Sustituta

Hoy he conocido a tu sustituta, la “nueva”. No es que la haya conocido exactamente hoy, uno de noviembre del dos mil veintidós, es que hoy he tenido la certeza de que sería ella la próxima en estar en tu puesto.

Desde luego que ella no está al tanto de la sustitución. Para no hacerlo muy evidente ante familia y amigos en esta ocasión he mirado bien que tuviera el pelo liso y moreno, para que no pudieran asociarte con ella de ninguna de las maneras. Parece mentira pero ¿sabías que es el pelo precisamente lo que hace que la gente asocie (en primera instancia) y establezca similitudes entre personas? No quería que esto pasara, quiero que parezca distinta en todo, y no obstante, todo el resto va a ser tan igual.

Pero si eliminamos cualquier rasgo superficial, eres tú. No es para nada una versión mejorada, no es un 2.0, una actualización. Nada de eso. Tampoco es una suplantación de identidad. Es (y lo he dicho ya) simplemente una sustitución. Y de hecho, quién se encargará de que ella sea “tú”, seré precisamente yo. Además de que requerirá de cierto tiempo y esfuerzo.

Ya empezamos en un par de ocasiones la que será nuestra futura rutina de los sábados: un paseo por el parque de Marina, el que tiene un pequeño estanque, y tras un par de vueltas nos sentaremos a tomar un café para discutir lo horrorosa que ha sido la semana de trabajo y que qué bien estar allí, entre el sol y la sombra, disfrutando de una pausa de 48 horas hasta de nuevo caer en ese espiral maligno que es el “entre semana”.

He pensado que iremos de vez en cuando a ese restaurante que te gustaba tanto, el brasileño de Sants. Una primera vez explicándole que es un sitio que frecuentaba, así, sin más. “Lo frecuentaba”, sin hablar de ti pero a la vez obviándote de manera tan evidente que no habrá lugar a dudas de que ese vacío lingüístico estaba completamente lleno de ti. De entrada sé que esto le resultará medio incómodo, pero con los meses, chica, quizás los años, la calidad tan superior de éste sitio a un precio tan ajustado, la lógica al fin y al cabo, hará que caiga por su propio peso y será la mejor elección disponible siempre que nos pille la vida cerca de la estación de tren.

Me cercioré, antes de nada, de que hiciera ejercicio, le gusta correr. ¡Qué bien! No te puedes imaginar las horas de trabajo que me quita de encima. Reconozco que este fue un factor clave y que solventaba de un tirón, sin esfuerzo alguno, tres tardes a la semana.

No te lo creerás, pero trabaja de… bueno, en realidad da igual el trabajo, ¿no?. ¿Acaso no son parecidos todos los trabajos de 9 a 17? Todos tienen un jefe un poco capullo/vago/tirano, otro jefe conciliador/cercano/amable, un compañero que hace mal su trabajo y al que los demás cubren, otros compañeros de relleno, otros con los que te llevas tremendamente bien (los que acabaré conociendo) y todo un seguido de vicisitudes que suceden y que se comentan durante el rato del café. Qué más da reponedora, recursos humanos o ingeniera. Siempre pasan cosas.

Ya fuimos a ese restaurante italiano en Lesseps, el que te estuve hablando durante semanas antes de que te fueras, que aun cuando ya estabas pensando en irte te apetecía que probáramos juntos, supongo que a modo de despedida. Aunque entendí que no fuésemos finalmente, quizás te hubieras quedado más tiempo de haber ido. Quizás lo sabías, que lo hubiéramos pasado bien, que hubiéramos compartido una lasaña y una ensalada de tomate y burrata, un tinto de la casa y a volar, cogidos de la mano, directos a una cama de sábanas recién planchadas. Pero como te dije, nosotros ya fuimos y tengo que decirte que te hubiera encantado, podía ver tu cara disfrutando y diciéndome que era la mejor lasaña que habías comido (esta semana).

Le gusta viajar. ¿A quién no? Es tan vago escuchar un “me gusta viajar” que en nuestro mundo actual es casi como respirar. Todavía quedan tres o cuatro años pero Disneyland está en el punto de mira, pero primero tienen que venir algunas escapadas de fin de semana, y algún viaje el año que viene.

Un día a la semana la iré a recoger el trabajo, todavía no está definido cuál de ellos. Por ahora he ido días aleatorios para ir probando, pero definitivamente mantener el miércoles sería lo óptimo para hacer una versión de nosotros lo más fidedigna posible.

Parecerá que haremos tantas cosas nuevas e interesantes, tantos viajes, restaurantes, conciertos... y que colgaremos en las redes sociales para que la gente vea que somos únicos y felices, pero en el fondo (y no tan en el fondo como cabría esperar) siempre serás tú, pero ella. Una copia para no olvidar que lo que ya teníamos no se podía superar, que era perfectamente imperfecto.

Y si no funciona… porque puede no funcionar, pues… bueno, no pasa nada. No ha funcionado antes, y no funcionará tarde o temprano. Se irán sucediendo una tras otras pequeñas copias de ti. Seguramente es mi manera de no echarte de menos cada día, la única que he encontrado para sobrevivirte.

Sé que no fue fácil para ti elegir entre yo y tu carrera laboral. Aunque probablemente más fácil de lo que me vendiste, puesto que cuando me planteé elegir entre tú y mi carrera laboral, me decantaba más por ti, y se fue desvelando que yo no cabía en tu nuevo proyecto.

Sé que te ha ido bien, que ha funcionado tal y como esperabas y que vuelves a Barcelona con tu proyecto, ahora sí, para quedarte definitivamente. Sé que no me vas a decir nada, como apenas has dicho durante todo este tiempo. “Poner tierra por medio”, tu frase favorita, que repetiste cientos de veces. Pero dónde tú pones tierra yo pongo cemento para construir mi hogar contigo.

Solo ha habido una cosa. Tan solo una cosa que no sido capaz de replicar: tus manos.

Me acuerdo cuando te expliqué que de pequeño mi madre se pasaba horas sosteniendo mi mano cuando yo enfermaba. Incluso cuando tenía que ponerme el termómetro, darme algo para beber…lo dejaba todo dispuesto alrededor de ella porque así podía asistirme sin dejar de soltarme la mano. Si necesitaba libre la izquierda, primero ponía la derecha encima de mí mano y soltaba la izquierda para agarrar el vaso, y viceversa cuando tenía el termómetro al otro lado. Teníamos nuestra propia historia de que lo que realmente me curaba no eran las pastillas ni los jarabes, era su mano, y siempre le decía que no me podría recuperar del todo si no me cogía la mano. Cuando la perdí, de adolescente, esa fue siempre la cosa que más extrañé de ella. La siguiente vez que enfermé, me desperté tras un largo rato de siesta post-febril y tú estabas allí, sosteniéndome la mano y allí sentí que jamás, jamás querría soltarla, que quería que esa fuera mi última imagen antes de morirme (porque ambos teníamos claro que yo moriría primero), quería despedirme con tu mano dulce, suave, perfecta, puesta encima de la mía, cogiéndome fuerte.

En el primer intento de copiarte me di cuenta de esta anomalía, la primera “tú”. Le expliqué la misma historia, con las mismas palabras, casi me atrevería a decir que puse la misma emoción. Pero supongo que en realidad no, que en realidad era imposible. Cuando me sostuvo en una gripe, sentí rechazo, asco, ganas de vomitar. Después de eso lo dejé, no podía regresar al mismo punto de partida, al mismo teatro en el que construía una relación “sintigo”. Para los siguientes tres intentos, he obviado esa parte y todo ha funcionado muchísimo mejor.

Y fueron, precisamente tus manos, la última parte de tu cuerpo que toqué. Incluso después de un fuerte, horroroso y estruendo abrazo, nos fuimos soltando, ya ni me miraste a los ojos y fuimos caminando por caminos opuestos sosteniéndonos las manos. Hubo un momento de tirantez, que deseaba que provocara un efecto rebote, que hiciera girarnos, mirarnos de nuevo y abrazarnos una vez más, arrepentirnos de casi habernos separado. Pero las manos se soltaron, me giré, pero ya no miraste atrás.

Quizás algún día nos encontremos de casualidad en todos estos sitios que frecuentábamos y pienses “que se me ve bien, feliz, que tengo buena cara, que me mantengo en forma y que si voy acompañado es que he pasado página (por fin) y que te alegras”. Pero lo cierto es que encontrarnos me delatará irrefutablemente. Estaré en todos estos sitios manteniéndote viva, porque Barcelona huele a ti, sabe a ti, a tu piel, o es que tú no te puedes quitar de encima ya ese aire barcelonés que se esconde en cada rincón de tu cuerpo, sus calles son tus venas por las que me paseo esperando encontrarte al girar cada esquina, colocando fragmentos de ti en cada mujer que callejea, creando réplicas perfectas de ti en las otras personas.

Ojalá que a ti también te pase. Imagino que estando en otra ciudad no habrás podido sentir esto, pero quizás, al volver a Barcelona te pase lo mismo que a mí, que me busques en los demás, en los que te esperan escondidos en los días que están por venir, y así poder vivir ambos en este mundo absurdo, esta realidad paralela que es tenernos sin tenernos. Quizás para mantener viva la esperanza de encontrarnos en un futuro cercano, quizás toques el timbre un día y pueda quedarme con la versión original, sin subtítulos.

O quizás, y solo quizás, porque esta sea la única fórmula de estar siempre “juntos”, reviviendo siempre la mejor versión de lo que fuimos, una manera de sentir de nuevo todo aquello que no puedo dejar atrás, y revivirlo y revivirlo y revivirlo una vez más, para que sigas aquí, a mi lado, para que seas siempre

mi

pequeño

eterno

retorno.

Comentarios

MÓNICA COTS ha dicho que…
Increíble!!! Me llegó hasta los huesos! Felicitaciones

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