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Diosa de la Guerra

Salía del baño. Notaba mi frente sudada, gotas gordas caían entre mis cejas y por la sien. Me sentía nervioso, me movía inquieto, me temblaba la voz. Podía sentir como de las axilas de mi camisa se iba acumulando un sudor que ya era perceptible a la vista de cualquiera que estuviera cerca, y pronto iba a ser perceptible también su olor. Notaba como la gente a mi alrededor me miraba, no con extrañeza, no juzgándome, simplemente eran observadores pasivos, un público muerto imposible de impresionar pero atento a cualquier situación que se saliera de su normalidad, algo que se saliera de su café con croissant y su zumo de naranja, algo que se saliera de su periódico local con noticias aterradoras leídas con una mirada aséptica. Ver a un individuo pasar un mal rato tampoco les producía ningún tipo de emoción especial en sus vidas rutinarias y fabricadas en serie, pero quizás era más emocionante que pensar en su desgraciada y pobre existencia. Ahí estaba yo en medio de un bar mal decor...

Relevante

Sentía fatiga, una gran e infinita fatiga. Una fatiga incansable. Tras tres días sin salir de casa, tumbado en la cama, a veces llorando y a veces escuchando música que me hacía llorar, música que me hacía pensar en ella y especialmente por eso me hacía llorar. Tenía dieciséis años y me veía en el centro del mundo, en el centro del universo, en el centro de un agujero negro. Era un viernes, el segundo de mayo, cinco y media de la tarde, tras las clases, estábamos paseando y no quería que nos cogiésemos de la mano, algo raro pasaba, pero sabiendo que Claudia era rara, tenía una explicación suficientemente válida como para no tener que preocuparme. Claudia era rara. Ahora con retrospectiva puedo ver que la última semana había sido más rara y distante entre nosotros de lo que se suponía que debiere ser en una relación entre adolescentes. Claudia era una chica de mi clase, habíamos ido a clase juntos desde que habíamos empezado la Primaria y se suponía que íbamos a terminar el ins...

Hipocondría

No importa mi nombre si no quién o qué soy. Y si me preguntas qué o quién soy, ahora mismo te respondería que soy hipocondríaco. Si algo me define, sin duda alguna es esto. Soy consciente plenamente de ello, pero en mis ataques hipocondríacos no distingo si lo que me ocurre es cierto o es una falsa alarma. Puedo definir toda mi vida a través de este patrón, por esa razón si me preguntas qué, quién o cómo soy te diré que hipocondríaco. Comúnmente la hipocondría es conocida por creer tener alguna enfermedad grave sin fundamento, aunque yo diría que se puede y se debería definir de un modo completamente distinto. En mi caso además, hay fundamento, el miedo no aparece tras la nada, siempre tras una reacción física, un dolor abdominal, una presión en el cráneo, un palpitar extraño en mi corazón… todas estas cosas pueden ser fácilmente síntomas de apendicitis, de un tumor cerebral o de un paro cardíaco. Hipocondría es vivir cada día pensando en qué vas a morir. Es ser un ser para l...

Microrelat de 75 paraules (V) i últim

Entre la vida i la mort. Suor freda. Penses que ningú té dret a decidir si algú mereix viure o morir, però les persones ens prenem la justícia per la nostra mà. No és just, però no importa. Costa imaginar el que es sent quan t’apunten amb una pistola al cap, és difícil. Però algú es pregunta mai com es sent aquell que està apuntant? La por m’ofuscava, i el vaig disparar.

Los seis elefantes y el ciego

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Ocurrió en la India mucho tiempo atrás, un rey cogió para su divertimento a uno de los hombres más sabios de la ciudad y que además era ciego. No era la ceguera lo que lo hacía sabio pero sí lo ayudaba a ser respetado por todos. El rey dejó a ese hombre en medio de su patio central del palacio en el que además habían seis elefantes grandes. Cerró las puertas de los jardines y se quedó en un gran balcón sentado en una butaca acolchada a observar lo que sucedía. Uno de los elefantes, decidido se acercó al ciego y lo rodeó con la trompa. El ciego, callado, aunque asustado se quedó inerte como un palo esperando saber cuál iba a ser su destino, su muerte, sin comprender porqué había sido arrojado a los elefantes. El elefante estrujó un poco al ciego y se dio cuenta de su blandura. Luego lo levantó y fue consciente de su levedad. Enseguida perdió el interés, lo soltó y se quedó a su lado, ignorándolo. Un segundo elefante se acercó al hombre y se arrodilló, mirándolo a los o...

Microrelat de 75 paraules (IV)

20 anys de recerca del famós tresor dels setze mars. Per fi davant meu el lloc on va ser enterrat. La primera palada per desenterrar-lo i em venen al cap les mil històries per les que he passat. La dotzena palada, les persones que he perdut pel camí, vintena palada, la dona i la filla. Trenta palades. Esbufecs, glop d’aigua. Quaranta palades i toco fusta. A dins, una carta: “Mai l’esforç impedeix la fortuna”.

Et volia dir...

... que tot el que t’he dit avui era veritat. És veritat que t’he vist bé, que feies bona cara i que t’havies aprimat molt. Era veritat quan deia que se’t veia realment bé, i ho repetia un altre cop més a poc a poc i amb un to de veu més alt, com si amb les dues primeres vegades no n’hi hagués hagut prou. Una cosa que no he pogut dir i que per dintre he pensat desprès de fer-nos dos petons és que se’t veia feliç, feliç com no t’havia vist mai. Com no t’havia vist mai amb mi. És veritat que me’n alegrava de que tot t’anés tant bé, que tinguessis nova feina, que et paguessin més i que per aquest motiu tornaves a passejar i viure per la ciutat, la nostra ciutat, la que ens va veure agafats de la mà i la que ens va sentir cridar. La ciutat que ens va fer estimar-nos. La mateixa puta ciutat que ens va separar i es va tornar més grisa que mai, fins avui. M’he alegrat molt de que per fi poguessis reconèixer que vas necessitar fugir d’aquí i trobar un lloc nou, allò que mai em va...