Los ojos del abuelo Javier


Fui a ver al abuelo como cada domingo. Era una costumbre que teníamos en la familia desde que nací, el domingo era el día en que uno se reunía con la gente con la que compartía sangre.

Como toda costumbre uno no la discute, no hay autocrítica, se convierte en un ritual que se perpetúa indefinidamente, y en cada reunión uno se siente que está condenado a seguir respetando por el resto de su vida.

Guardo aun recuerdos de mi infancia en los que disfrutaba de la compañía de mis primos con los que siempre planeábamos elaboradas trastadas para hacer enfadar al tío José. José siempre hacía ver que se enfadaba, nos gritaba y nos empezaba a perseguir. Al ver nuestra reacción de espanto entonces paraba y se ponía a reír y nos quedábamos con la sensación de que él se reía de nosotros al final.

Siempre era así, repetía esa frase de “esta vez si que me he enfadado de verdad”, pero cuando uno es niño siempre conserva esa inocencia en la que se cree que todo es posible y todo puede ser verdad, con lo que nadie quería comprobar nunca si se enfadaba de verdad o nos tomaba el pelo.

El cuento de “qué viene el lobo” lo escribieron adultos para adormecer uno de los mayores encantos infantiles. Y en algún momento aprendimos que el tío José no se enfadaba, entonces gastarle bromas dejó de ser divertido. Dejamos de ser niños.

Cuando llegué a mi adolescencia las cosas cambiaron, esos encuentros familiares me resultaban repugnantes, hipócritas. Mis padres decían que no soportaban a la tía Marta, sin embargo cuando cruzaban la puerta de la casa del abuelo fijaban una sonrisa postiza que la acompañaban unos besos sonoros a las mejillas de la mejilla peluda de la tía Marta.

Para mi lo que lo hacía insoportable era asistir a un evento en el que yo no había escogido ir. Cualquier plan familiar era una imposición, y todas mis energías iban dirigidas a luchar por mi libertad. Dios, escrito así parece ridículo, bueno, en ese momento me parecía algo noble, me creía superior que mis padres, creía que les había conseguido pasar por encima solo con dieciséis años. Ellos eran unos vendidos, unos hipócritas, unos capitalistas, preocupados por el dinero y yo anhelaba dedicar mi vida a cultivar el humanismo. Qué prepotente y soberbio me parece ahora.

Con los años dejé de ser estúpido y empecé a poner en el suelo los pies y me sentó muy bien. A los veintidós años terminé mi carrera de empresariales y a los veinticinco fundé mi primera empresa. Dicho así parece que hubiera fundado muchas, solo hice dos, asociadas. La segunda con veintinueve años. Me convertí en un ejecutivo, tal y como uno se imagino a un ejecutivo cualquiera.

Con un piso en la parte alta de la ciudad, una mujer de la limpieza dos días a la semana, traje, corbata y maletín. Y pronto una mujer que iba con bolsos de Louis Vuitton, con colonia de Channel y pendientes Tous. Típico, pero no me molestaba que fuera así. Cuando las empresas estuvieron ya asentadas y estables, no trabajaba más horas que nadie y ganaba más dinero. No vivía con lujos excelsos pero tampoco tenía dificultades de ningún tipo.

Me forjé un importante futuro a una pronta edad, y no tardé mucho en añorar los domingos en familia. Me ayudó a no pensar mucho en ello tener un sucedáneo de esos encuentros. Mi primo José (hijo de mi tío José) empezó a trabajar conmigo cuando tenía veintisiete años y vivíamos relativamente cerca uno del otro, con lo que intentábamos compartir momentos de ocio en los que casi siempre salía a relucir alguna anécdota familiar. Nos informábamos de las novedades que iban surgiendo, pero nos manteníamos un poco al margen, éramos meros informadores, radios. Por supuesto no llegábamos a sentir nunca esa esencia que solo se podía reconocer cuando uno estaba en la mesa ovalada del abuelo Javier. Pero en ese momento aun no lo comprendíamos.

Un año más tarde yo lo entendía, entendía la familia, entendía a El Padrino, entendía esos lazos inconscientes que se generan con la gente con la que te crías. No se si realmente nacen de la sangre, pero imagino que las familias que alguno de los miembros no comparte sangre, probablemente se debe sentir igual. No lo se. Es esa mezcla entre calidez por la aceptación incondicional que tienen los miembros entre ellos y el viaje constante a los recuerdos que uno guarda en un rincón de la memoria que solo se abre cuando uno respira el aire de su tierra.

Entendí que eso era realmente importante para mi, que mis padres en mi adolescencia no me estaban obligando a asistir a un evento, una convención social y familiar, que ellos querían mostrarme esos lazos imperceptibles que ellos también sentía. No es una obligación, uno puede desvincularse cuando quiera de su familia, uno puede romper los lazos con sus raíces cuando quiera, pero perderá una parte del ser que es.

Nunca he querido descubrirlo, pero he conocido a gente así, desarraigada que exhiben con orgullo su libertad. Algunos de ellos por motivos comprensibles, otros por pura rebeldía. Supongo que en el fondo siempre te acabas agarrando a algo más. No lo he pensado mucho.

El hecho es que volví a los domingos en familia, no cada semana pero si una vez al mes. Para mis padres fue el regreso del hijo pródigo. Para mis abuelos… bueno, para todos los abuelos, un nieto nunca se ha ido, siempre ha estado allí.

La abuela María siempre era una mujer muy afectuosa y tierna. Como buena abuela, también hacia cantidades industriales de canelones y de carne al horno siempre deliciosa y los niños nunca comíamos lo bastante. Con los años me sigue pareciendo gracioso que sea tan común entre las abuelas, debe ser como el sentido maternal pero que se desarrolla con la vejez.

Mi abuelo Javier era un hombre severo (extremadamente severo según mi padre) pero que con los años se ha ido relajando y ha sustituido su aspecto autoritario por una actitud más bien protectora. En mis recuerdos no veo a un hombre severo sino adoctrinador, siempre nos daba lecciones y nos contaba las mismas historias una y otra vez. Que antes andaban más para ir al colegio, que era más duro, que estudiaban más, que trabajaban más… todo era más difícil. Según parece, eso también es una característica que se va desarrollando con la vejez. O es una verdad como un puño.

Con los años, mi abuelo cada vez hablaba más y mi abuela cada vez hablaba menos. La mirada de María había ido perdiendo esa candidez y se había ido apagando dejando un poso de olvido en su mirada. Era una mirada que con los años se iba perdiendo en la lejanía. Lo que si siempre conservó fue una sonrisa sutil que con los años se había acentuado con unas arrugas leves al lado y lado de los labios.

Toda la familia iba comentando de que cada vez el abuelo hablaba más y estaba más pesado, a mi no me resultaba molesto puesto que era quién lo veía con menos frecuencia y no me resultaba pesado escuchar la misma historia una vez al mes. Los últimos meses le dio para hablar de las condecoraciones que recibió durante la guerra. Repetía las medallas que le habían dado, los generales que lo habían felicitado y un sinfín de logros y méritos que había conseguido. Eso me hubiera resultado molesto si hubieran sido méritos de guerra por matar a enemigos, pero todas las medallas que recibió fueron por ayudar a civiles o a compañeros heridos. Eso hacia que lo respetara más, e intentara entender que él no quiso estar allí, si no que fue obligado a ir y lo hizo lo mejor que pudo.

Hace dos semanas cuando fui a ver al abuelo llegué antes que los demás, así que me senté en el sofá con él a mirar la televisión. Normalmente es cuando empieza a hablar de la guerra con su “te he contado alguna vez que me dieron una medalla por…”. A veces pienso que él sabía que nos había repetido esas historias varias veces, pero que al no haberle pedido nunca que no nos explicara una historia porqué ya nos la hubiera contado, hacía que se sintiese importante para su descendencia, que se sintiera escuchado y acompañado. Igual no tenía muchas más cosas que explicar.

Pero esa vez no dijo nada, se quedó callado diez minutos mirando fijamente el televisor, pero como si viera a una caja de cartón vacía. Absorto.

(Música para proceder)

- Bueno, esto ya está- dijo.
- Que quieres decir que ya está?
- Que ya está, que se acaba, que en cuatro días ya me voy.

Sabía a que se refería pero me hice el desconcertado.

- Pero vas a algún lugar dentro de cuatro días?
- Bueno, que esta vida ya se me acaba a mí.
- Cuatro días exactamente? Caramba abuelo, pareces uno de estos videntes con bola de cristal.
- No, pero es que ya lo he hecho todo aquí, estáis todos ya grandes y bien de salud.

No tenía miedo, pero parecía intranquilo y muy convencido de sus palabras. Sin embargo, tenía una salud envidiable, no podía comprender que se le pasaba por la cabeza en ese momento.

La mirada severa del abuelo Javier con los años se había en una mirada tierna, y ahora en una mirada sin brillo, una mirada sin reflejos, sin alma. Una mirada sin mirada.

Eso nunca se sabe abuelo, eso puede ocurrirle a cualquiera en cualquier momento y en cualquier lugar. – le dije para engañarle, para engañarme a mi. Una verdad difícil de ocultar a su edad y con casi todos los amigos muertos.

Él seguía mirando del mismo modo:

- No Miguel, para mí ya se termina.

Luego llegaron más familiares y volvió de su estado absorto para mostrarse como siempre. Me concedió ese breve paréntesis íntimo, un instante de sinceridad, un desnudo fortuito de su alma.

La abuela el día del funeral dijo que “lo último que hizo fue estirarse en la cama, cerrar los ojos y morir”. Siempre me sorprenderá el sentido que desarrolla la gente mayor para oler cuando la muerte se cansa de tocar el timbre y se decide a abrir la puerta.

Mi abuela no lloró, yo tampoco.

Hasta hoy.

Comentarios

Soledad 6 ha dicho que…
ya tenía yo ganas de un Moli que llevarme a los ojos. Me ha gustado.

Sí, con los años vamos comprendiendo cosas y muchas de ellas van perdiendo todo el encanto con el que las vivíamos. luego, con más años, el encanto se vuelve a recuperar pero ya juega un papel muy importante la añoranza de un tiempo muy lejano que tendemos a idealizar.

Con más años aún, llega el momento en que ya casi sólo comprendemos. Comprender es bueno pero casi siempre esa comprensión llega tarde.

También, a veces, comprender, hace que vuelva el desencanto.

Ale, ya he soltado el rollo y ahora me voy a por mi muy deseado café :)

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden