Como dos mundos
Más que sus ojos abiertos y exóticos resaltaba su busto,
apretando toda prenda que se atreviera a cubrirlos.
No había visto ni tocado en su vida algo tan ancho y basto,
ningún intelecto era lo suficiente fuerte como para huírlos.
Él que los deseaba morder con toda su alma,
agarrando sus pechos con ambas manos,
con el sulfuro de los gritos que quemaban en sus palmas,
con la fuerza, precisión y destreza de un trueno.
Unos senos semejantes que se cubren por pecado.
Más no morirán prisioneros en sus atuendos,
desnudos ante la nada.
Él, muerto ante el todo.
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