Triple Jim
- Mira, yo estoy un poco harta, esto
no se sostiene y debemos hacer algo para cambiarlo. Hemos intentado muchas
cosas y después de darle muchas vueltas esta es la última opción. Piénsatelo
tranquilamente, vete a dar una vuelta y después me respondes si sí, o si no. Y
si respondes que no, o vienes con una alternativa o quizás deberíamos pensar en
separarnos.
Asentí aturdido, salí de la
habitación, seguí el pasillo hasta la puerta de entrada, cogí las llaves, la
cartera, me puse la chaqueta y salí. Parecía que aquella conversación formaba
parte de un sueño extraño. Me encendí un cigarrillo y empecé a andar cuesta
arriba. La calle todavía estaba mojada de la tormenta de la noche anterior. Expulsé
el humo de mis labios haciendo un soplido sonoro. Recapitulé.
Sonia se había estado acostando
intermitentemente durante seis meses con su compañero de escritorio. Seis
meses. Los cuáles supuestamente yo desatendía demasiado sus necesidades, estaba
demasiado nervioso y preocupado por mi situación laboral, por mi ansiedad. Ella
aseguraba que siempre estaba de malhumor, cínico, cansado y aburrido.
Una noche tuvo que salir para
hacer “una gestión que tenía que estar hecha antes de hoy a las doce, y con
todo el jaleo de las declaraciones de renta se le había pasado por alto, en no
más de dos horas estaría de vuelta”. Veinte minutos después de que se fuera en
la mesita su teléfono (qué olvidó llevarse) empezó a vibrar, observé en la
pantalla “Javier Trabajo”. Pensé en cogerlo, aunque si era algo urgente tampoco
yo tendría manera de avisar a Sonia. Mientras dudaba dejó de sonar y vi que
había dejado un mensaje en el buzón de voz. Me dispuse a escucharlo sin
pensarlo mucho, inocentemente, quizás necesitaban un documento que se
encontraba en nuestra casa, y podría ser un ahorro de tiempo sí lo llevaba yo a
la oficina.
“Mi polla está esperando para
hacer una entrega urgente en tu coño, no tardes”
Esperé a que volviera. Hablamos,
gritamos, lloramos, nos besamos y no sé qué mecanismo mental llevó a
acostarnos. Durante los meses siguientes mi malhumor, mi cinismo, mi
desatención se triplicaron y se le añadieron reproches e insultos recurrentes.
Ella quería hacerme entender que yo había contribuido a que ocurriera, que
había cambiado, que ya no era alguien dulce que la hacía sentir especial, que
hacía años que se sentía invisible a mi lado. No podía escucharla, no podía entenderlo.
Cornudo y responsable, ¿Cómo se come esto?
Evidentemente ella se sentía
culpable. Dejó atrás sus relaciones con Javier, pidió un cambio de departamento
aludiendo a cuestiones personales, empezó a estar más presente en casa, en
hacer más cosas conmigo, en darme lo que yo no le había dado en años. Pero yo
no reaccionaba, era incapaz.
- Te parecerá que estoy loca.
Pero quiero que te acuestes con alguien, una vez, dos veces, cinco, diez…me da
igual. Piensa en alguien, quién sea que hayas deseado mientras has estado
conmigo, con la primera que se te haya cruzado por la cabeza cuando habías
pensado en vengarte de mí por acostarme con alguien. Si tengo que hacer mis
apuestas, yo diría que esa persona sería Susana. Sé perfectamente cómo te mira,
siempre he visto un punto de deseo mutuo entre los dos, y lo entiendo, me
parece natural. Sé que ella aceptaría encantada y sé que para ti sería la
primera opción que pensarías. Hazlo, quédate tranquilo, yo estaré aquí cuando
quieras volverá estar solo conmigo. Haz lo que quieras, pero no vuelvas a
tratarme con desprecio.
Tiré el cigarro al suelo
intentando colarlo por la rendija de la cloaca. Rebotó y rodó hasta quedarse
parado en medio de la carretera. Volví de mi estado de perplejidad. ¿En serio
me había propuesto eso? Por supuesto no podía volver a casa para preguntárselo.
Conociéndola, si me lo había propuesto de verdad se molestaría por no creerla,
y si había sido una broma se molestaría por haber pensado que podía ir en
serio. Pero sin duda era una propuesta auténtica, lo había expuesto con la
frialdad y practicidad que la caracterizaban. Decidí acercarme al Parque de San
Diego, así que cambié de acera y giré a la izquierda. Me senté en el primer
banco que encontré libre y encendí otro cigarrillo.
Ciertamente estaba arrepentida y
dispuesta a todo, aunque no se mostró en ningún momento desesperada. Quizás
debía negarme, pero entonces o hacía algo radical para olvidarlo o lo nuestro
se iría a pique. Quizás era un farol, poner todas sus fichas en la mesa para
que yo me retirara y la perdonara automáticamente. Si lo era, no podía echarme
atrás, debía aceptar.
Sonia tenía claramente
identificados mis deseos, me conocía a la perfección. Conocía mejor mi
inconsciente que yo mismo, sabía claramente que Susana sería la primera y única
persona que podría resultarme deseable después de ella, mi historia de un deseo
no satisfecho muy presente. El inconsciente es un buen escondite, pero no para
Sonia. Pero ¿sería una trampa? Me había propuesto específicamente Susana,
quizás para que yo aceptara sin pensarlo y así poder demostrarme que yo hubiese
tomado la misma decisión que ella en sus mismas circunstancias. En ese caso,
debía negarme, no mostrar mis flaquezas. Pero, ¿y si la propuesta era real? Necesitaba
pensarlo más.
Una mujer joven se sentó en el
mismo banco que yo y se puso a leer mientras se comía un bocadillo con una
pinta francamente asquerosa. Me incomodó, pero esperé unos segundos para que no
pareciera que me iba porqué ella se había sentado allí. El cigarro se apagó de
golpe al dejarlo caer en un pequeño charquito que había quedado alrededor de
las patas del banco. Me fui por la salida norte del parque y seguí paseando.
Pensándolo bien, la propuesta
tenía un punto interesante y atractivo. Había algo morboso en el permiso de
tener una relación extramatrimonial. Podría parecer que es algo que deba
hacerse oculto, que ahí reside su encanto. A veces los deseos desaparecen
cuando se pueden cumplir fácilmente y quizás, Sonia quería anular mis deseos.
Pero no era mi caso, no en ese momento. Mi curiosidad lo alimentó más.
Entonces, ¿debía aceptar la
propuesta indecente por el mero hecho de haberla recibido? Claramente la
respuesta debía ser “sí”, siempre que pudiera asegurar que eso nos ayudaría a
pasar página. Pero si no estuviera seguro…¿no valdría la pena aceptarlo
igualmente? Lo acepto, y puede que pueda perdonarla, o puede que no. Nos salva
o nos destruye. Pero si estaba ya todo perdido en nuestra relación, no tendría ningún sentido no hacerlo,
simplemente, este acto sería nuestro punto y final. Mucho más agradable que una
discusión en el sofá.
Cada vez estaba más lejos de
casa, cada vez estaba más lejos de mi respuesta.
¿Y si aceptara la propuesta y me
gustara? ¿Y nos gustara? ¿Querría continuar con mi relación con Sonia,
renunciando a un sexo fantástico y sin compromiso con Susana? Aun teniendo
relaciones con Susana, ¿sería capaz de dejar atrás el rencor de su traición?
Era algo que se escapaba al completo de mi control, y no podía basar mi
respuesta en suposiciones.
No me apetecía mucho hacer el
camino de vuelta a casa andando, así que intenté hacer un ejercicio de memoria
para hallar la parada de bus más cercana. Caí en que en un par de cuadras de
donde me encontraba había la parada del veintiocho, que me dejaba en la
García-Mata con La Nueva, apenas un minuto de casa. Cuando estaba llegando a
punto de llegar a la parada, el bus me adelantó, así que tuve que esprintar
para cogerlo. Me recuperé tras algunas respiraciones y busqué un asiento en el
fondo del bus, dónde se está más caliente (y nunca te vienen a pedir que te
levantes).
Entonces tuve una brillante idea
que deleitó mis fantasías. ¿Y si pedía a Sonia que participara en la
infidelidad? Sonia, Susana y yo. Sin duda esa era mi opción favorita, un “sí,
quiero” como no se habría visto en ningún matrimonio. Podía imaginar la escena
con total nitidez, con mi viejo amigo (casi olvidado por los años) Triple Jim:
la música de Jim Morrison sonando de fondo, una botella de Jim Beam con tres
vasos en la mesita, y el lienzo de la cabecera de la cama con un fotograma de
la película de Jim Jarmusch coffee and cigarettes con Iggy Pop y Tom
Waits como protagonistas. Una luz roja y tenue sería la guinda para culminar la
escena pornográfica.
Bajé del bus, me encendí otro
cigarrillo.
Era perfecto, renacía mi felicidad con solo
pensarlo, pero quizás era la respuesta con la que saldría peor parado. A Sonia
le podría parecer insultante y dejarme, aunque Susana aceptase. Podría ser al
revés, Sonia aceptarlo ciegamente pero a Susana parecerle aberrante y perder la
posibilidad de tener un coito con ella a solas. Entonces ¿debería buscar alguna
otra alternativa?
Apagué el cigarrillo y lo tiré,
aunque solo había fumado la mitad. Eso me fastidiaba una barbaridad, pero más
me fastidiaba tener que esperar para entrar a los sitios. Subía por las
escaleras, todas las preguntas, todas las respuestas seguían calientes en mi
cabeza, dando vueltas, incapaz de seleccionar una, incapaz de decidirme para
escoger la correcta. Abrí la puerta de casa y allí seguía Sonia en el sofá,
impasible, como si no hubiera pasado ni un minuto, mirándome a los ojos,
desafiándome, tentándome.
La miré a los ojos también,
indeciso, asustado, temblaba de manera casi imperceptible, y de la punta de la
lengua, sin mi permiso se escapó una respuesta.
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