Entradas

Ojos

Esa noche había una gran fiesta en la casa de los Rodríguez. Quién dice “casa”, dice “pequeña mansión” de cuatro plantas, con un jardín y piscina que eran la envidia de los vecinos y los invitados. La mitad de la primera planta estaba formada por un salón bastante grande, con puertas de cristal que daban directamente a la piscina y al jardín, pensada exclusivamente para los eventos sociales, no tenía otro uso. El resto de la casa era menos transitada por los invitados y se reservaba para los amigos más cercanos, aunque Selena Rodríguez (la matriarca) se aseguraba de describir con todo lujo de detalles el resto del “edificio”, creando una sensación de curiosidad e incredulidad en el oyente, clavando la estocada final con un “si quieres date una vuelta, discretamente, no quiero que esté después todo el mundo paseándose por la casa”. Así que todos los invitados en algún momento de esa noche o de noches anteriores habían cruzado el umbral del salón para adentrarse en el mundo más persona...

Capítulo 1

Estaba parado delante de la puerta de entrada del edificio, un bloque viejo de ladrillos vistos medio en ruinas. Iba mirando alternativamente un pedazo de papel pequeño y arrugado que sostenía en la mano y la placa del número del edificio. Coincidían. Con la otra mano secaba el sudor de su frente y se colocaba el pelo (liso y con una alopecia avanzada) hacia atrás. Pero David aún tardó un minuto más comprobando que no se tratara de un error, esperaba que en algún instante o bien la placa o bien su papel cambiaran mágicamente de número y se pudiera ir de ese edificio que probablemente estaba infestado de ratas, cucarachas, putas y yonquis. Finalmente, arrugando toda su cara como un estreñido, decidió entrar. Al abrir, se quedó con el pomo de la puerta en la mano, se quedó mirando con incredulidad esa pieza metálica que si algún día había sido dorada, hoy ya no quedaba ni un atisbo de su pasado, enterrado entre una gruesa capa de suciedad y grasa. La volvió a colocar con cuidado y e...

Pingüino

Entró en el servicio del centro comercial, su vejiga no estaba llena hasta arriba, pero pensó que sería mejor ir menos apurado por si finalmente la chica decidía irse a casa con él y se entretenían por el camino. Decidido, bajo la cremallera de sus "jeans" y dejo la manguera en modo automático, el caudal era expulsado con vehemencia. Una vez hubo vaciado el depósito, hizo unas cuantas sacudidas convincentes a fin de que no quedara ni una gota guardada en la recámara, esa hija-de-puta siempre preparada para salir en el momento menos oportuno dejando su impronta en los más pulcros y puros calzoncillos. Terminada su tarea se acercó a la pica pero, por desgracia de Miguel, una sorpresa vino en el momento de lavarse las manos.  Un gran espejo que ocupaba toda la pared del baño mostraba sin escrúpulos que había cometido algún fallo de cálculos. Unas gotas colocadas estratégicamente en la parte delantera de su pantalón daban fe de ello. Si él se había percatado, ella, observado...

Rizos

Estirados. Tenía la mano derecha apoyada detrás de su espalda y con la izquierda le acariciaba el pelo. Joan tenía el pelo oscuro, largo y rizado que atrapaba sin remedio los dedos de Eva, entonces hacían una suave caricia de regreso para desenredarse y poder seguir tocando una parte distinta de su cabeza. Estaban cara a cara, pero la mirada de Joan atravesaba los ojos de Eva, su piel, su carne, su cabeza... para posarse en un punto fijo y muerto de la pared, ausente de los tactos y las dedicaciones que ella le proporcionaba. Sin haberlo decidido, Eva sopló con fuerza por la nariz, como un acto reflejo al entender el motivo de su turbación. Él enfocó la mirada de nuevo y se percató de la llamada de atención. - Perdona - No hay nada que perdonar. Unos segundos de silencio paralizaron el tiempo en la habitación, los corazones no latían, los músculos se habían vuelto de cera, los dedos de Eva estaban encallados entre de los rizos de Joan, solo se podía percibir algo de vida en el e...

Arroz. Océano. Algas

Unos dedos recorrían mi espalda con movimientos irregulares, difíciles de predecir. Un escalofrío inundaba mi columna vertebral, un leve estremecimiento, al principio de placer, un placer que en unos segundos se transformó en incomodidad. Su otra mano pasó por mi costado derecho rozando toda mi piel a su paso hasta llegar a la espalda y se sumó en el vaivén de caricias. Llamó mi atención con su nariz, dando un ligero toque a la mía. Siempre es un aviso previo a un beso. Sus ojos azules se clavaron en mi, primero grandes, abiertos redondos, parecían no tener fin. Bajó ligeramente las cejas de manera inconsciente convirtiendo la profundidad en deseo. Por un instante me pareció ver otros ojos, verdes como un campo de arroz que se mece con el viento. Sus labios callaron mis confusiones. Mientras nuestras lenguas se visitaban le agarré un pecho. No era muy grande, cabía completamente en la palma de mi mano, era un pecho duro. Un pezón bastante largo se escabullía en el espacio entre mi...

Soñé

Soñé que no estabas. Yo estaba estirado en la cama con los ojos aún cerrados y te buscaba a tientas por algún lugar del colchón. Eras un fantasma, aparecías con un vestido sencillo e inocentemente blanco, como tu piel, te acercabas a mí, acercabas tus manos y yo podía notar tus caricias sin que me tocaras. Y después te desvanecías como si fueras niebla. Era igual que un mal sueño. Quería llorar pero lloraba sin querer. Y tú, me debías oír de alguna manera porque entonces tus manos me rodeaban por detrás y me apretaban el pecho, dándome calor y frenando mi llanto. Entonces yo me giraba, te miraba, pero algo en ti había cambiado, algo en tu naturaleza era distinto. Eso que era idéntica a ti, pero algo fallaba en los ojos, un destello que ya no existía y me daba un miedo tremendo. En tus ojos habitaba una mirada sin mirada que me hacía temblar. Sonreías con una dulzura que jamás había visto en ti, pero era vacía. Intentando salvarte de esa maldición, ahora era yo que me acercaba a ti, l...

Triple Jim

- Mira, yo estoy un poco harta, esto no se sostiene y debemos hacer algo para cambiarlo. Hemos intentado muchas cosas y después de darle muchas vueltas esta es la última opción. Piénsatelo tranquilamente, vete a dar una vuelta y después me respondes si sí, o si no. Y si respondes que no, o vienes con una alternativa o quizás deberíamos pensar en separarnos. Asentí aturdido, salí de la habitación, seguí el pasillo hasta la puerta de entrada, cogí las llaves, la cartera, me puse la chaqueta y salí. Parecía que aquella conversación formaba parte de un sueño extraño. Me encendí un cigarrillo y empecé a andar cuesta arriba. La calle todavía estaba mojada de la tormenta de la noche anterior. Expulsé el humo de mis labios haciendo un soplido sonoro. Recapitulé. Sonia se había estado acostando intermitentemente durante seis meses con su compañero de escritorio. Seis meses. Los cuáles supuestamente yo desatendía demasiado sus necesidades, estaba demasiado nervioso y preocupado por mi ...