1- Joel (infancia):

 “Es muy disciplinado vuestro hijo. Muy educado, correcto, perfeccionista. No quiero decir que demasiado, porque no sé cuanto es demasiado. Pero es un referente en comparación a los de su clase. Tiene un futuro prometedor por delante, podría ser médico o ingeniero si lo deseara”, dijo la profesora Treap en la reunión con mis padres.

No les resultó un comentario extraño a mis padres, todo lo contrario, era lo esperable. Incluso tan esperable que ni siquiera mostraron orgullo, tampoco aprobación, algo que yo buscaba de manera desesperada en su mirada. Era lo que debía hacer. Con esa idea crecí, con saber lo que hay que hacer, y hacerlo. No debe haber recompensa por hacer lo que toca.

Mi padre era severo, hijo de militar y nieto de soldado obligado por la guerra. El terror que sufrió mi abuelo en la guerra se lo transmitió a mi padre, lo llevó al camino militar para que cuando surgiera un nuevo conflicto bélico, no tuviera que sufrir la precariedad mental ni la falta de preparación que lo dejaron traumatizado. Quizás yo tomé mis decisiones en base a eso también, condicionado por el pasado familiar.

Recuerdo el primer bofetón que me pegó cuando era niño: estaba jugando con el tenedor y un macarrón salió disparado del plato al centro de la mesa. Lo miré divertido por el sorprendente descubrimiento del mecanismo catapulta y sin mediar palabra ni alterar su rostro me reventó la mejilla. Me puse a llorar. “Si te escucho recibirás otro”. Caían lágrimas por mis mejillas mientras me ahogaba conteniendo mis sollozos. Me llevé el bofetón igualmente al final de la comida “tu servilleta está arrugada ¿te limpias la boca como un animal o qué?”. Había hecho una bola de papel apretando sin darme cuenta, por la propia tensión de la situación.

No tardé muchas palizas en aprender que las cosas tienen un orden, que se pueden cuadrar, que hay que cuidar de ser rutinario, diligente, disciplinado, que lo que separaba el hombre de las bestias era precisamente eso, y eso se transmitía en detalles insignificantes como dejar una servilleta doblada o dejar el carro del supermercado en el lugar que toca aunque nadie lo vea. Aprendí que las emociones eran un signo de debilidad, y mi padre solía decirme quien sentía moría en el campo de batalla. “Los sensibles, los maricones son los primeros en morir, por eso se hacen poetas o artistas en las eras de paz, pero la guerra la vencemos los hombres” decía.

Cuando jugábamos en el patio de colegio a “polis y cacos” siempre me ofrecía a jugar del lado de los polis, no entendía como la mayor parte de gente que sería ser caco. Mi amigo Law me decía “es que es mucho más fácil huir que no que te intenten atrapar”. Tenía razón. Quizás por eso yo no quería coger nunca lo fácil, porque ganar era algo que me daba un poco igual. Mi sentido de la justicia me llevaba algunos problemas con mis compañeros de clase, ya que a menudo era quién recordaba a los profesores las tareas y los deberes que nos habían asignado. Me llevaba a veces alguna colleja por esto pero mis profesores me pedían ser el delegado de la clase y siempre alababan mi integridad. Alguien tenía que hacerlo. Aun así tenía un par de amigos, los más frágiles de la clase, que ahora pienso que se sentían algo protegidos conmigo, seguramente porque las collejas me las acababa llevando yo. Era su escudo. Aun así, jamás entendía porque la mayor parte de mi clase se burlaba de mí y me castigaba o pegaba por las cosas bien hechas, como tienen que ser. En cambio, quien destrozaba los bancos, las ventanas e insultaba a los profesores era admirado por los demás y por las chicas. Desafiar la autoridad por el simple hecho de desafiarla. Un sinsentido.

Vivíamos en un barrio complicado, paradójicamente bautizado como Las Paces, quizás porque presumía de lo que más carecía. No era extraño escuchar cada semana algún disparo lejano, sirenas que podían ser de ambulancias o policías o ambas a la vez. A pesar de la habitual presencia de agentes de seguridad en la zona, el crimen siempre doblaba los esfuerzos policiales. “Es una lucha que no tenía fin” decía. A menudo a mi padre le tocaba dar apoyo militar a algunas operaciones policiales del barrio. A menudo mi madre y yo le rogábamos poder irnos a otro lugar, con su sueldo podíamos permitirnos un lugar mejor.

Se negaba, “moriré donde nací” decía, “si los buenos nos vamos, condenaremos a este barrio y a la gente buena que vive en él”.

Decidí ser policía cuando un día, estaba regresando de jugar en el parque que quedaba cerca de casa. Era fin de semana y mis padres me permitían alargar hasta las ocho de la tarde. En invierno ya era completamente oscuro, el frío hacia que las calles estuvieran bastante vacías, pero si algún tipo de moral tenían los delincuentes es que los niños no se tocaban. Los robos, secuestros, asesinatos y violaciones a niños eran menores incluso que en barrios pudientes. Así que mi familia todavía me permitía volver solo a casa sin sufrir. A veces me gustaba recortar el camino a casa por la zona de contenedores, que saltando un par de vallas bajas me podía ahorrar caminar tres calles.

En el final de uno de los muros del lugar, donde justo empiezan las vallas, un reguero de sangre en movimiento se acercaba lentamente a mis pies, miré y me encontré con el cuerpo de un animal, que tardé en identificar que era un gato. Estaba estirado con la barriga hacia arriba, abierta en canal y con las vísceras a lado y lado de su cuerpo, tenía las cuencas de los ojos vacías. Le faltaba una pata. Era un hermoso gato atigrado de color blanco y naranja. ¿Hermoso?

Empecé a temblar, paralizado. Al lado del gato alguien se había molestado a dibujar un símbolo con su sangre:


En el muro había un grafiti que parecía recién pintado, recuerdo todavía el olor a spray. Se podía leer: “Espera que se levante el infinito para encontrar los ocho”

Me fui a casa corriendo por las calles. Respiraba a duras penas, sentía que me ahogaba en cada paso y a la vez no podía dejar de correr. Traumatizado por lo que acababa de ver, “¿En qué lugar exacto del mundo estamos viviendo, lleno de bestias?” pensé. Vomité antes de entrar en casa. Todavía era débil, demasiado débil, demasiado tonto. Respiré hondo, sentí como si las gotas de sudor se reabsorbieran en mi cuerpo. “No soy un marica” iba pensando mientras mi respiración se acompasaba. Sentía que me hacía más fuerte.

Abrí la puerta de mi casa. Me cayó un bofetón. “Son las ocho y tres minutos”. Notaba la cara ardiendo, me giré lentamente, miré a mi padre a los ojos:

“Las reglas son las reglas” dije. 

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