Los labios de Julia
Saúl hacía un par de años que no regresaba a su pueblo natal. Pero después de la muerte de su madre a causa de un paro cardíaco mientras dormía, decidió (casi por obligación) que era hora de volver.
Saúl siempre había tenido una relación muy cordial con sus padres, no con demasiado apego, pero los quería. Visitaba poco a sus padres, sobretodo por la desagradable sensación que tenía al marcharse con el tren. Quedaba cinco minutos embobado mientras miraba por la ventana sin poder apartar la mirada del paisaje y pensaba en que "quizás no debería haber abandonado nunca el pueblo". Evitando la nostalgia del despido de su tierra quedándose en la ciudad, le autoafirmaba que "donde estoy ya estoy bien".
En realidad, su pueblo natal no quedaba tan lejos, a unas tres, casi cuatro horas en tren. Pero en la ciudad siempre hay cosas que hacer. Casi siempre eran los padres que iban a visitarlo, hasta que su padre murió, hacía cinco años. Él solo regresaba en las fechas señaladas.
Después de pasar tres días arreglando los papeles de la funeraria y de la herencia, se tiró en el sofá, se apretó los ojos con los dedos y suspiró. Tres días, son los que le dieron en el trabajo, pero el pidió la semana entera pensando en qué necesitaría tiempo para ordenarlo todo. Descansó media hora con los ojos cerrados en los que se le hizo consciente poco a poco todo lo ocurrido. Ya no tenía padres.
Aunque él ya estaba preparado para ese día, hacía años que lo estaba, incluso antes de que se muriera su padre. "Mi padre es ya muy mayor", se decía "y mi madre sigue enferma". Y Saúl siempre había sido excesivamente racional.
Dio un paseo por la casa pensando en qué haría con ella, si la vendería o si la guardaría para refugiarse los fines de semana y poder reencontrarse con esa pequeña parte de su pasado que había asesinado. Cuando pasó por delante de la habitación que había sido la suya durante los primeros dieciocho años de su vida se quedó quieto y miró adentro con la misma curiosidad con la que el pequeño Saúl observaba el mundo des de su ventana al parque.
Por unos segundos lo vio, se vio a él mismo de pie en una silla con los codos apoyados en el margen de la ventana mientras la lluvia caía y los pueblerinos andaban deprisa hasta sus casas.
Su habitación estaba tal y como la había dejado cuando se fue. Con los peluches que le compraron cuando era un niño arriba del armario, la videoconsola reposando en el mueble del televisor, su armario con ropa vieja, la cama pequeña con las sábanas de rayas azules y grises, la silla marrón de madera con la mesa que cojeaba... Cojeaba. Porqué al apoyarse en ella para comprobar su estado se dio cuenta que probablemente su padre lo habría arreglado y se imaginó la situación:
- ¿Para qué arreglas la mesa del niño?
- Por si quiere escribir cuando venga.
- ¡Que va a escribir el niño aquí! Si no viene ni a comer - Su madre siempre era muy realista.
Sonrió por primera vez esa semana. Vio en su cuarto un cajón que estaba encerrado con llave, "¡Mi cajón secreto!" se dijo, "¿qué guardaría el joven Saúl allí dentro?" se preguntaba, como si se tratara de otra persona ajena a él. "¿Donde guardaría la llave?". En un sitio donde solo él pudiera cogerla, claro. Y de golpe cayó. "En la caja fuerte debe estar", y sin pensarlo le vino a la mente la combinación correcta.
Allí estaba, una caja fuerte pequeña destinada exclusivamente a esconder esa llave, seguramente sobrevalorada, si se tiene en cuenta el contenido que debía esconder su cajón secreto. "Qué importante era cualquier cosa cuando era un niño, y que poco valor tienen las cosas ahora...". Abrió el cajón y se encontró de todo:
Fotografías, pins, gomas de pelo, trozos de periódicos, fotografías de revistas, notas, billetes de avión, entradas de conciertos...y cartas. Cartas de sus amigos, cartas de sus amigas, cartas de sus amores y en último lugar, una carta de Julia.
Julia era su amor platónico, su primer amor. El amor imposible de juventud. El infructuoso amor perseguido y no correspondido. "¿Y qué será de Julia?". Julia era la más hermosa de su colegio, todo el mundo la quería, pero para Saúl no había nada igual. Se hizo a sí mismo una promesa de amor eterno. "Y fíjate, al final no me he llegado a casar con nadie más...no se si he sido capaz de querer a alguien tanto como quise a Julia". Era hermosa por sus ojos grandes y azulos, sus labios tiernos que hacían de cortina a una deslumbrante sonrisa inocente.
Saúl no paraba de decirle tonterías solo para que se riera, "eres muy gracioso Saúl, que bien lo paso contigo", y Saúl se sentía único. Des de que la conoció cuando ella llegó al colegio con doce años, hasta los dieciocho que se fue a la ciudad y ya no la vio nunca más. Seis largos años pasó enamorado de ella.
Suerte que tenía guardado una lista de teléfonos con los números de sus antiguos compañeros de colegio y pensó en llamar a Julia, que aunque ella seguramente ya no viviera en esa casa, con suerte sus padres aun sí estarían y le podrían dar el número actual de Julia.
Estuvo cinco años enamorado de Julia sin decirle nada a nadie, en secreto. Pasaban todo el día juntos hablando y ella sonriendo. Con eso Saúl tenía bastante, no le importaba que le hablara de otros chicos, solo que siguiera sonriendo para él una vez al día.
Cogió su teléfono móvil y dio línea, hasta tres tonos y:
- Diga?
- Hola buenas tardes, ¿son los padres de Julia?
- Soy Julia, ¿quien es?
- ... - Saúl se quedó sin habla.
- ¿Si?
- Julia...
- Sí, ¿me oye? ¿quien es?
- Saúl
- ¿Saúl?
- Saúl, del colegio, Saulillo
- ¿Saúl? Pero...
Y hablaron y hablaron. Julia volvió a su antigua casa cuando su padre murió. Estuvo unos años trabajando en el negocio de la familia pero viviendo en una pequeña casita de alquiler. Cuando su padre murió, se mudó de nuevo a su casa para cuidar y ayudar a su madre. Decidieron verse esa misma tarde.
Saúl estaba temblando y decidió darse una ducha de agua fría. Mientras dejaba que el agua cayera por su pelo y recorriera todo el cuerpo, él con los ojos cerrados recordaba a sus diecisiete años cuando decidió decirle que la amaba, que la había querido siempre. Era durante las ferias del pueblo, habían bebido un poco y Julia había tenido una discusión con una amiga por un chico, Julia pidió a Saúl que fueran a hablar en un banco un poco alejados.
- Pero tu lo quieres?
- No, pero me gusta, estaba bien con él...
- Pero no lo quieres. Sabes Julia, eres inocente pero eres caprichosa. Miras a los hombres como algo en lo que reflejar tu encanto. Eres preciosa, y lo sabes, pero aún no has sabido lo que es sentir que cualquier cosa que haga esa persona contigo, lo que sea, es suficiente para ti. Tu solo pides que te digan que les gustas.
- Saúl... ¿qué te pasa?
- Es por tu sonrisa Julia, son tus labios. Llevo cinco años mirando tus labios y pensando en qué con solo de verlos de lejos, sin ni siquiera enseñar uno solo de tus dientes, es suficiente para seguir viviendo un día más.
Y la besó, lento pero breve. Ella estuvo con los ojos abiertos, sin saber qué decir, esperó dos segundos, se apartó y dijo que "me tengo que ir". Un año entero pasaron sin apenas hablar pero viéndose a diario. Saúl no lo pudo aguantar más y se fue del pueblo. Pero los labios de Julia quedaron marcados en los suyos dejando un rastro imborrable.
Se vistió y salió de casa. Quedaron en la plaza de la iglesia. Nervioso, se fue acercando al lugar y allí la tenía, delante suyo con el pelo un poco más largo pero con la misma luz de siempre, pero por el resto, Saúl la veía exactamente igual que la última vez, el tiempo se paró en ella el día que se separaron y para él las horas y los minutos se suicidaron cogidos de las manos.
Sus ojos se habían oscurecido pero no habían perdido ni una pizca de su fuerza. Y sus labios... ¡Ay, los labios de Julia! Seguían guardando a escondidas la misma magia que su inolvidable y eterna sonrisa que, inevitablemente, maravillaba a todo aquel que la correspondía.
Saúl siempre había tenido una relación muy cordial con sus padres, no con demasiado apego, pero los quería. Visitaba poco a sus padres, sobretodo por la desagradable sensación que tenía al marcharse con el tren. Quedaba cinco minutos embobado mientras miraba por la ventana sin poder apartar la mirada del paisaje y pensaba en que "quizás no debería haber abandonado nunca el pueblo". Evitando la nostalgia del despido de su tierra quedándose en la ciudad, le autoafirmaba que "donde estoy ya estoy bien".
En realidad, su pueblo natal no quedaba tan lejos, a unas tres, casi cuatro horas en tren. Pero en la ciudad siempre hay cosas que hacer. Casi siempre eran los padres que iban a visitarlo, hasta que su padre murió, hacía cinco años. Él solo regresaba en las fechas señaladas.
Después de pasar tres días arreglando los papeles de la funeraria y de la herencia, se tiró en el sofá, se apretó los ojos con los dedos y suspiró. Tres días, son los que le dieron en el trabajo, pero el pidió la semana entera pensando en qué necesitaría tiempo para ordenarlo todo. Descansó media hora con los ojos cerrados en los que se le hizo consciente poco a poco todo lo ocurrido. Ya no tenía padres.
Aunque él ya estaba preparado para ese día, hacía años que lo estaba, incluso antes de que se muriera su padre. "Mi padre es ya muy mayor", se decía "y mi madre sigue enferma". Y Saúl siempre había sido excesivamente racional.
Dio un paseo por la casa pensando en qué haría con ella, si la vendería o si la guardaría para refugiarse los fines de semana y poder reencontrarse con esa pequeña parte de su pasado que había asesinado. Cuando pasó por delante de la habitación que había sido la suya durante los primeros dieciocho años de su vida se quedó quieto y miró adentro con la misma curiosidad con la que el pequeño Saúl observaba el mundo des de su ventana al parque.
Por unos segundos lo vio, se vio a él mismo de pie en una silla con los codos apoyados en el margen de la ventana mientras la lluvia caía y los pueblerinos andaban deprisa hasta sus casas.
Su habitación estaba tal y como la había dejado cuando se fue. Con los peluches que le compraron cuando era un niño arriba del armario, la videoconsola reposando en el mueble del televisor, su armario con ropa vieja, la cama pequeña con las sábanas de rayas azules y grises, la silla marrón de madera con la mesa que cojeaba... Cojeaba. Porqué al apoyarse en ella para comprobar su estado se dio cuenta que probablemente su padre lo habría arreglado y se imaginó la situación:
- ¿Para qué arreglas la mesa del niño?
- Por si quiere escribir cuando venga.
- ¡Que va a escribir el niño aquí! Si no viene ni a comer - Su madre siempre era muy realista.
Sonrió por primera vez esa semana. Vio en su cuarto un cajón que estaba encerrado con llave, "¡Mi cajón secreto!" se dijo, "¿qué guardaría el joven Saúl allí dentro?" se preguntaba, como si se tratara de otra persona ajena a él. "¿Donde guardaría la llave?". En un sitio donde solo él pudiera cogerla, claro. Y de golpe cayó. "En la caja fuerte debe estar", y sin pensarlo le vino a la mente la combinación correcta.
Allí estaba, una caja fuerte pequeña destinada exclusivamente a esconder esa llave, seguramente sobrevalorada, si se tiene en cuenta el contenido que debía esconder su cajón secreto. "Qué importante era cualquier cosa cuando era un niño, y que poco valor tienen las cosas ahora...". Abrió el cajón y se encontró de todo:
Fotografías, pins, gomas de pelo, trozos de periódicos, fotografías de revistas, notas, billetes de avión, entradas de conciertos...y cartas. Cartas de sus amigos, cartas de sus amigas, cartas de sus amores y en último lugar, una carta de Julia.
Julia era su amor platónico, su primer amor. El amor imposible de juventud. El infructuoso amor perseguido y no correspondido. "¿Y qué será de Julia?". Julia era la más hermosa de su colegio, todo el mundo la quería, pero para Saúl no había nada igual. Se hizo a sí mismo una promesa de amor eterno. "Y fíjate, al final no me he llegado a casar con nadie más...no se si he sido capaz de querer a alguien tanto como quise a Julia". Era hermosa por sus ojos grandes y azulos, sus labios tiernos que hacían de cortina a una deslumbrante sonrisa inocente.
Saúl no paraba de decirle tonterías solo para que se riera, "eres muy gracioso Saúl, que bien lo paso contigo", y Saúl se sentía único. Des de que la conoció cuando ella llegó al colegio con doce años, hasta los dieciocho que se fue a la ciudad y ya no la vio nunca más. Seis largos años pasó enamorado de ella.
Suerte que tenía guardado una lista de teléfonos con los números de sus antiguos compañeros de colegio y pensó en llamar a Julia, que aunque ella seguramente ya no viviera en esa casa, con suerte sus padres aun sí estarían y le podrían dar el número actual de Julia.
Estuvo cinco años enamorado de Julia sin decirle nada a nadie, en secreto. Pasaban todo el día juntos hablando y ella sonriendo. Con eso Saúl tenía bastante, no le importaba que le hablara de otros chicos, solo que siguiera sonriendo para él una vez al día.
Cogió su teléfono móvil y dio línea, hasta tres tonos y:
- Diga?
- Hola buenas tardes, ¿son los padres de Julia?
- Soy Julia, ¿quien es?
- ... - Saúl se quedó sin habla.
- ¿Si?
- Julia...
- Sí, ¿me oye? ¿quien es?
- Saúl
- ¿Saúl?
- Saúl, del colegio, Saulillo
- ¿Saúl? Pero...
Y hablaron y hablaron. Julia volvió a su antigua casa cuando su padre murió. Estuvo unos años trabajando en el negocio de la familia pero viviendo en una pequeña casita de alquiler. Cuando su padre murió, se mudó de nuevo a su casa para cuidar y ayudar a su madre. Decidieron verse esa misma tarde.
Saúl estaba temblando y decidió darse una ducha de agua fría. Mientras dejaba que el agua cayera por su pelo y recorriera todo el cuerpo, él con los ojos cerrados recordaba a sus diecisiete años cuando decidió decirle que la amaba, que la había querido siempre. Era durante las ferias del pueblo, habían bebido un poco y Julia había tenido una discusión con una amiga por un chico, Julia pidió a Saúl que fueran a hablar en un banco un poco alejados.
- Pero tu lo quieres?
- No, pero me gusta, estaba bien con él...
- Pero no lo quieres. Sabes Julia, eres inocente pero eres caprichosa. Miras a los hombres como algo en lo que reflejar tu encanto. Eres preciosa, y lo sabes, pero aún no has sabido lo que es sentir que cualquier cosa que haga esa persona contigo, lo que sea, es suficiente para ti. Tu solo pides que te digan que les gustas.
- Saúl... ¿qué te pasa?
- Es por tu sonrisa Julia, son tus labios. Llevo cinco años mirando tus labios y pensando en qué con solo de verlos de lejos, sin ni siquiera enseñar uno solo de tus dientes, es suficiente para seguir viviendo un día más.
Y la besó, lento pero breve. Ella estuvo con los ojos abiertos, sin saber qué decir, esperó dos segundos, se apartó y dijo que "me tengo que ir". Un año entero pasaron sin apenas hablar pero viéndose a diario. Saúl no lo pudo aguantar más y se fue del pueblo. Pero los labios de Julia quedaron marcados en los suyos dejando un rastro imborrable.
Se vistió y salió de casa. Quedaron en la plaza de la iglesia. Nervioso, se fue acercando al lugar y allí la tenía, delante suyo con el pelo un poco más largo pero con la misma luz de siempre, pero por el resto, Saúl la veía exactamente igual que la última vez, el tiempo se paró en ella el día que se separaron y para él las horas y los minutos se suicidaron cogidos de las manos.
Sus ojos se habían oscurecido pero no habían perdido ni una pizca de su fuerza. Y sus labios... ¡Ay, los labios de Julia! Seguían guardando a escondidas la misma magia que su inolvidable y eterna sonrisa que, inevitablemente, maravillaba a todo aquel que la correspondía.
Comentarios
Hoy, después de tantos años y tantas cosas, él, aparece de nuevo en su vida a través de una llamada telefónica y han quedado para verse. Desde ese momento Julia flota. Ahora camina a encontrarse con él procurando que no se le note el nerviosismo. Además, se siente tan vieja y fea... "Seguro que él está tan guapo como siempre, los hombres envejecen mejor", va pensando mientras acude a la cita.
(als dos, tant l'entrada com la resposta!!)