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Triología

 Hoy me he despertado con la polla dura. Tal y como suena. El despertar me ha sorprendido con una erección de campeonato, ¿o acaso ha sido más bien que la erección ha sido la culpable de mí despertar? Debo reconocer que ha sido una empalmada digna de una película erótica, perfecta, recta, erguida, total y completa, con toda la magnitud (dentro de las posibilidades) que uno podría esperar. Recta como una “ele minúscula”, como el palo de una bandera. Faraónica. Yo estirado en la cama me sentía como Louis Armstrong al clavar la bandera americana en la superficie lunar. Esta erección era tan solo un pequeño paso para un hombre como yo, pero un gran paso para recuperar mi humanidad. Parece una exageración, lo reconozco, pero sé que mis amigos se sorprenderían gratamente, me aplaudirían seguramente si me vieran. Me los imaginaba alrededor de mi cama sonriendo y asintiendo, haciendo palmas y gestos de aprobación con las manos, vitoreando, diciendo “Bravo”. Todos allí reunidos. “Gr...

...en causas perdidas

Abrí los ojos repentinamente, el aire me faltaba, hiperventilaba. Miraba alrededor “¿Dónde coño estoy?”. Hiperventilaba, hiperventilaba, por Dios, me faltaba el aire, aspiraba con dificultad. ¡Qué alguien me ayude!. Estaba en el suelo de un callejón horroroso, sucio, que olía a orina. Me tumbé hacia el lado y empecé a vomitar. “Bebes demasiado”, siempre me decía mi madre, y mi exmujer, y múltiples de mis exparejas. “¿Pero, había bebido demasiado? ¿Qué cojones hice ayer?”. El vómito era verdoso-amarillento, sin tropezones, viscoso, bilioso. ¡Qué asco, odio vomitar con todas mis fuerzas!. Cuando mi estómago acabó de apretarse como uno estruja una toalla mojada, mi respiración empezó a regularse. Me observé primero a mí, desaliñado, con la camisa desbotonada, sudoroso, el pantalón de pana estaba sin cinturón, sucio, un poco mojado, había perdido un zapato. ¡Mierda, mis riñones! Empecé a palpar mi cuerpo con desespero buscando una señal que indicara la desaparición de uno de mis va...

Epistolio

Apenas se escriben cartas. Han pasado de moda. Bueno, apenas se escribe en general, igual que apenas se lee. Pero estoy seguro de que ha caído más de una carta en tus manos. Y no me refiero a correo comercial, ni los sobres para votar a los partidos políticos, ni las facturas. Seguramente en tu adolescencia, época dorada de las cartas de amor, te caían a raudales. En la adultez probablemente has recibido muchas menos, algunas neutras, insulsas cartas de bienvenida, tremendamente impersonales por más que intenten disimularlo con un lenguaje cercano. Y espero que hayas recibido algunas pocas cartas de despedida. Pero, ¿qué hay entre medio de las dos? ¿Quién piensa en los grises, aquello que cae en los terrenos de nadie, en los vacíos legales… entre tú y yo? Me acerqué hace una semana a ti, me acerqué de un modo erótico, seductor dentro de mis posibilidades y me dijiste “¿Qué vienes a buscar ahora, cuando ya estoy tan cerca del final, tan cerca de olvidarte?”. No supe que decir, y me ...

Una sonrisa

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Acababa de aterrizar en una ciudad nueva en la que, tras quince minutos de trayecto en taxi del aeropuerto al Hotel, habían sido más que suficientes para darme cuenta de la cantidad de encanto de la que carecía. No solo por su arquitectura (que incluso utilizar este término es casi hiperbólico) como por el ambiente decadente de sus ciudadanos. Al entrar al Hotel mi decepción fue total. Era horroroso, acorde a la ciudad. Eso sí, la habitación era tan agradable como en las fotografías que me motivaron a reservarlo. Quería intercambiar cuatro frases con el joven venezolano que regentaba el lugar, pero estas se veían dificultades por su gran afán en fijar su mirada al teléfono móvil que tenía tras el mostrador y a decir "¿eh?" sin mirarme a los ojos cada vez que pronunciaba una frase. De la conversación llegué a la conclusión de que no era muy recomendable andar con muchas cosas encima, y que sobretodo no se me ocurriera salir cuando oscureciera. Eso me dejaba una hora de paseo t...

¿Dónde está?

Estaba sentado en un banco de Plaça Catalunya con mi ejemplar de "Historia de dos ciudades". Las páginas se iban sucediendo una tras otra pero mi cabeza en realidad andaba en otro lugar. Era la tercera vez que leía la novela, así que podía permitirme el lujo de hacer una lectura en un segundo plano de mi mundo mental. Quizás era el calor sofocante que impedía concentrarse en nada más que no fuera sobrevivir. Una intuición distrajo me atención. Levanté mi vista y..."voilá", Lorena se acercaba con un andar danzarín, jovial. Rozaba los cuarenta y me recordaba todavía a ella misma cuando tenía veinte. -Llego tarde - dijo ella - perdona. - El mérito es que yo haya sido puntual. Nos fuimos a tomar algo en el jardín que hay dentro del Ateneu mientras nos poníamos al día de los eventos más importantes del último mes. Esa era nuestra tradición, nuestra promesa, nuestra regularidad. Sabíamos que nos podíamos ver menos y querernos igual, como con el resto de amistades. Pero el...

Fe, K-Zi , NH3, CH3CH2OH, Na, C6H12O6, HCl

Mentiría si dijera que no suelo ir solo a los bares. Lo raro es que vaya con alguien. Mentiría si no dijera que casi siempre me monto una puta película en mi cabeza, una película en la que entra una mujer bien vestida, elegante, un vestido rojo, escotado, zapatos de tacón de aguja, pendientes largos, pelo suelto de color cobrizo. Se sienta a mi lado, me lanza una mirada interesada que rehúyo hipócritamente, para parecer todavía más interesante, esperando a que ella me pida ser invitada a una copa, que evidentemente pago, y acabamos follando como conejos en celo en el hotel de cinco estrellas que está justo cruzar la calle. Mentiría si dijera que no siento asco de mí mismo cuando me veo sentado en la barra con cuatro gilipollas más bebiendo en silencio, que deben estar fantaseando la misma mierda que fantaseo yo. Puedo decir que solo una vez he podido disfrutar de esta experiencia única que consiste en follarse a una desconocida que encuentras una noche en un bar, aunque distó de mane...

Madres

Hoy regresaba a casa después de un día de trabajo más largo de lo que había anticipado por la mañana. En realidad, como cada día. Lo extraño es que me pille por sorpresa todavía. Regresaba en mi moto “nueva”, contento, satisfecho de recuperarla después de una breve revisión de 24h que me obligó a recuperar las memorias de mis viajes por los subsuelos de la ciudad. Cuando ya estaba en el arcén justo delante de mi portal, subí la moto en la acera por una rampita y visualicé el hueco dónde quería dejarla, justo donde termina la cuesta de la calle. Pero subiendo por la cuesta a unos pocos metros de mí había una madre que subía por la cuesta, cargada con una mochila, arrastrando un patinete en el que encima cargaba con una niña de unos seis años. Al ritmo que iba, podía haber cruzado el trozo de acera sin problema para dejar la moto en el lugar que deseaba (aunque debo recordar el código de circulación, no se puede cruzar con el vehículo en marcha por la acera). Como buen ciudadano pe...