Goodbye...
...adieu, adiós, agur, adéu, sayonara, adeus... da igual como intente decirlo, por más lenguas que trate de utilizar, todas tiemblan al pronunciarlo. Cuando es uno sincero, cuando sabes que todo termina aparecen los miedos, las palabras malditas, las letras inpronunciables.
-Vivir es un aprender a despedirse constante, de tus amigos, de tus familiares fallecidos, los amores que desaparecen en brazos de otro, los compañeros de trabajo... mueren, cambian de ciudad o ya no quieren más tu compañía. Aprenderlo y aceptarlo es vivir en paz.
- Parecés tan frío, como si no te importara despedirte de mi.
- Y no me importa, por eso no te digo "adiós"... Tampoco se que me pasará mañana, no se cuanto te extrañaré ni se cuando voy a necesitar verte de nuevo. Quizás nunca o quizás mañana tengo la imperiosa necesidad de verte de nuevo.
- Pero el hecho es que la tengas o no, no nos veremos más.
Gabriel oía pero se obligaba a no sentir nada. Pero él no se daba cuenta de su autoimposición, simplemente pensaba que aquello no era tanto, otro adiós más como los muchos que había tenido y los muchos que tenía por hacer. "Uno se termina acostumbrándose a despedirse", y con frases de ese tipo salía airoso de todas las conversaciones en las que aparecía la palabra "despedida".
Pero los ojos no mienten. No porqué sea un reflejo del alma (poeticamente impecable pero pueril), si no porqué simplemente no mienten. No pueden mentir, pueden tratar de engañar, pero aquel que es habilidoso en el arte de la comprensión no hay mirada que quebrante su práctica.
Helena era de esas, y encontró rápidamente en Gabriel una ternura insospechada. Cuando hablaban sobre esto Gabriel siempre respondía indignado "o sea que mi integridad no tiene ningún valor? Soy solo una fachada?". Pero a Helena nunca le han gustado esas palabras. Gabriel era tierno porqué no quería ser tierno.
Gabriel creía todo su discurso sobre las despedidas, estaba convencido de ello. Pero no sabía (pero sabrá cuando se haya ido Helena) que aunque uno se acostumbre a despedirse, uno no puede permanecer inerte. Helena sí lo sabía.
- Bueno ya nos llamaremos, nos enviaremos algún correo. Vamos hablando, de acuerdo?
Con eso y un beso en la mejilla, Gabriel dio por finiquitado el ritual y dio a entender que ya se iba por su camino.
Estaban en la estación de tren, siempre llena de gente que viene y va, gente de paso, parejas que se despiden, gente que va a ver a sus familiares, gente que espera a alguien y ellos que se despiden. Cientos de historias que se cruzan en un solo lugar, pero a la vez tan aisladas... cada uno está en el oasis de su vida sin darse cuenta de todo lo que le rodea. Una estación de tren son miles de estaciones de trenes, una para cada uno.
Helena estuvo medio año en la ciudad sin conocer a nadie. Gabriel fue de las primeras personas que se le acercó una tarde en un bar mientras leía un libro de Benedetti. Le salió con algún comentario ingenioso sobre su libro, no lo recuerda bien, algo tópico que sabría cualquier persona que hubiera leído a Mario. No la impresionó mucho, de hecho se sintió bastante decepcionada al ver que hablaba más que no sabía. A Helena no le gustaba nada esto en las personas, le gustaban los hombres callados y apasionados.
Gabriel consiguió su número de teléfono y la llamó apenas un par de veces, Helena lo rechazó.
Cuando pasaron cuatro meses se cruzaron por la calle y Gabriel la saludó, sin resentimiento por lo ocurrido y a ella le extrañó su sonrisa. Era más bonita de lo que pensó la primera vez y fue bastante agradable. "Buena tolerancia a la frustración, parece", pensó Helena. A Gabriel le pareció preciosa des de el primer minuto, como podía enfadarse con alguien así? Des de el primer segundo que quiso saber más de ella.
A Helena le pareció bastante agradable y más inteligente que la primera vez. "Ningún hombre parece demasiado listo cuando quiere acostarse con una mujer", así que le propuso de nuevo que la llamase, que esta vez miraría de tener un agujero esta semana. Gabriel la llamó mientras se despedían en la calle. Ella se rió y lo cogió. Tomaron un café, era lunes. El viernes se besaron. El sábado se acostaron. El domingo ella se quedó en su casa.
Canción para continuar
Después de un mes y medio que parecieron seis, ella volvía su hogar hasta saber cuando. El billete era caro, su familia era pobre, ella no tenía trabajo pero había podido venir a colaborar en una beca de investigación. Hasta que su situación no cambiara, no podría volver.
Gabriel no podía decirle adiós no porqué no fuera importante, Gabriel no se atrevía a decir adiós.
- Tan solo una vez, miráme a los ojos y decíme adiós...
- Que tontería...
- Si es una tontería hacélo, como último favor. No te pedí nunca que me dijeras que me querías, ni que me dijeras que querías que me quedase acá. Solo te pido que me despidas de verdad.
Estaban uno delante del otro, Helena lo cogía por la cintura y Gabriel la abrazaba por el cuello mientras le acariciaba la cara.
- Adiós...
- Miráme a los ojos Gabriel! Por favor...
- Bueno... ehm... ah, ah... volveremos a hablar esta noche no?
- Gabriel...
- A...ad
Gabriel apretaba los labios con fuerza, como si al sellar las palabras hiciera que Helena no se fuera. Decirle adiós a Helena lo haría real. Helena se iría. Helena se iba. Helena se va. Helena se fue. Sus palabras no importaban nada.
Helena por su lado le dio un beso y lo abrazó. Lo prefería así, prefería que Gabriel no pudiera pronunciar algo tan estúpido como un "adiós". Sabía que pronunciarlo haría llorar a Gabriel, y eso la haría llorar mucho a ella. Callando lo habló todo. Callando era tierno, cuando intentaba hablar era tierno, Gabriel era una ternura desmesurada y contenida. Y lo más importante, ahora sabía que la quería.
Gabriel no podía apartar su mirada mientras Helena desaparecía por las escaleras automáticas. Ella le dedicó una última sonrisa.
Gabriel no pudo mover los labios.
Helena se ha ido.
-Vivir es un aprender a despedirse constante, de tus amigos, de tus familiares fallecidos, los amores que desaparecen en brazos de otro, los compañeros de trabajo... mueren, cambian de ciudad o ya no quieren más tu compañía. Aprenderlo y aceptarlo es vivir en paz.
- Parecés tan frío, como si no te importara despedirte de mi.
- Y no me importa, por eso no te digo "adiós"... Tampoco se que me pasará mañana, no se cuanto te extrañaré ni se cuando voy a necesitar verte de nuevo. Quizás nunca o quizás mañana tengo la imperiosa necesidad de verte de nuevo.
- Pero el hecho es que la tengas o no, no nos veremos más.
Gabriel oía pero se obligaba a no sentir nada. Pero él no se daba cuenta de su autoimposición, simplemente pensaba que aquello no era tanto, otro adiós más como los muchos que había tenido y los muchos que tenía por hacer. "Uno se termina acostumbrándose a despedirse", y con frases de ese tipo salía airoso de todas las conversaciones en las que aparecía la palabra "despedida".
Pero los ojos no mienten. No porqué sea un reflejo del alma (poeticamente impecable pero pueril), si no porqué simplemente no mienten. No pueden mentir, pueden tratar de engañar, pero aquel que es habilidoso en el arte de la comprensión no hay mirada que quebrante su práctica.
Helena era de esas, y encontró rápidamente en Gabriel una ternura insospechada. Cuando hablaban sobre esto Gabriel siempre respondía indignado "o sea que mi integridad no tiene ningún valor? Soy solo una fachada?". Pero a Helena nunca le han gustado esas palabras. Gabriel era tierno porqué no quería ser tierno.
Gabriel creía todo su discurso sobre las despedidas, estaba convencido de ello. Pero no sabía (pero sabrá cuando se haya ido Helena) que aunque uno se acostumbre a despedirse, uno no puede permanecer inerte. Helena sí lo sabía.
- Bueno ya nos llamaremos, nos enviaremos algún correo. Vamos hablando, de acuerdo?
Con eso y un beso en la mejilla, Gabriel dio por finiquitado el ritual y dio a entender que ya se iba por su camino.
Estaban en la estación de tren, siempre llena de gente que viene y va, gente de paso, parejas que se despiden, gente que va a ver a sus familiares, gente que espera a alguien y ellos que se despiden. Cientos de historias que se cruzan en un solo lugar, pero a la vez tan aisladas... cada uno está en el oasis de su vida sin darse cuenta de todo lo que le rodea. Una estación de tren son miles de estaciones de trenes, una para cada uno.
Helena estuvo medio año en la ciudad sin conocer a nadie. Gabriel fue de las primeras personas que se le acercó una tarde en un bar mientras leía un libro de Benedetti. Le salió con algún comentario ingenioso sobre su libro, no lo recuerda bien, algo tópico que sabría cualquier persona que hubiera leído a Mario. No la impresionó mucho, de hecho se sintió bastante decepcionada al ver que hablaba más que no sabía. A Helena no le gustaba nada esto en las personas, le gustaban los hombres callados y apasionados.
Gabriel consiguió su número de teléfono y la llamó apenas un par de veces, Helena lo rechazó.
Cuando pasaron cuatro meses se cruzaron por la calle y Gabriel la saludó, sin resentimiento por lo ocurrido y a ella le extrañó su sonrisa. Era más bonita de lo que pensó la primera vez y fue bastante agradable. "Buena tolerancia a la frustración, parece", pensó Helena. A Gabriel le pareció preciosa des de el primer minuto, como podía enfadarse con alguien así? Des de el primer segundo que quiso saber más de ella.
A Helena le pareció bastante agradable y más inteligente que la primera vez. "Ningún hombre parece demasiado listo cuando quiere acostarse con una mujer", así que le propuso de nuevo que la llamase, que esta vez miraría de tener un agujero esta semana. Gabriel la llamó mientras se despedían en la calle. Ella se rió y lo cogió. Tomaron un café, era lunes. El viernes se besaron. El sábado se acostaron. El domingo ella se quedó en su casa.
Canción para continuar
Después de un mes y medio que parecieron seis, ella volvía su hogar hasta saber cuando. El billete era caro, su familia era pobre, ella no tenía trabajo pero había podido venir a colaborar en una beca de investigación. Hasta que su situación no cambiara, no podría volver.
Gabriel no podía decirle adiós no porqué no fuera importante, Gabriel no se atrevía a decir adiós.
- Tan solo una vez, miráme a los ojos y decíme adiós...
- Que tontería...
- Si es una tontería hacélo, como último favor. No te pedí nunca que me dijeras que me querías, ni que me dijeras que querías que me quedase acá. Solo te pido que me despidas de verdad.
Estaban uno delante del otro, Helena lo cogía por la cintura y Gabriel la abrazaba por el cuello mientras le acariciaba la cara.
- Adiós...
- Miráme a los ojos Gabriel! Por favor...
- Bueno... ehm... ah, ah... volveremos a hablar esta noche no?
- Gabriel...
- A...ad
Gabriel apretaba los labios con fuerza, como si al sellar las palabras hiciera que Helena no se fuera. Decirle adiós a Helena lo haría real. Helena se iría. Helena se iba. Helena se va. Helena se fue. Sus palabras no importaban nada.
Helena por su lado le dio un beso y lo abrazó. Lo prefería así, prefería que Gabriel no pudiera pronunciar algo tan estúpido como un "adiós". Sabía que pronunciarlo haría llorar a Gabriel, y eso la haría llorar mucho a ella. Callando lo habló todo. Callando era tierno, cuando intentaba hablar era tierno, Gabriel era una ternura desmesurada y contenida. Y lo más importante, ahora sabía que la quería.
Gabriel no podía apartar su mirada mientras Helena desaparecía por las escaleras automáticas. Ella le dedicó una última sonrisa.
Gabriel no pudo mover los labios.
Helena se ha ido.
Comentarios
Recuerdo una despedida emotiva el pasado 11 de septiembre y la sensación del no decir nada, del dejar que sea sólo el silencio el que acompañe esos odiosos minutos...
https://www.youtube.com/watch?v=-69hKRvegCI
És veritat que Mejide parlava sovint de les despedides, és un bon cop a una ànima jove...
La canción es deliciosa!