Cuerdas
Me acordé, antes de salir por la puerta, de algo que me dijo Sara cuando todavía íbamos al colegio.
-¿Cuándo se decide que una cuerda es una cuerda?
-¿Cómo? – dije.
-Ayer mi padre me decía que una cuerda era un grupo de hilos que se trenzaban y se entrelazaban hasta formar un cordel, y que para formar una cuerda, se trenzaba y entrelazaban cordeles hasta que era lo suficientemente gruesa para considerarla cuerda. ¿Entonces, cuando se distingue que los hilos forman un cordel y cuando forman una cuerda?
Siempre que Sara se encontraba rizando el rizo a cuestiones relativamente banales me sentía fascinado y abrumado a partes iguales.
Fascinado por la capacidad de Sara de reflexionar acerca de lo insignificante, pero a la vez abrumado porque raramente sus preguntas tenían respuestas fáciles.
-No lo sé – dije inicialmente, luego sin reflexionar – Quizás cuando son capaces de aguantar el peso de una persona. Un cordel quizás no podría aguantar el peso de un ser humano – y de manera inocente establecí el umbral internacional para distinguir entre cuerdas y cordeles.
Sara se quedó pensativa - Entonces para suicidarse, uno necesita una cuerda y no un cordel – dijo Sara con naturalidad.
Teníamos diez años.
Luego Sara sonrió infantilmente como si hubiera contado un chiste y siguió dando vueltas al fascinante mundo de las cuerdas mientras yo intentaba entender su comentario. Explicándome que las cuerdas más grandes no estaban hechos con hilos más gruesos, sino que en realidad una cuerda grande, o sea, gruesa, en realidad no era más que, de nuevo, un grupo de cuerdas que se trenzaban y se entrelazaban. Y ese dilema ya no tenía fin, el de decidir cuando una cuerda estaba acabada, e incluso, como de gruesa podría llegar a ser la cuerda definitiva, la cuerda que fuera capaz de unir todos los hilos, cordeles y cuerdas del mundo, “una cuerda para atraerlas a todas y atarlas en las tinieblas”, dijo, en referencia al Señor de Los Anillos que en ese momento era nuestra película favorita.
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Salí por fin de la puerta del hospital, ligeramente turbado, mareado. Sentía que ese efecto barato que ponen en las películas cuando quieren simular un mareo, moviendo la cámara hacia los lados, arriba y abajo y emborronando la lente, me pareció de golpe de un realismo absoluto. Cruzando la calle había un pequeño pero tranquilo parque con bancos y árboles donde probablemente se agrupaban todas las personas que estaban visitando a familiares en el hospital y decidí sentarme para sobreponerme del shock. Llegué lento, con dificultades, como si acabara de correr una triatlón. Me senté en el primer banco que encontré libre y por suerte, no tuve que andar mucho más
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La llamada me puso en alerta, pero verla en directo me dejó noqueado. “Tienes que venir urgentemente en el Hospital, ha sucedido algo... ha sucedido algo terrible. Sara no está bien. Te necesita aquí. Sentimos pedirte esto pero es importante”. Me llamó su madre, sonaba desesperada, sollozaba, era como una pseudo-suegra para mí, casi como mi segunda madre.
Me senté en el banco, casi me tiré en plancha, dejándome caer en él como si de una cama se tratara. Me pegué una hostia en el coxis pero no era demasiado capaz de sentir el dolor. Me pesaban las extremidades.
Solté un suspiro huracanado.
Vaciando mis pulmones completamente, quitando todo el peso posible a mi angustia interna. “Bueno” pensé, “la he podido ver, por lo menos la he podido ver”. Y volví a repasar mentalmente mi trayecto hasta el Hospital, saliendo de trabajar alarmado, casi sin avisar, corriendo con la moto a velocidades claramente peligrosas hasta llegar y encontrármela profundamente dormida, con la cara llena de puntitos rojos.
“Se ha intentado quitar la vida colgándose de una soga” me dijo su hermana sin mirarme a la cara, quién estaba en ese momento en la habitación con ella. “La ha encontrado mamá”.
Miraba perplejo, quería cogerle la mano, besarle la frente, pero tenía miedo, como si tuviera un bebé, un jarrón de porcelana que con apretarla demasiado pudiera romperla. “No entendemos nada, Dani, no entendemos nada”. Se tapó la cara y se puso a llorar. Sus padres habían salido a tomar un café aprovechando que había llegado yo. Tenía ganas de decir que yo tampoco entendía nada, que esa era la única verdad para todos, la de la incomprensión.
Pero lo único que pude decir es nada.
Le toqué el hombro a Eva y me acerqué a Sara para mirarla de cerca. Dormía profundamente pero como una niñita asmática ingresada, con la máscara de oxígeno colocada y un gotero conectado a una vía en su mano izquierda.
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Sentado en el banco me encorvé y me tapé la cara yo también mientras hacía memoria de la información que había recabado “le ha faltado oxígeno en el cerebro durante mucho rato, los médicos no saben qué consecuencias puede conllevar. A ratos parece que responde su cerebro, mueve las manos, los pies… no saben qué queda de ella”.
Debatiéndose entre la salvación y la muerte. Me eché a reír solo de pensarlo, mientras unas pocas lágrimas mojaban los dedos de mis manos. Entre el milagro y el desastre. Eso era tan… Sara. Siempre navegando entre los extremos intocables, entre la estupidez y la sabiduría, entre la locura y el “seny”. Esa niñita que no sabía estarse quieta en el punto medio.
Me puse a pensar y recordar…quizás así, pensándola, pudiera despertar.
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Dos años más tarde de nuestra conversación acerca de las cuerdas, cuando hacía una semana que había cumplido doce años ella se fue a vivir a Sevilla. Su padre trabajaba en la Renfe y los traslados no eran raros. Llevaba ya seis años en Barcelona, y los seis años anteriores habían vivido en Coruña. Sentía que yo solo había sido un ciclo más en su vida. Otro residuo gestado por el cambio.
Al principio cuando se fue, nos llamábamos cada semana y nos pasábamos una hora al teléfono contándonos nuestras historias, charlando a menudo de los compañeros de clase y los profesores. Pero pronto empezamos a aplazar el momento de llamarnos, de una semana pasamos a dos. Luego a tres. Luego a cuatro. Luego a… ¿Por qué pasó? ¡Ah si! Debe ser… cuando… sí. Cuando ella me explicó que se había besado por primera vez con un chico, en los labios. Lo dijo emocionada, la imaginé ruborizada. Recuerdo que me puse rojo lleno de rabia y celos. Me lo explicó como si nada, como si se lo explicara a un amigo. Es que éramos amigos… ¿No? Pero tenía tantas ganas de llorar… y fue en ese preciso instante que descubrí que ella probablemente era lo más importante de mi vida y lo estaba perdiendo.
Nuestra cuerda se estaba deshilachando.
Un año más tarde me explicó que se iba a mudar a otro piso en Sevilla, más grande y más bonito, dónde ella podría tener un cuarto solo para ella y no tener que compartirlo con su hermana. Que se había escrito mi teléfono en una hoja de papel y que me llamaría cuando ya estuvieran instalados. Que podría tardar tres o cuatro semanas sin contactar.
No supe más de ella.
Creo que la lloré y la soñé durante meses, quizás incluso pasado un año. Hasta que otros labios me sacaron del letargo y sin darme cuenta vi que había gente que tenía ojos para mí, cuando yo llevaba años con los míos cerrados. O más bien, que solo eran capaces de mirar a un solo lugar.
Cuando estaba acabando la universidad, en mi último año, mi pasión por la escritura me llevó a presentarme al Concurso Interuniversitario de Relatos Cortos (CIRC). Fui el ganador en mi Facultad, siendo uno de los cuarenta y pico finalistas de mi universidad pero, obviamente y como imaginaba, no gané. Aun así, mi interés en la literatura novel hizo que decidiera leer al ganador de cada Universidad de España antes de conocer quién iba a ser el ganador (o ganadora) de ese año. ¿Mi sorpresa? “Sara García Tamayo, representante de la Universidad Pablo Olavide con su relato Tren-zados”.
Se me cayeron los cojones en el suelo. Su relato, además, iba acerca de dos amigos de la infancia que se separaban porque su padre, que era maquinista de un tren, se iba a vivir a otra ciudad. Escribía acerca de la leyenda japonesa del hilo rojo, de su propia “Teoría de Cuerdas” acerca de las relaciones humanas y de como, inesperadamente se encontraban por la calle tras veinte años sin saber el uno del otro, se cruzaban las miradas, se sonaban de algo, “¿De qué será?” se preguntaban. Él volvía la vista adelante y seguía caminando. Ella se quedaba quieta mirando atrás, buscando, buscando en su interior la imagen del pasado que cuadraba con esos ojos… y cuando ¡Por fin! Se daba cuenta de quién era y se ponía a perseguirlo… él había desaparecido sin dejar rastro. Fin. ¿Moraleja? A las casualidades mágicas de la vida no necesariamente se les aplica justicia divina.
Tras leer su relato me apresuré a encontrar su correo electrónico de la universidad. No fue difícil. Lo difícil fue como empezar a escribir para poder transmitir todo lo que tenía en mi cabeza. Pero allí, con veintidós años, diez años más tarde, nos habíamos reencontrado. Diez años antes de su premonición literaria.
Empezó una relación epistolar fructífera en la que nos pusimos al día de todas nuestras vidas, y Sara mostró mucho interés en las personas que habíamos tenido en común durante el colegio. Por alguna extraña razón, nos pareció divertido explicarnos con quien nos habíamos acostado durante todo ese tiempo, como si no nos hubiéramos querido nunca. Yo en ese momento tenía pareja y decidí evitar proponer vernos porque no era capaz de prever lo que podría sentir.
Pero la semilla de su aparición estaba plantada y pronto mi relación empezó a diluirse. Cuando mi expareja decidió dejarlo me dijo “no puedo competir con la carga de tu pasado”. Me esperé pero cuando una semana más tarde escribí a Sara para decirle que necesitaba hablar con ella, me dijo que ella también necesitaba hablar conmigo.
Condenados a desencontrarnos, mi ruptura coincidió con su enamoramiento con Javi.
No es que me decepcionara, no sentía que estuviera enamorada de ella. ¿O lo seguía estando desde mi adolescencia? Pero me entristeció. Aun así, ella me dijo que fuera a verla, que imaginaba que no había querido verla al estar comprometido, pero que a Javi le había hablado tanto de mi que no era un inconveniente que fuera a pasar un fin de semana a Sevilla.
La relación prosiguió con encuentros anuales y con una confianza mutua imperturbable, infinita. Nunca lo pronuncié pero casi podría decir que se trataba de mi mejor amiga. Había momentos en que la distancia se agrandaba pero luego volvía a su cauce natural. Momentos en los que se estrechaba hasta la confusión (por lo menos mía) hasta que volvía al lugar que le correspondía.
Íbamos a hacer treinta años ese 2020 cuando me explicó que lo había dejado con Javi, que tras tres años viviendo con él, veía que no era el hombre con el qué quería tener hijos. Me quedé un poco sorprendido, puesto que jamás había mostrado dudas de su relación en mi presencia.
¿Me había ocultado deliberadamente sus verdaderos sentimientos con su relación o es que acababa de despertar y hacer evidente algo que llevaba escondido en su inconsciente?
Mis relaciones habían sido más volátiles, nada cuajaba, o yo no dejaba que cuajase. Tenía sexo relativamente esporádico y algunas personas que me acompañaban algunos meses hasta un par de años en mi vida, sin llegar a quedarse. Me sentía como viajando en un tren en el que todo el mundo estaba de paso.
Me llamó y dijo que necesitaba verme, que a pesar de estar segura de la ruptura estaba floja, y busqué un fin de semana para ir a visitarla. El fin de semana que lo cambió todo.
Un fuet, un vino de la tierra y mi cara en una cama desconocida. Fotografías que ahora cuelgan de una pared.
La magia entre las sábanas de un espacio que te es ajeno, casi hostil en un primer momento. Un extranjero en una almohada desconocida. Un inmigrante del cuerpo del otro. Un apátrida de una manta (todavía) fría.
Y de repente te das cuenta que después de unos besos el espacio se te vuelve familiar, incluso próximo, casi casa. Casi. Con la osadía que da el hecho de escribir a una hoja blanco.
Y pensé que quizás el fuet y el vino no eran un detalle de bienvenida, de cercanía, si acaso, un regalo emponzoñado, una bandera plantada en pro de una colonización disfrazada de intercambio cultural.
“Ibas a tierra desconocida” me dije “con la bandera por delante, para hacerla casa antes de que te invitaran a formar parte”.
Pero el lenguaje de los cuerpos desnuda todo miedo e intencionalidad y la despierta de su brutal somnolencia y la devuelve en el lugar que verdaderamente ocupa.
Cuando los cuerpos hablan los silencios callan y las verdades salen de debajo la cama, asustadas por los gemidos y los suspiros placientes. Toda intencionalidad se diluye bajo el placer y brota una realidad dulce.
Que hay amor en el desconocerse y en la fragilidad. Y el vino se convierte en un símbolo de las lágrimas compartidas y el fuet en un símbolo de lo corpóreo. El pan y el vino cristiano. La comunión pero sin protocolos. La libre asociación.
Y aquellas fotografías mentales que los años habían guardado en los álbumes internos, de golpe acontecen recuerdos de aquello que es único e improbable.
Poesías aparte. Esa fue la primera y única vez que hicimos el amor.
Al día siguiente nadie dijo nada. Nos despertamos, desayunamos. Sonreímos cómplices y volví a Barcelona con la sensación de acercarme a mi destino y a su vez, nunca me sentí más distante de él, nunca se vio tan inalcanzable como después de compartir lecho y lágrimas.
Creo que entonces ya lo di por perdido. Si después de tocar el cielo volvíamos a la tierra con esa facilidad, quizás eso era todo de lo que éramos capaces. Un año más tarde empecé mi relación con Ceci, casi como un acto de rebelión en contra de un supuesto destino que, como bien se destilaba del cuento ganador de Sara: “A las casualidades mágicas de la vida no necesariamente se les aplica justicia divina”. No podía seguir apostando por la supuesta mujer de mi vida olvidando lo que me rodeaba.
Algo me sacó de mi ensoñación.
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-¿Qué haces con esta cara, panoli? – escuché que decían desde mi lado derecho. Levanté la mirada sobresaltado con los ojos rojos. Se me paró la respiración. Solo había una persona que me llamaba así: Sara.
-¿Cómo? – exclamé.
-¿O qué te pensabas, que iba a dejarme morir en una cama de un hospital mientras me mirabas con la cara de un corderito degollado? – Salía tenía una sonrisa en la cara, todavía tenía los puntitos rojos en las mejillas y se le marcaban gravemente las venas de los ojos. Caminaba con unas sandalias blancas e iba con el pijama azul del hospital y con el gotero en la mano.
- ¿Pero qué haces aquí? – me levanté – Los médicos, no saben, no puedes, no… - me interrumpió con un gesto, poniendo el dedo índice en sus labios en señal de silencio, tenía una mirada inocente, como si de un juego se tratara todo. Me abalancé a abrazarla mientras se me caían las lágrimas, luego fui consciente de su estado y aflojé. Volví a mirarla para asegurarme de que fuera ella. No podía ser. Hacía ¿Cuánto? ¿Una hora, o dos? No supe mirar el reloj. Sara dijo que nos podíamos sentar un rato.
- Imagino que igual tienes muchas preguntas – dijo – aunque es posible que a muchas de ellas no tenga una respuesta clara.
- ¿Porqué? Nadie puede entender nada, tu hermana, tus padres… ¿Cómo puede ser que nadie sospechara nada? ¿Qué ha pasado?
- Dani, yo siempre he sido alguien muy hermético con mis sentimientos. Lo sabes. Hace treinta años que nos conocemos. Tan hermética que a veces ni yo he sabido muy bien que había dentro de mí. Simplemente no era capaz de explicar más, quizás tampoco ahora, simplemente hice lo que hice porque en ese momento es lo único en lo que pude pensar.
- ¿En qué momento me perdí algo? ¿En qué momento no fui capaz de darme cuenta de qué algo estaba yendo mal? Por Dios, ahora siento que estuve tan centrado en la compra del piso, el trabajo… en qué igual había dejado nuestra relación a un punto muy superficial, a un punto de “ponernos al día” y simplemente nuestra amistad era como repasar la lectura de un diario personal.
- No todo tiene que ver contigo, Dani. – No sé si me tranquilizó o me molestó que me lo dijera. Me sentí aliviado y a la vez poco importante – A veces, simplemente algo no funciona dentro. Una malformación en el pensamiento incompatible con la vida. Y quizás siempre ha sido así. ¿No era así de niña ya? – No sabía qué decir.
Ella prosiguió: ¿Sabes? Siempre pensé mucho en nuestra conversación acerca de las cuerdas. Estaba obsesionado con ellas. Nunca te dije que tan importante era para mí ese regalo tan tonto y raro que te hice cuando cumplimos los 30, ese trozo de cuerda que había trenzado y entrelazado convertido en pulsera tras añadirle unos cierres. Siempre pensé que los hilos, los cordeles y las cuerdas no eran tan distintas a las personas. Sentía que un hilo solo no era capaz de nada. No servía para nada. Con una aguja, quizás, capaz de coser algo, pero si te fijas los hijos de coser ya en sí son varios hilos trenzados. ¿Te habías fijado alguna vez? Eso solo reforzó mi manera de verlo. Un hilo solo no puede hacer nada, se rompe casi con mirarlo. Pero a medida que nos vamos sumando, sumando, sumando, nos vamos engrosando, fortaleciendo. Siempre he pensado que juntos, las personas, éramos invencibles.
Paró para coger aire. Escuchaba su monólogo atentamente, mirándola a los ojos, paralizado, pero ella miraba hacia la lejanía. Pareciera que hablase para todos menos para mí. Continuó:
-Me siento viviendo en un mundo dividido, carcomido, que nos separa, nos deshilvana, nos deshace, nos rompe. Te regalé la cuerda porqué sentía que tu habías llegado a juntar tantos hilos en mí, que tenerte cerca generaba ese sentimiento de invencibilidad. Aun sabiendo que no vivíamos en el mismo lugar. Hasta que me acuchillaron moralmente.
Su semblante cambió, se puso serio, turbio, oscuro. Algo emanó en su mirada, se entristeció - Hice una ruptura fibrilar. Mi cuerda se deshilachó y me hizo incapaz de soportar el leve peso de la vida. No te creas. Durante meses me creí débil, incluso años. Y con esa extraña afición de hacer cuerdas artesanalmente, empecé a hacer una y sin saber muy bien porqué, en ese momento entendí que yo moriría ahorcada. Como Judas. Como si hubiera hecho una traición insalvable hacia alguien, hacia mí, hacia al mundo. Quizás hacia ti. No lo sé. Pero era incapaz de poder explicar nada. ¿No te diste cuenta nunca?
Y mis ojos se abrieron enormemente, de nuevo, pensando en esa niña de diez años y las cuerdas. Sorprendido y frustrado de no haberme dado cuenta de que algo no iba bien.
¿Lo ignoré o es que no sabía qué hacer con ello? Mi respiración se entrecortaba.
-Lo siento, yo…
-No quiero que te disculpes, has hecho más que nadie para mantener los trozos pegados. Has cosido más que nadie. Todos los que habéis estado hoy allí, en la habitación de este hospital sois mis tejedores, mis cordeleros.
- ¿Por qué no dijiste nada? Yo quisiera, yo querría…
- Porqué no todo se puede remendar. A veces algo simplemente se rompe. Creo que nunca llegué a estar cien por cien conectada con la vida. Una parte de mí ya era espectral, estaba ya en el otro lado. Quizás por eso nunca me atreví a decirte que te quería. Para no encadenarte a un muerto, porque ese me parecía el acto de amor más valiente que pude hacer. Solo una vez no pude evitarlo. Lo deseaba tanto… tanto poder hacer crecer las ganas de vivir a través de ti, a través de tu mirada. Creo que incluso llegué a experimentarlo, aunque fuera a través de un cristal. Como observando un animal salvaje en un zoológico.
- ¿Por qué decidimos no hablar nunca de las cosas verdaderamente importantes? Yo también estaba enamorado de ti, tanto, tanto, tanto tiempo y sin embargo nunca pude decir nada. Tenía miedo de romper lo que nos unía. Me arrepiento tanto de no haber dicho nada esa mañana, cuando desayuné en tu casa, los dos en ropa interior. Me moría de ganas de decirte que te quería, y que no podría dejar de hacerlo nunca.
- Pero yo te alejé. Mi oscuridad te alejó. No te di lugar para que pudieras hacerlo. Era consciente de ello. Te miraba. Y yo me sentía igual. Pero no quería mis demonios para ti.
- No me daban miedo tus demonios.
- Imagínate por unos instantes que tu te enamoraras con la misma intensidad con la que me enamoré yo. Imagínatelo. Los dos, en el mismo momento y en el mismo lugar. No desacompasados como siempre ¿No sería acaso esto maravilloso? ¿No sería muy loco poder soltarse al completo? ¿Que aquello que en algún momento hemos anhelado y aplazado pudiera por fin darse? Jamás pensé que pudiera haber un lugar, un hogar para mí, ni mucho menos que yo pudiera llegar a construir uno. Y sin embargo aquí estoy, más muerta que viva y deseándolo todavía. Pero luego me acordaba de aquello que me dijiste una vez, aquello de que “no se puede echar de menos lo que no se tiene”. Y entonces me retiraba, porque así no tendríamos que vivir el dolor de no tenernos. No tendríamos que sentir el hueco que sentí cuando te fuiste a Barcelona después de pasar una noche en mi cama.
No sabía qué decir. Estaba triste, enfadado, confundido. Seguía sin entender nada, y cuánto más intentaba entender más me perdía. Quería decirle tantas cosas…
-No tenemos porque hablar de todo esto ahora – dijo, como leyéndome la mente. Sonreía con serenidad. Con la tranquilidad con la que te habla un espectro que ha viajado al más allá y regresa con la paz a cuestas.
- Me acuerdo de esa poesía que te gustaba tanto… de Edgar Moliska, aquella frase que siempre escribías, de manera obsesiva, “Ojalá nos llegue el amor antes que la muerte”. Creo que hay algo capaz de coser, de trenzar y entrelazar la vida. Algo que tiene la fuerza necesaria de cubrir los agujeros. Algo que merecemos vivir antes de morir. Y quizás tienes razón que hay una incompatibilidad en ti relacionada con la vida. Pero no tienes ninguna malformación que te haga incompatible con el amor, y quizás…
-Dani… yo ya he vivido el amor antes que la muerte.
-Pero…
Una voz interrumpió detrás de mi.
-¿Dani, con quién hablas?
Me giré asustado. Se me cortó la respiración. Allí estaba Eva, de pie, mirándome extrañado. La miré como quién mira a un fantasma. Acto seguido me giré hacia…¿Sara?
Sara no estaba, se había desvanecido.
-Con… con…migo – balbuceé
-Iremos a comer algo con mis padres y luego ya iremos al Tanatorio. ¿Vienes con nosotros? – Asentí con la cabeza, todavía confundido.
¿Con quién hablaba? No lo sé…Pero por dentro pensé que no era conmigo sino sintigo
No me di cuenta pero se me cayó la pulsera de cuerda que me regalaste. Y de manera casi inapreciable, un pequeño hilo se rasgaba dentro de mí.
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