Taza
Recuerdo la primera vez que lo vi en la tienda de artículos del hogar.
Nunca me había planteado antes que pudiera comprar y cambiar la decoración de un artículo semejante de mi inodoro. Fue toda una novedad para mi, un descubrimiento inaudito.
Yo solo entré en la tienda para comprar unas pocas bombillas y quizás una lámpara nueva para el comedor, pero esos agradables pasillos anchos, los grandes almacenes con tantas parejas andando cogidos del brazo y diciéndose "y mira aquello, y lo otro, y lo bien que quedaría en el salón, y eso para cambiar el otro que ya venía viejo con el piso...". Todo el ambiente me hacía sentir tan a gusto que decidí pasear por allí a ver si había algo interesante.
No tenía pareja con quien pensar como podría decorar mi hogar, pero llevaba ya más de un año en el nuevo piso, y fuera solo o acompañado debía empezar a darle un aire más hogareño y acogedor. Bienvenido a la dictadura independiente de mi casa.
La perplejidad apareció al llegar al pasillo de los baños. ¡Madre de Dios! Toda la pared de un pasillo entera de tapas para las tazas de váter. Los había de colores, rayas, que parecían una pecera, con agua y arenas de colores... Jamás pensé que podría haber algo así! Qué perplejidad la mia ante tal acontecimiento!
En todos los baños en los que había estado hasta la fecha había la típica tapa blanca de plástico, en algunos bares igual la habían robado y no estaba, en muchos otros bares las había pero ya no quedaba nada de ese color blanco, dejando un rastro amarillento con un imborrable olor a orina. Pero por lo general fuera de plástico más bueno o peor todas las tazas de váter tenían las tapas de serie blancas.
Ese pasillo cambió la visión que había tenido durante los 33 años de mi vida de lo que era una taza de váter. Decidí ponerme a prueba, cambiar mi destino, cambiar el modo en el que veía el mundo, así que decidí comprar una con rallas azules del mismo tono de los azulejos del cuarto de baño.
Tan solo llegar a casa la instalé y estuve comiendo y bebiendo esperando que el cuerpo hiciera su grito de guerra para poder estrenar las tapas del váter. Ese cambio tan sencillo revolucionaba todo a lo que en cuestión escatológicas refiere. Y el momento llegó, y llegaron muchos momentos, todos los días y nunca perdió ese "no se qué" especial que tenía ir de vientre en una tapa rayada.
El gusto y placer fué tal que me vi incapaz de ir a cualquier otro servicio que solo estuviera equipado con tapas blancas de váter. Cómo de dificil era encontrar un baño en condiciones, una taza de colores, algo especial. En el barrio no había ningún bar de estas mismas características ni en el trabajo, ni cerca de él. Algunos días se convertían en una agonía.
Lo más cercano era recorer 20 minutos en moto para pedir un café solo en el bar "La maison del maître". 1'50 valía, pero era el único sitio donde hubiera una tapa de tal magnitud artística.
Un día abrieron un bar nuevo cerca de mi casa. Durante las primeras semanas los vecinos dejaron de hablar del tiempo por el ascensor para hablar de la novedad del bar: "has visto que ya está abierto el nuevo bar de la esquina, se ve que Miguelito lo vendió a no se quien de Sitges, alguien de buena familia y ha hecho un bar de estos modernos futuristas, a mi no me gusta nada, es para gente joven", "parece muy caro", "tienen unas ensaimadas muy ricas pero no es muy cómodo".
Hasta que llegó el fatídico día en que el reloj que marca la"hora All-bran" falló en mi cuerpo y me enganchó el apretón a la hora de comer, con lo que "La maison del maître" estaba llena, no había para tomar un café. Entonces se me ocurrió que podía regresar hasta cerca de casa para llegar al nuevo bar, con la total inseguridad de si habría un baño semejante. "Es un sitio moderno, seguro que la taza es original".
Y ahí me planté (yo, no el resultado de mi digestión) en el "BarKat Strips". Abrí las puertas con rapidez y vi ese local con poca iluminación, con luces azules y sofás de cuero blanco. Las paredes estaban decoradas con rallas de color azul, como el azul de mis azulejos, como el azul de mi... Dios!
Por mi sorpresa, ese local estaba decorado con tapas de taza de váter, y para mi sorpresa abundaba la tapa que él mismo había comprado! Ese local se convirtió en mi templo sagrado y su dueño en el gurú de mis heces.
Des de entonces me sentí seguro allí a donde fuí, ese recuerdo impactante, todas esas paredes repletas de tapas rayadas, ese simple recuerdo permitía que viajara con mi imaginación desde cualquier inodoro vomitivo a mi apreciado trono de desahogo vital.
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