2- Jaiq (infancia)

Las Paces es un buen lugar para prostitutas, yonquis y asesinos. Pero no lo es para niños. No lo es. También es un buen lugar para encontrar trabajo como policía. Aunque hay una línea fina entre quiénes son los buenos y los malos, quiénes son los verdaderos asesinos aquí.

Mi madre fumaba porros y mi padre era alcohólico. No lo digo como excusa para justificar nada. Solo estoy relatando algunos hechos de mi vida, ya que me has preguntado. Vivía en un lugar en el que había gritos y golpes a diario. Los abrazos no existían. No era un ambiente agradable. Pero uno no puede echar de menos algo que no ha tenido.

Pasaba la mayor parte del tiempo en la calle, solo. No tenía amigos, no había tenido nunca la capacidad de hacerlos. Creo que tampoco las ganas. Recuerdo de pequeño tener algo de interés en saber lo que era la amistad, veía a todo el mundo jugando con otras personas en el patio, en el parque… pensé que debía ser algo que podía valer la pena si todo el mundo lo hacía. Pero no valía la pena. Las personas son aburridas, predecibles, crueles, interesadas. Hubo solo una persona a la que me intenté acercar, un compañero de clase, una sola persona toleró mi compañía durante unos meses, pero el resto de sus amigos lo presionaban para que no se relacionara conmigo, me ponían cara de asco si él me invitaba a compartir un rato con ellos. “Lo siento, pero vas muy sucio y hueles mal” me dijo un día, y se alejó corriendo hacia el resto del grupo, explicando la conversación conmigo mientras los demás se tronchaban de risa.

Yo no sé como se forja esto que llamáis un serial-killer, no soy un antropólogo ni criminólogo, no puedo ayudaros a alimentar este morbo que tenéis en saber más, en psicoanalizarme, en entrar en la mente de un asesino, admirarlo y rechazarlo a la vez. Pero tu curiosidad no es tan distinta de la mía, si lo piensas. Simplemente yo no pisé el freno y decidí abrazar la curiosidad a la máxima expresión. Decidí seguir el instinto en lugar de mirarlo desde el patio de butacas de un teatro. Subí al escenario.

Si me preguntas por mis primeras víctimas, pensándolo bien creo que todo empezó jugando con las hormigas, curioseando con ellas. Es un insecto fascinante, su orden, su estructura, su jerarquía, los movimientos que hacen, la coordinación social que tienen. Deberías ver algún documental acerca de ellas. Son de las sociedades animales más complejas que hay.

Empecé a hacer experimentos, ver como se comportaban si les paraba su trayectoria con un tronco, con una hoja. Luego aplasté a una con un dedo y observé como se comportaban las demás, como movían sus antenas, se alteraban, se ponían nerviosas y cambiaban su ruta. Luego probé de mojarlas, y aguantan increíblemente bien el ser ahogadas. El caos empieza si el agua entra directamente al hormiguero, algunas salían despavoridas hacia el exterior y otras, en cambio debían estar trabajando en el interior para vigilar que no se inundara todo. Definitivamente tienen un buen sistema de drenaje de agua. Pronto pasamos del agua al fuego. Créeme, las hormigas tienen algún tipo de sistema nervioso que puede ayudarles a sentir el dolor. Algún tipo de grito, de onda deben mandar cuando las estás quemando vivas, a decenas. Existe la histeria colectiva.

Perdona, perdona, se me estaba a punto de escapar la risa. 

Lo siguiente fue pasar a las trampas psicológicas: dejar comida en algún lugar para que una hormiga la encuentre y cuando va corriendo a avisar al resto del hormiguero, esconderla. Cuando llegan ahí, centenas de hormigas, la hormiga descubridora se queda desconcertada, y te diré, me sorprendió, pero a una hormiga mentirosa, defectuosa, el resto de hormigas la destripan y se la comen. Me pareció interesante también separar a una hormiga del grupo unos cuantos días, y cuando la devolví al lado de su hormiguero, parece que algo en sus feromonas o lo que sea cambia… y los demás ya no la reconocen, es un enemigo al que destrozan ante su incomprensión total.

A veces pienso que las hormigas y los humanos no hacemos cosas tan distintas. Trabajar hasta morir para enriquecer a alguna reina y maltratar al que perciben como diferente. Es la ley animal.

Aparte de mis experimentos con los insectos, fui coqueteando con otros entretenimientos. Destrozar alguna papelera, tirar contenedores, partir las tablas de un banco, hacer grafitis en las paredes, normalmente dibujaba penes y tetas, estaba obsesionado, perfeccionando mi estilo, del garabato a conceptos a veces más realistas y a veces más imaginativos. Las Paces está tan hecha mierda que la policía no se molesta en perseguir a los grafiteros, van a por las cosas más graves. Pero al final destruir era más fácil que construir en un barrio en demolición constante. Si no puedes salir de la mierda… te abrazas a ella.

Hubo un episodio que recuerdo especialmente, una vez que mi madre me estaba gritando porque le había escondido los porros. No lo hacía con ninguna otra intención que provocarla y joderla, porque jamás esperé que lo dejara, esa vieja yonqui tarada era incapaz de hacerlo. Pero provocarla me divertía, sus golpes ya no me afectaban de ninguna manera. Ese día iba con un tenedor, y mientras me perseguía por la casa me iba pinchando la espalda, los brazo haciéndome agujeros, salía un poco de sangre. Yo intentaba zafarme. Mientras la apartaba, sin querer la tiré por las escaleras. Se dio un golpe en la ceja y sangraba. Me tapé la boca, primero asustado, sorprendido, pero después algo dentro de mí estalló y empecé a reírme, a reírme a carcajada limpia, como un loco, mientras ella gritaba "ayúdame a levantarme subnormal”, me reía y me reía, me puse hasta de rodillas porque no podía aguantarme de pie. Creo que incluso se me escaparon algunas gotas de orina.

Esa noche mi padre me pego una paliza y me hizo con un cuchillo un corte en la ceja: “ahora estáis en paces, ojo por ojo”. Lo miraba firmemente mientras la sangre bordeaba mis mejillas. Ninguno de los dos tenía miedo, hasta que cogí mi dedo índice, lo introduje directamente en la herida de la ceja, llenándolo de sangre y después chupándolo, sin dejar de mirarle. “Está rica, gracias”. Y me fui. Sentí qué por primera vez en la vida, él era el que tenía miedo. Y disfruté.

Unas semanas más tarde estaba por la calle de noche, en el rincón donde dejan los contenderos. Era tarde, me senté en una acera que hay al final de los contenedores, cerca de la valla que da a un pequeño parque al que nadie acude por los fuertes olores de los contendores. La gente suele venir e irse en segundos, tiran las bolsas lo más rápido que pueden al contenedor más cercano y se van. Desde donde estaba no podían verme. Se acercó un gato pelirrojo y blanco y empezó a frotar la cabeza con mi pierna. Yo le acaricié la cabeza. Era… ¿agradable? Pero tras un par de minutos, de manera inesperada y a una velocidad imposible me pegó un zarpazo que marcó tres líneas rojas en la parte dorsal de mi mano, que sangraban ligeramente. Aparté la mano rápidamente, quejándome del dolor. Instintivamente e igualmente rápido lo cogí del cuello y empecé a ahogarlo, con fuerza. Solo una de sus patas me alcanzaba y clavó con fuerza sus uñas. Dolía de una manera distante, sentí como si mi cabeza se hubiera ido de vacaciones. Pronto el gato empezó a perder las fuerzas, su pata se apartó de mi mano y perdió el conocimiento.

Con curiosidad, cogí la navaja suiza que llevaba en el bolsillo, se la clavé en el abdomen y empecé a abrirlo en canal, mirando que es lo que había allí dentro. Empezó a formarse un charco de sangre. Con mis manos pinté una cruz en el suelo, como un símbolo del cruce de nuestros caminos. Pero algo dentro de mí empezó a latir con fuerza, una idea… quería que esa sensación durara para siempre, que fuera infinita. Y poco a poco fui convirtiendo la cruz en un infinito. Como si fuera una iluminación divina, como si hubiera sido escogido para llevar a término una profecía que se me había asignado, vino de manera automática una frase en mi cabeza, una idea.

“Espera a que se levante el infinito para encontrar los ocho”

Con el spray empecé a grabar esa frase en el muro que había detrás. Recogí las cosas, salté la valla y me fui corriendo a casa.

Me di cuenta de que tenía una erección. Que llevaba una erección desde el preciso instante en el que estaba abriendo al gato en canal. Llegué a casa, nervioso, excitado, eufórico. Me hice una de las pajas más increíbles que he hecho en mi vida, me sentía poderoso. Solo las superaron las ocho que vinieron después.

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