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El almacén de los juguetes rotos

Se acercó lentamente con un vaso de plástico en cada mano. El de la mano derecha era muy pequeño. Me quedé mirándola fijamente, observando cada paso, como contoneaba su cadera de lado a lado cada vez que ponía un pie delante del otro. Andaba sin tacones pero aun así parecía como si desfilara una modelo. La bata blanca le quedaba bien ajustada, especialmente en la zona de sus pechos. Temía que en algún momento un botón saliera disparado y me sacara un ojo. Su pelo, negro como el carbón caía cubriendo sus hombros y contrastaba con el uniforme. Era joven, como mucho treinta y pocos. Sonreía y me miraba fijamente mientras andaba directo hacia mí. Siempre sonreía, y la gente que siempre sonríe tiene un encanto especial, es algo que se nota. Era realmente deliciosa, amable, parecía ociosa… su único defecto era estar vestida. - “Toma, aquí tienes. Primero las pastillas y después el vaso de agua”. Qué pena haberla conocido en ese contexto, un año atrás y ambos estaríamos retozando co...

Bilis

Justo después de darnos dos besos y despedirnos, volví a tener la repentina sensación de que debía cambiar de vida. Te giraste, sonriendo con tu amabilidad innata, y cuando me diste la espalda tuve una pequeña convulsión y enseguida el sabor amargo de la bilis inundó mi boca. Tuve náuseas, el sabor empeoró, se me espesó la saliva y me tapé la boca para frenar el vómito. Me mareé. Quise buscar una explicación a ese repentino malestar, y creo que realmente lo que me jodió el momento fue verte. Verte realmente feliz después de un año de habernos separado. Te dejé porque pensaba que tenías una riña con la felicidad. Sin más. No era que fueras claramente infeliz, pero parecía como si tuvieras una resistencia a lo que podía hacerte sentir bien. Eso pensaba sin ser consciente de que yo podía estar colaborando estrechamente con esa infelicidad. Intenté echar la culpa de mi malestar a mis pensamientos, pero lo cierto es que no ayudó nada el hecho de haber bebido una cantidad cons...

Pájaros de papel

“Siempre me trataste bien, gracias Pablo”. Este mensaje escrito en un rollito de papel, apareció por sorpresa cuando, quitando el polvo de las estanterías del comedor, di un golpe sin querer al pájaro de papel endurecido que cayó al suelo y se le partió una de las alas. Del agujero del cuerpo sobresalía una de las puntas del papel, lo cogí y lo leí. Me quedé un rato perplejo mirando ese trocito de papel, pero a los pocos segundos reaccioné y me entristecí. Era el pájaro de Dani, el ave fénix Dani. Fui a buscar pegamento líquido, con el pincel apliqué cuidadosamente la cola en ambas partes rotas, las junté y las sostuve unos segundos, hasta que, soltándolas, se mantenían pegadas. El papel lo dejé fuera. Me quedé mirando fijamente el pájaro, suspiré. Había estado conmigo más de veinte años, casi veinticinco años y, no había sufrido ningún accidente, había sobrevivido a tres mudanzas y a una ex loca que me lanzaba objetos cuando se enfadaba. Así que me dio un poco de pena haberlo r...

Cactus

-Venga amor, sal del baño, por favor, vamos a hablar. De verdad que siento mucho lo que ha ocurrido, he dicho cosas que no pienso. Santi daba golpecitos suaves a la puerta, casi acariciándola, como si quisiera acariciar mi piel, podía sentir sus manos paseándose por la madera, podía sentir su intento de acercarse a mí. Un río de lágrimas salía de mis ojos descontroladamente, mi mano derecha estaba llena de papel de váter arrugado, destrozado y empapado en lágrimas y mocos. Con la izquierda intentaba taparme la boca, me mordía los dedos para ahogar mis sollozos insoportables. Insoportables para mí, insoportables para Santi. Mis mejillas, mis ojos, hasta mis cejas ardían húmedas. Me encontraba sentada en el suelo apoyada con el pecho en el bidé, el único rincón desde el que podía no verme en el espejo para no darme asco. Un sabor a bilis me subía y me bajaba por la garganta, tenía ganas de vomitar, ganas de sacarlo todo. La discusión había sido por una estupidez, otra más como...

Las campanas de Viana

- ¿Porqué me has traído aquí? - preguntó Ester. Estaban sentados en un banco de madera muy sencillo, dos piedras y un tablón de madera que las unía. Ella lo observaba a través de los rizos que colgaban por su frente, él observaba atento expectante hacia la iglesia. La iglesia era alta y aunque tenía encanto, la fachada no se conservaba en muy buen estado. Había distintos niveles con un tejado de madera oscura y una torre que se alzaba un poco más alto en el que había un reloj solar y una campana. - Ya lo verás - respondió él confiado, ilusionado. Ella puso cara de circunstancia, pues no parecía que fuera a ocurrir nada fuera de lo común en aquella iglesia cualquiera de cualquiera de los pueblos que quedaba a pocos kilómetros de la ciudad. Cruzó las piernas, apoyó el codo derecho en ellas y la cabeza la apoyó en la mano. Una ligera señal de aburrimiento. Aunque él seguía mirando fijamente la torre, sintió su falta de pasión y se vio obligado a iniciar conversación. - Esta mañan...

Las muelas del juicio

Observé que el “parroquiano” a mi izquierda pedía una copa sin hielo de Oban catorce y que la camarera, generosamente, llenó la copa hasta que terminó el contenido restante de la botella. Aproveché para pedir lo mismo, obligándola a salir de detrás de la barra de madera de cerezo rojo que la cubría de cintura para abajo. La perseguí con la mirada de camino al almacén y esperé, pacientemente y mirando de reojo, a que regresara de nuevo a su puesto para servirme. Había que quitarse el sombrero ante esa mujer, su único defecto era estar vestida. Con toda la simpatía y capacidad de seducción que pude juntar (e intentando evitar que me escuchara algún fanático de los buenos escoceses) pedí un hielo. Sin pinzas pero con la delicadeza de una princesa, sacó un hielo de detrás de la barra, apenas sin moverse, de algún rincón que era inaccesible a mis ojos. Sonrió al soltarlo y me miró a los ojos, me pareció hasta provocador si no hubiera sido porqué claramente, ese tipo de encanto tan na...

Míriam y Carlos

Basado en la puta verdad, mezclada con fantasía El paseo alrededor del lago Thörmsdal era una delicia. Un bonito camino de dos horas en el que los árboles se mezclaban, en una curiosa armonía, con las casas de colores vivos que se dejaban entrever escondidas tras los troncos. Iban cogidos de la mano, apenas gozando de la belleza del paisaje: mirarse a los ojos les parecía insuperable. Solo de vez en cuando se distraían para esquivar a otro paseante y aprovechaban para disfrutar del reflejo perfecto que ofrecía el lago, creando una estampa difuminada de verdes, azules, blancos, rojos y naranjas. Debajo del guante de ella se escondía un anillo de oro blanco con un diamante reluciente, pero este detalle es solo para el lector, en sus ojos todas las palabras necesarias ya estaban dichas. Él notó que la mano de ella se aflojaba. - ¿Estás bien? - Sí, no es nada. Me siento un poco débil. - Si quieres podemos parar y descansar. - No es necesario, no nos queda mucho para termi...