2- Marcha atrás

“Te mueres”, decía la Doctora Martínez. 

¿Por qué los médicos venían siempre con este tipo de mensajes catastróficos, con un deseo macabro de provocar un golpe de efecto definitivo en tu mentalidad? ¿Cambiar tu vida en una frase alarmante? Como si la muerte pudiera ser como una especie de castigo, un umbral que todo ser humano debería alejar y no desear.

“Todos nos morimos, Doctora”

“Pero usted se morirá pronto si sigue así”

“Usted no lo entiende, es que yo en realidad quiero morirme, pero soy demasiado cobarde para hacerlo en un día. Solo quiero reducir mi esperanza de vida tanto como pueda ¿es eso tan raro?”

“Es una enfermedad”

“Pues erradíquela, es usted la experta” – creo que la Doctora no sabía cómo responderme a eso.

“¿Y esta herida?” me preguntó, mirándome la mano.

“Una pelea con el gato”

“Un gato grande” – decidí callar un rato. La Doctora siguió - “Te han encontrado en coma por la calle, con los pantalones y los calzoncillos bajados, enseñando tus…genitales” – hizo una pausa como si la avergonzara decirlo, pero en realidad no lo parecía, quizás era más bien por ser cuidadosa.

“Tengo la tendencia de mearme encima cuando he bebido más de lo debido, y no me quedan más pantalones limpios. Tenía que proteger estos a toda costa” – Susurré – “son Levis, de segunda mano. No lo digo muy alto que sé que algunos médicos roban” – sonrió – “Curiosamente si meas en un árbol, de pie, te multan con 200 euros, pero si te meas encima con la chorra fuera te recogen, te ponen en una cama y te dan de comer”.

Noté que contenía su risa. No le daba asco y esa era una reacción rara. Como profesional-paciente entiendo que debe ser una reacción esperable. Pero era raro ser tratado como un ser humano después de tantos años. Había algo genuino en su mirada. No sentía pena por mí, tampoco desdén. ¿Sería porque era psiquiatra? ¿Les enseñaban el arte de la empatía universal o ya le venía de serie a esta chica? 

“Chica”, pensé. Era joven, bonita, risueña. “Tíratela” decía mi voz interna. “¿Qué? ¡No!” me respondí, “Claro que no, no lo harás con este gusanillo decrépito que tienes entre las piernas, estás hecho una porquería”. ¿Quién eres? Cada vez me costaba más distinguir cuál de las dos voces era yo. La Doctora me observaba, sin prisa, sonriendo levemente, esperando algo de mí.

Una parte de mi quería hundir su optimismo, ponerla a prueba, demostrarle que podía con ella, que mi dolor podía destrozar su amabilidad como había destrozado todo hasta la fecha.
 
Tengo una capacidad mental sorprendente, seguramente lo debe ser más para mí que para los demás, que tan solo observando mi aspecto físico deben opinar todo lo opuesto. El problema es que esta capacidad la tengo exclusivamente orientada al fallo y a la destrucción. Es como si un Hitler mental se hubiera escondido en mi cabeza, sin cianuro, sin posibilidad de matarse a sí mismo y con la habilidad de destrozar mis neuronas judías y las neuronas judías de los demás, una a una hasta dejarnos secos.

Pero por alguna extraña razón mi Hitler interno calló ante la ternura de la Doctora.

¿Ante la ternura?

¿Ternura?

“¿Claudia?”

¿Lo dije en voz alta o lo pensé?

Su nombre rebotaba por mi cabeza, se repetía, se repetía y se repetía. ¿Lo dije en voz alta o solo lo pensé? ¡Joder, joder, joder! Oí que algo se rasgaba dentro mi cabeza. La vista se nublaba. Mareos, mareos, mareos.

No recuerdo muy bien que pasó después. Solo recuerdo empezar gritar y llorar. El semblante de la Doctora cambió, de ternura a preocupación, incluso miedo me atrevería a decir. Empezó a entrar gente y recuerdo que ella daba indicaciones sin pestañear, como un urbano dirigiendo el tráfico. La chica se convirtió en una mujer dura y segura, me empezaron a agarrar y me ataron, me pincharon y pronto empezó a oscurecer, como con el alcohol, pero distinto.

Esta vez el nombre de Claudia no se podía borrar.

Desperté en una cama blanca, atado por la cintura, mi mano derecha y mi pie izquierdo. Empecé a sudar, a respirar rápidamente. Asustado. ¿Dónde cojones estaba? ¿Me habían secuestrado los alienígenas? ¿Querían examinarme? ¿Querían ver mis genitales? Podían esperar un viernes cualquiera de madrugada y los verían sin tanto esfuerzo. 

Grité pidiendo ayuda, intentando zafarme. Pronto vino una enfermera diciéndome que estuviera tranquilo, que estaba bien cuidado. ¿Qué cojones bien cuidado? Bien cuidado estaba cuando tenía gripe con 8 años y mi madre se me acercaba a besarme la frente y a traerme caldo de pollo. Eso era algo más parecido a un secuestro. Me explicaron que estaba ingresado en una unidad psiquiátrica, que había tenido una crisis pendiente de estudio, que no paraba de repetir un nombre y que pronto hablaría con la Doctora Martínez.

“Si tenía tantas ganas de verme, Doctora, no hacía falta que me atara para que me quedase. Así no se trata a los invitados” – bromeé en cuanto apareció por la puerta. Su semblante era amable y serio a la vez (si es eso posible) – “Aunque a mi no me va tanto este rollo”

“Puedes bromear tanto como quieras, es una buena defensa para no tener que explicarme quién es Claudia” – afirmó con seguridad. Esta mujer (sí, ahora la veía una mujer) no está por hostias – “Siento ir a degüello, pero no me dejas mucho margen. No tienes por qué explicarme quién es Claudia si no quieres, pero claramente ha tenido un papel importante para que tengas una crisis…y quizás para entender tu alcoholismo”.

“Preferimos que nos llamen borrachos y no alcohólicos, es más...cercano”

“Cuando bromeas pareces cercano pero haces muy bien esto de mantenerte a distancia para no tener que responder a mis preguntas. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué crees..."

“Era mi hija…” - interrumpí

Aguantó el siilelncio.

“La maté…o murió por mi culpa”

Y como quién hace un pequeño agujero en la pared de una presa en la que un pequeño chorro de agua va ampliando la grieta y en un movimiento exponencial en el que cada vez hay más agua y menos presa, empecé a explicarle como había llegado hasta allí.

Le expliqué de mi feliz relación con Irene, rodeado de amigos y familia querida, un buen trabajo, una buena vida. Decidimos casarnos y pronto tener hijos. De ahí salió nuestra pequeña Claudita. Sin ninguna razón en particular empezamos a descuidarnos, por un lado físicamente, pero también empezamos a descuidarnos en la relación, cada vez menos detalles, menos besos, menos sexo, menos afecto… todo nuestro amor iba dirigido a Claudia y cuatro años más tarde, iba a ir dirigido al bebé que Irene estaba gestando. Yo en realidad no podía estar más feliz. Me parecía un sacrificio necesario para poder dar el máximo afecto a nuestra pequeña. Ni me lo cuestionaba. Pero para Irene era importante, demasiado y no fui capaz de darme cuenta. No la culpo por lo que hizo, puedo entenderlo. Siempre entendí que tuviera esa necesidad, la de acostarse con otro, que le diera lo que yo no podía darle. Quizás si podía haberlo dado, pero tampoco me lo pedía. No podía saberlo, mi mundo era Claudia, me cegué en ser el mejor padre y me convertí en una mala pareja. Ni siquiera llegamos a hablarlo nunca porque toda nuestra vida giraba en torno a Claudia, lo que había hecho en el colegio, en las actividades, sus problemas con los amigos, con sus despistes y todo que perdía por ahí, con lo que había que comprarle… entendía que las cosas eran así una vez eres padre.

El problema es que todo vino de golpe: la confesión de su infidelidad fue posterior a la noticia del segundo embarazo, y con la infidelidad Irene dijo que quería abortar. No tengo nada en contra del aborto, pero no era negociable, no me dio ninguna posibilidad de reconducir la situación. Me dijo que no era feliz, que no era la vida que quería, que era mejor divorciarse y que ya teníamos una hija en común, que ya sería complicado gestionarlo separados y tirar para adelante un embarazo en una relación que no tenía futuro, no tenía ningún sentido. Que ya no era la persona de la que se había enamorado.

Mi mundo entero se desmoronaba ante mis ojos. Recuerdo que íbamos en coche a visitar a mis padres. Claudia se había quedado dormida en el asiento de atrás y empezamos a discutir. Empecé a insultarla, perdí el control de todo, de mi mente, de mi vida. Claudia se despertó y empezó a llorar. Solo intentaba tenderme en pie ante un mundo que caía a trozos. Quería que se callase, quería que Irene entrara en razón. Quería mi vida de vuelta. Pero acabé perdiendo el control del volante.

No recuerdo nada del accidente.

Recuerdo despertar dos semanas más tarde. Recuerdo los interrogatorios en los que me acusaron de intento de asesinato por despecho. No solo yo me culpaba de la muerte de lo que más quería en mi vida, sino que la sociedad me señalaba también como un asesino premeditado. Ahí fue el nacimiento de quién soy ahora, ahí nació esta voz vomitiva en mi cabeza, llena de sarcasmo y odio hacia todo. Jamás pude volver a tocar un vehículo. No sé ni siquiera si todavía me tiendo en pie. Ahí fue donde tomé este desvío equivocado en la vida, este viaje al olvido, visitando a diario este paisaje desértico y que conduce a una muerte prematura.

“A veces hay que dar marcha atrás hasta el cruce anterior para ver si había más caminos disponibles”, dijo la Doctora Martínez.

“¿Qué es dar marcha atrás?”

“Para empezar… poder contarlo”

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