Fe, K-Zi , NH3, CH3CH2OH, Na, C6H12O6, HCl

Mentiría si dijera que no suelo ir solo a los bares. Lo raro es que vaya con alguien. Mentiría si no dijera que casi siempre me monto una puta película en mi cabeza, una película en la que entra una mujer bien vestida, elegante, un vestido rojo, escotado, zapatos de tacón de aguja, pendientes largos, pelo suelto de color cobrizo. Se sienta a mi lado, me lanza una mirada interesada que rehúyo hipócritamente, para parecer todavía más interesante, esperando a que ella me pida ser invitada a una copa, que evidentemente pago, y acabamos follando como conejos en celo en el hotel de cinco estrellas que está justo cruzar la calle. Mentiría si dijera que no siento asco de mí mismo cuando me veo sentado en la barra con cuatro gilipollas más bebiendo en silencio, que deben estar fantaseando la misma mierda que fantaseo yo.

Puedo decir que solo una vez he podido disfrutar de esta experiencia única que consiste en follarse a una desconocida que encuentras una noche en un bar, aunque distó de manera abismal respecto mis fantasías. No sucedió en un bar elegante con barra americana, sucedió en un bar regentado por una familia china que está en la esquina cerca de mi casa, y el hotel de cinco estrellas fue en realidad mi cuarto sin ventilación y con las sábanas (seguramente) sin limpiar por lo menos en dos o siete semanas.

Estaba tomándome una cerveza, la tercera o la sexta, sonaba de fondo solamente música de Jim Morrison, que solo se interrumpía ocasionalmente por algún anuncio de youtube con el volumen desbocado. No me sorprendía en absoluto que un chino no pagara una plataforma de música y me sorprendió menos que el anuncio fuera de comida de perro. ¿Eran los snacks que servían a los clientes o era para engordar su “carne frita”?

Me extrañaba que el chino hubiera puesto rock psicodélico, ¿sería una petición de algún cliente o es que alguien le había hablado al chino de The Doors y querría absorber su música? Los chinos son así, concienzudos. Les enseñas a hacer trenzas, los primeros cinco minutos son unos mierdas, a los 10 minutos ya lo dominan, a las dos horas lo hacen tan bien como tú y a las 24h son maestros trenzadores, te han trenzado 4 quilómetros, “senséis” de la puta trenza. El puto Jim Morrison, mi acompañante, mi amuleto, siempre que aparece espontáneamente algo raro está por suceder, es mi puto demonio, el mal augurio. Y a veces, para presionar los augurios pido unos tequilas, mi lubricante vital para que suceda todo.

El chino dejaba la botella de José Cuervo a mi lado cuando justo entraba una chica con el pelo rizado, despelucada, con los ojos oscuros, mal pintados (¿o con el rímel corrido?), algo elegante, algo hippie y con unas tetas enormes. Mentiría si no dijera que fue lo primero en lo que me fijé, por eso es lo último que describo, para mantener un poco de decoro en toda esta movida. La chica se sentó a mi lado dejando un taburete en medio de los dos vacío. Pensé que esperaba compañía, y ella debió pensar lo mismo de mí. Pero en un breve arrebato de ingenio palurdo, solté una mierda de frase salida de un guion barato hollywoodiense “por fin has llegado Raquel, menos mal, no me veía capaz de acabarme la botella solo”. Obviamente no se llamaba Raquel, fue el primer nombre que me salió de los huevos, pero ella siguió el juego o bien porque le pareció medianamente ingenioso o bien porque ya iba borracha y colocada de alguna mierda, o simplemente tenía ganas de follar con el primero que pasara, que resulté ser yo, y con el nombre de “Raquel” que le acababa de regalar podía mantener su identidad cubierta. Respondió de igual manera con un “Ernesto, una dama siempre tiene que hacerse de rogar”. Y pidió un vaso de chupito, limón y sal.

Raquel se sumó a los tequilas como si se tratara de agua de manantial, pura, fresca y llevara tres semanas andando por el desierto. No recuerdo prácticamente nada de la conversación que tuvimos, solo recuerdo estar riendo de manera exagerada, histérica, seguramente obscena, puesto que había momentos que el chino abría los ojos de tal manera que casi parecía europeo. Quizás incluso llegué a comentar lo de los ojos en voz alta, quizás nos burlamos en exceso de todo y de todos. Solo recuerdo que con toda la amabilidad que le cabía después de la una de la madrugada (y con tres vasos rotos) el chino nos pidió que nos fuéramos. Cuando volví tres días más tarde al mismo sitio, el chino me dijo que no podría servirme alcohol. Joder con los amarillos y su jodida moral mojigata. Cristianamente le pedí perdón treinta veces pero ni así quiso servirme una cerveza. Con ellos no hay segundas oportunidades. Dios perdona, Jackie Chan no.

Nos fuimos a mi casa con el tequila restante de la botella, que probablemente no era mucho pensando en lo impresionada que estaba al entrar en mi apartamento, un loft que por poco no llega a los cuarenta metros cuadrados, una entrada-salón-cocina, un pequeño habitáculo cerrado que funciona como habitación y un baño insignificante en el que podrías cagar y ducharte a la vez. O quizás es que ella vivía en un sitio peor.

Todo sucedía en flashes, ella riéndose y arqueando la espalda cayendo hacia atrás en el sofá, ella desabrochándose la camisa, echándose tequila en el ombligo y diciendo “bebe chico”, “más abajo”, mis labios en su coño ácido, salado. Sus pechos en mi cara, su sudor cayéndome en la cara, mi sudor frotando mi cuerpo contra el suyo. Más tequila en su boca que soltaba en mi boca mientras me lamía los labios y la lengua mientras gemía y pedía que acabara encima de sus pechos, mientras embalsamaba mi polla con sus fluidos. Después eran sus labios y yo ya moría entero de placer y éxtasis, disparando mi primer cartucho encima de ella mientras me rogaba que no me rindiera, que todavía quería más, que no estaba saciada. Si hubiera sido una peli porno hubiera sido una no muy agradable de ver, grotesca. Volvió a escalar encima de mí, cabalgándome con fuerza y golpeándose contra la estantería que hay encima de la cama y quedándose completamente inconsciente encima de mí durante 30 segundos en los que vi un reguero de sangre de su coronilla bajando por su frente, hasta los labios, manchando mis manos y mi cara. No sé si se me paró la erección o si se me puso más dura. Me cagué de miedo unos segundos, pero acto seguido ella volvió a recuperar la consciencia y a moverse de nuevo como si nada hubiera pasado. Le caían algunas lágrimas del dolor, “esto no me va a hacer parar”. “Deberíamos ir a un hospital” no sé si lo pensé, si lo dije, o si ninguna de las dos y solo lo estoy diciendo ahora. La cuestión es que no había forma de parar esto. Estaba desatada. Me pegó un mordisco en el brazo y yo ya no sabía de quién coño era toda esa sangre. El mordisco me hizo “despertar”, me hizo bajar un poco la borrachera y ver toda esta mierda en la que estaba metido y vino tu imagen a mi cabeza. Grité de placer, de dolor, de angustia, de verte en un pensamiento de nuevo y la mordí a ella en el pecho.

Éramos un océano de sudor, lágrimas, sangre, semen, saliva, orina, flujo, vómito. Éramos dos efluvios humanos peleándose desesperadamente para sobrevivir en un mundo que nos desprecia, que nos odia, en el que no encajamos, en el que no estás tú. Dos seres humanos vaciando sus entrañas, desentrañando los misterios de la decadencia. Empezamos a mordernos el uno al otro entre gritos y gemidos, entre placer y dolor, entre sueño y realidad, entre tú y yo. Nos íbamos comiendo y desvaneciendo, achicándonos, no dejando ni los huesos… hasta que al final nos quedamos en nada. Dos nadas que se juntan para desaparecer un poco más, para aligerar el peso de la existencia.

Dos nadas nadando en un océano de mierda en el que no estás tú.

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