Mierda y sangre
La miraba de reojo mientras me comía unos
"spaghettis" que había preparado el día anterior. Sobraron, habían "spaghettis" suficientes para dos. No sabían igual.
Sencillamente, no sabían igual que ayer. No era por el táper
de plástico, no era porqué hubieran perdido calidad de un día para otro. Era
porqué la miraba de reojo.
Des de que la miraba de reojo nada sabía a nada, nada sabía
como ayer. Fumar ya no quemaba mis pulmones, no podía caber más fuego
dentro de mi piel. Ya no escocía beber, el whisky atravesaba sin freno mi piel. Leer era
como atracarse a comer para luego vomitarlo escribiendo mierda. Y con sangre lo
único que se escribe es mierda.
Follar se convirtió en una condena.
Correrse era el desenlace amargo a unos movimientos agrios y caóticos. La
resolución de la situación repugnante que no generaba ni placer, ni
tranquilidad ni catársis, si no que dejaba un sabor a disgusto que solo se podía
borrar con el sueño.
Pero mientras, la miraba de reojo.
Mientras miraba la
manzana, una manzana roja, redonda y brillante. Le daba un mordisco desganado, ella seguía en mi reojo.
Para romper ese silencio desolador, sin mirarla a la cara le
dije desde esa misma nada que era yo, desde esa misma nada en la que me
encontraba:
- Me acuerdo de cuando era pequeño, unos 4 o 5 años y estaba
en la frutería del centro, le preguntaba a mi padre de dónde venían esas
manzanas, él siempre respondía "no lo sé hijo, pero de los árboles seguro
que no." Yo ya sabía que salían de los árboles, solo quería saber donde estaban plantados, me imaginaba que habría llanuras enteras de manzanos con hojas verdes y manzanas rojas, como en un dibujo. Pero cuanta razón tenía mi padre, no pueden venir de los árboles.
Dejé esa preciosa manzana que por dentro no tenía ningún
sabor en absoluto. Era pura perfección por fuera pero cuando la probabas estaba vacía de sabor. Deje mi mirada perdida en esa
manzana mordida, mientras, la miraba de reojo.
Yo no la estaba mirando pero me daba cuenta que ella me
miraba fijamente a la cara y me sonrió un segundo, luego volvió a ponerse seria
apartando la mirada, dejándola caer muerta encima de esa manzana mordida, que
se oxidaba segundo a segundo con gran rapidez, se consumía. Cuando no hay nada dentro, rápido desaparece.
Como ese silencio prolognado, que era fruto de la oxidación
de nuestras palabras que nunca se debieron decir, esas palabras malditas que
dejaron a nuestro silencio carcomido y putrefacto.
- De los árboles seguro que no.
Repitió ella. Lo que mi padre nunca me dijo es que hay cosas
a las que no se les puede quitar nunca el óxido. Y hay frutas que no se deben nunca morder.
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