¿Dónde está?

Estaba sentado en un banco de Plaça Catalunya con mi ejemplar de "Historia de dos ciudades". Las páginas se iban sucediendo una tras otra pero mi cabeza en realidad andaba en otro lugar. Era la tercera vez que leía la novela, así que podía permitirme el lujo de hacer una lectura en un segundo plano de mi mundo mental. Quizás era el calor sofocante que impedía concentrarse en nada más que no fuera sobrevivir. Una intuición distrajo me atención. Levanté mi vista y..."voilá", Lorena se acercaba con un andar danzarín, jovial. Rozaba los cuarenta y me recordaba todavía a ella misma cuando tenía veinte.

-Llego tarde - dijo ella - perdona.
- El mérito es que yo haya sido puntual.

Nos fuimos a tomar algo en el jardín que hay dentro del Ateneu mientras nos poníamos al día de los eventos más importantes del último mes. Esa era nuestra tradición, nuestra promesa, nuestra regularidad. Sabíamos que nos podíamos ver menos y querernos igual, como con el resto de amistades. Pero el paso de los años y la desidia diluyen el amor. Lo sabíamos y no queríamos que nos sucediese.

Además, los últimos meses habían sido intensos en su vida. En nuestro encuentro de abril Lorena había tomado la decisión interna de separarse después de doce años de relación, en mayo ya se lo había comunicado y en junio ya había encontrado un nuevo sitio en el que vivir y recién empezaba la mudanza. 

Tras chismorrear un buen rato de trabajo y relaciones, interrumpió:
- Por cierto, deshaciendo las cajas y ordenando cosas encontré esto. - y sacó de su bolso un sobre blanco, bastante grueso, e hizo un gesto para que lo cogiera - Son para que te las mires, no para que te las quedes, aunque si las quieres te las puedo copiar.

Abrí el sobre y con dificultades estiré un puñado de fotografías, la primera de las cuáles éramos ella y yo, mirando a cámara, los mismos ojos, la misma sonrisa pero casi 30 años antes. 
Fue extraño, Lorena trajo uno esos detalles envenenados que despiertan la nostalgia, el abismo de un pasado borrado, la consciencia del devenir del tiempo y de una muerte (sin dramatismos) cada vez más cercana... a la vez que despiertan ternura, que simbolizan la fuerza de un lazo que persiste, resistente a vientos y mareas.

Debió leer mi cara:
- Es la primera foto que tenemos juntos. Lo sé. Parece mentira que todavía nos parezcamos tanto a esos niños - asentí mientras hablaba - bueno, lo cierto es que yo me parezco muchísimo más. A ti se te nota más el paso del tiempo.
Y tras mi mirada asombrada por ese comentario tan (in)esperado, ella se rio.

Fui pasando algunas fotografías, haciendo un pequeño viaje en el tiempo con la "voz en off" de Lorena contextualizando el momento y el lugar cundo mi memoria fallaba, señalando con el dedo detalles imperceptibles a simple vista. Hasta que aparecí en una foto con ella. Miré a Lorena a los ojos.
- Sí, esa fue vuestra primera foto juntos. El mismo día del primer beso, el último día de las colonias.

Se han derrochado letras y tinta hablando del primer amor de juventud. No hace falta describirlo para quien lo haya conocido. Quien no lo ha vivido lo habrá leído de poetas y autores que lo relatan mejor que un servidor.

Pero allí estábamos Mariela y yo, veinticuatro años antes. ambos imbuidos por aquella mirada que apunta al infinito, hacia un mundo inagotable, hacia el inicio de una gran aventura que no tiene fin. Un abrazo a lo inamovible, lo eterno.

Lo eterno...o dicho de otra manera: Lo ingenuo.

Y lo bonito de la ingenuidad ante la adultez marcada por la incredulidad.

- Roberto me comentó que se divorció - dijo Lorena.
- ¿Roberto se divorció?
- ¡No! Roberto ya estaba divorciado. No te enteras. Mariela, se divorció hace un año o así. Se la encontró Roberto en el puerto de Llançà y se lo explicó.
- ¿Ah si? - no se ni si fui capaz de mostrar interés o sorpresa.
Me hizo una mueca, una mirada socarrona "por si te lo quieres pensar".
Pero yo no quería pensar nada.

Cuando perdí a ambos progenitores apenas volví a tocar mi tierra. Perdí el contacto con los de allí. Quería estar y existir solo en un sitio, echar raíces, plantar mi vida. Y elegí Barcelona. Lorena sí seguía en contacto con algunos amigos de la infancia, o por lo menos, tenía una capacidad increíble de hacer un seguimiento de la vida de todo el mundo, sin ser una asidua al mundo digital. Pero mantenía un vínculo parecido al mío con un par de personas allí. 
Por más que intenté pertenecer a este lugar...nunca pude plantar nada.

Mentiría si dijera que no me afectó cuando Mariela rompió conmigo tras unos ridículos diez meses y veintiún días (todavía me acuerdo). Diez meses es una ridiculez a escala humana. Diez meses son inacabables en el tiempo del amor adolescente.

Supongo que fue la ruptura que dio un golpe a la ilusión, a la ingenuidad que decía. Un golpe de madurez necesario, imagino. Pero tras unos meses de sufrimiento y de pensar en el suicidio como la mejor de las opciones ante una vida sin Mariela hubo un extraño convencimiento mágico de que, efectivamente, Mariela no era el amor de mi vida. Y desde ese momento, la pregunta que se me ha repetido incesantemente por mi cabeza es.... "¿Dónde estás?"

Y no es que haya llevado precisamente una vida de castidad, pero con toda pareja acompañaba una sombra de duda. ¿Es ella a quién me he estado dirigiendo en mis pensamientos?

Lorena siempre me insistía en que no existía una persona, que había momentos en la vida, que estos momentos iban acompañados de personas pero que después se iban, como un tren de cercanías, que van subiendo y bajando personas del vagón. "Ya" le decía "pero habrá alguien que haga el mismo trayecto a la misma estación, digo yo".

En el fondo no dejaba de ser una idea infantil. Un iluso desilusionado, como en el cuento del zorro y las uvas. Pero yo quería tener a esa persona a mí lado.

Cada noche se desarrollaba una fantasía como un automatismo en mi cabeza, casi un ritual para dormir en el que me hacía la pregunta "¿Dónde está mi mujer y que estará haciendo ahora?" y a partir de ahí se disparaba un mundo en el que veía a mi mujer quizás subiendo una montaña y secándose el sudor con las manos, mirando desde el pico con orgullo y satisfacción, sudando, cansada, gozando del silencio y de la soledad. Me imaginaba a mi mujer en un viaje exótico, en África, conociendo gente nueva, durmiendo en casas acogedoras de desconocidos, besando unos labios ajenos, gruesos, rojos, apasionadamente y follando con un cuerpo corpulento (porque todavía no era el momento de estar conmigo). Me imaginaba a mi mujer leyendo en el parque, sentada en el banco enfrente mío, pero sin saber todavía ninguno de los dos que nos iríamos a casar pronto. Me imaginaba a veces incluso que la persona que estaba a mi lado era mi mujer, la que estaba esperando, la definitiva. Me imaginaba a mi mujer acariciando los cabellos rizados de nuestra hija, Sofía. Me imaginaba a mi mujer trabajando hoy en un laboratorio, mañana de profesora, ayer de médico, (¿y lo próximo que será?). Me he imaginado a mi mujer en todos los lugares y con todas las personas del mundo.

Mientras que en el mundo real estaba yo enajenado de todo lo que estaba a mí alrededor, despreciando diariamente a aquella persona que me acompañaba porque no cumplía con la profecía de amor que un niño de quince años había realizado por despecho.

Bah, que asco. 
Toda mi vida viéndola, visitándola como si fuera una serie de televisión...y con esa maldita pregunta que no cesa en mi cabeza: "¿Dónde está mi mujer?"

Quizás no existe.
Quizás ha muerto.
Quizás estuvo a mi lado y no lo supe ver.
Quizás está por llegar.


Quizás,
y solo quizás,
está cerca.

Comentarios

Albert Pou ha dicho que…
Que no me da la gana pasar media vida buscando esa mujer que tal vez no exista ¡No me mira! ¿Y qué cojones puedo decir?

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