4- Jaiq (adolescencia y juventud)
Un día atrapé un ratón y lo metí en un recipiente del que apenas podía moverse ni tampoco escapar. Había traído una caja con alfileres que había robado de la mercería del barrio. Me hice una pregunta. ¿Cuántos alfileres se pueden clavar en un ratón antes de que muera? La respuesta son 47. Tienen una resistencia descomunal. Para un ratón un alfiler es como si a nosotros nos clavaran un cuchillo. Me puse un guante con protección sabiendo que los ratones se ponen bravos cuando están asustados, son capaces de morder la piel, travesarla y provocar cientos de enfermedades mortales en los humanos.
Veía a las parejas caminando por la calle, cogidos de la mano, sabiendo que llegaban a casa, que tenían sexo, que se follaban y una parte de mí tenía gran curiosidad también en descubrir que era poder penetrar una vagina, sentir el calor de un cuerpo y a la vez sentía un gran odio y una gran envidia. A veces podía excitarme, tocarme pensando en ello, pero nada podía superar el grado de excitación que me producía abrir perros o gatos que encontraba por la calle, aunque jugar con los ratones era también novedoso. Era algo que intentaba realizar cada 2 o 3 meses, cambiando de lugar, buscando rincones distintos por la ciudad. Tenía miedo de establecer un patrón, de que me descubrieran, pero supe, escuchando a policías tomando café en un bar, que en una ciudad dónde el precio de la vida es rozando a cero, el de los animales valía todavía menos, y no valía la pena investigar a no ser que fuera un perro censado por algún vecino.
De hecho, ellos se habían encontrado un perro que había asesinado la semana anterior. Pensé aun así, que debía tener cuidado. Concentrar el placer unas pocas veces al año para poderlo disfrutar al máximo. Si se volvía compulsivo, perdería el control, si perdía el control, me atraparían, y si me atrapaban, se acabaría el placer.
Cuando el ratón dejó de chillar, pronto dejó de moverse y dejó de respirar, recogí los guantes y me los guardé en el bolsillo. Se apagaron los chillidos del ratón pero escuché otros muy distintos. Parecían de una mujer, parecía que le estaban haciendo daño. Me acerqué lentamente hasta el origen de los gritos y girando en una esquina, en la entrada de un boulevard que estaba lleno de cartones, había un señor de pie con los pantalones bajados, lo veía desde atrás, le veía las nalgas y unas piernas que salían por los dos lados con unas botas negras, brillantes de charol. Había una mujer encima de un barril y los cartones con las piernas abiertas. La mujer gemía. Llevaba una peluca lila, los ojos y los labios muy pintados. Me quedé mirando esa escena, hasta que ella me descubrió y me miró a los ojos.
Creo que sonrió y yo tuve una erección. Se me quedó mirando fijamente, desafiándome, seguía gimiendo con la misma intensidad, quizás incluso más, sus gemidos me entraron en el cerebro, me electrocutaron. Y de golpe empecé a sentir mi pierna mojada. Estaba eyaculando. Se me empezó a mojar el pantalón. Me sentí humillado. Ella me seguía mirando y sonriendo, como si le gustara que estuviera allí un adolescente disfrutando de la escena, aprendiendo de qué va el mundo adulto.
Y ahí pensé, que solo era cuestión de tiempo que pudiera unir las dos pasiones que me ponían cachondo. Era cuestión de tiempo que me diera cuenta de que yo mismo hacía años sabía que esto iba a suceder, que lo había previsto, deseado, pensado, y al ver esa prostituta me acordé de esa pintada en la pared de hacía unos años. Hasta ese instante no sabía porque la había hecho, pero ahora tenía una idea clara y nítida de que es lo que iba a suceder en mi vida, en mi futuro.
Empecé a salivar solo de pensarlo.
Pero no podía ser impulsivo, no. Tenía que ser meditado, orquestado milimétricamente. De otra forma, no podría cumplir con mi cometido. No tenía prisa, tenía toda la vida por delante para realizarlo.
Pasaron unos años más, acababa de cumplir los 25. Me sentía preparado, eufórico. Había estado ejercitándome durante años. Mi cuerpo se había transformado completamente, atlético, atractivo, incluso empecé a cuidar mi vestimenta, como me peinaba, a cuidar mi barba. A través de las películas de cine vi como se comportaban algunos patrones masculinos que resultaban atractivos para las mujeres. Debía lograr que voluntariamente se acercaran a mí. Si usaba la fuerza demasiado rápido…en algún momento algo me delataría.
Para mi primer golpe decidí escoger dos víctimas, dormirlas, secuestrarlas, primero violar a una mientras la otra miraba. Recuerdo el terror, un terror casi tan excitante como el placer con el que me miró aquella prostituta en la calle, como si me estuviera vengando de ella, de su humillación. Luego le abrí el abdomen, con cuidado con lo ser demasiado tosco, buscando que pudiera sobrevivir por lo menos las dos próximas horas. Como había planeado. Mientras la violaba me fijé en los zapatos, se parecían a los botines de la prostituta, le quité uno y lo lamí, me excité hasta tal punto que estaba a punto de eyacular y le quité otro zapato y me cubrí el pene con él. Lo dejé allí de pie, al lado de ella, me limpié con un pañuelo de papel que llevaba en el bolsillo, lo arrugué con fuerza y lo tiré al lado. Decidí en ese mismo momento llevarme un zapato de recuerdo, un trofeo. Le inyecté un sedante y me fui.
Sedé a la otra chica para que no diera patadas en el maletero y la llevé en el hasta Las Paces. Sentía la adrenalina que circulaba por todo mi cuerpo, como si me hubiera drogado hasta las cejas, jamás en mi vida me había sentido tan emocionado. Quería repetirlo, quería repetirlo y sentir otra vez lo mismo, cada día. Sonreía de felicidad absoluta.
La llevé a ese rincón especial, allí dónde por primera vez experimenté el placer de verdad, tal y como lo había fantaseado durante años y repetí exactamente el mismo ritual, aunque esta vez no había nadie mirando. Cuando estaba a punto de terminar pensé, “si eyaculo en el zapato de nuevo, si analizan mi semen en el laboratorio, sabrán que soy la misma persona y todas las molestias que me he tomado para realizarlo en dos ciudades distintas para despistar a la policía, habrán sido en vano”, pero en un acto de soberbia pensé que me veía capaz de lograr llegar a la octava víctima sin que me descubrieran. Era suficientemente inteligente, y esta ciudad demasiado sucia para ser encontrado fácilmente.
Incluso, me empezó a parecer divertido saber que había alguien ahí fuera con 47 alfileres esperando a atraparme y clavármelos uno a uno. Ahora yo era la rata que huía y mordía.
El juego acababa de empezar.
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