Autorretrato

"El mundo sigue igual que como lo dejaste"

Cansado de estar encerrado como una jaula en casa, cansado de mi ciudad y de sus calles me encierro en mi alma para salir a pasear con la libertad de la autocensura.

Salgo a pasear por dentro de mi y veo unos paisajes que son nuevos para mi. Todos me suenan y tienen cierto aire a algún sitio en el que haya estado que se parece mucho al que veo, pero que no es exactamente igual. Definitivamente todo lo que veo lo he visto ya antes, pero ahora todo parece tan diferente...

Me agacho y me doy cuenta de que cada centímetro de este lugar es un rincón, y para explorarlo a fondo necesitaría ya dos vidas más como la que llevo dedicadas al completo a conocerlo. Me levanto y veo un cielo rojo con nubes negras, parece que va a llover... Equivocándome sin querer, porqué lo que está lloviendo son las nubes negras, y el cielo rojo de vergüenza se llora entero.

Me aparto del nubarrón y me encuentro con el lado más bestia de mí mismo, un animal, un corazón desbocado que por más que se mire no hay manera de controlarlo. Un latido bravo que parando bien la oreja suelta a gritos poesías inventadas, pero con el simple mirar del ojo queda escondido su dolor.

Desinhibido corro hasta topar con un charco de sangre y veo unas grietas en una pared de las que va goteando despacito, sin prisa, sin pausa unas gotas rojas, y al lado un cartel que pone "Heridas: no dejar jamás que cicatricen para que en sus raíces pueda habitar el dolor imperecedero". Cogí un palo del suelo y lo dejé clavado en la herida.

Andando llegué a un sitio en el que no se vea nada, todo era oscuro y desconocido. De lo que vi, de lo que oí y sentí no soltaré prenda, pues lo que uno esconde en sí mismo puede ser tan terrible como para que uno se deje de respetar. Que así quede, en lo escondido, mejor no saber de lo que uno es capaz.

Continuas hasta que te das cuenta de como se siente uno paseándose dentro de su cuerpo y creyendo que está de visita en el cuerpo de otro, tan diferente como lo imagina y tan raro como lo percibe. Así uno se convierte en un extranjero en su propia casa, un inmigrante que no se mueve del sitio, que vive donde nace.

Finalmente llegué al centro de todo, y desde allí se veían un sinfín de caminos posibles a recorrer, casi en cualquier dirección. Mientras uno elige camino y empieza a andar, todas las demás posibilidades se transforman, así se crea un infinito dentro de algo tan finito como es la vida.

No somos dueños de nuestro cuerpo, solo somos amos de sus pasos. Nosotros no creamos los posibles destinos, pero si luego que lo podemos elegir el que preferimos. Y después de escogerlo, miras atrás y te das cuenta que todo ha cambiado al ritmo de tus pasos, que ya no es la misma tierra acabada de pisar.

Al salir, el mundo sigue igual que como lo dejaste.

El peor día de mi vida? El día que al penetrarme, miré y vi que no había absolutamente nada.

Comentarios

Soledad 6 ha dicho que…
Me gusta mucho tu autorretrato.

"Cogí un palo y lo deje clavado en la herida" ¿Para que la herida no se cerrara jamás o para matarla?

Tendrás que volver a mirar dentro de ti mismo, creo que no miraste bien. Igual es que te faltan por vivir esas dos vidas que mencionabas al principio para ver bien lo que hay. Ve echándote una mirada de vez en cuando. :)
Moli ha dicho que…
Para que jamás se cierre, que no cicatrice y que las gotas mantengan vivo su dolor.

Para que no olvide que las cosas que duelen siempre dejan algo abierto, aunque algún día dejen de doler.

:D Si, vidas faltarían para comprender a un solo hombre
Albert Pou ha dicho que…
"Salgo a pasear por dentro de mí, veo paisajes que de un libro de memoria me aprendí"

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