3- Joel (adolescencia y juventud)

 “Lo siento, eres muy atractiva, me encantas como persona, pero ahora mismo no estoy buscando estar con nadie. Quiero focalizarme en mi carrera profesional y no me planteo una relación”, dije a Rayxelle cuando juntó el valor para declararse. Sabía que en algún momento iba a suceder, y a pesar de mis intentos de alejarla y mostrar cierto desinterés, no hacía más que aumentar su deseo de estar conmigo. Me daba cuenta pero no sabía como pararlo. No es que no me gustara ella, pero la disciplina mandaba por encima del amor.

Lo recordaba mientras suspiraba el aire del cigarrillo que estaba fumando. ¿Cómo habría sido mi vida de distinta si ese día hubiera dicho “sí, quiero estar contigo, no quiero ser policía, cuando cumplamos los dieciocho nos iremos de Las Paces a buscar vida fuera, como hacen todos los jóvenes con algo de talento. Nos iremos a Nueva York”. Nunca lo sabré.

Mi adolescencia no fue muy interesante, me dediqué a estudiar, sacar las mejores notas posibles, graduarme con los máximos honores en todas las facetas para tener más números para acceder al cuerpo de policía antes. Aunque deseando trabajar en Las Paces no iba a ser difícil. No salía de fiesta, no me emborrachaba, no salía con chicas de mi edad. Era aburrido. Pero quién tiene determinación sabe que necesita sacrificar algo. Y mi sitio en el mundo no estaba hecho para el goce. 

Con dieciocho años entré en el cuerpo de policía, fui el policía más joven en graduarme y me preguntaron en varias ocasiones si estaba seguro de que quería trabajar en “ese estercolero”, ya que con mis puntuaciones podía acceder fácilmente a la oficina de la ciudad que yo eligiera, y que probablemente no tardaría demasiado en ascender. “Alguien tiene que limpiarlo, ¿no?” respondía yo. Era algo que me llamaba la atención, la gente excesivamente talentosa buscaba puestos de policía fáciles, relajados y con un buen sueldo, cuando en realidad tendría todo el sentido que fueran los que están resolviendo los casos más complicados y turbios. Pensé en trabajar en el Departamento de Investigación, pero me apetecía tocar calle unos años, ver la panorámica de la ciudad, entender mejor como funcionan los tejidos de la ciudad. Es difícil ponerse a investigar un sitio que no conoces en profundidad.

Pero tras cinco años casi me rogaron hacer un cambio de departamento. Mis capacidades deductivas no pasaron desapercibidas, y hay que decir que tuve la suerte que uno de los agentes con el que me tocó patrullar más a menudo, Barrett, que le apodaban “El Gordo”, habló en favor mío, en varias ocasiones, con los sargentos. Era un poco tonto, pero era una buena persona, humilde, y siempre decía que quería lo mejor para su ciudad, “por es me hice policía, pero mi mujer estaba harto y nos mudamos a una hora al norte”, me explicaba que su mujer le había propuesto divorciarse en varias ocasiones, pues prefería no estar casada con él cuando lo mataran a balazos. Aunque se burlaban de él por cumplir el típico “cliché” de policía traga-dónuts, lo cierto es que era altamente querido por el departamento y también por la gente de las calles, quizás también por ser demasiado blando con los maleantes. A veces pensaba que más que caer bien, se burlaban de él.

Con su ayuda y con los números de detenciones y algunos casos cerrados gracias a nuestra rápida intervención, pronto fui el detective más joven de la historia del cuerpo de policía. Cada mérito acumulado hacía ganarme nuevos enemigos. Que raro, pensaba siempre. Al final el mundo adulto no es tan distinto al mundo del instituto. Se replican exactamente las mismas dinámicas. No entendía porque molestaba a los demás, éramos un grupo de personas con el mismo objetivo y se mosqueaban por estar lográndolo. No entendía ese tipo de envidia. Yo no buscaba ser mejor que nadie, solamente hacer mi trabajo bien.

Llevaba ya dos años como detective. Me gustaba. Tenía la sensación de que tocábamos casos más grandes, ya no íbamos al delincuente de pie de calle que fácilmente podía ser una víctima atrapada del mismo sistema. Las calles no dejaban prosperar. Eran crueles. Investigábamos cargos más altos en la escala del crimen, asesinatos más complejos que iban más allá de ajustes de cuentas entre bandas, más allá de las puñaladas o disparos a pie de calle.

Estaba en mi casa descansando, no tenía claro si me había dormido o no, pero estaba agotado de una jornada largo de trabajo. Sonó el teléfono. ¿Qué horas serían? ¿Las dos, las tres?. Era Lenuá.

Lenuá era un detective que me doblaba la edad. Sus padres emigraron de París cuando él era muy niño, tenía la doble nacionalidad. En realidad se llamaba Vincent, pronunciado en francés “Vensángt”, pero como a la gente de este país le resultaba demasiado complicado pronunciar mínimamente bien su nombre, acordaron llamarle “El negro” (en francés, Le Noir: Lenuá).

-Joel, perdona que te despierte amigo.

-¿Qué pasa?

-Verás, tienes que venir y ver esto. Necesito tus ojos y tu cabeza para pensar mejor. Siento el mierdero, probablemente es un caso que nos tocará llevar a más de uno, he pedido que formemos equipo. Verás… es difícil explicarlo por teléfono.

Suspirando me vestí lo más rápido posible y me acerqué a la escena del crimen en coche. Aparqué, enseñé la placa. Lenuá ya había dado aviso de que iba a llegar. Nos saludamos con un gesto de asentimiento con la cabeza. Se sacó una pitillera de la chaqueta y me ofreció un cigarro.

-¿Qué tenemos?

-Una mujer asesinada, joven, 22 años. Pero…no sé como explicarlo. Me da escalofríos. He visto muertos a diario en esta ciudad, pero esto… me da mal rollo tío.

Lenuá hacía grandes aspiraciones con su humo. Me hacía gracia que todavía tenía ese deje afrancesado en su acento.  Se le notaba inquieto. Nos acercamos al cadáver. La chica estaba boca arriba, tenía una apertura desde debajo de las costillas hasta la pelvis, sus vísceras estaban esparcidas por los lados. Llevaba una minifalda subida hasta las nalgas y se veía su vagina expuesta.

-La han violado. Pero no hay restos de semen en su interior, nos ha dicho el forense. Verás…

Estaba sin zapatos. Uno había desaparecido. El otro estaba al lado del cuerpo, bien expuesto, de pie. Dentro estaba lleno de semen.

-Y eso no es todo, mira la pared.

Con un spray rojo había pintado un número 2, bien grande, todavía fresco.

-Sabemos que lo ha hecho la misma persona que ha asesinado y violado a la víctima, coincide la hora de la muerte con la pintada.

-Pero un dos…- me quedé a media frase porque algo me llamó la atención. Había una bola de papel, una servilleta arrugada al lado de la chica. Me quedé absorto pensando observándola. De golpe me vino la imagen del gato muerto, aquel gato que había visto en el mismo lugar, destripado. Pensé en el infinito, el ocho. ¿Tenía relación una cosa con la otra, o simplemente estaba destapando fantasmas del pasado? Pensaba en mi padre, las servilletas bien dobladas. Quizás era una estupidez pero una servilleta bien doblada era, quizás, lo que podía separar la civilización de lo primitivo, la disciplina del caos. Quizás eso es lo que quería enseñarme mi padre con métodos bruscos.

Sonó un teléfono móvil. Lenuá lo cogió. Puso cara de preocupación.

-Joel, es un número 2, porque acaban de encontrar a la número 1.

Me incorporé. La presentación era idéntica. Chica joven, de 23 años, violada y destripada (o viceversa). Con un zapato “missing” y el otro expuesto con el semen del asesino. Definitivamente lo había convertido en su seña, su firma, la manera de decirnos quién era. Un graffiti en una pared con un número 1. La hora de la muerte era exactamente la misma que la de la chica que teníamos delante, con un agravante importante. La persona había muerto a dos horas de distancia.

-O nos enfrentamos a dos personas que se han coordinado para llevar a cabo estos asesinatos... O nos enfrentamos a un demonio.

“Nos enfrentamos a un demonio” pensé. – Por favor, llámales por teléfono y que busquen por todo el cuerpo una señal de haber recibido una inyección. Que miren que tan fresca está la pintura.

Efectivamente, la pintura era algo menos fresca en la primera víctima. Acerca de la inyección, no lo supimos hasta al día siguiente cuando se la llevaron al centro forense, pero confirmaron un pinchazo en la nuca, escondido entre el pelo.

Al día siguiente reportamos a nuestro superior, el Sargento Strife.

-Creemos que se lleva uno de los zapatos como un “souvenir”, un recuerdo de sus víctimas, quizás para masturbarse después con el zapato que se ha llevado, utilizando para recordar la violación y el asesinato.

-Un psicópata.

-En toda regla. Soy partidario de no alarmar demasiado a la gente hablando de un asesino en serie, a veces estas cosas complican más la investigación, la gente empezará a llamar a la que vean a la mínima persona turbia que les persiga por la calle. Nos van a acribillar a llamadas, especialmente periodistas y morbosos interesados en estos casos. Avisaría de que ha habido algunas violaciones y asesinatos, no daría más detalles, que la gente tome más precauciones por la noche. A veces estos casos despiertan nuevos asesinos latentes.

-Se va a filtrar en algún momento. Lo sabemos.

-Pero si alejamos unos días la prensa podremos trabajar mejor.

Tuve dudas sobre si decirlo, pero consideré que era importante, en ese espacio podía confiarlo.

-Veréis, hubo algo… algo que sucedió cuando yo era niño – expliqué el asesinato del gato, la pintada en la pared, exactamente del mismo color, la frase que encontré escrita… me sentía un poco ridículo haciendo esta asociación, pero algo en el instinto me guiaba, como me había guiado hasta la fecha. El instinto me había llevado hasta donde había llegado. Había una parte de mí que tenía una inquietud, como Lenuá, al ver la crueldad y lo bizarro del crimen, otra que se sentía interpelada. Por primera vez sentí como si hubiera un destino para mí, como si encontrarme este gato cuando era niño  y encontrarme con ese caso ahora, en ese momento, como si eso hubiera estado escrito para mí, una profecía que estaba por cumplirse.

-Entonces, probablemente habría habido otros gatos y perros muertos durante este tiempo – sugirió Lenuá.

-Sí, pero notificamos este tipo de encuentros aquí en Las Paces. Estamos infraequipados a nivel de recursos humanos y a nivel de recursos económicos. Un perro destripado en un barrio dónde la gente se divierte disparando animales callejeros, sería un despropósito – dijo el sargento Strife.

-Lo que está claro es que, si lo que dice Joel es cierto, el asesino ha intentado realizar el primer asesinato para ampliar el radio de investigación, pero que en realidad se trataría de alguien que vive o ha vivido en Las Paces. Igualmente necesitaremos analizar el esperma para corroborar que se trata de la misma persona – dijo Lenuá.

-Lo que está claro es que, si estoy en lo cierto, todavía nos quedan como mucho 6 víctimas más por delante hasta atrapar demonio.

-¿Y cuando cumpla su profecía? – dijo Lenuá.

-El demonio nunca cumple sus promesas.

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