...en causas perdidas

Abrí los ojos repentinamente, el aire me faltaba, hiperventilaba. Miraba alrededor “¿Dónde coño estoy?”. Hiperventilaba, hiperventilaba, por Dios, me faltaba el aire, aspiraba con dificultad. ¡Qué alguien me ayude!. Estaba en el suelo de un callejón horroroso, sucio, que olía a orina. Me tumbé hacia el lado y empecé a vomitar.

“Bebes demasiado”, siempre me decía mi madre, y mi exmujer, y múltiples de mis exparejas. “¿Pero, había bebido demasiado? ¿Qué cojones hice ayer?”.

El vómito era verdoso-amarillento, sin tropezones, viscoso, bilioso. ¡Qué asco, odio vomitar con todas mis fuerzas!.

Cuando mi estómago acabó de apretarse como uno estruja una toalla mojada, mi respiración empezó a regularse. Me observé primero a mí, desaliñado, con la camisa desbotonada, sudoroso, el pantalón de pana estaba sin cinturón, sucio, un poco mojado, había perdido un zapato.

¡Mierda, mis riñones! Empecé a palpar mi cuerpo con desespero buscando una señal que indicara la desaparición de uno de mis valiosos órganos, como sucede en las películas de gánsteres, y mucha gente afirma que en la realidad. Mis órganos. Uno de esos recursos imprescindibles que uno requiere cuando uno puede pagar la hipoteca en Barcelona. Tras palparme y buscar heridas… respiré algo más sosegado. Aquí no falta nada, todo está en su sitio. Sin cortes.

¿Qué cojones ha pasado aquí? Haz memoria, joder. ¿Qué hiciste ayer? ¿Te han drogado? ¿Te han robado? ¿Te han (dudo que alguien tuviera estómago) violado?

Me levanté del suelo con dificultades, casi sin fuerzas y ayudándome con las manos en la pared gimiendo como un puto viejo. La calle estaba completamente vacía de gente. Había unas cajas de cartón en el fondo ordenadas con destreza que indicaban la presencia de un vagabundo con delirios de ingeniero. Observaba ropa y sábanas colgadas en los balcones que parecían cuerpos de mujeres griegas danzando.

No reconocía el lugar, parecía el barrio viejo de Barcelona, amanecía, todavía estaba relativamente oscuro aunque se podía ver con perfecta claridad. Ni siquiera podía afirmar que estuviera en la misma ciudad en la que estaba anoche con Nicolás, si es que solo llevaba en coma una noche. Espera

¡Con Nicolás, ayer saliste con Nicolás! El tío más desgraciadamente sano del país, posiblemente del planeta, un elemento interesantísimo para que estudien los alienígenas. Probablemente un trago de la sangre de mi amigo podría curar en cáncer, el sida y la alopecia. El tío con el que más culpa sientes por centímetro cúbico de cerveza bebido.

Entonces…una noche con Nicolás habría bebido máximo… ¿dos o tres cervezas? Nunca más, no soporto la culpa ni las chapas de un coach nutricionista. Cuanto más lo pensaba, más probable era que me hubieran drogado.

Al final de la calle, mirando a la izquierda se veía un objeto que parecía un zapato, del mismo color que el mío propio. Intenté ir con cierta rapidez, torpemente, hasta que la fortuna me sonrió pisando un charquito entre baldosas que mezclaba orinas de varias personas y especies distintas con agua estancada.

Me saqué el calcetín y lo tiré con ganas de llorar, pero soy asquerosamente optimista. Me parieron así. Por lo menos el calcetín tenía un agujero y molestaba menos tirarlo, y por lo menos si cogía una triquinosis sifilítica siempre podía pedirle algo de sangre a Nicolás para beber.

Llegando al final de la calle recogí mi zapato, y me lo fui a poner más feliz que la Cenicienta. Pero mis dedos chocaron con un objeto: mi cartera. Por fin la suerte empezaba a sonreírme. Habían robado todo mi dinero. Aunque siendo yo, no podía ser mucho.

En su lugar, había una tarjeta blanca marfil, con letras escritas con bolígrafo azul y pulso tembloroso: “Ve al parque, la culpa es del niño negro”.

Al llegar al final de la callé miré izquierda y derecha y…efectivamente, a mano izquierda se veían unos árboles a lo lejos, entendí que era la dirección a seguir en esta yincana macabra.

“Habrán organizado el peor 40 aniversario de mi vida” pensé.

Fui caminando, sin un calcetín pero con dos zapatos y con algo más de elegancia que antes. Tal y como iba, con un pinta de yonqui trasnochado, esperaba no cruzarme a nadie en las próximas horas. No estaba seguro de quién se asustaría más, si ellos o yo.

Al finalizar la calle se veía una plaza pequeñita con árboles, si se le podía llamar parque, que tampoco reconocía. Definitivamente, esto no era Barcelona. Fui andando, sorprendido que no hubiera nadie haciendo footing, o running, o jogging, o haciendo cualquier mierda parecida a correr. Justo en la parte central del parque se observaba una figurita humanoide, pequeña, que estaba de espaldas. Tenía toda la pinta de parecer un niño negro. El niño negro, el culpable.

Me acerqué dando la vuelta para verle cara, pero con una distancia prudencial. Podía ir armado, y si era una navaja todavía tenía opción de correr. Sin querer sonar racista pero…por el momento todavía conservaba mis riñones y no quería perderlos por imprudente.

Cuando empecé a verle la cara de lado, él ya me estaba mirando fijamente, con sus ojos oscuros como su piel, parecía todo uno. Me miraba fijamente sin pestañear. No parecía armado, aunque no inspiraba mucha confianza. Realmente parecía un niño normal y corriente. Me acerqué con cautela después de unos minutos mirándonos en silencio. Cuando fui a abrir la boca, él empezó a hablarme.

-“Estoy perdido” - Me dijo.

Si él estaba perdido…imagínate yo. Pensé que podría ser gracioso decírselo. De nuevo, iba a responder y se adelantó:

-No, yo no estoy perdido. Tu estás perdido, simplemente he puesto palabras a lo que estabas pensando.

Me quedé parado, mirándolo. Mi cara debía ser la viva imagen del surrealismo, y aunque, por extraño que pareciera, no tenía miedo. Incluso me era familiar. Ajeno, lejano, pero familiar.

-Pero no soy yo que me he llevado lo que estás buscando. Lo que has perdido. Han sido los dos viejos. Aunque todo el mundo intenta culparme. Pero te dejaron el mensaje equivocado. Quizás, a quiénes estás buscando son a los viejos, están a punto de salir del parque, pero todavía puedes alcanzarlos. Están allí.

Y señaló el camino que llevaba hacia el final del parque, dónde se veían dos figuras lejanas pero reconocibles. Se alejaban, lentas. Eran un viejito con su bastón en el brazo izquierdo y cogido del brazo de una viejita que iba bien abrigada, con un pañuelo en la cabeza y con un carrito en la mano derecho.

Todavía con incredulidad, pero confiando en el niño negro que había sido extrañamente educado y maduro (por ser niño, idiotas) y me fui corriendo a alcanzar a los viejitos, sin saber todavía que es lo que me habían robado. Me palpaba los bolsillos pero tampoco echaba de menos nada en concreto.

Corría con un grado de torpeza superior al habitual e intentaba llamarles la atención, pero no se giraban. ¿Serían sordos? Andaban a su paso lento, imperturbables.

Seguía corriendo y gritando. “¡eh, esperad, eh viejos!”. Pero nada, ni caso. Por eso siempre he valorado los viajes del IMSERSO, que ayudan a liberar las ciudades de lentitud, caderas rotas, olvidos y sordera para agruparla toda en Benidorm, la residencia más grande del mundo.

Finalmente los alcancé, de nuevo sudoroso, agotado, hiperventilando. Debería ir más al gimnasio, dice siempre Nicolás.

Estiré del brazo al viejo se giraron ambos a la vez y se dieron la vuelta completamente. Yo intentaba recomponerme, encogido, con las manos apoyadas en las rodillas recuperándome. Me miraban fijamente mientras me sonreía. Cuando pude por fin articular palabra les informé:

-El niño negro…(soplaba) el niño negro me ha dicho que vosotros… (inhalaba) que me... que me habéis robado - Seguían mirándome con ternura, sonriendo y los dos respondieron al unísono, con exactamente el mismo tono de voz.

-¡Ah! ¿Así que Amor te ha dicho que nosotros te hemos robado?

- ¿Eh? Ah… no sé… el niño negro, como se llame, el que estaba en medio de todo. – Estaba confundido. Me miraban exactamente con la misma cara, una sonrisa paternalista, cuidadora, sosegada – Por alguna razón me parecéis familiares. ¿Quiénes sois? ¿Eh, y qué lleváis en el carrito?

Al unísono de nuevo respondieron:

-Somos Espacio y Tiempo, y llevamos tu Vida en este carrito. ¿Pensabas que Amor te la había robado? Eso piensa la mayoría la mayor parte del tiempo. No te podemos culpar por buscar en el lugar equivocado. Le sucede a todo el mundo cuando despierta del letargo de la Náusea. Pero lo cierto es que la encontramos tirada entre un contenedor de Culpa y otro de Miedo. Se veía porque nadie recicla aquí. En fin, que le vamos a hacer si nos has atrapado – Reían, parecía un juego - Todavía puedes recuperarla aunque no le queda mucho, ¿sabes? Pero si decides llevártela…no la dejes por allí sin custodiar. Cualquiera se la puede llevar.

Y entonces entendí, que había perdido algo peor que un riñón.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden