"Hemos encontrado a su hija"
Conducía a toda velocidad, como un loco, adelantando a todos
los vehículos. Casi circulaba más tiempo en el carril contrario que en el suyo
propio, esquivando con una destreza jamás vista en él, ni él mismo se
reconocía. Los bocinazos y los fogonazos de las luces de los otros coches no
podían evitar que su cabeza estuviera repitiendo la conversación que acababa de
tener por teléfono, como un casete en el que en ambas caras suenan la misma
canción.
- ¿Señor Kemper?
- Sí, soy yo
- ¿Donald Kemper, verdad?
- Soy yo, ¡Joder! Le conozco la voz, inspector Morgan.
- Bien, sí. Soy el inspector Morgan – repitió él, como si no
hubiera escuchado la alusión directa – ¿Podría venir a la base temporal que
hemos habilitado al lado del Lago Kierk? Donde estuvimos hablando hace dos
días. Hay algunos datos relevantes que queríamos… - se hizo un segundo de
silencio, suficientemente largo como para que Don Kemper se diera cuenta de que
algo no iba bien. El inspector prosiguió - … que queríamos… compartir con
usted. Si fuera tan amable de venir ahora.
- ¡Por Dios, dígamelo! ¿Han encontrado a mi hija?
- Por favor señor Kemper, el protocolo nos impide dar
información por teléfono, sé que es duro para usted, pero sería importante que
viniera cuanto antes. Si pudiera venir acompañado de alguien, su mujer… –
alguien en el otro lado del auricular estaba hablando al detective, aunque Don
no podía entender lo que decía… - u otro familiar, amigo sería… bien, oportuno.
- Diez, quince minutos y estoy
allí.
Colgó sin despedirse y salió disparado sin coger la
chaqueta, tan solo las llaves del Ford. Salió sin llamar a nadie. Llovía. En
los días malos siempre llueve. Como cuando su Cathy murió. Cuando el cáncer
fulminó a Cathy. Llovía cuando le dieron la noticia, cuando lloraron abrazados
durante horas en el sofá de piel, entre ahogos y llantos se escuchaban rayos y
el repiqueo constante de las gotas en el cristal. Después tuvieron tres meses
de sol insoportables, de una luz inusitada que casi les decía que iban a salir
de esta, juntos. Pero otro día de lluvia arrasó con todo.
Don iba pensando en esto y en que nunca dan las malas
noticias por teléfono. ¿Las buenas? ¿Acaso no hay prisa para decirlas? La
alegría mata cualquier protocolo.
Don llegó derrapando por el barro, había unos cuantos coches
policía y dos furgonetas, una de la televisión local, otra de la estatal. Unos
pocos periodistas en chubasquero, con grandes cámaras y sus equipos de luces.
Se dirigieron a él mientras pasaba por
debajo del cordón policial, le hacían preguntas que él era incapaz de atender
ni de responder. Todo se sucedía como si estuviera en un sueño. Al otro lado
del cordón estaba Alexander Blake, policía de la ciudad y amigo de la infancia.
Estuvieron en el colegio y en el instituto juntos, incluso iban con la misma
pandilla hasta que Alex se hizo policía y se distanció de algunas compañías
poco confiables. No era el caso de Don, aunque el distanciamiento de Alex había
pasado factura a la amistad.
- ¡Don! ¿Has venido solo? ¿Le has dicho algo a tu hijo?
- ¿Y para qué molestarle, Alex? Está trabajando. Lo que sea
que tenga que escuchar, lo puede escuchar dos minutos más tarde por mí.
Don escudriñó la expresión facial de Alex buscando
respuestas. Poco tardó en darse cuenta que Alex tampoco sabía nada todavía, seguramente
solo los altos mandos. Y precisamente por eso el semblante de Alex escondía
ignorancia y gravedad. No se dijeron nada más. Alex señaló la entrada de la
tienda de campaña en la que se reunía el operativo. Había un policía fuera de
la entrada con cara de pocos amigos que iba a frenarlo hasta que pronunció el
abracadabra “soy el padre”, y su actitud pasó de segurata de local alterno a
mayordomo del Hilton, abriéndole la puerta de tela para que entrase.
- ¡Oh señor Kemper, qué rapidez! – exclamó el Inspector
Morgan. Todos se sorprendieron a pesar de que todos lo estaban esperando – Por
favor, siéntese. ¿Quiere tomar algo, café o una infusión?
- Quiero que me digan ya qué saben de mi hija. No lo puedo
soportar más.
La cara de Don estaba completamente desfigurada, alterada por
el peso de las dos semanas más largas de su vida tras la desaparición de su
ángel, su ojito derecho, su princesa (como él siempre la llamaba) Diane. Don
miró a su alrededor y vio que tanto el inspector Morgan como el resto del
equipo tenían cara de estar presenciando un velatorio. Aunque sabía desde hacía
días lo que le esperaba, necesitaba escucharlo de una vez. Un agente detrás de
él acercó una taza humeante con agradable olor a café, el único oasis de “agradabilidad”
en todo el espacio. El inspector iba deambulando y cogiendo aire, como
preparándose para salir al escenario antes de una función. Le había tocado dar
una noticia que no le apetecía nada dar. Se le notaba. Quería salir corriendo, no
escuchar nada de la familia Kemper nunca más, no ver a sus compañeros, dejar
para siempre este trabajo que te hace contactar con lo más perturbado del ser
humano.
- Señor Kemper, siento mucho tener que darle la mala noticia
de que… hemos encontrado a su hija sin vida.
Donald se tapó la cara con las dos manos gimoteando,
llorando. Asustado y aliviado, destrozado por dentro, rasgado por la mitad.
Solo podía sollozar y repetir “¡oh Dios, oh Dios mío!”. Otro policía lo tapó
con una manta y le dejó apoyada la mano unos segundos, compadeciendo su dolor.
Cuando Donald se pudo recomponer medianamente, sacó de su
bolsillo un mapa de la zona que había ido garabateando y subrayando y tachando
en función de las informaciones que le iban dando los inspectores. Él pasaba
las tardes paseando por las zonas boscosas que todavía no se habían peinado,
para ver si, quién sabe, nunca se sabe, podía encontrar algo relacionado con la
desaparición de su hija. Apoyó el mapa en la mesa, lo desplegó y señalando con
el dedo exclamaba “¡Díganmelo, digan dónde la han encontrado, por favor!”. Conocía
la zona mejor que nadie allí dentro, había nacido y crecido en esos bosques,
eran su tierra. El lugar podía ser revelador de qué o quién había sido. No
podría recuperar a su hija pero necesitaba explicaciones, culpables.
Los policías se miraron entre ellos, con dudas, pero la cara
amenazante de Don fue decisiva para que el inspector cesara la inquietud
diciendo, “en algún momento tendrá que saberlo”. Cogió un bolígrafo del
bolsillo de su americana para marcar en el mapa el lugar indicado. “No se puede
aplastar ya a un hombre destrozado” pensó.
Arthur Morgan acercó el bolígrafo hacía el mapa, tanteando
con el bolígrafo para ser lo más exacto posible, hasta que encontró el punto
con la mirada y trazó una “X” negra, y suspiró. No era un suspiro de alivio.
Donald lo miró a los ojos, e hizo un movimiento con su cuerpo que denotaban
claramente sus intenciones: coger el mapa, largarse e ir volando al sitio en el
que habían hallado a su hija, ver si todavía tenían el cuerpo allí, poder estar
de alguna manera con ella en ese sitio horrible en el que ella pasó sus últimos
momentos. Por alguna extraña razón, quizás por su mentalidad deductiva o por la
cantidad de experiencias similares vividas, el inspector Morgan comprendió la
intención de Donald y agarró la muñeca para frenar su ademán de irse. Donald
Kemper se quedó paralizado, con el culo levantado de la silla, sin mover un
músculo.
Arthur Morgan suspiró. Un suspiro grave, casi gutural. Miró
a los ojos a Don, y él captó el mensaje de inmediato, le decía “siéntate”. Don
fue sentándose lentamente, sin dejar de mirar a los ojos al inspector Morgan,
que de nuevo, volvió a suspirar y miró hacia el mapa. Donald acompañó la mirada
hacia el mapa, y no daba crédito a lo que sucedía.
El inspector Morgan marcó otra “X”. Paró un segundo,
suspiró. Y marcó otra “X”, y después otra, y otra, y otra, y otra más. Hasta
que Donald contó seis equis, y por fin, el bolígrafo del inspector se alejó del
mapa dejando desvelada la realidad de la pesadilla, la topografía del mal.
Donald abrió los ojos como si estuviera infartando y se
apretó el pecho con las dos manos, cayó al suelo, gritando primero, vomitando
después. No había forma de despertar y que ese infierno acabara al fin.
.
Dos días más tarde Gerald Kemper despertó a su padre, que
estaba durmiendo en el sofá, tapado con un par de mantas y todavía con la ropa
húmeda y sucia del día anterior. Le dejó una taza de café, una tostada con
mantequilla y mermelada y un par de pastillas de Prozac. Le acarició la cabeza,
y le susurró “Papá, desayuna un poco por favor, tómate la medicación que te
recetaron ayer”. Don se despertó alarmado, vigilante, suspicaz. Gerald parecía
estar tranquilo, sosteniendo el equilibrio psicológico familiar que colgaba de
un hilo. Alguien debía mirar hacia adelante. “Tienes el traje y la camisa
colgados en el baño, están planchados… más o menos. Aféitate un poco. Hay que
empezar a moverse, no podemos llegar tarde”. Y Donald se puso en marcha, más
parecido a un lavavajillas que a un ser humano, cumpliendo órdenes, sin pensar.
En cada esquina del pensamiento se esconde el dolor.
Todos los profesionales actuaron con una celeridad extrema
para poder enterrar el dolor familiar lo más rápido posible. En treinta horas
forenses y tanatoprácticos habían hecho una labor encomiable de análisis y
reconstrucción, un “récord” se decían entre ellos, con cierto orgullo y
admiración. Gerald había pedido que el velatorio fuera el mínimo tiempo
posible, y que enterraran a su hermana justo después.
En el velatorio, Gerald saludaba a todo el mundo con cara de
circunstancia, apretones de manos, besos, “es lo que hay”, “lo estamos pasando
mal”, pero era como si en el fondo no estuviera hablando de él mismo, como si
estuviera hablando de algo que le ha pasado a otra familia, que no tenía nada
que ver con él. Gerry era tan solo un representante corporal del dolor que un
alter ego había sufrido. Don, todo lo contrario.
Don estaba ausente, perdido en la nada. Estaba viviendo una
situación en la que había estado tantas veces y no obstante, esta vez resultaba
extraña y desconocida a la vez. Escuchaba la gente que murmuraba admirando el
gran trabajo que habían hecho de reconstrucción del cuerpo: “qué gran trabajo”
o “la ves así, con esta cara de paz, cualquiera diría todas las atrocidades que
le han hecho”. Como quién habla de una obra de arte restaurada o de un jarrón
japonés.
Pero Donald no sentía para nada esa épica, esa admiración
ante la ocultación del mal. “Arpías, alimañas, obesas, viejas asquerosas,
solamente aparecéis en los velatorios para cotorrear y comer, cerdas de mierda.
Os descuartizaría empezando por la lengua” maldecía Donald con la bilis en la
boca. No había maquillaje suficiente para cubrir los hechos. Cuando miraba
hacía al féretro lo único que podía ver era a su niña a trozos, llena de barro,
sola. y que allí afuera, en los bosques, o quizás justo en medio de la
civilización, habitaba un monstruo.
La ceremonia fue austera y breve. Solamente habló el Padre
Blake, se ciñó completamente a la Biblia y mencionó el nombre de Diane Kemper
Bates en una sola ocasión. “Ha sido mi hijo”, pensaba Don “ha hablado con él.
De otro modo este chupatintas estaría regodeándose en la mierda para hacernos
llorar a todos. Te lo he visto hacer desgraciado. Rata dramática. Actor
frustrado. Homosexual reprimido. Ser cura era fácil y lucrativo, ¿verdad hijo
de perra? Escribe un puto libro e inyéctate las lágrimas de tus lectores por el
puto ojete”. El odio y la perturbación
de Donald eran inmanejables. Su mente era una metralleta.
Iba mirando al cielo, por si veía alguna paloma blanca,
algún halcón, algo que se acercara sobrevolando por el cielo, algo que se
pusiera en la rama que tenían encima, o incluso mejor, encima de la lápida de
Diane. Donald buscaba una señal, un intento desesperado de encontrar algo en lo
que creer, un sentido, algo que le hiciera confiar que ella todavía estaba
allí, de alguna manera, transmutada en un animal noble. Buscaba una señal de
que, a pesar de la desgracia, Dios no les había abandonado, que de alguna
manera ese acto atroz formaba parte de su plan. Su Gran Plan, en ese pictograma
tan grande que para un simple ser humano es imposible comprender. Pero allí no
había ninguna señal. Allí ya no quedaba nadie.
Cuando pusieron el féretro dentro de la fosa, algunos
allegados se acercaron a tirar un puñado de tierra encima de la tumba. Ahí fue
cuando Gerald contactó, al fin, con los hechos. Tiró tierra, dijo “adiós
hermanita” y leyó la lápida: “Diane Kemper Bates. 1992 – 2008”, y cayó en la
cuenta de que todavía era una niña, una niña de dieciséis años, que no había
muerto por azar, por accidente, ni por una maldita enfermedad. Un psicópata, un
lunático se había cruzado en su camino. Las lágrimas brotaron y empaparon sus
mejillas.
Tras dos meses de investigación y la implicación de
distintos cuerpos policiales, tan solo se amplió la información macabra que
implicaba el asesinato de su hija y se pudo hacer un perfil del criminal.
Confirmaron que hubo agresión sexual previa a la muerte de Diane, y que tras la
agresión, recibió tres disparos a bocajarro. La descuartizaron al día siguiente
y la repartieron por la misma zona. Estuvieron buscando e interrogando a todos
los varones locales, blancos, de entre 35 y 55 años que dispusieran de coche
propio. Buscaron muestras de ADN coincidentes con Diane en sus vehículos pero
no se encontró nada. Creían que el mismo delincuente podía ser el encargado de
la desaparición de dos chicas jóvenes que sucedieron en 2003. La conclusión de
la investigación en aquel momento fue que ellas decidieron irse juntas a otro
país, cambiando su identidad, sin decir nada a nadie. Pero lo cierto es que se
volatilizaron, y que pronto se abandonó la investigación por falta de indicios
criminales.
Cada vez había menos presencia policial en la ciudad. En los
periódicos pasó de ocupar portadas enteras, a cada vez tener un espacio más
reducido, hasta que desapareció de la portada y pasó a páginas posteriores. El
caso se estaba cerrando. Alex Blake, se sinceró con él mientras tomaban un
café. “En este tipo de casos suceden más a menudo de lo que creemos, y siempre
se acaban cerrando hasta que vuelven a actuar. Este tipo de psicópatas calculan
muy bien sus crímenes, son fríos, calculadores. Pero a veces cometen errores.
Nunca los pillan a la primera. A veces nunca los llegan a coger…”.
- Alex, no te lo había dicho todavía pero llevo una pistola.
- ¿Pero tu tenías permiso de armas, no?
- Sí, pero nunca había comprado ninguna.
- ¿Para qué quieres una pistola, para cargarte al tipo? ¿Has
pensado lo que esto supondría para ti? Sin siquiera haber indicios de nada, no
es buena idea andar por allí buscando venganza.
- No es esa mi intención… no busco venganza Alex. Hay días…
que me volaría la cabeza. Por eso llevo la pistola, porque cuando no pueda más,
no pueda soportarlo más, no tenga tiempo de dudar, lo haga y desaparezca.
Alex miró a su alrededor alarmado y acercó la cabeza al otro
lado de la mesa para acercarse a Don, y hablando flojo pero contundente le
dijo:
- ¡Pero es que te has vuelto loco! ¡Joder Kemper! No puedes
hablar de estas cosas con esta frivolidad, aquí en medio de la cafetería. ¿Has
pensado en tu hijo, quieres dejarlo solo? Lo único que necesita este chaval es
otro muerto en su casa.
- Alex, tengo la sensación de que estamos muertos ya, los
dos. Yo siento un vacío que no puedo llegar ni a explicar. Soy un espectro,
deambulo por el pueblo. Hago como si viviera, pero no estoy viviendo, yo no
existo.
- Pero tu hijo Gerry se está esforzando, ha seguido
trabajando duro, muy duro, sigue con su novia y se apoya en ella, sigue yendo
al cine, ¡joder! siempre viene y va de todos sitios. Ayer mismo lo vi con
amigos, se reía Donny, se reía de verdad. Está intentando continuar con su
vida, y en parte, ha podido porque tú sigues aquí. No sé yo si ese chaval podría
soportar algo así. ¡Mierda Don! Dame tu pistola, esto no es prudente.
- No te la voy a dar, Alex, y agradezco tu preocupación.
Quizás lo que te voy a decir es algo contradictorio. Una parte de mí piensa día
y noche en volarse la cabeza. Pum. Oscuridad. Que todo desaparezca, que todo se
vaya a la mierda. Pero a la vez, tener la pistola me da la seguridad de poder
escoger ese momento, y tener esa seguridad… no sé cómo decirlo, tener ese poder
hace que de alguna manera quiera decidir no ejercerlo. Es como que puedo
decidir cuándo acabar con todo, y quizás
eso es lo único que controlo ahora mismo. De momento, este pequeño control me
mantiene con vida.
- Donald ese control es muy frágil. Mierda, confío en ti. No
hagas locuras. ¿Me llamarás antes de hacer nada?
Donald se quedó en silencio.
- Si no te comprometes conmigo, te voy a requisar la
pistola. Puedo inventarme alguna mierda de polis para quitártela.
- Te llamaré antes de suicidarme.
- ¡Qué mal rollo tienes! Te lo estoy diciendo en serio, ¿lo
prometes?
- Lo prometo.
Pero las promesas no sirven como base de la existencia, ni
siquiera los sueños, ni la felicidad, ni los proyectos, ni las ambiciones. Esos
son solo excusas para existir. Quizás lo único que sostiene en esencia la existencia
es que no se destruyan sus cimientos. Y precisamente habían destruido lo más
íntimo de lo que significa “ser” en Donald. Era como una hoja seca en verano,
cualquier contacto podía romperlo. Intentaba salir y distraerse, pero ver
chicas de la edad de Diane desmontaba cualquier atisbo de ilusión por la vida,
pasear por las tiendas que le gustaban, escuchar un teléfono sonando con su
misma melodía. La veía por todos lados, en la estación de tren, en el parque
central, paseando por la calle… la veía saltando y riendo, todavía viva,
deseando abalanzarse hacia ella, abrazarla, cogerla fuerte, tan fuerte que
fuera imposible escapar, que nada ni nadie se la pudiera llevar. Solamente
deseaba poderla llamarla “princesa” una vez más, poder recuperar esa
complicidad única que solo ellos dos compartían. Cuando Diane perdió a su
madre, se aferró intensamente a Donald y a su hermano, era muy pequeña cuando
comprendió la idea de amor familiar, y la fragilidad de este ante las vicisitudes
de la vida. Convirtió a su padre en madre también, en consejera, en confidente,
en psicóloga, en amiga.
Era insoportable llegar a casa y darse cuenta de la
fortaleza que mostraba su hijo era inversamente proporcional a la que él tenía.
“Lo ha heredado de su madre. Cathy, si estuvieras aquí, que distinto sería esto”….
Era insoportable ver como su hijo lo compadecía, sin enfado, solo con cariño:
“tenemos que continuar papá, estamos tú y yo, estamos juntos en esto”. Su hijo
le había llegado a decir “te necesito”, y él no era capaz en ningún momento de
decirle que estaba orgulloso y sentía envidia a partes iguales. Sentía orgullo
de sentirse superado por él. “Esto que hemos hecho Cathy, es hermoso. Deberías
verlo. Es un hombre fuerte, valiente, lleno de amor, orgulloso… Pero yo no
estoy hecho para sentirme inválido. Esto no es para mí. No es mi juego, me han
cambiado las normas”.
Así que mientras Gerald se fue a trabajar al restaurante en
el turno de comida, Donald se encerró en el baño con su Glock 43. Se miró al
espejo. Solo veía desprecio y asco. “Lo voy a hacer”. Se sentó en el baño,
abrió la boca y puso el cañón de la pistola dentro. Puso el dedo en el gatillo
y…
“Lo prometo”, “te necesito”
“¡Dios mío! ¿Pero qué estoy haciendo?”, tiró la pistola al
suelo, horrorizado de sus propios pensamientos. Lloró. Lloró hasta que no
quedaron lágrimas en el mundo.
.
- Alex, necesito que nos veamos ahora, no sé si te toca
trabajar.
- Tengo el día libre, colega, ¿qué ha pasado?
- Lo iba a hacer, he estado a punto de hacerlo. - Sollozó
- Donny… Donny-boy… - Alex se quedó en silencio, dudando
entre si reprenderlo o cuidarlo – Don, no voy a hacer nada hoy. Estaba haciendo
la comida e iba a ponerme una peli. Vente y nos hacemos un whisky. Tengo un
Jack Daniel’s con canela que te va a flipar. Sé que con la medicación no te
conviene, pero oye, tampoco parece que te esté ayudando mucho esa mierda.
Sin darse más tiempo para pensar, Don fue a casa de Alex y
se sintió reconfortado compartiendo la comida con Alex, tenía esa fantástica
habilidad de hacerle sentir mejor, aunque el efecto de sus palabras durase
simplemente unas horas.
- Quizás debería venirme a vivir contigo – dijo Donald
Alex riendo – Quizás deberías, sí, y me pagas de alquiler lo
mismo que te gastas en tus pastillas, que valen un pastón.
- Un año de pastillas o comprarme un chalet en la playa… me
lo tendré que pensar…. Dame un segundo, que voy al baño antes de que empiece la
película.
- Ya sabes dónde está.
Donald subió las escaleras al primer piso y cruzó por
delante de la habitación de Alex para ir al baño. La luz entraba por su
habitación y un pequeño destello lo molestó. Miró hacía dónde enfocaba la luz,
hacía la mesita de noche y el objeto en el que se había reflejado: un anillo.
“Alex no está casado”. La curiosidad mató al gato y Donald se acercó al anillo
que estaba grabado con “Felices 16 princesa”, y que reconocía a la perfección.
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Per cert, saps com aconseguir una pistola?