1- Punto Muerto
Vértigo, náuseas, un vaso roto en el suelo, una mezcla entre bourbon y un hielo convertido ya en agua esparcida por un parqué que por si solo ya daba asco, un corte en la palma de la mano. Mareo, mareo, mareo. “Aguanta de pie, Robi, aguanta de pie. Dime ¿Cuántas veces te has tambaleado, has fregado el suelo con la punta de la nariz sin llegar a caerte? ¿Cuántas? ¡Maldita sea!”
Y con ese pensamiento, quizás incluso dicho en voz alta, ese pequeño mensaje de autoayuda barata, decadentemente pretencioso, intentaba sostenerme entre las paredes del pasillo, dejando un reguero de gotas de sangre entre el suelo y la pared, dejando una estela escenográfica parecida a un Resident Evil. Sin muertos y solo con un zombi: Yo.
Cuando sospechaba que no podía ponerme más en ridículo, me sorprendía a mi mismo batiendo mis propios récords. Cagarme encima a estas alturas de la vida ya era “mainstream”, una broma interna que solo tenía gracia conmigo mismo.
“La cura a tu enfermedad es el amor”, decía siempre mi madre. Pero ¿quién va a buscar amor en el vertedero? Te lo digo: La mierda va a buscar amor en la mierda, resultando ser mierda al cuadrado. La gente recoge gatos o perros llenos de mierda, pero no personas. Los animales olvidan antes su vida anterior, los seres humanos tendemos a regocijarnos en nuestro propio pasado, deleitarnos en nuestro eterno retorno particular. Mantenemos nuestras identidades a base de repetirlas.
Pero para ese día tenía suficiente con no morir ahogado en mi propio vómito. Que queréis que le haga, soy un tío con pocas ambiciones y algún que otro sueño. A menudo soñaba que no daba pena, que no daba lástima, que la gente no cambiaba de acera al cruzarse conmigo en la calle. Soñaba con no ser la clásica caricatura de alcohólico de una serie de televisión mal escrita, tan mal escrita que en realidad sus clichés se acoplaban conmigo a la perfección. No soñaba con una vida mejor, no, y quizás ser incapaz de imaginarla era parte del problema, pero me conformaba con soñar que yo no era exactamente yo, que me levantaba un día sin resaca, sin desear reventarme el cerebro con lo más jodidamente graduado que encontrara en la tienda de licores. Soñaba con no haber pagado la universidad a toda la familia del hijo de puta que me vendía alcohol cada día, sonriéndome con deseo, añorándome el día que no aparezco, “¿qué te ha pasado, Robi? Hacía un par de días que no te veía. Pensaba que te habrías muerto”, sin preocuparse en absoluto de mi estado de salud, tan solo preocupado con no perder su cuota mensual. Soñaba en qué jamás caería tan bajo como para dejar petarme el culo para tomarme otra copa más. Por suerte algunos sueños se cumplen. Por suerte algunos sueños no se cumplen. ¿Qué digo?
Vivía en punto muerto, en un lugar extraño en el que el tiempo no pasa, en el que no corre el aire y el agua está estancada. Solo cuando me atrevía a dejar de beber descubría que el tiempo había pasado, quizás demasiado rápido. 10 años sin Irene, 10 años sin Claudia. No recuerdo a quién perdí primero.
“No te olvides, tenemos un objetivo: olvidar, olvidar sin ahogarte en tu propio vómito. ¿Te acuedas? No es tan difícil cretino”. ¿Porqué hablas como si fuéramos dos? Somos lo mismo tú y yo, yo y yo.
Bah, habla como quieras. No sé ni siquiera si te escucho alguna vez.
Mis ojos se cerraban y sus rostros se borraban, sus sonrisas se desvanecían, su mirada se desdibujaba…liberándome, por lo menos unos días más.
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