondí que “Bien, nena, como
siempre”, con aparente seguridad. Por alguna extraña razón, una especie de
orgullo mezclado con nostalgia, o quizás fue por vergüenza lo que nos obligó a
decir que estábamos bien. No había engaño, no había truco, nuestro cruce de
miradas fue sinceridad pura.
Me encendí
un cigarro. Podía notar la silueta del hombre en la pecera de la gasolinera que
clavaba su mirada hacía mí y reflexionaba sobre lo qué debía hacer, batallando
en su cabeza si decantarse por su responsabilidad y deber como trabajador de
esa vieja gasolinera o salvar su culo ahorrándose una pelea con un borracho que
era tan estúpido como para encenderse un cigarro en una gasolinera.
Ella sacó un
billete del bolsillo, igual o más arrugado y sucio que el mío e hizo un gesto como
ademán de ir a pagar al hombre-pez. Me gusta “hombre-pez”. Empecé a echar
gasolina al depósito. Mientras ella volvió y me pidió que “por favor, apaga el cigarro”.
Supuse que el
“hombre-pez” se lo habría pedido a ella como favor, puesto que parecía una
persona más razonable que yo. Entorné los ojos pero preferí no discutir ni con
ella ni con el “hombre-pescado”. Casi pareció
que sonreía cuando me dijo “veo que ya no tienes un tic en el ojo”. Yo le dije
que “no, hace tiempo ya”. Pero lo que en realidad quería decirle es que ya no
tenía el tic desde que nos separamos, que “de tantos días sin dejarme llorar a
mí mismo el ojo se me hizo fuerte, nena.”
Se apartó
para llenar su depósito y pensé, qué como había pasado el tiempo tan rápido y a
la vez tan lento, de manera tan cruel, nena, y pensé seriamente en decírselo,
eso y todo lo que pensaba en ese momento, en los últimos cinco años, y todo lo
que había pensado desde que la conocí. Eso si me hubiese atrevido o si hubiese
estado un poco más sobrio. Éramos perros viejos ya, nena, perros callejeros y
viejos. Ya no éramos dos enamorados que bebíamos buenos combinados en bares con
luces, elegantes. Ya no nos hacíamos compañía por las noches… ahora bebíamos
ginebra o whisky solos, como nosotros mismos.
Cada vez
sentía más dificultad en tenerme en pie y en mantener los ojos abiertos. Hasta que
algo me los hizo abrir. Había sobrepasado la capacidad de mi depósito y había
salido la gasolina disparada salpicándome entero y dejando mis zapatos mojados
de gasolina. Ambos nos dimos cuenta, probablemente el “hombre-pez” también,
pero nadie dijo nada, nadie se sorprendió. Ella se me quedó mirando con aspecto
serio, pero podía sentir el ridículo a través de sus ojos, la indecencia que
aposentaba su mirada sobre mí. Pero no dijo nada, ni se acercó, había como un
halo de respeto al patetismo de la situación. Olía todo a gasolina, y a mierda.
Ambos colgamos
la manguera casi a la vez, como si estuviésemos colgando el teléfono después de
una larga llamada. Nos hicimos un gesto con la mano, un “espero verte pronto”,
muchos sueños rotos, otro “cuídate” y un ligero deseo de “hasta mañana” que no
llegó sonar en ninguna boca.
Se fue, entré
en el coche y deseé llorar. Deseé llorar por ella y por mí, pero sobretodo por
ese encuentro. Por esa irremediable sensación que me ha acompañado todos estos
años de que los mejores momentos de mi vida ya pasaron, y fueron siempre a su
lado.
Y lloré.
Al día
siguiente me desperté todavía en el en el coche pero lejos de la gasolinera,
volvía a tener un tic en el ojo y vómito en mi regazo.
Comentarios
Deseé llorar por ella y por mí, pero sobretodo por ese encuentro. Por esa irremediable sensación que me ha acompañado todos estos años de que los mejores momentos de mi vida ya pasaron, y fueron siempre a su lado.'
Me ha recordado a un poema de Bequer de sus Rimas y Leyendas...
'Asomaba a sus ojos una lágrima,
y a mi labio una frase de perdón
Pero habló el orgullo y se enjugó su llanto y la frase de mis labios expiró
Yo voy por un camino, ella irá por otro y al pensar en aquel amor,
yo digo aun 'por qué calle aquel día,
y ella dirà 'por qué no lloré yo'