Tango suicida
Era un martes, aunque tampoco era importante que día fuera. Simplemente, era el día que era, uno cualquiera de los siete posibles.
Hacía dos horas ya que estaba sola en casa y empecé a notar una sensación de humedad entre las piernas. Empezaba a notar un calor que se irradiaba desde el vientre hasta mi vagina. Notaba como esa sensación se acrecentaba irremediablemente. Intentaba distraerme, en el sofá viendo el televisor, mojándome la cara con agua fría, bebiendo... Pero de algún modo esa zona estaba funcionando de manera independiente, tenía su propio motor, no importaba lo que hiciese, una energía calentaba mis muslos, podía notar el corazón latir entre los labios y los pliegues de mi vagina. Apoyé mi mano en el abdomen y la fui bajando suavemente, planchando mi piel con ella, los dedos se deslizaron entre la goma de mis bragas y rozaron los labios. Mi mano hacía de termómetro, podía sentir el calor y la humedad en la yema de mis dedos.
No aguanté.
Me pinté los labios de rojo carmín sin demasiado estilo, me pinté las pestañas y salí con lo puesto, tejanos y camiseta negra. Por más que intentaba evitar decírmelo a mi misma, al cerrar la puerta de casa, una idea abatió con la misma fuerza en mi consciencia: Quería follar. No era por necesidad si no por puro deseo, algo que no podía explicarme a mí misma, pero no me hacían falta razones. Necesitaba que algo entrara por mis caderas, tenía esa imagen, y la creía como una profecía.
Por el camino me recogí el pelo con una goma negra que llevaba en mi brazo y entré en la discoteca Jaguar, a cuatro calles de mi casa. "Buenas noches", "Chicas gratis" y no iba a ser muy difícil conseguir alguna bebida para mí.
Al entrar en la pista de baile ya vi las primeras miradas hacía mi, hacía otras chicas, hacia cualquier cosa que tuviera tetas que rebotaran al caminar. En una discoteca uno se da cuenta de que la humanidad no está tan alejada del comportamiento animal, añadiendo simplemente algo de supuesta sofisticación, algo de negación de nuestra propia condición de animales, pero a grosso modo no hay mucha diferencia. Y es este preciso pensamiento el que me produjo cierta repugnancia hacía esa desfachatez en sus miradas. No era deseo, ni siquiera era vicio, era casi presión social, algo gregario entre ellos, como una obligación no natural de mirar las mujeres. No me producía ningún tipo de sensación esas miradas ni sus deseos. O que me follen con elegancia, o que me follen como a una perra, pero si miras, no toques. Y es que hay que conocer bien las reglas del juego, no hay que parecer hambriento, y aunque tengas hambre (ese es el gran secreto), no comas.
Después de beber un par de vasos de ginebra con hielo vi a un chico apoyado en la barra, despeinado, con gafas gruesas y una camisa gris bastante elegante, pero que no conjuntaba para nada con sus pantalones también grises ni sus zapatos marrones con punta. Aprecié que probablemente nunca debía ir vestido así, esa camisa debía ser su billete de entrada a la discoteca. Me paseé alrededor suyo y vi que no se había percatado de mi presencia, que sus ojos no me buscaban. Yo era la reina de las aves...y tu un miserable ratón. Debía pensar que yo era demasiado para él, ¿quizás? Quizás no le gustaban las mujeres. Sobretodo parecía distraído, absorto, y poco confiado en sus posibilidades, poco interesado y aparentemente poco interesante. Pero después le demostraría que para mí era perfecto. Suficiente, y precisamente por eso, perfecto. "Esta noche yo soy quién como, y tu eres comido". Pensé en lo afortunado que iba a sentirse por la mañana.
Me acerqué, le miré a los ojos, me miró con rareza, como si él fuera invisible y que realmente yo solo quisiera mirar algo que estaba detrás suyo, se giró incluso y me volvió a mirar, y fue entonces cuando le besé. Le entregué mi lengua de inmediato. Su vaso cayó al suelo y nos mojó los pies, no nos inmutamos, nuestros labios ya estaban pegados. Mi mano derecha agarró su culo, y poco a poco fui recorriendo su cintura hasta agarrarle la polla con fuerza, podía notar que ya estaba dura.
----------
Imagino un matadero con cientos de vacas, todas ellas idénticas, ¿Cuál es la posibilidad de que venga un carnicero y te escoja a ti, de entre los centenares de terneros? Destruyendo todos los pronósticos del mundo, esa mujer se acercó a mi, con cara de verdugo y me ejecutó con un beso. Pero si iba a matarme quería hacerlo con toda la dignidad que pudiese mostrar, en mi casa.
Divorcié mis labios de los suyos, y dejé que iniciaran un lento viaje bajando por su barbilla, entre sus pechos, sin perdernos el ombligo. Deseé bajar unos centímetros más para encontrarme con su jardín de amapolas... pero allí no había flores... que va.
Unas tinieblas me sorprendieron entre sus piernas, me arrebataron toda voluntad y se me llevaron con ellas. Busqué con mis manos su pelo, a ciegas, esperando un sol escondido en su melena, un salvavidas, una sonrisa de complicidad en su cara. No había nada de eso. Yo ya estaba sometido y ella cabalgaba sobre mi cuerpo poseído por la tormenta de sus ojos negros y su mirada muerta. Me acerqué para darle un beso, pero mis labios no eran esos, parecía un mal sueño.
Tuve un pensamiento mágico y fugaz: si seguía rozándome me iba a morir. Ya no debía haber nada entre ella y yo, tan solo mi piel, tan solo su piel. Su piel, que me corro si me roza su piel. Su calor era puro veneno, pero era algo que yo echaba de menos. Sus ojos se empezaron a volver más claros, azules, y a través de ellos podía empezar a ver un cielo entre las nubes. Sentía que pronto podría entrar por esa claraboya y empezar a volar.
Y de golpe, un grito ahogado, un grito silencioso. "La petite mort". Pensé en frase, no había nada más en mi cabeza: "la petite mort", resonaba tan fuerte y tan callada en mi cabeza que casi podía susurrarla en su oreja. Silencio, oscuridad, desorden, soledad. Abrí los ojos y mi primer pensamiento fue de una lucidez y una certeza indudable, automática: Acababa de follarme a un demonio.
----------
Acababa de follarme a un poeta. Sé que podía sonar raro, pero eso fue lo que pensé cuando me corrí. Un poeta que escribía su poesía con sus dedos en mi piel como papel. Me sentí al descubierto, expuesta, sentí que ese chico inocente que estaba solo en una discoteca acababa de conocerme de una manera abrumadora. Me sentía completamente desnuda en sus ojos.
Nos quedamos dormidos por lo menos una hora. Cuando abrí los ojos él estaba durmiendo plácidamente. Decidí coger mis cosas y vestirme sin hacer ruido. Lo tapé con la sábana y me fui dándole un beso a la mejilla.
Al llegar a casa las luces estaban abiertas, entré al comedor y él estaba sentado en el sofá. Estaba esperándome. Se giró y me miró a los ojos. Con una sola mirada pudo saber exactamente lo que había ocurrido, una vez más. Pero esta vez parecía extrañamente afectado, creo que él aún me veía completamente desnuda, como me había dejado el poeta. Hizo esa mirada que hacen los perros cuando los dejas unos días solos en casa aunque tengan toda la comida y agua suficiente. No es tristeza, no es rencor, no se sienten abandonados, es esa simple ternura del echar de menos. Algo me quebró por dentro. ¿Cuántas veces más estaba dispuesto a soportar mis problemas? ¿Cuántos años más iba a seguir ocurriendo esto? Lo estaba matando poco a poco, y yo, yo ya estaba muerta hacía tempo.
Lloré. Lloré porqué me perdonaba con su mirada, lloré porqué ambos sabíamos que en unos días debería volver a perdonarme de nuevo, lloré porqué ambos aceptábamos el dolor de nuestra decisión de permanecer juntos, él con su dolor y yo con su dolor. Me quebró no poder ser como él desearía que fuese.
Me destrozó la inmensa sonrisa de sus cansados ojos.
Al entrar en la pista de baile ya vi las primeras miradas hacía mi, hacía otras chicas, hacia cualquier cosa que tuviera tetas que rebotaran al caminar. En una discoteca uno se da cuenta de que la humanidad no está tan alejada del comportamiento animal, añadiendo simplemente algo de supuesta sofisticación, algo de negación de nuestra propia condición de animales, pero a grosso modo no hay mucha diferencia. Y es este preciso pensamiento el que me produjo cierta repugnancia hacía esa desfachatez en sus miradas. No era deseo, ni siquiera era vicio, era casi presión social, algo gregario entre ellos, como una obligación no natural de mirar las mujeres. No me producía ningún tipo de sensación esas miradas ni sus deseos. O que me follen con elegancia, o que me follen como a una perra, pero si miras, no toques. Y es que hay que conocer bien las reglas del juego, no hay que parecer hambriento, y aunque tengas hambre (ese es el gran secreto), no comas.
Después de beber un par de vasos de ginebra con hielo vi a un chico apoyado en la barra, despeinado, con gafas gruesas y una camisa gris bastante elegante, pero que no conjuntaba para nada con sus pantalones también grises ni sus zapatos marrones con punta. Aprecié que probablemente nunca debía ir vestido así, esa camisa debía ser su billete de entrada a la discoteca. Me paseé alrededor suyo y vi que no se había percatado de mi presencia, que sus ojos no me buscaban. Yo era la reina de las aves...y tu un miserable ratón. Debía pensar que yo era demasiado para él, ¿quizás? Quizás no le gustaban las mujeres. Sobretodo parecía distraído, absorto, y poco confiado en sus posibilidades, poco interesado y aparentemente poco interesante. Pero después le demostraría que para mí era perfecto. Suficiente, y precisamente por eso, perfecto. "Esta noche yo soy quién como, y tu eres comido". Pensé en lo afortunado que iba a sentirse por la mañana.
Me acerqué, le miré a los ojos, me miró con rareza, como si él fuera invisible y que realmente yo solo quisiera mirar algo que estaba detrás suyo, se giró incluso y me volvió a mirar, y fue entonces cuando le besé. Le entregué mi lengua de inmediato. Su vaso cayó al suelo y nos mojó los pies, no nos inmutamos, nuestros labios ya estaban pegados. Mi mano derecha agarró su culo, y poco a poco fui recorriendo su cintura hasta agarrarle la polla con fuerza, podía notar que ya estaba dura.
----------
Imagino un matadero con cientos de vacas, todas ellas idénticas, ¿Cuál es la posibilidad de que venga un carnicero y te escoja a ti, de entre los centenares de terneros? Destruyendo todos los pronósticos del mundo, esa mujer se acercó a mi, con cara de verdugo y me ejecutó con un beso. Pero si iba a matarme quería hacerlo con toda la dignidad que pudiese mostrar, en mi casa.
Divorcié mis labios de los suyos, y dejé que iniciaran un lento viaje bajando por su barbilla, entre sus pechos, sin perdernos el ombligo. Deseé bajar unos centímetros más para encontrarme con su jardín de amapolas... pero allí no había flores... que va.
Unas tinieblas me sorprendieron entre sus piernas, me arrebataron toda voluntad y se me llevaron con ellas. Busqué con mis manos su pelo, a ciegas, esperando un sol escondido en su melena, un salvavidas, una sonrisa de complicidad en su cara. No había nada de eso. Yo ya estaba sometido y ella cabalgaba sobre mi cuerpo poseído por la tormenta de sus ojos negros y su mirada muerta. Me acerqué para darle un beso, pero mis labios no eran esos, parecía un mal sueño.
Tuve un pensamiento mágico y fugaz: si seguía rozándome me iba a morir. Ya no debía haber nada entre ella y yo, tan solo mi piel, tan solo su piel. Su piel, que me corro si me roza su piel. Su calor era puro veneno, pero era algo que yo echaba de menos. Sus ojos se empezaron a volver más claros, azules, y a través de ellos podía empezar a ver un cielo entre las nubes. Sentía que pronto podría entrar por esa claraboya y empezar a volar.
Y de golpe, un grito ahogado, un grito silencioso. "La petite mort". Pensé en frase, no había nada más en mi cabeza: "la petite mort", resonaba tan fuerte y tan callada en mi cabeza que casi podía susurrarla en su oreja. Silencio, oscuridad, desorden, soledad. Abrí los ojos y mi primer pensamiento fue de una lucidez y una certeza indudable, automática: Acababa de follarme a un demonio.
----------
Acababa de follarme a un poeta. Sé que podía sonar raro, pero eso fue lo que pensé cuando me corrí. Un poeta que escribía su poesía con sus dedos en mi piel como papel. Me sentí al descubierto, expuesta, sentí que ese chico inocente que estaba solo en una discoteca acababa de conocerme de una manera abrumadora. Me sentía completamente desnuda en sus ojos.
Nos quedamos dormidos por lo menos una hora. Cuando abrí los ojos él estaba durmiendo plácidamente. Decidí coger mis cosas y vestirme sin hacer ruido. Lo tapé con la sábana y me fui dándole un beso a la mejilla.
Al llegar a casa las luces estaban abiertas, entré al comedor y él estaba sentado en el sofá. Estaba esperándome. Se giró y me miró a los ojos. Con una sola mirada pudo saber exactamente lo que había ocurrido, una vez más. Pero esta vez parecía extrañamente afectado, creo que él aún me veía completamente desnuda, como me había dejado el poeta. Hizo esa mirada que hacen los perros cuando los dejas unos días solos en casa aunque tengan toda la comida y agua suficiente. No es tristeza, no es rencor, no se sienten abandonados, es esa simple ternura del echar de menos. Algo me quebró por dentro. ¿Cuántas veces más estaba dispuesto a soportar mis problemas? ¿Cuántos años más iba a seguir ocurriendo esto? Lo estaba matando poco a poco, y yo, yo ya estaba muerta hacía tempo.
Lloré. Lloré porqué me perdonaba con su mirada, lloré porqué ambos sabíamos que en unos días debería volver a perdonarme de nuevo, lloré porqué ambos aceptábamos el dolor de nuestra decisión de permanecer juntos, él con su dolor y yo con su dolor. Me quebró no poder ser como él desearía que fuese.
Me destrozó la inmensa sonrisa de sus cansados ojos.
Comentarios
Existe quien se emplea con fuerza, inconsciente a veces y muy consciente la mayoría de ellas, en romper con todo cuanto le rodea, con todo lo que puede significar paz, amor de verdad.
Existe quien hace sufrir y sufre porque ese es el único aliciente de su existencia.
Existe quien vive en muerte.
Existe quien vive en vida.
Existe quien puede disimular una inmensa sonrisa en sus ojos ya cansados.