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Julieta

Siento romper el silencio que impusiste entre nosotros pero la ocasión lo requería. Y digo muy claramente “impusiste” porque, a pesar de que yo accedí sin pedir más explicaciones, mi conformidad era más bien una aceptación forzada que un acuerdo conjunto. Para mí es muy importante poder compartir esto contigo. Compartir que he vuelto a respirar. Sí, inhalar, coger aire, llenar mis pulmones, los dos a la vez, llenos de aire… y soltarlo lento, pausadamente, sin prisas, sin sollozos, sin ahogos. Creo que la semana pasada incluso puedo decir que disfruté. Casi duele de emoción al decirlo. Estaba tumbado en la playa en una zona en la que había algún árbol, que aun siendo un gran alivio para este calor insoportable, permitía que los rayos de luz se colaran entre el balanceo de las hojas con el viento. Levanté la mano, estirando el brazo lo más recto posible y como con la ambición de agarrar el sol y aplastarlo entre mis dedos. Pero los rayos de sol se colaban y algún destello iluminaba m...

Casi infinito

El beso más largo del mundo duró tan solo un segundo, ¿te acuerdas? Fue el último beso que nos dimos, y duró exactamente el doble que nuestro primer beso, que fue casi infinito. Lo más horroroso fue el aviso. Si no hubieras anunciado nada y nos lo hubiéramos dado sin más, hubiera durado lo mismo en todos los relojes del mundo: 1 segundo. Pero lo advertiste, "este va a ser el último beso que nos vamos a dar", y con diez palabras lo hiciste eterno. Me quedé paralizado por tú osadía, me pregunté como coño podías ser capaz de vaticinar todo lo que iba a suceder en nuestras vidas en los próximos cincuenta años, como para estar tan segura de que iba a ser el último. Me molestó muchísimo. No fui capaz de decirte nada. Aunque de momento llevas razón. Nos acercamos lentamente hasta que nuestras caras chocaron la una con la otra. Tus labios estaban fríos, como si estuviera besando a una muerta. Pero tu estabas viva, quizás tus labios ya no se calentaban al juntarlos con los míos. Lo qu...

Enanitos

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Hoy he vuelto a escribir. Ha sido reconfortante, relajante, casi catártico. Ha sido como hacerse una paja pero con letras. Te lo explico a ti porque siempre decías que no deberíamos guardarnos esas cosas que separan a la gente, porque has vivido tantas veces este bucle conmigo, que ahora apareces como una enanita dentro de mi cabeza con la que hablo y a la que escribo cosas. Sabes, durante años me preguntaba cuál era el secreto de la inspiración, y además pensaba que lo tenía claro: era crear un simulacro de escritor atormentado el que me acabaría convirtiendo finalmente en uno de verdad. Me sentaba al borde de la ventana con una libreta arrugada, un vaso de whisky sin hielo (“el hielo es para los maricas” solía decirme y decirte), un paquete de cigarros y empezar trabajar a altas horas de la noche, cuando la ciudad calla. Bueno, cuando la ciudad susurra. Me pasaba horas con bocetos, mapas conceptuales que relacionaban personajes como si fueran reales y de una investigación policial ...

Leia

Me acuerdo del primer día que me enamoré. Había sentido amor antes, desde luego: hacia mis padres, hacia mi hermano, hacia mis amigas… pero recuerdo perfectamente el momento en el que me enamoré perdidamente, el momento en el que me partió un rayo por la mitad y me dejó el estómago hecho trizas. Fue el verano de 1992. Mis tíos tenían una casa en el Empordà, en Torroella de Montgrí, a pocos quilómetros de la playa. Cada verano mis padres aprovechaban y nos dejaban el mes de Julio con ellos, y en Agosto aprovechan su mes de vacaciones para pasarlo entero allí con nosotros. Mis tíos no tenían hijos y nos trataban a mí y a mi hermano como su fuéramos hijos suyos, o incluso mejor, nos trataban como reyes. Nos adoraban y nosotros los adorábamos a ellos. Nuestros padres venían el viernes por la noche con el coche y se quedaban hasta el lunes a primera hora de la mañana y siempre bromeaban sobre si queríamos irnos con ellos a Barcelona, y mi hermano Joel y yo nos poníamos histéricos gritando...

John Berger

“El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor. En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo. El deseo anhela proteger al cuerpo deseado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar, necesariamente temporal, para eximirse de la herida incurable de la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites”.

Opel

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Viviendo en un estado capitalista, el deseo es una de las cualidades humanas más potenciadas. Un deseo constante y cambiante hacia los objetos, hacia las cosas, que toda esa fuerza, esa pasión queda completamente huérfana a la que se obtiene el objeto de deseo. Nos enseñan a no apegarnos a las cosas. “Solo son cosas”. Y es extraño, porque es un poco contradictorio que “solo sean cosas” pero que no podamos dejar de pensar en el siguiente objeto que aparecerá en nuestra cesta de la compra de Amazon. “Deséalas y desapégate”.   Pero de vez en cuanto pasa que, dejas de desear cosas y empiezas a ganar algunas batallas, y otras veces pasa así como que te enamoras de un objeto, y cuando te enamoras de él, no puedes desprenderte fácilmente de él, venciendo el deseo de cambiarlo por uno más nuevo. Y eso me ha pasado contigo.   Apareciste en mi vida cuando yo tenía 16 años. Un día mi madre y yo íbamos en coche, y en medio de la carretera más ancha de Figueras su viejo Corsa nos dejó ...

Capítulo 7 - Roberto, 1992

En 1992 yo tenía trece años. Justo había pasado del colegio al instituto, y con todo lo que había vivido con mi madre, mi padre decidió cambiarme de barrio. En el momento en el que tomó la decisión, me dio absolutamente igual no tener conocidos en la clase. Cuando llevaba algunos meses con los nuevos compañeros de clase, empecé a echar de menos a los viejos. Quizás en el colegio mis antiguos compañeros de clase eran más niños, pero por lo menos no pretendían aparentar ser mayores de lo que realmente eran. Los primeros meses yo iba a mi aire, no tenía muchas ganas de hacerme amigo de personas que no me interesaban, y tampoco estaba demasiado interesado en las chicas. Eso generó cierta aura de misterio alrededor mío, que atraía miradas y curiosidad cuando intervenía en clase, y a la vez generaba cierto respeto, temor, incluso rabia en los sectores más populares de la clase. Tampoco sé muy bien porque. Quizás a esas edades las personas necesitan encasillarte, ¿eres de los buenos o de lo...