Bill...
...creo que esto me está matando...si pudiera huir de este lugar..."
Mientras lo pronunciaba, poco a poco se iba desdibujando su sonrisa de dientes ennegrecidos de la cara. Su aliento olía a cerveza y sus lágrimas sabían, por el ojo izquierda a ginebra, y por el ojo derecho a ron.
"Toca esa canción Bill", le pedía al pianista de la pajarita, "Toca esa canción que era así como dulce pero era triste". Pero Bill ya sabía que canción era, como cada noche, que él al perder su sonrisa quería volver a escuchar "Derrota y Miel", una canción que el propio Bill compuso cuando tocaba en aquel bar subterráneo en el barrio de Harlem, donde solo frecuentaban gente de color y lo apodaban "Bill el blanco de manos negras". Nunca entendió eso, había pianistas blancos realmente buenos.
A él le duró poco la fama, un joven saxofonista negro le robó las noches de lo viernes, y con eso perdió su oportunidad. Compuso "Derrota y Miel", y ahora se daba cuenta que ese lastre que tanto encantaba al borracho de las diez era precisamente la historia que él siguió una vez terminó de crearla.
Mientras el borracho veía el reflejo de su vida en ella, Bill veía el camino que se había visto obligado a seguir, un camino que él mismo había compuesto. Ahora Bill ya no se podía peinar con gomina y llevaba el pelo corto, mal afeitado y con un traje viejo que pocas veces lavaba.
"¿Tiene fuego señor?" pedía Bill al único hombre en todo el local que sentía sus canciones.
"¡Venga, no me jodas Bill! ¿Como que señor? Toma un par de cerillas, puto maníaco, después de cinco años que no tengas los cojones de darme un nombre". La verdad es que Bill vivía de las propinas que dejaba la gente mientras él tocaba, así que miraba de tratarlos con el máximo respeto. Las propinas eran lo suficiente y mínimo para comer y poder seguir tocando el piano.
Bill se encendió el cigarro, hizo un par de caladas sin quitárselo de los labios, moviendo ligeramente la mandíbula para poder sacar el aire y mientras estiraba los dedos para poder empezar a tocar. Dejó el cigarro descansando en un cenicero que tenía encima del piano, que se iba consumiendo con los minutos del reloj.
En seguida, Bill tocó las diez primeras notas de "Derrota y Miel", con lo que ya le devolvió al borracho su sonrisa de nuevo, recordándole así los diez primeros años de su vida. Bill paró y dijo:
"Señor, con todos mis respetos, yo aun no le he puesto nombre porque el que me puso usted a mi no me gusta en absoluto", y acto seguido se giró hacia el piano y prosiguió tocando sin parar. El borracho se reía con una carcajada seca y poco sonora parecida a la tos, que quedaba escondida bajo el sonido de las teclas del piano.
La música seguía sonando y él susurró para sí mismo: "Tócala otra vez, Bill. Tócala otra vez..."
Mientras lo pronunciaba, poco a poco se iba desdibujando su sonrisa de dientes ennegrecidos de la cara. Su aliento olía a cerveza y sus lágrimas sabían, por el ojo izquierda a ginebra, y por el ojo derecho a ron.
"Toca esa canción Bill", le pedía al pianista de la pajarita, "Toca esa canción que era así como dulce pero era triste". Pero Bill ya sabía que canción era, como cada noche, que él al perder su sonrisa quería volver a escuchar "Derrota y Miel", una canción que el propio Bill compuso cuando tocaba en aquel bar subterráneo en el barrio de Harlem, donde solo frecuentaban gente de color y lo apodaban "Bill el blanco de manos negras". Nunca entendió eso, había pianistas blancos realmente buenos.
A él le duró poco la fama, un joven saxofonista negro le robó las noches de lo viernes, y con eso perdió su oportunidad. Compuso "Derrota y Miel", y ahora se daba cuenta que ese lastre que tanto encantaba al borracho de las diez era precisamente la historia que él siguió una vez terminó de crearla.
Mientras el borracho veía el reflejo de su vida en ella, Bill veía el camino que se había visto obligado a seguir, un camino que él mismo había compuesto. Ahora Bill ya no se podía peinar con gomina y llevaba el pelo corto, mal afeitado y con un traje viejo que pocas veces lavaba.
"¿Tiene fuego señor?" pedía Bill al único hombre en todo el local que sentía sus canciones.
"¡Venga, no me jodas Bill! ¿Como que señor? Toma un par de cerillas, puto maníaco, después de cinco años que no tengas los cojones de darme un nombre". La verdad es que Bill vivía de las propinas que dejaba la gente mientras él tocaba, así que miraba de tratarlos con el máximo respeto. Las propinas eran lo suficiente y mínimo para comer y poder seguir tocando el piano.
Bill se encendió el cigarro, hizo un par de caladas sin quitárselo de los labios, moviendo ligeramente la mandíbula para poder sacar el aire y mientras estiraba los dedos para poder empezar a tocar. Dejó el cigarro descansando en un cenicero que tenía encima del piano, que se iba consumiendo con los minutos del reloj.
En seguida, Bill tocó las diez primeras notas de "Derrota y Miel", con lo que ya le devolvió al borracho su sonrisa de nuevo, recordándole así los diez primeros años de su vida. Bill paró y dijo:
"Señor, con todos mis respetos, yo aun no le he puesto nombre porque el que me puso usted a mi no me gusta en absoluto", y acto seguido se giró hacia el piano y prosiguió tocando sin parar. El borracho se reía con una carcajada seca y poco sonora parecida a la tos, que quedaba escondida bajo el sonido de las teclas del piano.
La música seguía sonando y él susurró para sí mismo: "Tócala otra vez, Bill. Tócala otra vez..."
Comentarios
Pobre Bill, triste miseria. Con su pelo mal afeitado, su traje de telarañas que ni la lluvia lavaba porque jamás salía de aquel tugurio, y sus manotadas al aire intentando tocar el humo que lo cegaba y asfixiaba.
Pobre Bill, triste miseria, cava su fosa sin descansar.
PD. La verdad es que no sé si Bill, es el que toca, o al que le piden que toque :)
Y Bill, un hombre aferrado a un piano... la emoción empapada en alcohol y una voz que le dice: "pareces cansado" y aún no ha salido ni el Sol.
Aún así, a ratos con furia golpea el piano y ambos recuerdan el ayer...el reflejo de sus vidas o el camino que se han visto obligados a seguir. A Bill ya no le importa
que algunos le hayan visto llorar.
Toca otra vez Bill, viejo perdedor haces que me sienta bien, es tan triste la noche que tu canción sabe a derrota y a miel...