Amoríos del bus
Lo supe desde el primer día, y jamás me lo negué: estaba completamente enamorado de ella. Loco. Desde el primer día. Y después de ese primer día sabía que iba a encontrármela cada día.
Allí mismo, en la parada de autobús la tenía cada mañana cuando llegaba. Ya de lejos la veía con su vestido florido y sus zapatos de tacón marrones, unas gafas oscuras en el pelo castaño larguísimo. Preciosa, perfecta. Quizás muy maquillada, demasiado preparada, pero perfecta.
Cuando has visto la cara de una mujer más de cinco veces puedes aprender a quitarle el maquillaje por un simple ejercicio mental. Ella seguía siendo preciosa.
Nunca me atrevía a decirle nada, tenía miedo de como me mirarían los demás pasajeros que esperaban el autobús. Yo me limitaba a mirarla cada mañana y sonreír, hasta que llegaba mi autobús, y mientras se iba, con la mirada la iba siguiendo hasta que giraba a la esquina y desaparecía de mi vista. A veces tenía la sensación de que ella me miraba.
Después de un par de meses viéndonos prácticamente cada día durante la semana, de golpe un día se me apareció muy cambiada. ¡Claro! Llegaba el invierno. Dejó sus vestidos de flores y sus zapatos de tacones abiertos por una chaqueta marrón clara, una bufanda peluda, un gorro también marrón, unos pantalones oscuros y unas botas del mismo color que la chaqueta. Pero en esencia no había cambiado nada, seguía con esos ojos brillantes, blancos y con un azul oscuro muy intenso, parecía que en cualquier momento podía congelarme la sangre si lo deseaba. Era demasiado.
Así fueron los siguientes tres meses. Mi obsesión crecía. Aunque cuando llegaba a casa intentaba no pensar en ella y me centraba en ayudar a mis hijos a hacer sus deberes o a estar con mi esposa mirando la televisión. Así por lo menos cuando estaba trabajando o con mi familia ella desaparecía de mi cabeza, se volatilizaba como por arte de magia. Su influjo solo me duraba durante los trayectos de casa al trabajo, y del trabajo a casa.
(Canción para continuar)
Después de tres meses ocurrió lo imposible, lo improbable. Desapareció, de golpe, sin explicación, sin decir nada. Dejó de estar allí. Dejó de congelarme las mañanas, dejó de calentarme el corazón. Desapareció sin que yo pudiera decirle adiós, sin que pudiera decirle cuanto la quería, cuanto la adoraba. ¡Ay, ay! Que desgana y que lamento!
Pero sus encantos me habían privado de poder fijarme en otras cosas, de fijarme en otras mujeres igualmente válidas por su belleza y atractivas. Así es como se me apareció Laetitia. De una belleza sublime, con unos rasgos parecidas a la anterior pretendienta, de la cuál nunca pude saber el nombre.
Explicado así, parece que a Laetitia la llegué a conocer. Bien, no exactamente. Supe su nombre porqué lo llevaba apuntado en la chaqueta fina tejana. "Un nombre muy exótico", pensé. Laetitia, sonaba entre cursi y encantador. Ella debía ser igual, tontita pero de esas mujeres ingenuas que te enamoran.
Me olvidé rápidamente de la otra chica. Una vez me la vi arriba de un andamio en un edificio del centro y pude observarla sin llegar a sentir nada. Laetitita ya había calado hondo en mi. Quizás Laetita siempre había estado por allí pero nunca me había fijado en ella... no, estoy casi seguro que apareció después de que desapareciera la otra. Ya no lo se. Quizás cuando das atención a algo es cuando empieza a ser existente.
Pero mi problema siempre era el mismo. La misma puta inseguridad, la maldita incapacidad de poder hablarle y decirle lo que pensaba, o algo tan estúpido como "¿Qué hay? ¿Aquí como cada día, eh?", iniciar una conversación normal. Miedo al ridículo, miedo al rechazo, miedo a que me tomen por un loco o un pervertido.
Finalmente un día no pude más. El amor traspasó los límites de lo cuerdo y reventé. No podía soportar que me volviera a ocurrir lo mismo otra vez. Después de tres meses Laetita iba a desaparecer.
Cuando vi a ese hombre, con sus manos grasientas que se llevaba a Laetita... No pude más, no lo podía soportar. Cada día viéndola y él me la iba a arrebatar. Así que sin pensarlo fui corriendo y le pegué un puñetazo en la cara, dejándolo tumbado en el suelo con sangre en la nariz y la mandíbula desencajada.
Desenrollé el póster de Laetita que tenía en sus manos, la miré a los ojos y le dije "ahora ya podrás estar conmigo", le sonreí y la besé en los labios. No miré atrás, la gente estaba mirando. Lo sabía, podía imaginar sus caras de perplejidad. No se si ante el heroísmo o la macabra estupidez de un acto violento en plena calle durante un miércoles de primavera.
Pero nada de eso importaba. Yo me llevaba a Laetita con mi mano y eso era todo, eso éramos nosotros. La guardé debajo de la cama y así siempre que necesitaba verla, la tenía allí conmigo, para siempre. Joven e inmutable hasta que la muerte me separase de ella.
A la semana siguiente vi que en el lugar donde estaba Laetita habitualmente, anunciaban unas máquinas de café que funcionaban con cápsulas.
Quizás le compre una a mi mujer para Navidades.
Allí mismo, en la parada de autobús la tenía cada mañana cuando llegaba. Ya de lejos la veía con su vestido florido y sus zapatos de tacón marrones, unas gafas oscuras en el pelo castaño larguísimo. Preciosa, perfecta. Quizás muy maquillada, demasiado preparada, pero perfecta.
Cuando has visto la cara de una mujer más de cinco veces puedes aprender a quitarle el maquillaje por un simple ejercicio mental. Ella seguía siendo preciosa.
Nunca me atrevía a decirle nada, tenía miedo de como me mirarían los demás pasajeros que esperaban el autobús. Yo me limitaba a mirarla cada mañana y sonreír, hasta que llegaba mi autobús, y mientras se iba, con la mirada la iba siguiendo hasta que giraba a la esquina y desaparecía de mi vista. A veces tenía la sensación de que ella me miraba.
Después de un par de meses viéndonos prácticamente cada día durante la semana, de golpe un día se me apareció muy cambiada. ¡Claro! Llegaba el invierno. Dejó sus vestidos de flores y sus zapatos de tacones abiertos por una chaqueta marrón clara, una bufanda peluda, un gorro también marrón, unos pantalones oscuros y unas botas del mismo color que la chaqueta. Pero en esencia no había cambiado nada, seguía con esos ojos brillantes, blancos y con un azul oscuro muy intenso, parecía que en cualquier momento podía congelarme la sangre si lo deseaba. Era demasiado.
Así fueron los siguientes tres meses. Mi obsesión crecía. Aunque cuando llegaba a casa intentaba no pensar en ella y me centraba en ayudar a mis hijos a hacer sus deberes o a estar con mi esposa mirando la televisión. Así por lo menos cuando estaba trabajando o con mi familia ella desaparecía de mi cabeza, se volatilizaba como por arte de magia. Su influjo solo me duraba durante los trayectos de casa al trabajo, y del trabajo a casa.
(Canción para continuar)
Después de tres meses ocurrió lo imposible, lo improbable. Desapareció, de golpe, sin explicación, sin decir nada. Dejó de estar allí. Dejó de congelarme las mañanas, dejó de calentarme el corazón. Desapareció sin que yo pudiera decirle adiós, sin que pudiera decirle cuanto la quería, cuanto la adoraba. ¡Ay, ay! Que desgana y que lamento!
Pero sus encantos me habían privado de poder fijarme en otras cosas, de fijarme en otras mujeres igualmente válidas por su belleza y atractivas. Así es como se me apareció Laetitia. De una belleza sublime, con unos rasgos parecidas a la anterior pretendienta, de la cuál nunca pude saber el nombre.
Explicado así, parece que a Laetitia la llegué a conocer. Bien, no exactamente. Supe su nombre porqué lo llevaba apuntado en la chaqueta fina tejana. "Un nombre muy exótico", pensé. Laetitia, sonaba entre cursi y encantador. Ella debía ser igual, tontita pero de esas mujeres ingenuas que te enamoran.
Me olvidé rápidamente de la otra chica. Una vez me la vi arriba de un andamio en un edificio del centro y pude observarla sin llegar a sentir nada. Laetitita ya había calado hondo en mi. Quizás Laetita siempre había estado por allí pero nunca me había fijado en ella... no, estoy casi seguro que apareció después de que desapareciera la otra. Ya no lo se. Quizás cuando das atención a algo es cuando empieza a ser existente.
Pero mi problema siempre era el mismo. La misma puta inseguridad, la maldita incapacidad de poder hablarle y decirle lo que pensaba, o algo tan estúpido como "¿Qué hay? ¿Aquí como cada día, eh?", iniciar una conversación normal. Miedo al ridículo, miedo al rechazo, miedo a que me tomen por un loco o un pervertido.
Finalmente un día no pude más. El amor traspasó los límites de lo cuerdo y reventé. No podía soportar que me volviera a ocurrir lo mismo otra vez. Después de tres meses Laetita iba a desaparecer.
Cuando vi a ese hombre, con sus manos grasientas que se llevaba a Laetita... No pude más, no lo podía soportar. Cada día viéndola y él me la iba a arrebatar. Así que sin pensarlo fui corriendo y le pegué un puñetazo en la cara, dejándolo tumbado en el suelo con sangre en la nariz y la mandíbula desencajada.
Desenrollé el póster de Laetita que tenía en sus manos, la miré a los ojos y le dije "ahora ya podrás estar conmigo", le sonreí y la besé en los labios. No miré atrás, la gente estaba mirando. Lo sabía, podía imaginar sus caras de perplejidad. No se si ante el heroísmo o la macabra estupidez de un acto violento en plena calle durante un miércoles de primavera.
Pero nada de eso importaba. Yo me llevaba a Laetita con mi mano y eso era todo, eso éramos nosotros. La guardé debajo de la cama y así siempre que necesitaba verla, la tenía allí conmigo, para siempre. Joven e inmutable hasta que la muerte me separase de ella.
A la semana siguiente vi que en el lugar donde estaba Laetita habitualmente, anunciaban unas máquinas de café que funcionaban con cápsulas.
Quizás le compre una a mi mujer para Navidades.
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